DE PLUMAS BLANCO (Cont.)

EL GRAN EDREDÓN BLANCO

A pesar del cansancio, los acompañé, llegamos al departamento de las dos chicas y el asunto continuó.

Éramos, efectivamente, cuatro. Nos habíamos instalado en la cocina y bebíamos cerveza. Yo estaba convencido de que se trataba de dos mujeres que formaban una pareja.

Tal vez no le quería demostrar una de ellas nada a la otra, sino simplemente ponerla celosa. A mí no me importaba la modalidad. Estaba cansado y no veía la hora de retirarme a dormir.

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En un momento determinado, harto de estar conversando tonterías con la otra chica, me levanté y salí al balcón.

El frío colonés de ese año fue insoportable como pocos.

Había caído nieve todos esos días y esa era una de las razones por la que no me quería ir solo a casa. Tal vez temía caerme en algún lugar, quebrarme una pierna y morir congelado.

Días atrás había salvado de morir a un Penner, a un clochard alemán, a un borrachín sin hogar. Lo había encontrado al regresar de una fiesta a las cuatro de la mañana tirado frente a la puerta de mi edificio, ya casi sin respiración y a 20°C bajo cero. Lo desperté a la fuerza y le debo haber salvado la vida entonces, evitando que muriera de congelación.

Beto era casi mi vecino y esa era la otra razón por la que lo esperaba para retornar juntos.

En el balcón no pasaron ni tres minutos hasta que el frío se hizo insoportable. Lo maravilloso de algo así es que, después, cualquier ambiente con cualquier temperatura por encima de los 20°C te llega a parecer como la antesala de un paraíso veraniego.

En el vestíbulo del departamento, mientras recuperaba parte del conocimiento robado por el frío glacial, me puse a contemplar las fotos colgadas en las paredes. Eran cuatro las chicas que vivían en ese lugar. Dos de ellas se encontraban en la cocina y las otras dos debían estar durmiendo en dos de las habitaciones del espacioso departamento.

Volví a la cocina. La cerveza me pareció demasiado fría, aumentando mi cansancio aún más.

Le quise hacer una seña a Beto, pero él seguía entusiasmado con su minita, que llevaba ya varias horas a punto de caer, según su versión.

-Así que ustedes son cuatro aquí –empecé a decir, tratando de hacer conversación.

-Por ahora tres –dijo la otra chica-. Paola se encuentra de vacaciones. N. está durmiendo en su cuarto. Por eso estamos aquí en la cocina y no en la sala. Menos ruido para ella.

-Ah –dije yo, viendo que los tres seguían pasándosela bien con las payasadas de Beto y la cerveza más que fría.

Cuando ya no pude, me levanté y anuncié que me iba.

-¡No, no, no! –dijo Beto, haciéndome un guiño-. Aguantá solo quince minutos y nos vamos.

Lo repitió en su alemán casi perfecto.

Lo malo era que sus quince minutos eran un engaño conocido. Según él, si la mina quería de verdad algo con él, tenía ahora los minutos finales para dejárselo claro. Si no era así, era él al que le quedaban esos minutos para voltear el partido. Un partido que en este caso ya llevaba perdiendo varias horas seguidas.

Salí al vestíbulo a contemplar las fotos. El ambiente cargado de humo de la cocina me resultaba más que insoportable. Entonces, también fumaba yo. Pero una cosa es fumar y otra fumar.

Después de unos instantes de estar viendo otra vez las fotos, me di cuenta de que si no me echaba en algún lugar, me iba a caer de cansancio allí mismo.

Se me ocurrió tenderme en el sofá de la sala, pero solo al abrir la puerta me recibió un frío tan cortante que la volví a cerrar inmediatamente. Se me ocurrió abrir las puertas de las habitaciones con mucho cuidado y buscar la correspondiente a la amiga de vacaciones. Solo quería echarme diez minutos. Poder cerrar los ojos en posición horizontal un momento y cubrir mi cuerpo con algo.

En la que me pareció la correcta, divisé la cama al fondo, cerca de la ventana. Todas las habitaciones del departamento eran muy espaciosas. De techos muy altos y cornisas muy trabajadas artísticamente, que debían tener décadas de antigüedad. El edificio debía haber sido declarado un monumento arquitectónico.

Me acerqué hacia mi objetivo muy lentamente, porque no quería llamar la atención de los demás en la cocina. El silencio era absoluto. La noche era clara y la nieve del parque contiguo ayudaba a reflectar la luz de la luna y de los postes de alumbrado público. Pude distinguir al final de la habitación, casi junto a la ventana un gran edredón blanco sobre una cama muy baja, casi como si se tratara de dos colchones colocados uno encima del otro, pero sobre el suelo.

Me acerqué con mucho sigilo. Solo me faltaban unos instantes para llegar al paraíso y poder descansar unos minutos.

Al llegar, noté que efectivamente se trataba de dos gruesos colchones colocados sobre el suelo, uno encima del otro. El conjunto lo coronaba un inflado edredón de plumas blanco como la nieve que ya había visto desde lejos. Allí podría descansar un momento mi cansancio de horas. Muerto de cansancio me arrodillé y levanté el plumoso edredón. Lo que vieron mis ojos casi me hicieron saltar de susto.

Una muchacha de piel muy blanca y con una larga melena muy rubia dormía completamente desnuda en posición fetal bajo el edredón.

Mi primera reacción fue salir corriendo antes de que se despertara y lanzara un grito.

Me levanté y me apresté a retirarme con el mayor cuidado posible. Mis movimientos no fueron especialmente rápidos. No es necesario mentir. La visión era realmente impresionante. Su desnudez, su blanca palidez, la luz de la luna y de la nieve afuera. La casualidad y el cansancio que me habían llevado a ese momento, a ese lugar, a esa experiencia. El vapor caliente que despedía esa humanidad rubia. Era una escena surreal.

Intenté taparla nuevamente, moviéndome como quien quiere escaparse de un lugar sin ser notado.

En eso, despertó.

Esto que cuento es verídico. No es ningún sueño ni invento alguno.

Recuerdo que el tiempo se detuvo primero por el pánico y después por el efecto de su mirada. No sé cómo ocurrió.

Son esas cosas que las pruebas diez mil veces y no salen así ni en las películas. En el mismo instante en que me invadió el deseo de cubrirla de besos, ella ya se había colgado de mi cuello y me atraía hacia sí, besándome con rabia.

Cubrirla de besos. Sí, como en las letras de las canciones más bobas. No se trataba de una metáfora para mí. Ella se había lanzado a capturar mi boca, de tal manera que empecé a dosificar mi cuerpo, sus movimientos y sus posibilidades. La abracé, la toqué con todas mis falanges, con mis muñecas, con mis antebrazos y con mis hombros. Sentía que me faltaba cuerpo para poder sentirla a plenitud. Quemaba. La tocaba con mi pecho y mi abdomen, con mis costillas. La sentía con mis caderas y con mis orejas, recibiendo su ardor. Con las palmas de mis manos y mis dedos pugnando por conocer todos sus secretos.

Sentí perderme en ella, pero solo para volver a la superficie y volver a hundirme en su lava, como alguien a punto de ahogarse a quien se la han volteado los mundos y encuentra su oxígeno en el fondo del mar.

La palpaba con mi cuerpo entero. Mientras la besaba con todas mis lenguas y todos mis labios y con cada uno de mis glóbulos rojos vibrantes, sentía cómo me pasaba todo su magma y en un instante supremo supe lo que era el verdadero éxtasis. La podía sentir sobre mi piel como una piel buscando su forma final en la mía. ¿Por qué tratar de nombrar lo indescriptible?

Como ninguno de los dos lo esperábamos, nuestros cuerpos habían reaccionado con fuego natural, como dos almas recién lanzadas a inaugurar el paraíso.

Si las buenas metáforas son aquellas que podemos entender y gozar, porque podemos imaginárnoslas perfectamente en la realidad; las mejores son aquellas que uno las conoce por contacto, por experiencia física propia. No como fruto del pensamiento o de las palabras. ¿Alguna vez han escuchado que el alto placer también puede causar un dolor infinito?

Ya no recuerdo cómo terminó esa noche. Solo sé que he olvidado su nombre y que nos volvimos a citar.

Quedamos en el departamento que compartía en ese entonces con mi amigo Andreas M.

Ella llegó, nos saludamos bastante fríamente y se sentó en la primera silla que encontró. Teníamos solo tres en toda nuestra vivienda, de tal manera que no fue una elección complicada. Estaba vestida como se acostumbraba en ese frío invierno -el más crudo que le conozco a Colonia-, con guantes, gorro de lana, abrigo, botas y chalina.

Estaba contento de no haberle contado nada a Andreas, porque estaba seguro de que se habría burlado de mí:

¿Esta es la diosa del miércoles pasado? -habría dicho él, o algo por el estilo.

Después de una copa de vino bastante anodina, nos dimos cuenta que no teníamos mucho que decirnos y decidimos salir a dar una vuelta. La noche era muy fría. Ideal para caminar sin decirse nada.

N., sin ser una diosa terrestre, tenía muchos encantos. Muchos de ellos parecían haberse quedado haciendo guardia bajo el edredón de plumas blanco de su habitación. Ninguno de los presentes comparable con los que yo había vivido –bebido de ellos- un par de noches atrás. Era bastante atractiva, sí, pero tímida a la vez, de tal manera que no cundió ningún tema en especial en nuestra conversación.

Después de andar vagando y perdiendo el tiempo por varios bares, volvimos a mi departamento y terminamos apareándonos. Lo hicimos como dos principiantes avergonzados por algo, pero sin saber concretamente de qué. Sabíamos que, a pesar de haber vivido juntos una experiencia que quizás nunca se volvería a repetir en nuestras vidas, no nos pertenecíamos.

Lo hicimos tal vez para herirnos porque nos había sucedido una vez el milagro y nunca más nos iba a volver a ocurrir juntos. Intuitivamente, comprendíamos que esa era nuestra fúnica orma de no olvidarnos.

Porque el dolor, muchas veces, suele dejar más constancia que el placer y la felicidad.

Lo sabíamos sin haberlo aprendido de nadie.

Solo abrazándonos como dos desesperados que nunca más se iban a volver a ver, bajo el gran edredón blanco.

HjorgeV

Colonia, 09-11-2007

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