VIVIR SIN TECHO (Continuación)

La joven mexicana –cuyo caso había empezado a contar ayer- tenía un hijo pequeño. Se había casado con su esposo alemán más o menos a ciegas, a través de una agencia matrimonial.

Se trataba de un empleado de una empresa de seguridad, que, incluso, tenía permiso para portar armas; de tal manera que la mexicana le tenía un miedo enorme y había tenido que planear muy bien todo, cuando decidió abandonar el hogar conyugal debido a los maltratos y al encierro en el que vivía.

Para poder huir del marido había enviado con otros pretextos a su hijo a pasar un par de semanas a EEUU, donde vivían sus padres, los abuelos del chico. En la primera oportunidad que se le había presentado, se había dirigido a un centro especializado en casos de mujeres víctimas de la violencia doméstica.

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Gracias a esa organización no gubernamental, había conseguido pasar anónimamente de ciudad en ciudad hasta llegar a Colonia.

En esta ciudad ya llevaba un par de semanas cuando me la presentaron. En ese entonces yo tenía un negocio y una de las preguntas era si ella podría trabajar allí. Lo malo era que no conocía el oficio. No solo eso, deseaba hacerlo –si mal no recuerdo- de forma más o menos ilegal para evitar que su nombre pudiera ser rastreado por el marido. Por lo menos, hasta que terminara el juicio.

Me contó más o menos detalladamente su caso. Le di varios contactos, sobre todo de mexicanos y quedé en ver qué podría hacer por ella. Recuerdo que se le veía muy golpeada psicológicamente. Era una persona atravesando ese tipo de fases tan duras, que uno llega a perder todas las esperanzas de encontrar alguna solución. Quería salir del circuito en el que, si bien recibía ayuda gratuita y podía permanecer el tiempo que quisiera, no era nada que le diera especialmente fuerzas para seguir.

Pero su mirada tenía una luz. Un punto hacia el cual ella se orientaba, cada vez que creía perder la brújula: su hijo.

Por un lado, tenía miedo de que el marido la volviera a ubicar. Su idea era trabajar y ahorrar, mientras se resolvía el juicio que había iniciado para obtener la tutela del niño. Lo bueno de todo, era esa luz. Tener un motivo para no abandonarse y seguir. De tal manera que eso le daba fuerzas y no la hacía cejar en su empeño. No volví a saber de ella.

En otra oportunidad –ya lo conté aquí en forma de cuento en La casa quemada-, una bella brasileña de aspecto europeo y de hermosos ojos verdes se acercó a pedirme que le alquilara una especie de apartamento que yo usaba de oficina. Su casita se acababa de quemar y, temporalmente, no tenía dónde vivir. Poco después pudo alquilar algo nuevo y salió de sus dificultades.

Su caso fue más simple, pero muestra bien que las razones por las que se pueden perder el techo bajo el que se vive, no tienen por qué ser especialmente complicadas.

(Sin ir muy lejos en el tiempo, no olvidemos que las continuas guerras sobre el planeta que el Primer Mundo alienta y mantiene vendiendo sus armas, son las responsables, por ejemplo, del horrendo caso de Irak, cuya ilegal invasión tiene como secuela ya, no solo más de medio millón de muertos, sino que se calcula en 4 millones el número de iraquíes que han debido abandonar sus hogares. El más grande éxodo en Medio Oriente desde la creación del estado de Israel en 1948. Algo que pocos saben.)

En todo esto pensaba cuando le dije al cajero aquello de que eso de quedarse –literalmente- en la calle le puede suceder a cualquiera.

-Es también cuestión de carácter –me dijo, finalmente-. Soy estudiante de Psicología y sé de lo que hablo.

Le quise decir que no tenía que ser necesariamente cierto, pero me limité a hacer un gesto con las dos manos.

¿Una cuestión de carácter?, me pregunté después, quedándome con la idea durante varios días en la mente.

¿UNA CUESTIÓN DE CARÁCTER?

Y si así fuera, ¿por qué negarle una ayuda entonces a esa gente? (Otra cosa es, si uno no está en las condiciones o posición de hacerlo.)

Justamente ese joven con su negativa estaba mostrando cómo funciona el círculo vicioso al que caen las personas sin hogar.

Una vez que han perdido éste, conseguir la reinserción en la vida llamada normal es lo más difícil, porque las puertas se empiezan a cerrar por todas partes. No se consigue trabajo porque no se tiene domicilio fijo, por ejemplo, y no se puede tener domicilio fijo porque no se tiene trabajo. Los ‘amigos’ suelen correrse, además. (A eso sumar que las causas de la pérdida del hogar no tienen por qué haber desaparecido necesariamente con el tiempo. Pueden haberse empeorado, incluso.)

Si además lo poco que pudieras conseguir de dinero para sobrevivir te es negado, como en este caso, ¿qué te queda?

De mis primeros tiempos aquí en Colonia recuerdo el caso de un hombre de Trinidad Tobago. Le decíamos El Lobo porque tenía unas grandes cejas, llevaba el cabello largo recogido hacia atrás en una cola y usaba una barba que le daba un parecido a una especie de Papá Noel caribeño.

Cuando lo conocí, se dedicaba a recorrer la zona peatonal de Colonia con su cámara en la mano, fotografiando escenas callejeras y a personas, especialmente a los artistas de paso por la ciudad.

En ese entonces el hombre acababa de perder su trabajo en una multinacional. Él era un especialista en informática y le había iniciado un juicio a su ex compañía por despido intempestivo.

Lo que este caribeño con aspecto de aborigen australiano no sabía, era que el juicio habría de durar casi diez años hasta la completa resolución de su caso.

Cada vez que ganaba uno de los juicios, los poderosos abogados de la poderosa multinacional recurrían a la siguiente instancia. Era uno de esos casos, en los que, de haberse usado un sano juicio humano, se podrían haber puesto todos de acuerdo y haber ganado mutuamente. Por lo menos se hubieran minimizado los costos de todo tipo.

Los que seguramente ganaron más, fueron, al final, los (esos) abogados, porque el asunto destruyó la vida de nuestro ‘tobaguense’ y a la empresa tiene que haberle importado un pepino el dinero desembolsado en su caso.

(Por este milagro de la Red, me entero que Trinidad y Tobago es, en realidad, un conjunto de dos islas, distantes más kilómetros entre sí, 32, que ellas mismas de las costas venezolanas: apenas 20 kilómetros. Ahora entiendo por qué nuestro amigo siempre decía que él era en realidad un latinoamericano, a pesar de hablar la lengua de su país, el inglés.)

En cambio, Lobo ganó otra vida.

Cuando sus ahorros se terminaron, debió abandonar el bonito apartamento que arrendaba y todos los lujos y comodidades de su vida anterior.

Como había sido arrojado literalmente a la calle y guardaba en su interior un gran artista, decidió fusionar ambas cosas y se hizo fotógrafo callejero. (Apenas cobraba por su excelentes fotografías, de las que yo guardo algunas.)

Primero, se lo tomó todo deportivamente, porque sabía que ganaría el juicio y no tenía mayores preocupaciones materiales. De tal manera que cuando terminó inmerso en el circuito de la ayuda estatal (o ayuda social), se preparó para soportarlo.

Este circuito, en el fondo, no constituye ninguna solución sustancial.

Las personas que empiezan a recibir ayuda estatal para poder vivir bajo techo, pernoctan en unos hoteles que se han especializado en esos casos. Es decir, son unos lugares en los que las exigencias de limpieza son las mínimas y caen ellos mismos en el mismo círculo vicioso de sus inquilinos: como se trata de gente que viene de vivir en la calle, el nivel de higiene y ornato va empeorando cada vez más, empujando estos a su vez a sus pasajeros ocupantes a más de lo mismo.

El estado se lava las manos, cumpliendo su papel de limosnero, creyendo que, en realidad, ayuda.

Los necesitados, por su parte, piensan que no tienen nada que reclamar y solo un pequeño grupo de gente hace un buen negocio con esto: los dueños de los hoteles, quienes, debiendo invertir parte del dinero que ganan en mantenimiento e higiene, se lo quedan mayormente.

Lobo se pasó casi diez años de su vida viviendo prácticamente en la calle. Lo hizo más como una forma de protesta. Llegó a estar en la cárcel por negarse a cancelar cierta factura que él consideraba injusta y que igual no estaba en condiciones de pagar de golpe.

No sé si de vez en cuando abandonaría la relativa comodidad de los hoteles o departamentos de la ayuda estatal, pero sí me consta que compartió mucho de su vida y del dinero que recibía -por haber aportado durante años como empleado- con sus compañeros menos afortunados. Colegas, los llamaba él.

Colegas del infortunio.

(Hace cosa de un año lo volví a ver poco antes de que cerrara mi negocio. Tenía el aspecto de un turista europeo por su vestimenta y su forma de andar. Seguía con su cámara fotográfica a cuestas y su sueño de regresar a establecerse en su país. Creo, incluso, que lo había intentado un par de veces, pero sin éxito. Se le veía muy bien, a pesar de su edad, cercana a los setenta años. Había abandonado la vida y los amigos de la calle que había frecuentado por espacio de casi diez años. Algo que se había negado a hacer durante mucho tiempo por simple solidaridad con ellos.

Debe tener un archivo de decenas de miles de fotografías que él acumuló a lo largo de sus años pasados en la calle. Un auténtico y excepcional testimonio fotográfico documental de las calles de esta ciudad desde finales de los años ochenta hasta finales de los noventa del siglo que acaba de pasar.)

TENER EN QUÉ CREER (Y TENER PARA CREER)

O ese otro caso de una guapa chica venezolana que acabo de recordar. (Me cuentan que se ha ido a vivir a Miami, me imagino, a tratar de probar suerte como cantante, algo que me consta que hacía muy bien.)

No recuerdo bien cómo la conocí. Creo que noté que estaba pasando por una gran crisis y me atreví a preguntárselo o se había acercado a preguntar por trabajo. Me contó que llevaba dos meses en Alemania y que acababa de terminar la relación sentimental con su novio de entonces, un rubio usamericano al que le gustaba juntarse con latinos.

Lo peor de todo era que la separación le había quitado de golpe dos grandes pilares en su vida: el amor y el techo. Se encontraba sola en Colonia, apenas conocía a alguien.

Le ofrecí la misma ‘oficina’ que ya mencioné anteriormente. En ese entonces, la otra habitación del departamento la ocupaba uno de mis hermanos estudiantes.

Recuerdo que la chica lloró de alegría y yo sentí un gran alivio porque la podía ayudar.

Personalmente, yo había pasado por la misma situación tanto en París como en Colonia. Casi de la noche a la mañana me había encontrado con que tenía que abandonar el lugar donde vivía. En ambas ocasiones tuve una (buena) suerte maldita, pero sólo porque alguien había terminado ayudándome inesperada y muy rápidamente, de tal manera que nunca había tenido verdaderos problemas en ese sentido.

No estaba haciendo con esa muchacha, pues, otra cosa que devolver favores recibidos. (Soy ateo, por si acaso.)

Recuerdo que mi hermano –quien se había alegrado de tenerla como compañera de departamento, porque era una muchacha bastante atractiva-, me contó que no había regresado a dormir. Días después ella me devolvió las llaves y me agradeció de una de esas formas que son tan bonitas y profundas que uno puede llegar a enrojecer al recibirla.

En verdad, muchos casos similares se resuelven así.

Lo que necesita una persona muchas veces no es necesariamente tener varias posibilidades de solución, sino simplemente saber que podría recurrir a ellas en caso de emergencia.

El que sabe que tiene de dónde asirse en caso de una caída, lleva la frente en alto y ve todo más positivamente. No se deja vencer así no más por los obstáculos que se le pudieran presentar. Porque sabe a qué atenerse en caso de emergencia.

No es lo mismo enfrentarse a un nuevo futuro con algo en el bolsillo que con éste vacío, por decirlo con un ejemplo que no es una metáfora, sino, uno justo y real.

Pero todo esto lo debía desconocer nuestro cajero universitario de la otra noche.

Él -a pesar de la formación académica que mencionaba- estaba cometiendo algo rayano con un verdadero crimen social, según mi forma de ver las cosas.

Porque, si la misma sociedad que debería encargarse de ayudarlos, no lo hace, por lo menos ninguno de sus miembros debería osar a arrebatar a nadie, lo último que cualquier persona de este mundo debería perder:

La dignidad humana.

HjorgeV

Colonia, 27-11-2007

One thought on “VIVIR SIN TECHO (Continuación)

  1. Hola Jorge,
    Si, quedarse sin techo es mas facil de lo que uno piensa. A mi me toco hace dos anhos en Berlin. La policia buscaba a un peruano sin permiso valido que estaba registrado en la casa donde vivia, no era yo, pero como estaba tambien sin permiso valido me tuve que ir de esa casa. Pase algunos dias en la calle y luego de casa en casa. Y si pues, hay un circulo vicioso, el sistema no te da una oportunidad porque estas jodido y estas jodido porque el sistema no te da esa oportunidad. Pasa como en un pueblito en la sierra peruana donde el alcalde decia que no valia la pena poner electricidad porque nadie se interesaba en invertir ahi, entonces era muy costoso, cuando nadie se interesaba en invertir ahi, precisamente porque no habia electricidad.
    saludos,
    eldani

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