LA CUARTA DIMENSIÓN (relato)

La había conocido en la época más relajada que habíamos tenido en la universidad.

Nos reuníamos entonces en la cafetería de la Mensa, el comedor universitario, y, por lo menos una vez al mes, las sobremesas del almuerzo bien podían alargarse hasta la hora de la cena.

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Era una estudiante alemana como muchas otras. Hablaba pasablemente el castellano y no era especialmente bella. Ni especialmente interesante. Pero se aparecía de vez en cuando por nuestra particular oficina (así denominábamos nuestra mesa de la cafetería, los ecuatorianos, argentinos, españoles y peruanos que conformábamos el grupo habitual) y siempre parecía estar allí como los buenos y verdaderos amigos: cuando más se necesitan.

Sobre todo en esos momentos de soledad extrema y ululante, imposibles de definir y ubicar corporalmente, y que llegaban y partían como globos caídos del cielo y arrastrados luego por el viento, para perderse después, absorbidos por el paisaje.

No era tampoco lo que se podía decir una amante excepcional. Se aparecía, nos saludaba y trataba de integrarse a la trápala sin cabo ni rabo que desplegábamos allí –nosotros estudiantes extranjeros- en un vano intento de no sentir la ausencia de nuestras respectivas tierras en las venas.

Pero uno sabía que si quedaba para salir con ella una de esas noches, el sexo estaría garantizado esa o alguna de las siguientes.

A mí, me remordía un poco la conciencia eso de que la utilizáramos sexualmente.

Un día, empero, una de sus amigas, a la cual le habíamos comentado esto muy discreta y metafóricamente, nos aclaró divertidamente que nosotros éramos, en realidad, los pobrecitos. Porque ella no tenía que hacer muchos esfuerzos, para, después de la sobremesa, pescarse a uno de nosotros y adoptarlo como su perrito faldero dispuesto a acompañarla durante un tiempo. A veces hasta una semana seguida, como me había sucedido a mí.

Justamente a ella, me la encontré el otro día, de casualidad, entrando a un supermercado de un barrio cercano al mío, aquí en Colonia.

Creo que si no me hubiera quedado mirando de la forma tan abierta como lo hizo, no la habría reconocido jamás. Su aspecto había cambiado totalmente y guardaba apenas semejanza con lo que yo recordaba de ella. Ahora llevaba el cabello muy rubio, casi platinado, con ese tipo de oxigenación del que no queda ninguna duda de su naturaleza química.

Si mal no recordaba me debía llevar solo uno o dos años de edad. Cuando la vi, me chocó bastante el contraste creado por el tiempo que llevábamos sin vernos. Me dio la inmediata impresión que nuestras vidas se habían desarrollado en mundos paralelos, apenas colindantes. En el suyo debían conocerse otras palabras y términos diferentes para nombrar las cosas. Así de extraña era la sensación de volver a verla al cabo de tantos años.

Dos mundos regidos por leyes y coordenadas disímiles.

Una especie de cuarta dimensión nos había separado desde nuestros días universitarios de una forma más que patente. No sabía yo cuál. Pero ahora nos hacía coincidir también en el espacio.

Había aumentado un poco de peso y su rostro me parecía más simétrico, ciertamente atractivo. Ya no era posible distinguir a simple vista el generoso y turgente busto que entonces tanta exaltación podía causar entre los demás estudiantes. En nuestra época universitaria más de uno había soñado con hacerlos suyos, inclinación que yo no había compartido especialmente. Nunca supe por qué. De eso habían pasado por lo menos unos quince años.

Los tiempos en los que las estudiantes universitarias en verano solo necesitaban llevar unas camisetas, sin nada por debajo, que después se quitaban despreocupadamente en los jardines del campus cuando salía el sol para broncearse, también habían quedado definitivamente atrás. Colonia había cambiado.

Me contó que no había terminado sus estudios y que, en cambio, había tenido tres grandes historias amorosas en su vida. Se la veía vital y animada. Se sabía atractiva como mujer y lucía el bronceado de quien acaba de llegar de vacaciones de algún país del sur.

-Dos hijas –agregó, cuando ya nos dirigíamos a la caja.

Después de estar conversando animadamente a la intemperie durante varios minutos, en la puerta del supermercado, me propuso que la acompañara a su casa a charlar un poco.

Mi primera reacción fue de pánico. Mi segunda reacción de vergüenza, preguntándome si lo habría notado.

-Ah, tontillo –me dijo-. Está claro que no te estoy proponiendo nada más, ¿no crees?

No supe qué agregar. En el camino me contó que seguía tocando el piano y que de vez en cuando ensayaba para una escena cinematográfica. Se le notaba muy entusiasmada con lo del piano. Como a un niño cuando recién descubre un instrumento y desea hacerlo suyo a toda costa.

-Esta vez sí va en serio. Muchas más oportunidades no me quedan –me dijo, mientras avanzábamos en su automóvil, haciéndome un guiño.

Cuando quise preguntarle a qué se dedicaba y si el piano tenía que ver con eso, me acordé de la vez que me había invitado a pasar la noche en casa de sus padres. Ellos habían salido de vacaciones y ella me había llevado hasta allí para hacerme escuchar su interpretación de una obra de Chopin, cuyo nombre olvidé inmediatamente. Audición que resultó imposible por lo borrachos que estábamos y en la que terminamos usando el piano de cola de la casa de sus padres como apoyo para nuestros malabares sexuales.

Nos desplazábamos en su automóvil japonés. Tal vez un Nissan o Subaru de última generación y de un llamativo color turquesa claro. Se la veía como transformada por el encuentro, animada y eufórica, mientras hacía mover, con cada movimiento de su cabeza, al decirme algo y mirarme, las dos trenzas platinadas de su cabello.

Ya en su casa me ofreció café y se acordó que no lo bebo.

-No has cambiado –me dijo, con una sonrisa y disponiéndose a rebuscar entre sus trastos, pomos, recipientes, alacenas y repisas alguna infusión que me pudiera agradar.

-Me contento con agua -le dije.

Conversamos durante un buen rato, hasta que sentí que sería bueno que me despidiera. Pero entonces me ofreció diversos tipos de pan negro alemán y una variedad muy rica de quesos, y me animé a quedarme y a compartir una botella de vino tinto con ella. Interiormente me preparé para una velada anodina.

Me contó que era una mujer feliz, aunque un poco preocupada por su salud porque fumaba demasiado.

-No te preocupes. Recuerdo perfectamente tu aversión al humo de los cigarrillos – me dijo, anticipándose a los acontecimientos-. No acostumbro a fumar en casa.

Se ganaba la vida como empleada de una empresa muy conocida, muy lejos de sus primeras inclinaciones profesionales. Nada especial. Lo especial eran sus inquietudes artísticas.

La vida no le sonreía como a aquellos cuya única preocupación diaria consiste en cómo gastar su dinero o dónde hacerlo. En cambio, vivía holgadamente, tenía lo que necesitaba y algo imposible de comprar, y que para ella era como una especial y abultada cuenta bancaria: sus sueños.

Me contó que todavía pensaba en instalarse en Italia o España y poner un negocio, una panadería alemana. Lo dijo en serio. Me habló de lo que necesitaba, lo que había ahorrado, las inversiones y esas cosas.

-Formentera sería ideal, ¿sabes? ¿Y tú? –me preguntó, casi como quien inquiere por el tiempo en Buenos Aires o Lima-. ¿Le sigues dando a la poesía?

Asentí, sonrojándome un poco.

Sabía que luego vendría la pregunta inevitable. Antes le conté que me ganaba la vida haciendo traducciones, como profesor de español y, eventualmente, como intérprete para la policía. No trataba de distraerla del tema, pero la pregunta igual llegó.

-¿Y? ¿Ya publicaste?

-Sabes que escribo por escribir. Lo hago porque quiero y me gusta. Alguna vez me llegará el momento de plantearme publicar algo. No lo sé. Es algo que no está dentro de mis preocupaciones. Por ahora me interesa solo escribir y le doy duro. Es un poco absurdo y tal vez raro, pero es así.

-Pero deberías hacerlo –me replicó ella, como quien llama la atención a un chiquillo por alguna travesura-. Eres un tonto. Siempre lo fuiste, ¿sabes?

Me sonrojé aún más, sin saber qué decir. Por lo menos, conocía este tipo de situaciones. Las había vivido con todos los padres de todas mis novias.

-Se te veía desde lejos que eras un tontolín, Jorschen, ¿sabes?. Fácil de manipular como hombre –agregó, un tanto sibilinamente-. ¿Hijos?

Le quise decir que tenía una hija con una figura de la televisión que todos conocían, pero decidí darle solo la primera información. La madre de mi hija es mucho más joven que yo y muy bella. Mucha gente no me lo cree cuando se lo cuento.

-¿Matrimonio? ¿Casado, tú? -se rió, con fuerza-. ¿Qué mujer se ha atrevido a casarse con un poeta clandestino, desconocido e incomprendido?

-No he llegado tan lejos –sonreí, más tontamente, aún, aliviado de haber pasado a otros temas y sin contarle que en realidad habíamos estado a punto de casarnos, pero que ahora vivíamos separados.

-Ah, Jorschen Digah –dijo ella-, Jorschen Digah. Estabas predestinado a terminar soltero, ¿sabes? Casi como yo. Solo que yo he aprovechado bien mi vida amorosa. Nunca te podías decidir por ninguna. Ese era tu problema. Las podías haber tenido a tus pies pero no te dabas cuenta de nada. Un tontolín, ya te digo. Altamente manipulable, encima.

Nos pasamos una eternidad conversando así. Habría podido hablarle de muchas más cosas. De la vida, de las derrotas y los fracasos. De las esperanzas y las decepciones. Pero ya habíamos bebido bastante y en un momento determinado, ella se levantó y anunció solemnemente que se había propuesto acostarse muy temprano, ignorando por completo que estábamos en lo mejor de la charla.

-Mañana tengo un día especialmente largo, Jorschen –dijo, tocándose la cabeza con las dos manos, estirando su cuerpo y dejando ver su delineada silueta-. Te llamo un taxi, espera.

Recordé las tardes, las noches y las mañanas con ella después del sexo. Momentos en los que cada uno se veía obligado a seguir la inercia boba de los movimientos, como si no fuéramos nosotros mismos los verdaderos responsables de ellos.

Recordé esa especie de teatro japonés al que recurríamos por no saber cómo mirarnos. Ni siquiera cómo tratarnos o cómo pararnos el uno frente al otro después del amor. Cada uno había obtenido lo suyo, sí. La siguiente semana sería otro su compañero de cama. Y lo mismo valdría para mí.

Recordé sus piernas jugosas. Recordé esa especie de vacío absorbente que sobrevenía a nuestros abrazos más íntimos, dejándonos como perros cansados, sudorosos y descerebrados en medio del desierto.

El vacío inefable e insoportable que sucedía al coito de dos personas que no se querían, pero que se necesitaban lo suficiente como para desplegar todo un teatro y actuación necesarios para llegar hasta ese momento. A la punta de la montaña. Para encontrarse después con que no se había avanzado, en realidad, mucho. Nada especial, a pesar de la cumbre. Por alta e intensa que esta hubiera sido.

-¿Sabes? –me dijo, interrumpiendo mis pensamientos-. Hoy es mi día de suerte. Necesitaba a alguien con quien charlar y tú me has caído del cielo.

No acababa de completar la frase, cuando sonó el timbre.

-El taxi –dijo ella.

-Sí, el taxi –repetí yo, cogiendo mi maletín e irguiéndome para despedirme.

 

HjorgeV

Colonia, 29-10-2007

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