FRÍO FUEGO

El otro día un amigo me pidió que encendiera su chimenea. Estaba ocupado con no sé qué asunto y no quería usar la calefacción.

-Nunca lo he hecho –le dije.

-No es difícil.

-A ver. Lo probaré.

Es de los que delante de su casa tienen leña acumulada, a pesar de tener un sistema de calefacción.

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La idea me gustó. Quise sentirme un niño emprendiendo una tarea nueva. El hombre es un animal que recuerda. Haciéndolo nos acercamos a varios abismos de la memoria.

-He hecho un par de parrilladas. Tengo más o menos una idea –añadí-. ¿Tienes un encendedor?

Lo dije porque no es fácil prender fuego. Es una paradoja, porque muchas veces el fuego cunde cuando no se desea. Y, por el contrario, puede ser lerdo cuando más se necesita.

-Tengo cartones –me dijo.

Era uno de esos días especialmente fríos. Con temperaturas rondando los 0°C, de tal manera que después de entrar y salir varias veces de la casa para recoger la leña, se me hizo claro qué tan reconfortante puede/podía ser el fuego de una chimenea.

Vengo de Lima.

La temperatura más baja registrada fue de 8°C.

No se conoce la calefacción allí. Tenía –tengo- una prima que se jactaba de nunca haber usado chompa durante todo un invierno. (Chompa viene del inglés jumper, lo mismo que jersey.)

Hoy en día casi todas las casas aquí en Alemania tienen la llamada calefacción central, pero antes no era así.

El primer lugar en el que viví aquí en Colonia carecía de ella, por ejemplo. Además, entonces yo desconocía una serie de medidas y trucos para conservar el calor y no perderlo. Nunca pasé tanto frío como en mi primer invierno colonés. Aún lo recuerdo.

El primer invierno que me tocó, fue uno que batió varias marcas. Las temperaturas llegaron a alcanzar los 10°C bajo cero. La gente se moría literalmente de frío.

Lo he mencionado ya aquí, pero vuelvo a recordar al hombre que encontré una madrugada en la puerta del edificio donde vivía. Se trataba de un Penner, un clochard, un borrachín sin hogar. Dormía la que probablemente iba a ser su última noche. Me costó despertarlo y conseguir que se levantara, pero lo conseguí. (¿Se iría a otro sitio a dormir su último sueño?)

Me acababa de separar de mi novia alemana. Por ella había abandonado París y mis primeros planes.

-Ven. Te espero –me había dicho a lo largo de varias noches por teléfono.

-Supongamos que es cierto lo que dices –le dije finalmente-. ¿Por cuánto tiempo?

-Para toda la vida.

A las dos semanas nos separamos.

Por mi parte, había dejado todo en París por esa eternidad tan corta.

Si no me hubiera rescatado su ex novio, no sé qué habría sido de mi vida en Alemania entonces. Fue una separación rara. Yo sentía que la cosa no caminaba y me fui más o menos sin despedirme.

La verdad, la noche en que le caí de sorpresa llegando de Francia, tendría que haberme dado cuenta de que algo no andaba bien. Tuve un frío recibimiento.

-¿No me pedías que viniera para siempre? –tendría que haberle preguntado a Babsi. Era altísima y rubia. Guapa como pocas y con una boca de incendio.

Andreas, su ex novio, se ofreció a ayudarme a establecerme en Colonia.

-No conozco a nadie allí –le respondí.

-Me conoces a mí –me dijo-. Un día de estos paso a recogerte –añadió.

Lo hizo al día siguiente.

Era octubre. En noviembre y diciembre lo pasé muy mal con las lluvias y el frío. Solo tenía mi ropa de invierno de Lima. Entonces, ingenuamente, no me podía imaginar cómo hacían los alemanes para soportar tanto frío.

Dormía sobre un colchón. Como la casa no tenía calefacción, el frío parecía venir de todas partes y proceder del mismo fondo de la Tierra. (Aunque el núcleo interno de nuestro planeta es sólido, está rodeado del núcleo propiamente dicho y que alberga metales en estado líquido debido a las altas temperaturas reinantes.)

Lo único que teníamos era un radiador de aire caliente. El aire se calentaba, sí, pero todo el resto del departamento permanecía frío.

Cuando el radiador se recalentaba y se desconectaba automáticamente, la temperatura en la habitación bajaba mucho más rápido de lo que el aparato necesitaba para volver a calentar el aire. Soñaba con guerras de frío. Soñaba que unos seres extraterrestres me disparaban descargas heladas.

En el carnaval de ese año lo primero que me llamó la atención fue ver a las chicas desfilando en minifalda.

¿Cómo hacían para soportar el frío?

Ahora lo sé. Es muy fácil. Se ponían hasta tres medias pantalón, una encima de otra.

No sé quién me lo dijo, o dónde lo leí, pero la mejor forma de abrigarse es formando varias capas protectoras.

En un viaje que hice a Cajamarca -la sierra del Perú-, recuerdo la vez que, viajando en la parte de atrás de una camioneta (al aire libre), me recomendaron que me pusiera un periódico entre mi ropa y mi cuerpo para paliar el frío. ¿Un periódico?, pregunté. Sí, sí, me respondieron.

Las hojas hacen de capas protectoras y no dejan que el calor del cuerpo se pierdan tan rápidamente.

Recuerdo que Andreas un día me mostró varios pares de zapatos usados.

-¿Te interesan? -me preguntó.

-No, gracias –le dije.

¿Zapatos usados, yo? La verdad, me pareció tan absurda la idea que me reí.

Poco después me puse a ver lo que tenía y descubrí un modelo que me gustaba especialmente. Me los puse sin ninguna intención, casi por broma. Luego salí a la calle. Era febrero del invierno probablemente más frío de Colonia del siglo pasado.

Los zapatos aquellos tenían una suela muy gruesa que me hicieron recordar los makarios, unos zapatos con suela muy gruesa que estuvieron de moda entre mi niñez y adolescencia allá en Lima.

Eran cómodos. Parecían casi nuevos. Una gran diferencia con respecto a mis mocasines limeños.

De pronto, me di cuenta que ya no sentía frío en las plantas de los pies. (¡Había descubierto el fuego!)

¡Cómo podía haber sido tan tonto! ¡Me había pasado casi todo un invierno con zapatos de verano y recién me daba cuenta! La suela de mis mocasines limeños apenas servían como aislante y yo no lo había notado. Me había parecido la cosa más natural del mundo pasar frío en Alemania.

Puse la leña en la chimenea.

Haciendo parrilladas había aprendido que sin aire (sin oxígeno, en realidad) no se puede obtener fuego. Acomodé las piezas de madera de tal forma que entre ellas pudiera circular el aire. A los pocos minutos se había formado una buena hoguera.

¿Cómo se habrán alegrado nuestros antepasados de hace miles de años –en un día especialmente frío de invierno- al ver que un rayo caído del cielo incendiaba un árbol?

(Lo vi una vez en Barcelona. Vi caer un rayo y cómo se incendiaba un árbol, a continuación.)

Así me sentí yo frente al fuego. Sintiendo el calor benevolente de la madera consumiéndose.

En la historia de la humanidad hay varios hitos importantes.

Cuando el hombre aprendió a hablar, por ejemplo. O los inventos tales como la escritura, la agricultura, la imprenta, la electricidad. La Red, que nos ha abierto puertas insospechadas en nuestro desarrollo como seres pensantes.

Pero, ¿qué habría sido de la humanidad sin el fuego?

¿Qué sintió el primer hombre que lo pudo obtener por su propia cuenta, por su propia mano?

HjorgeV

Colonia, 24-11-2007

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