DE PLUMAS BLANCO

AVENTURAS INESPERADAS

Hay aventuras que se pescan porque se ha salido con botas hasta la mitad de los muslos, sombrero –por si llueve-, caña de pescar y anzuelos.

Sin olvidar la carnada, por supuesto.

Es decir, porque se ha salido expresamente en busca de aventuras. Y aún así, eso de salir dispuesto a ello, no es garantía de nada. Muchas veces solo de pescar una gran decepción.

O un gran resfrío. (Me ha sucedido.)

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Tal vez las situaciones más bonitas y duraderas en la memoria sean aquellas en las que se salió con el alma dispuesta más o menos a todo, pero sin estar con el ojo prendido a lo por venir. Si llegaba alguna aventura bien, sino, también. Y supieron llegar ellas.

Pero también existe otro tipo de aventuras. Las completamente inesperadas.

Esas que nos pueden caer del cielo como un ropero o como una flor sobre nuestras cabezas.

De las situaciones que he vivido en Alemania como latinoamericano, existe un par que aún me siguen causando asombro.

Una de ellas ocurrió a finales de los años 80, o sea, hace unos 18 años más o menos. Un poco menos de la edad de algunos de los que deben estar leyendo esto ahora, me imagino.

Es necesario ubicarse un poco en el contexto de la época para entenderla.

Aunque la era del sida, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, ya había empezado oficialmente en 1981, esa enfermedad era algo que no todos habíamos escuchado nombrar a finales de los años 80 aquí en Alemania.

Solo poco después iba a originar toda una ola revolucionaria de cambios en las costumbres sexuales en el mundo entero.

Por otra parte, en la época que refiero, las universitarias de 20 años eran justamente las hijas de aquella famosa Generación ’68, tan dada a la revolución y la promiscuidad sexual.

Lo que quiero decir es que muchas de las madres de mis compañeras universitarias, participaron precisamente de ese gran movimiento estudiantil europeo que tuvo a su más famoso representante en el parisino o parisiense Mayo de 1968. De tal manera que debían ser –muchas de ellas- mujeres liberales, por lo menos mujeres de principios liberales. Algo que, sin embargo, no eximía a nadie de tener que pasar situaciones especialmente embarazosas.

Pongo por ejemplo el caso de mi amigo alemán A. que me llevó a la casa de sus padres en Wuppertal, y allí me presentó a su bella hermana K.

Después de haber compartido con todos la mesa familiar, al final de la cena, se puso en discusión dónde podría dormir yo, el huésped. Si debía hacerlo en el frío cuarto de huéspedes del sótano, perfectamente amoblado y atractivo pero sumamente frío por la nieve que había caído (tendría que haber esperado por lo menos una hora hasta que la calefacción lo hubiera calentado humanamente) o en alguna otra habitación.

-Si Jorge no tiene ningún inconveniente puede pasar la noche en mi cuarto –anunció K. a todos los presentes.

¿Se refería a mí?

No supe dónde mirar, como aquellos hombres que son pescados saliendo de un burdel, de un cine porno o de un establecimiento manivélico.

¡Claro que no tenía nada que objetar!

K. no solo era una muchacha guapísima de largos y sedosos cabellos y ojos color de miel, también era muy simpática y agradable conversando. Sin embargo, allí estaban, conmigo en la mesa, su hermano –mi amigo-, su madre y su padre.

No sabía dónde meterme.

¿Tendría que haber dicho: “Pero, de ninguna manera, señora y señor M. Algo así no sería yo capaz de aceptar”?

Recuerdo que mi amigo A. sonrió, con una sonrisa que nunca antes había visto ni nunca más he vuelto a ver en un hermano en una situación así.

-Miren –dijo de pronto la señora M., levantándose de su asiento y salvándonos a todos-. Creo que ustedes son lo bastante mayorcitos como para saber qué es lo que quieren hacer y cómo solucionarlo.

¿Pasé una gran noche espectacular, plena de sexo salvaje y demás aventuras en esos cuatro metros cuadrados compartidos debajo de un edredón nórdico de plumas blanco?

Sí y no.

Lo siento, sí y no. De alguna manera el diablito que andaba rondando por allí todo el día, se había escabullido cuando la señora M. hizo su anuncio pacifista. Pasamos momentos agradables, sí. Y muy excitantes. E hicimos lo que se hace, también. Pero que nadie se imagine que la libertad sexual es garantía de nada. A veces es al contrario.

El sexo es una rara moneda, que no paga necesariamente la cifra que aparentemente lleva grabada sobre su superficie.

A la mañana siguiente, recuerdo que desperté y no supe primero dónde me encontraba. Hacía frío como solo puede hacer frío en las habitaciones de muchos alemanes, acostumbrados a dormir a 18 °C clavados, es decir, controlados por un termostato.

No es una broma. (La teoría es que es muy sano.)

Y, si bien es cierto, los edredones nórdicos rellenos de plumas son magníficos, es necesario también no moverse mucho durante la noche para no terminar destapándose uno mismo. Algo que seguramente había sido mi caso, después que K. abandonara muy temprano por la mañana nuestro lecho no conyugal.

Entonces la deseé más que la noche anterior, cuando la vergüenza pasada en la mesa familiar me había más que apabullado, pero solo la volví a ver recién en la mesa del desayuno.

Por suerte, su padre ya había salido a trabajar y su madre me siguió tratando como siempre, como al nuero extranjero que tal vez le hubiera gustado tener.

(A K. la volví a ver hace unos cinco años. Tenía dos niños preciosos y se había casado con un médico brasileño, que tenía como único tema de conversación el frío alemán.)

Todo esto lo debía haber olvidado una noche de algunos meses después en la taberna Los Cactus, ensimismado como estaba por irme a dormir, mientras esperaba que mi compañero musical y de juergas, Beto, se animara a beber la última copa y nos retiráramos.

No sé qué había sucedido por esos días o si solamente se trataba de uno de esos estados de ánimo que a veces nos acometen y recién cuando se van nos damos cuenta de que no éramos nosotros sino algún virus, un resfrío banal medio escondido o una simple debilidad de nuestro cuerpo.

El hecho es que en Los Cactus, la taberna latina por excelencia y única de esos tiempos en Colonia –ya desaparecida-, apenas quedaban unas cuantas personas y ya estaba visto que la noche no se iba a recuperar para nada.

-Nos vamos, Beto –le dije al uruguayo.

-Pero, ¿es que estás loco, che? ¿No ves que ya me falta poco con esa minita que está requetebuena?

-¿Cuál? –le pregunté, sin ganas.

No había visto ninguna chica que me hubiera parecido especialmente atractiva en toda la noche.

-No mirés –me dijo él, haciendo un gesto con los ojos y bajando el volumen de su voz al máximo-. La que está junto a la de vestido en la esquina de la barra. Son amigas.

-Ah –le respondí.

No me había equivocado en mi apreciación anterior.

-Mira, Beto, creo que estás desvariando -le dije-. Esas minas no quieren nada con ningún hombre. Te están tomando el pelo, simplemente. Te apuesto a que son pareja y una de ellas está demostrándole a la otra lo tontos que somos todos los hombres.

-¿A mí que me importa lo que puedan pensar? –me respondió él.

A Beto le gustaban las mujeres. Alguien dijo que le gustaba todo aquello que tuviera caderas. Y que no se había escondido o subido a algún árbol a la cuenta de tres.

Su especialidad era el mimo, el cariño, la emoción del acurrucamiento bailando. Luego venía el besuqueo y un poco de manoseo decente, y después ya había desparecido Beto de nuestro panorama con su conquista de turno.

Era en cierta forma divertido verlo cómo se las agenciaba para no pasar las noches solo.

No era un tipazo, ni especialmente nada. Todos nosotros sospechábamos que les decía a las mujeres que era un conde o un príncipe uruguayo dispuesto a casarse con la primera interesada. No, esas eran las bromas: Beto tenía que tener su arte. No había otra.

Pero esa noche yo no tenía ganas de acompañarlo en sus trotes.

Ahora creo recordar que acababa de salir de una fuerte decepción amorosa. De esas que te dejan tan golpeado que recién cuando han pasado, te puedes volver a reconocer como la persona que eras antes de empezar a embrollarte en ellas.

-Che, Jorge –me dijo unos minutos después-. Mirá, che. Te pago el consumo de toda la noche, pero me tenés que acompañar. Me han invitado a su casa. Va a ver una pequeña fiesta. Vas a ver lo lindo que la vamos a pasar los cuatro.

-Beto –le respondí-. Hoy es miércoles, ¿qué alemán hace una fiesta un día de entresemana?

-¿Ves? Se trata de algo especial, che. Vení. No seás mal amigo.

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 08-11-2007

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