WOODY ALLEN: MANHATTAN EN BLANCO Y NEGRO

No hace mucho –Bergman acababa de morir y el más bergmaniano de todos los cineastas le dedicaba unas líneas-, leyendo un artículo de Woody Allen, volví a pensar en lo injusta que algunos pueden pensar que es la vida.

¿Qué podía sentir alguien, como Bergman, que había recibido el reconocimiento mundial por su trabajo, numerosos premios (cuatro Oscar, entre otros, incluyendo el premio recibido en 1997, en Cannes, al Mejor Cineasta de Todos los Tiempos), y, sin embargo, sabe que todo eso no le va a servir de nada ante el toctoc en su puerta de esa damisela llamada Guadaña?

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Lo dice Allen claramente en ese mismo artículo:

Lo he dicho en alguna ocasión, hablando con gente que tiene una visión romántica del artista y considera sagrada la creación: al final, el arte no salva a la persona.

[…] Alguna vez he dicho, en broma, que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una voluntad de creer en el más allá. Yo creo que, más que vivir en el corazón y la mente del público, preferiría seguir viviendo en mi apartamento. Y es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas, en museos, televisiones y DVD, pero, conociéndole, ésa es poca compensación, y estoy seguro de que le habría encantado cambiar cada uno de sus filmes por un año más de vida.

Lo que más me asombró de ese artículo, empero, fue leer a otro Allen en la traducción al castellano. Porque resulta que una o dos semanas atrás yo ya lo había leído en la traducción al alemán en un diario de este país.

Fue como descubrir a un ser más ligero, más abierto, más liberal en castellano.

Tal vez esté exagerando. Se tratan solo de traducciones, claro.

Pero el Allen que había leído en alemán, se parecía mucho a ese Allen doblado, justamente, al alemán.

(No sé con qué voz lo doblarán en España. Aquí, tanto él como Richard Gere, por ejemplo, ambos conocidos por sus hilitos de voz en persona, se les presta en el doblaje voces gruesas y con excelente dicción que poco tienen que ver con la realidad, por lo menos en lo que respecta a la altura de sus voces.)

En todo esto he vuelto a pensar ahora que había empezado a escribir sobre el Otoño. Se me vino a la memoria ese lúcido, pero a la vez muy triste y melancólico artículo del judío Allen. Características estas, que, como en sus películas, no son fáciles de notar a primera vista.

Su obra cinematográfica Manhattan, es la que más marcas ha batido en mi vida.

La debo haber visto por lo menos unas seis o siete veces. Y espero volver a verla un par de veces más todavía.

Fue de las primeras que acudí a ver corriendo, apenas me hube instalado aquí en Colonia, marcando así el inicio de la etapa alemana de mi vida.

Recuerdo la lluvia de otoño que me pescó, mientras corría por la Schildergasse y la Hohestrasse –las principales vías peatonales colonesas- en dirección al cineclub de uno de los grandes museos de esta ciudad, con mi saco (prenda que exigía la escuela) y mi maletín de recién contratado profesor de idiomas.

Y allí me senté yo. Como un perro mojado por la lluvia, en medio de innumerables butacas vacías.

Dispuesto a ver por repetida vez esa gran declaración de amor en blanco y negro a uno de los cinco distritos de la Ciudad de Nueva York que es la película, con Rapsodia en azul de fondo musical, obra de ese otro gran genio también de origen judío, neoyorquino para más señas, George Gershwin.

(Lo primero que me sorprendió fue ver qué tan rápido había aprendido a hablar alemán -y tan bien- Woody Allen. Y con qué voz tan gruesa lo hacía. Fue traumático, porque yo solo conocía la versión original subtitulada.)

Debo confesar que mi esquema romántico de toda una época (¿no llevamos todos alguna o varias veces en nuestra vida por lo menos un esquema romántico al cual nos circunscribimos inconscientemente en los avatares del amor y de nuestras relaciones sentimentales?) tiene que haberse quedado acuñado en gran parte por ese filme.

No miento al decir que durante años, esperé a mi particular Mariel Hemingway, abandonándome –por las razones que fueran- y condenándome al sufrimiento eterno, como justo castigo por mi indiferencia.

Uno de los temas de Manhattan es ese justamente: la importancia de las cosas, y de las gentes, que recién reconocemos cuando las perdemos.

Llegué al arte de Allen Stewart Konigsberg por mi gran amigo de adolescencia y primera juventud, Miguel V., el mismo que me había llevado a apreciar el arte de Visconti en Muerte en Venecia, pero solo consiguiendo que yo bostezara.

Me dio el aviso y allí corrimos a un cineclub limeño a ver, primero, La última noche de Boris Gruschenko y, después, El dormilón.

Creo que estas dos son las películas en las que más me he reído en mi vida, exceptuando las de Cantinflas, El joven Frankenstein de Gene Wilder y Mel Brooks, La generala de Buster Keaton y algunas más que ahora no menciono porque no recuerdo.

(En una sala de cine, digo, porque he visto varias de los Hermanos Marx, por ejemplo, en formato casero.)

He visto más películas suyas con mayor o menor entusiasmo -o decepción-, pero creo que en el fondo de mis músculos cardíacos, sigo esperando pacientemente que vuelva a hacer un nuevo Manhattan.

Es una tontería, sí. Pero es así. Creo, incluso, que nos sucede con muchos autores, sean estos novelistas, cineastas o músicos.

(Tal vez es mi particular forma de querer a esa película. Para que alguna vez en el futuro me haga ver con dolor que ella era y sigue siendo mi película, por más que, como el personaje cinematográfico, siga yo atento no a lo que tengo sino a lo que pudiera venir luego.)

(Con suerte, esta vez, porque si bien el final de Manhattan es abierto, en la vida real nadie me podrá robar esta gran obra de arte.)

Leer lo que Allen dice de Bergman, para mí, es leer exactamente lo que el neoyorquino piensa de sí mismo.

Porque estoy seguro de que Allen no solo era un gran admirador del sueco: ha tratado por todos los medios en muchas de sus películas de ser como él. Sin conseguirlo, eso sí. Porque Allen no es Bergman y éste es único. Como el clarinetista neoyorquino mismo.

Y eso está muy bien así, para todos.

(Un dios duplicado, duplica también sus errores y sus fallos irrefutables. Es un argumento pobre, lo sé.)

Lleva tres premios Oscar este neoyorquino nacido en otro de los cinco distritos neoyorquinos, Brooklyn, quien aparte de cineasta es un gran escritor, dramaturgo, comediante, actor y un magnífico músico de jazz. (Corren feos rumores sobre su vida personal. No me interesan.)

Curiosamente, hasta ahora no se ha presentado a recibir ningún Oscar personalmente.

Para mí esa es otra muestra de su genialidad. Porque estoy seguro de que es su gran timidez, y su gran escepticismo respecto a su propia obra, las que lo han llevado a actuar así.

Aunque él lo niegue, como afirma al final del artículo mencionado, refiriéndose a Ingmar Bergman:

¿Qué influencia tuvo en mí?, me preguntan. No puede haberme influido, respondo, él era un genio y yo no lo soy, y el genio no puede aprenderse ni su magia puede transmitirse.

Si tuviera que decir alguna tontería sobre Manhattan, diría que es la película que más lágrimas secas ha conseguido arrancarme. (Y también de las otras, claro.)

Creo que las verdaderas obras de arte pueden guiar los derroteros de una vida, a modo de faros humanistas interiores y exteriores; por más que, a la vez, sepan muy bien también cómo nublarnos la vista con líquido salado. Si saben, de paso, provocar la risa a modo de limpiaparabrisas de ella, mejor.

Tal vez por eso tengo mis particulares linternas: la poesía de Vallejo y las novelas de Manuel Scorza, por ejemplo.

Y esa antorcha en blanco y negro llamada Manhattan, del genio viviente Allen Stewart Konigsberg, Woody.


HjorgeV

Colonia, 18-11-2007

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