CIBERMALDAD FAMILIAR

La verdad, apenas me asombro ya de la maldad humana.

Lo cual no significa -claro- que no me importe o me deje frío. Al contrario. Pero, de asombrarme, ya poco me asombra.

Pienso que, como especie, por razones básicamente evolutivas nos hemos especializado en sacar ventaja por medio de la rapiña, del saqueo y del extermino directo de nuestros más directos competidores a lo largo de todos nuestros estadios evolutivos. (¿Dónde están, sino?)

Mientras más evolucionaba nuestro cerebro, menos tenían que ver esas conductas -hoy criminales- con nuestras necesidades alimenticias directas. Se trataba de sacar ventaja como fuera.

Que la rapiña y el exterminio ahora ya no se hagan de la manera abierta y desvergonzada de antaño, solo significa que el hombre ha desarrollado una característica más: el maquillaje de la historia y una pésima memoria histórica.

Cuando leo titulares como aquél que decía “Muertes injustificadas en Irak”, me duele el alma del hombre que llevo dentro.

¿Desde cuándo es justificada una muerte?

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Sin el principio primero de respeto a la vida (de todos), estamos condenados a desaparecer como especie sobre la Tierra. (Lo cual no tendría que ser algo necesariamente malo para este planeta, piensan algunos cínicos, como yo, parcialmente.)

A mí no me dejan de afectar, sin embargo, los casos aparentemente triviales de maldad humana a nivel, vamos a decir, local.

Imagínense, pues, a una jovencita regordeta de 13 años que usa correctores dentales y busca en la Red -en MySpace– lo que la vida real apenas le da: reconocimiento, cariño, amistad verdadera y desinteresada, apoyo. Se llama Megan.

Imagínense que esta jovencita conoce en el ciberespacio a un muchacho de 16 años, que llega a interesarse tanto por ella, y en una forma para ella tan inédita, que nuestra muchachita termina enamorándose de él. Su nombre es Josh. Y tiene muy buena pinta él.

La madre de nuestra chica sabe todo sobre su amiguito, pero no se inquieta. Entre otras cosas, porque Josh no parece mostrar esos intereses ‘cochinos’ y ‘perversos’ que todo muchacho de su edad suele mostrar: interés por querer conocer en persona a su novia virtual, por querer encontrarse con ella, besarla y tocarla. Esas cosas, verdaderamente naturales.

La madre tal vez hasta se alegra de que eso sea así, después de todo. No por nada su hija está matriculada en un colegio llamado Inmaculada Concepción, que no significa otra cosa que un embarazo sin sexo: ese tipo de cuentos o creencias propios de toda religión.

Finalmente, el joven internauta se harta de la relación ciberespacial, por razones incomprensibles para Megan, y nuestra muchachita, quien carga sobre sí cierto historial depresivo y hasta se sabe que toma pastillas antidepresivas, cae en un oscuro y profundo agujero.

¿Las razones para la ruptura de Josh? Megan se habría portado de forma completamente inaceptable e injusta frente a sus amigos.

Ella no soporta la ruptura -virtual- y se quita la vida.

Esto sucedió en noviembre del año pasado, 2006. No fue una muerte que pudiera interesar especialmente al mundo.

Ahora ha salido a la luz la verdad: Josh no existía.

Mejor dicho, sí existía. Pero no era un chico sino una ex amiga de Megan. Detrás de ese alias se escondía, además, prácticamente toda su familia, buscando vengarse y burlarse de ella. Es decir, buscando ‘diversión’, entre otras cosas.

¿Una cibermaldad familiar?

La chica no lo hizo sola.

Su madre, Lori D., la apoyó en todo momento en esa mortal burla continua, dándole nuevas ideas e, incluso, solicitando el apoyo de uno de sus empleados en la misma edad que el supuesto internauta, con el fin de darle más credibilidad al asunto.

Lori D., quien fue desenmascarada gracias al reportaje de un periodista de la localidad, no discute su participación. Argumenta que Megan era una pobre chica regordeta y que tarde o temprano habría terminado suicidándose por su carácter depresivo.

No lo estoy inventando. Es una historia real.

Megan Meier, de Dardenne Prairie en el estado de Missouri, EEUU, creyó haber encontrado un amor adolescente en MySpace.

Lo que verdaderamente encontró fue la muerte por ahorcamiento.

(MySpace es un ciberespacio que acoge a 70 millones de miembros. ¿Tantas personas? No. Se trata de identidades. Falsas y verdaderas. Un espacio en el que aún los que son lo que dicen ser, no dicen todo lo que realmente son. O lo falsean, simplemente, casi sin excepciones.)

La tragedia continúa.

Sus padres, Tina y Ron Meier se han separado. Pero Tina, a pesar de creer haber hecho bien sus tareas como madre, sufre de terribles ataques de depresión y culpabilidad.

Sabía del amor virtual de su hija, tenía sus datos de MySpace y sabía lo que hacía su hija. Solo que la noche en que llegó el fatídico mensaje desencadenador, no se encontraba en casa. Ahora esa es su cadena: la de no haber estado cuando Megan más lo necesitaba.

La historia no se hubiera conocido si un reportero de ese pueblucho usamericano de 7.000 habitantes, Steve Pokin del St. Charles Journal, no se hubiera encargado de escribir el reportaje y de enviarlo a cientos de medios de comunicación. Un día después, todo el mundo lo sabía.

El desenmascaramiento de los D., Lori y Curt, no corrió por su cuenta.

Hasta 80.000 páginas digitales se ocuparon y siguen ocupándose directamente del tema. Pokin, con su campaña, también ha conseguido que las nuevas leyes contemplen este tipo de delitos que hasta ahora no eran considerados por ellas.

Este caso bien podría haber servido a los científicos sociales, me digo, para radiografiar sanamente las nuevas relaciones humanas que están surgiendo al calor de las nuevas tecnologías y los nuevos canales de comunicación.

En cambio, la tragedia lo ha teñido todo con su espeso y triste color.

Bien lo dice el dicho popular: Pueblo chico, infierno grande.

HjorgeV

Colonia, 20-11-2007

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