CARA DE ASESINO

¿Puede tener alguien cara o rostro de asesino?

Es decir, ¿se puede afirmar solo por la fisonomía de una persona, si se trata de un asesino o, por lo menos, de un asesino en potencia?

¿Les causa risa esta pregunta?

Bueno, pues, alguna vez existió una teoría que lo tomaba por cierto y obvio.

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Me estoy refiriendo a Cesare Lombroso, un médico y criminólogo judío italiano cuyo verdadero nombre era Ezechia Marco Lombroso (Verona, 1835-Turín, 1909) y que fue el más conocido representante del llamado positivismo criminológico.

El aspecto más resaltante de su obra lo constituía la concepción del delito como el resultado de tendencia innatas, de orden genético, que se podrían reconocer -a simple vista- en los rasgos físicos o fisonómicos de los delincuentes habituales.

Alabado y respetado en su época, hoy podría ser enviado Lombroso a la cárcel por sus atrevidas, falsas y peligrosas afirmaciones. Espero ocuparme alguna vez de él y sus teorías en esta bitácora.

Repito la pregunta inicial.

¿Se puede reconocer a un asesino por su aspecto o su forma de mirar?

Por más que la pregunta solo les haga fruncir un poco el ceño, diversos estudios y experimentos realizados, indican que -en contra de lo que muchos podrían suponer-, todos nosotros y más frecuentemente de lo que nos gustaría, solemos guiarnos por ese tipo de prejuicios.

En un experimento hecho aquí en la Universidad de Colonia, fueron precisamente el jefe de la policía y un conocido político los que salieron con la peor nota, al ser confrontados con un grupo de estudiantes que debían dictaminar su grado peligrosidad solo guiándose por su aspecto.

Se trataba de un proyecto de la ciudad que tenía que ver con el racismo y los prejuicios que todo el mundo tiene. La idea era hacerle entender a la gente, que nuestro juicio -y prejuicio- visual nos puede hacer pasar malos ratos y, lo que es peor, cometer muchas injusticias. Sobre todo contra las minorías étnicas en este país.

En el experimento, un grupo determinado de estudiantes debía escoger de un conjunto de varios sujetos que se les presentaba, los que les parecían los más peligrosos.

En la fila de sujetos a estudiar, se encontraban desde verdaderos convictos hasta políticos, pasando por simples padres de familia, estudiantes y dos policías.

Las risas del director de la policía por su elección y la mal disimulada sorpresa del político por no haber sido reconocido, no se dejaron ocultar al final del experimento.

Habían sido elegidos como los más peligrosos.

Parece ser, pues, que nos guiamos por las apariencias y por lo externo mucho más de lo que nuestro intelecto y voluntad quisieran.

Si a los que nos esforzamos por no discriminar a alguien por su aspecto (me considero uno de ellos) nos puede suceder, me pregunto, ¿cómo será el caso de aquellos que no se toman la molestia de tratar de ser críticos con sus propios prejuicios?

Me preguntaba y recordaba todo esto al ver en El País la fotografía del asesino en serie ruso Alexandr Pichushkin, quien reconoce su culpabilidad por los 48 asesinatos que se le imputan, pero asegura que mató en total a 60 personas.

¿Podría negar alguien -al ver su fotografía- que este hombre es muy peligroso?, fue la primera pregunta que me asaltó la mente.

Curiosamente, esto también tiene que ver con el tema que he tratado en las entradas de los últimos días y semanas de esta bitácora: el racismo.

Un caso ‘casero’ muy relacionado con esto me sucedió apenas la semana pasada.

Mientras esperaba que mi hijo terminara de recibir su clase de violín (en España dirían ‘dar’: pero él no las da, él las recibe) en un pueblo cercano, se me ocurrió hacer un par de compras en el supermercado del lugar.

Ya en la entrada, mi capacidad de sorpresa fue exigida al máximo.

Un mastodonte de hombre, sentado sobre un banquito junto a su motocicleta, pedía limosna con un plato, mientras dejaba ver cómo algo que debía ser una infusión le iba corriendo a su organismo por medio de un catéter introducido en una de sus fosas nasales.

La sonda provenía de un aparato con la apariencia de un pequeño ventilador de pie moderno y bien podía haberlo sido.

¿Un alemán pidiendo limosna, y así en esos términos?, me pregunté. Nunca había visto algo así en Alemania.

El tipo sabía lo que hacía.

Me miró más que directamente a los ojos las cuatro veces que pasé por su lado. Era imposible evitar hacerlo porque se había apostado junto a las filas de cochecitos de compras que casi todos deben recoger antes de entrar al supermercado.

Como comprendo que el dinero es un bien más preciado de lo que realmente vale y significa, no suelo tener problemas para desprenderme en casos así de algún óbolo.

El personaje en cuestión, quien no tenía la mirada de un enfermo, no me estaba rogando una moneda desde el azul grisáceo de sus ojos, me estaba exigiendo perentoriamente que le diera todo lo que llevaba en los bolsillos. El que alguien te mire muy penetrantemente no quita que se pueda estar muriendo de hambre.

Ocurría, sin embargo, que no llevaba monedas encima, solo un billete, más o menos grande que acababa de recibir del cajero automático.

Ya dentro del supermercado me puse a reflexionar sobre el asunto. Había visto que casi nadie se había atrevido a ponerle mala cara al sujeto en cuestión. Una de las razones era obvia: ahondarle su desgracia haciéndolo, sería demasiado cruel. (De paso me pregunté si todo no se trataba de una muy buena escenificación del hombre.)

La otra razón no me quedó clara.

¿Se avergonzaban los alemanes de ver a un compatriota en esas circunstancias y trataban de hacer como si no existiera? ¿Qué sucedería si el tipo fuera un africano o un árabe?, me pregunté.

Y hete aquí, aquí hete, que dentro del supermercado me topé con una situación similar.

Se trataba de una pareja bastante joven, vestida más o menos con ese estilo que se suele reconocer como ‘gitano’, pero que bien visto fuera de su contexto o llevado por un occidental ya no es tan fácil de reconocer así.

Debían tener los dos entre veinte y veinticinco años. Los acompañaba un niño de unos cinco años, quien se empeñaba por tocar todo y desordenar ligeramente los productos por aquí y por allá. Tal como les encanta hacer a los niños en los supermercados.

Lo malo es que el padre le dejaba actuar casi a placer, sin exigirle devolver las cosas a su lugar. La madre iba por su lado y a su aire, llenando el cochecito de compras.

El asunto a mí me fascinaba porque creía ver en él un buen material de análisis social.

Por las ropas y otros detalles físicos del joven hombre, se podía notar que debía haber crecido en un ambiente en el que la pulcritud en la higiene corporal y en la vestimenta no era algo que debía tener primera prioridad.

Y aquí empecé a considerar todo aquello que normalmente a nadie se le ocurriría pensar así no más en el lugar en donde estábamos: un supermercado alemán.

¿Qué vida había tenido esa pareja? ¿En dónde habían crecido y bajo qué adversas condiciones? ¿Qué hechos habían determinado tales condiciones? ¿Cuáles eran las costumbres de sus padres?

Vamos a suponer que se trataba de una pareja de sintis, individuos que antes eran llamados simple y despectivamente Zigeuner, gitanos, aquí en Alemania. (Pronúnciese ‘zigoiner’ o ‘zigoina’, más o menos.)

Los Roma (pueblo gitano, pueblo rom o romaníes en España) constituyen una etnia o pueblo de apátridas repartidos por casi todo el mundo. Se los encuentra en Europa, en algunos países americanos y en algunos pocos más asiáticos y africanos.

La palabra ‘gitano’, usada normalmente peyorativamente, procede de ‘egiptano’, porque se creía que procedían de Egipto. Se dice que antiguamente, para facilitar su paso por Europa, se presentaban como ‘condes egipcianos’ o ‘condes de Egipto Menor’.

Los estudios antropológicos más modernos parecen demostrar que provienen del Punjab, o de alguna zona entre India y el Pakistán actual.

No se conocen las causas que los llevó a emigrar alrededor del siglo XI, ni se sabe con certeza por qué no han detenido su flujo migratorio. Su llegada a Europa está documentada a partir de los primeros años del siglo XV.

Muchos, como en Andalucía, han encontrado arraigo y llegado a influenciar ostensiblemente en la cultura local. En el caso andaluz, ese resultado es la música y el baile conocidos ahora genéricamente como flamenco.

Se dice que mantuvieron buenas relaciones con las poblaciones locales durante todo el siglo XV, pero que éstas se deterioraron progresivamente. Al empezar el siglo XVI apenas existían estados que no hubieran dictado órdenes de expulsión, represión o asimilación contra ellos.

Perseguidos y poco interesados por la agricultura y las profesiones liberales, su ya marcado carácter nómada se acentuó aún más.

En el siglo XX estuvieron a punto de desaparecer, víctimas de enfermas mentes racistas y genocidas, como las nazis, por ejemplo.

Pero volvamos a nuestro caso.

Para este joven hombre –tenía el aspecto apacible de quien es incapaz de matar una mosca y yo trataba de imaginármelo como un cantante famoso, acicalado, vestido a la moda y con muchachitas alemanas a sus pies, mientras entonaba la canción del momento- lo que su hijo hacía, no era nada absolutamente grave.

Es más, hasta seguramente apreciaba -él, como padre- que no rompiera nada. Y el niño, por su parte, mostraba la normal curiosidad e inquietud sin las cuales una persona de su edad no podría considerarse normal.

Sin embargo, para los ojos de los demás presentes que no se preguntaban ni pensaban en todas estas cosas, los tipos eran unos perfectos gamberros. Unos indeseables por su aspecto y su conducta.

Continúa mañana…

HjorgeV

Sinthern-Pulheim, 30-10-2007

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3 comentarios sobre “CARA DE ASESINO

  1. “…hoy podría ser enviado Lombroso a la cárcel por sus atrevidas, falsas y peligrosas afirmaciones…”

    Si Lombroso pudiese ir hoy a la cárcel por sus afirmaciones, entonces, sus ideas habrían triunfado, de algún modo.

    Rpta.: ¿Porque se habrían hecho famosas sus afirmaciones, quieres decir? Puede ser. El problema, por si acaso, estaba en que si había que enviar a la cárcel a alguien (atrevida afirmación) por su cara de asesino (falsa afirmación), entonces (ahora viene lo peligroso), ¿quién decidía quién tenía que decidirlo? Era un absurdo completo que se basaba en simples prejuicios que ni siquiera resistían la acción de un peluquero, un buen lavado de cara o ropa limpia. Vamos, que el mismo Lombroso habría sido detenido (peligrosamente) por otra policía por razones parecidas. Era judío. Saludos. HjV

  2. Si lombroso hubiese visto al petiso orejudo seguro que lo hubiera catalogado de asesino y hubiera tenido sus razones,y aunque muchas de sus teorías suenen absurdas algo de verdad tenia en muchos factores físicos,y en cuanto a lo de un aleman pidiendo limosna creo que el miedo a veces nos hace pensar tonterías y el prejuicio nos hace ser aún mas ignorantes. Bye

  3. Yo creo que en nuestra cara se refleja la imagen de lo que somos, de igual manera que en el resto del cuerpo.
    La cara quizás expresa un lenguaje más interior más relacionado con la psiquis de la persona.
    Un niño maligno (La niña del exorcista) o un niño angelical, una bruja o una abuelita. Seguro que los artistas que se dedican a la escultura, maquilladores de cine o pintores, ellos son los que nos podrían dar algunas pistas sobre el lenguaje y rasgos del rostro de las personas.

    Un saludo: Carlos Domínguez.

    Hola, Carlos Esa es la gran paradoja. Estamos convencidos y creemos percibirlo materialmente (que nuestro rostro puede reflejar nuestro interior), pero los experimentos y las frías cifras demuestran lo contrario. Entre otras cosas, por eso está Europa al borde de la bancarrota: la gente ha confiado en políticos, banqueros y ‘expertos’ financieros muchas veces solo guiándose por su rostro, por su apariencia. La palabra misma lo anuncia: Apariencia. Otra cosa son la gesticulación y el llamado lenguaje corporal. Saludos desde Alemania. HjV

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