BORRACHO Y PUNTO, Y LIBRE

Revuelo el que han causado los jueces españoles en este asunto de la joven ecuatoriana cobardemente agredida, humillada, vejada y manoseada en un metro de Barcelona por un hombre.

El agresor no tiene que ingresar a prisión y muchos jueces entrevistados lo consideran ‘justo’ así.

Es decir, ‘de acuerdo a las leyes’.

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Ellos se escudan en que solo se dedican a aplicar la ley y en este caso la ley es insuficiente. Lo dice así una magistrada de una audiencia provincial, con muchos años de experiencia penal y que ha preferido permanecer en el anonimato. Cito a El País:

“En general, este tipo de agresiones, aunque producen mucha alarma social, están muy mal protegidas jurídicamente [sic]. Si se consigue demostrar que tras los golpes la víctima tuvo que ser tratada de alguna lesión física o psíquica y se comprueba que existieron los motivos racistas, la pena máxima sería de tres años. No se trata de un delito de mucha entidad”.

Habla claramente.

Lo repito: no se trata de un delito de mucha entidad.

Pero, es así, no porque ella lo diga o le parezca así.

Lo es, simplemente, porque –ella misma lo afirma al comienzo- los agredidos en este tipo de casos (no las agresiones, como mal se expresa la magistrada), no están protegidos jurídicamente.

Como soy una persona que ve en la cobardía humana –generalmente machista– el origen de muchas de nuestras desgracias y deficiencias sociales, no puedo dejar de relacionar esta agresión, vejación y humillación a una mujer, con la violencia doméstica y machista.

¿QUÉ TIENE QUE VER ESTO CON LA VIOLENCIA DOMÉSTICA?

Veo en este asunto otro problema que no se ha mencionado –todavía, espero- en esta discusión. Me explico.

España, los españoles, se quejan –con alta y justificada razón- de la ominosa violencia doméstica o de género.

Sin embargo -aquí ya se ve-, delitos de este tipo o parecidos no están cubiertos jurídicamente.

Los asesinatos de mujeres por causa directa de sus pareja se siguen sucediendo, pero con esto ya vemos una de las razones del por qué, muchas de las medidas tomadas además de las campañas de concienciación ciudadana, no parecen funcionar ni cundir especialmente.

Los agresores están protegidos jurídicamente.

Es al revés, claro. Pero el efecto es el mismo: las agredidas y los agredidos están desprotegidos jurídicamente.

Todo el mundo sabe o se puede imaginar que el argumento de las historias de violencia doméstica que terminan en asesinatos, no se construye en unos días.

No es así, pues, que una pareja lleve viviendo y conviviendo años y que el día menos esperado o pensado, el marido o novio enloquece y mata a su esposa o novia.

No.

Se trata de un proceso.

Un proceso que se inicia –me imagino- muy sutilmente.

Primero una agresión verbal, que será perdonada. Luego una, acompañada de una ligera agresión física a la que sucederá el perdón. Luego, más humillaciones y otro tipo de vejaciones, que también se podrán llegar a perdonar. Y así va creciendo la espiral de la violencia doméstica hasta lo insoportable.

Cuando la víctima desea salirse de esa espiral de dominación machista, abusos verbales, agresiones físicas, dependencia económica –por lo general- y el inútil uso del perdón y la comprensión por su parte, ¿qué le queda?

La ley le obliga, pues, a la víctima, demostrar que tras la agresión tuvo que haber sido tratada “de alguna lesión física o psíquica”.

Es decir, la ley se lo pone duro y difícil a la víctima. (Casi como: “Si no hubo tratamiento, curación o terapia, entonces, no hubo agresión”.)

Y no al agresor.

Como eso de demostrar que existe alguna lesión física o psíquica requiere no solo recurrir al profesional –médico o psicólogo- pertinente, sino, también, realizar una serie de trámites desconocidos, a las víctimas de la casi siempre brutal pero a la vez sutil práctica de la violencia doméstica o de género, se les abre un camino tortuoso más a recorrer.

Un camino más, porque la mujer que es víctima de los abusos de su marido, no solo tiene que soportarlo, tiene también que ver por su futuro y por el de sus hijos. Además, tiene que enfrentarse con el asunto de la separación, lo que conlleva automáticamente a tener que pensar en iniciar una nueva vida con todo lo que eso puede significar para una mujer en una sociedad todavía altamente machista.

O sea, esa mujer no solo es víctima del marido, novio o conviviente, lo es también de una larga lista de circunstancias sociales que esa violencia (impune) trae consigo y que apenas se combaten. Como en este caso.

JURISPRUDENCIA E IMPUNIDAD

No es fácil tratar un tema como el de la jovencita agredida y vejada en el metro de Barcelona por un energúmeno.

No lo es, cuando lo que está en juego no es la simple decisión de los jueces de dejar en libertad con cargos al agresor. Aunque eso pueda despertar más o menos estupor en ciertas personas, como es mi caso particular.

Está en juego algo más grave y peligroso.

(Hay gente que piensa que uno debe estar con su país, sus gobernantes y sus jueces ‘en todas’. Existe, incluso, un necio dicho inglés que reza:

“Right or wrong, my country”

Si todos pensaran nefastamente así, hoy no sabríamos qué es o fue la Revolución Francesa, o nos gobernaría un tal Adolfo.) (Ahora me suena hasta a hitlerista o hitleriano este dicho.)

¿Existe ya tanto racismo y xenofobia en la sociedad española, que empiezan a salirse por las costuras –cohesivas- de esa sociedad, y de tal manera que a mucha gente le parezca normal que un delito así quede impune?

A mí me parece que es el caso.

Lo demuestra la actitud de los jueces, personas, justamente, a las que nadie podría acusar de racismo, xenofobia o falta de objetividad.

Lo demuestran los numerosos comentarios que se pueden leer en el mismo artículo de El País, tratando de justificar la agresión con los problemas que acompañan toda migración. (Hay de todo, claro.)

Lo digo por lo que he visto y he vivido en mis numerosas visitas a España.

No estoy hablando del racismo abierto, descarado y desvergonzado, propio de neonazis y otros grupos ultras. Que también debe existir. 

Ni estoy involucrando con esto a todos los españoles. Faltaría más.

Me refiero al racismo latente: ese que podríamos llamar subliminal, porque no está escrito, no está en las letras, es decir, no es abierto ni patente, o no se ve, aparentemente, pero está allí y muy bien funcionando. En la forma en que se malmira y se maltrata sutilmente al extranjero que no es rico ni blanco, aunque llegue solo a ganarse el pan humildemente y haga los trabajos que los aborígenes españoles no quieren ya hacer.

(La gran paradoja es que todos venimos de África.)

Si los jueces consideran que este delito de agresión debe quedar impune y apenas gravado con un par de medidas francamente ridículas (considerando la trascendencia y las verdaderas dimensiones sociales y humanas del hecho ocurrido, todas son muy sencillas de cumplir: obligación de comparecer dos veces al día en la comisaría, prohibición de acercarse a menos de mil metros de la víctima, usar la línea de tren en que se produjo la agresión y de salir de su municipio sin permiso del juez), es que el racismo y la xenofobia –es mi opinión- ya se coló imperceptiblemente también en el aparato judicial.

Cuando la sensibilidad de los jueces es tal que no se ve afectada por este escándalo (el solo hecho de que el tipo la molestara -era una desconocida para él- y le tocara el pecho contra su voluntad y haciendo uso de la fuerza, debería ser una falta grave en mi opinión), es que algo anda muy mal en muchos estratos de la sociedad española.

(¿Se imagina alguien, qué podría ocurrir si esto le sucediera a una ministra, diplomática, presidenta, ‘reina’, ‘princesa’ o jueza? ¿Alguien podría afirmar que, entonces, también, los jueces mostrarían la misma lenidad?)

Hay varios ejemplos verdaderamente graves de esto.

Baste solo el del congoleño Miwa Buene Monake, quien, después de haber recibido una paliza que lo dejó tetrapléjico, condenado a vivir en una silla de ruedas y dependiente de ayuda física, hace ocho meses, reclama que su agresor, el español Roberto Alonso de Varga, siga libre.

Muchos opinan que hay que saber atenerse a las leyes.

Esto es cierto.

Pero también es cierto que las leyes en ninguna época de la historia, en ninguna sociedad de ninguna parte del mundo, pueden ponerse en todos los casos.

La ley es humana, y, por tanto, inherentemente defectuosa. Está hecha por simples personas profesionales de su campo que también cometen errores como todos y –lo que es más gravitante aquí- que serían incapaces de construir un aparato legal que pudiera cubrir todas las incidencias posibles y penalizables, presentes y futuras, de una sociedad.

Eso sería imposible.

La ley, lo sabemos todos, no puede contemplar todos los casos posibles ni aquellos que no existían al momento de crearse.

Lo vemos en el caso de la criminalidad por la Red, por ejemplo.

Entonces, considero que lo grave es que estos jueces hayan olvidado –nadie sabe por qué, siendo su profesión- que para eso existe un término muy valioso en estos casos: el de la JURISPRUDENCIA.

Pero, para que exista jurisprudencia, es decir, para poder basarse no solo en lo que dice la letra de la ley sino también en el estudio minucioso de fallos precedentes y en su interpretación, alguien tiene que empezar dictando esos fallos fundacionales.

De no existir éstos, fundacionales o primeros, simplemente no existiría la definición de jurisprudencia, porque no habría fallos precedentes en los que apoyarse.

De paso, la administración de justicia consistiría en una mera aplicación ciega, rígida y muchas veces absurda, de leyes que alguna vez se crearon con más o menos buena fe.

Porque si la sociedad y las relaciones sociales evolucionan (y las leyes no se pueden estar cambiando a diario para acompañar a esa evolución), entonces está claro que entonces tiene que evolucionar la aplicación de esas leyes con esa sociedad.

Algo que a estos jueces –parece- no se les ha ocurrido contemplar.

(También olvidando que su función no solo es la de administrar justicia, sino también la de administrarla de tal manera que sirva para los intereses de la sociedad que hace posible su función y los alimenta bien: el respeto mutuo, por lo menos el físico, debe ser una de las bases de la convivencia de cualquier sociedad vista como un conjunto de seres humanos necesariamente interactuantes.)

Grave decía, porque con su decisión, muchos podrán ahora entender que se está lanzando el siguiente mensaje:

Se puede vejar a todas las zorras inmigrantes; patearlas, intimidarlas, tocarles el pecho, insultarlas y humillarlas. No pasará nada. Los jueces y las leyes españolas lo respaldarán.

Esto tiene un nombre feroz y feraz (porque es muy fértil y se puede multiplicar), para este caso lleno de tanta simbología social e histórica: IMPUNIDAD.

Permítanme levantarme de mi asiento y aplaudir a estos jueces.

(Al agresor le ha funcionado argumentar eso de “Iba borracho y punto”, como a muchos irresponsables del volante.)

Iustitia es -o debería ser- ciega. Sí.

Pero, justamente por eso mismo, no deberíamos estarle poniendo zancadillas de secano sino ayudarle a cruzar la calle del progreso civilizado.

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 28-10-2007

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