COMUNICÁNDOSE HACIA EL FUTURO

Nuestra hija mayor está por cumplir 13 años y uno de sus deseos es volver a tener un celular. Uno moderno, se entiende.

(El anterior solo servía para llamar y recibir llamadas.)

¿Necesita un celular o móvil así -de última generación- una niña de 13 años?, nos hemos preguntado.

¿Se trata de una verdadera necesidad (infantil)?

En nuestro caso el asunto no queda allí, nuestra segunda hija –año y medio menor- será la siguiente en desearlo. Y luego vendrán los dos chicos que siguen.

¿Necesitan los niños hoy en día un medio tan poderoso de comunicación?

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Esta pregunta nos la venimos haciendo mi esposa y yo desde hace bastante tiempo. Dentro de los grandes deseos de mi hija por su cumpleaños, está el de tener un handy, como se llama aquí en Alemania.

Justo hace 13 años, cuando mi esposa se encontraba embarazada de ella, me pidió que adquiriera un celular.

-Sé que son muy caros –me dijo-. Pero, imagínate, ¿cómo te vas a enterar en caso de emergencia que ya tengo que ir al hospital?

En ese entonces los celulares todavía no eran algo sobrentendido como ahora. Sus costos de adquisición y mensuales eran tan altos que se podía considerar un lujo tenerlos. No los podía tener cualquiera. Ahora es diferente. Es tan importante como medio comunicación como lo fue la bicicleta para generaciones pasadas.

¿Qué jovencito de los de hoy podría creerme que hace 22 años, cuando llegué a Alemania, llamar por teléfono a mi país, el Perú, me llegaba a costar algo de 2 el minuto, más o menos 1 euro, casi dólar y medio?

(Y eso, hecho desde una simple cabina telefónica callejera, sin ninguna comodidad especial ni aislamiento del ruido exterior.)

Me parece increíble ahora. Una simple llamada internacional de entonces, podía llegar a costar lo que ahora cuesta el gasto telefónico de un mes. (Hay mucha variación, claro.)

COMUNICÁNDONOS HACIA UN FUTURO (¿MÁS VACÍO?)

¿Hacia dónde van las comunicaciones humanas?

¿Cuál es el rumbo que le están dando las nuevas tecnologías?

Las comunicaciones y su carácter, están ya cambiando y van a cambiar aún mucho más de lo que nos podamos imaginar. Los saltos tecnológicos son cada vez más grandes. Su influencia en el modo de comunicarnos crece paralelamente, quizás, también proporcionalmente. ¿Es cierto esto?

Lo es por lo menos en cuestión de forma. Nos comunicamos de forma diferente. No hay duda.

Pero, ¿ha mejorado nuestra comunicación, realmente? ¿Ha mejorado la forma de comunicarnos?

A más avance tecnológico, las distancias personales se acortarán cada vez más. Pero, ¿se acercarán realmente las personas?

Crecerán los contactos virtuales, pero no tanto los reales. Y los primeros irán perdiendo en contenidos.

Crecerá el número de esos contactos virtuales, pero, a su vez, éstos se irán haciendo cada vez más fatuos, yendo a converger cada vez más al simple “¡Hola! ¿Qué tal?”

Nos comunicaremos simultáneamente con Texas, Japón y el Distrito Federal, pero solo para mostrar qué bien la estamos pasando en determinado momento.

¿No será una forma de alejarnos como seres humanos en medio de unos fuegos artificiales majestuosos?

Por el contrario, los mercaderes de tecnología tendrán que romperse cada vez más la cabeza con el fin de ofrecer productos cada vez más llamativos y modernos. Ellos tienen que vender.

El futuro, me imagino, será tener un celular capaz de todo. (Incluso el nuevo iPod aún está en pañales. El gran paso, opino, será poder proyectar la pantalla sobre cualquier superficie y hasta en el aire, y con gran definición.)

Sin embargo, ¿cuál será el verdadero destino, la meta, de esta carrera tecnológica de las comunicaciones?

Si de algo podemos estar ya seguros sobre las nuevas tecnologías, es sobre su gran capacidad para causar ilusiones, mundos y contactos ilusos, más que reales y virtuales.

NUEVOS E INSOSPECHADOS RUMBOS

Por eso, me imagino que la idea (comercial) será la de crear cada vez más grandes comunidades virtuales y cada vez más rápidamente conectadas entre sí. Pero, también, más exclusivas. Por más que esto pueda parecer una contradicción. (El que se comunica no quiere estar solo.)

Se tratará de tener la sensación de pertenecer a determinado o determinados grupos que se mueven (aunque solo sea virtualmente) y, así, sentirnos realizados.

La meta será entrelazar las dos realidades ‘posibles’ -la real y la virtual- y movernos cómodamente dentro ese nuevo medio. (Más o menos lo que hacemos frente a una computadora u ordenador, pero aplicado a situaciones reales, en las que uno mismo se está moviendo: de ciudad a ciudad, dentro de una de ellas, de una fiesta a otra, de un aula universitaria a otra, en medio de un mar de fanáticos de algún deporte o en un concierto.)

Parece ser que el deseo de pertenencia del Mono Sapiens es muy grande.

Tal vez, sobre todo para los ‘más pensantes’ de este mundo –y más cercanos a las ventajas de las nuevas tecnologías- , la única forma de encontrar la propia identidad.

Quedarán a un lado las eternas preguntas: ¿Quién soy? ¿Adónde voy?

Preguntas que no se acompañan, así no más, de otras también lógicas: ¿Tengo que ser alguien (especial) siempre? ¿Tengo que estar yendo necesariamente a algún lugar (especial) siempre?

Me imagino que el gran negocio de las comunicaciones dejará de estar enfocado en la apuesta tecnológica, para convertirlo en un simple sicario de la publicidad y la mercadotecnia. La pregunta será simple:

¿Cómo hago para ilusionar –literalmente- a alguien con mi nuevo producto?

Creo que cada vez más el negocio –independientemente de lo que se venda- es hacer creerle al Mono Sapiens que tiene que ser alguien especial. No basta ser ya uno mismo (y, por definición, alguien especial, porque no hay ningún ser que se repita sobre esta Tierra). La publicidad te dice que para serlo tienes que comprar esto y aquello. Y nosotros, simples monitos, nos dejamos deslumbrar por las luces y corremos hacia allí.

¿No nos estaremos predestinando a crear futuras generaciones vacías de contenidos y solo preocupadas en correr deslumbrados tras algo, sin saber por qué ni para qué?

(Hemos dejado el Mundo en manos del Mercado, ¿qué esperábamos?)

Todavía recuerdo la vez que un familiar mío me convenció para que me interesara por la Red.

-¿La Red? ¿Para qué? –le pregunté, viendo como enchufaba su computadora portátil y el correspondiente cable a la conexión telefónica en una de sus visitas.

-Puedes enviar mensajes a todo el mundo las 24 horas del día. Puedes enviar fotos y saludos a quien te plazca. ¡Y es gratis!

No estaba del todo convencido, pero le hice caso.

Pedí conectarme a la Red. Creo que en los diez años que han pasado desde aquella vez, habré recibido unos dos o, a lo máximo, tres mensajes de parte de ese familiar.

CON LOS PIES SOBRE LA TIERRA

Pero no me arrepiento de ninguna manera, al contrario. Por más que al comienzo la cosa no fuera nada más que lo mismo que de niños hacíamos nosotros con cada nueva Guía Telefónica.

-¡Mira! ¡Allí está el número de fulanita o zutanito!

-¡Sí, ya sabemos dónde vive, también!

Era nuestra particular forma de navegar entonces. Ver quién vivía dónde. Qué negocios existían. Navegábamos en un mejor sentido de la palabra, porque las letras que veíamos las teníamos que completar con nuestra propia imaginación.

¿Están empezando o ya empezaron a anular nuestra imaginación las nuevas tecnologías?

Sí y no, respondo.

Porque lo mismo se decía de la televisión, por ejemplo.

Y entonces navegábamos por una simple guía telefónica con ímpetu, por más que pueda sonar extraño ahora. Claro que, después de un par de veces de navegar, volvíamos a la pelota, a la bicicleta o a los juegos de la temporada. No nos enganchábamos a la guía.

Mi experiencia con los celulares o teléfonos móviles ha sido varia.

Por un lado, en cuestión de negocios, puedo decir que tienen su gran utilidad, pero que ésta se exagera desmesuradamente y uno termina siendo esclavo de la comunicación compulsiva.

Por más que uno sea el jefe, si no se tiene cuidado, se puede terminar de esclavo del móvil o celular.

Es decir, de servir, sirve el aparatico.

Pero hay que estar muy despierto, para no terminar alimentando simplemente las ganancias de las compañías telefónicas.

Es cierto que aumenta la llamada ‘movilidad’ de las personas. En casos de emergencia, son indispensables. Si uno es especialmente olvidadizo, también.

Por otro lado, he sido y soy víctima corriente de la creciente futilidad y fatuidad de los contenidos. Eso de no salir, en el fondo, del consabido “Hola, ¿cómo estás?”, es algo que no sé cómo enfrentar.

¿Cómo decirle a tus amigos que se animen a decirte algo? Por eso, es maravilloso cuando se trata de citarse, perderse entre la muchedumbre y actualizar los puntos de encuentro. Se intercambian informaciones y risas y punto. Maravilloso.

No me quejo, pero pienso que a pocos de los cerebros pensantes empeñados en ir afilando hasta el infinito el poder de estos aparatos, se les ha ocurrido acompañarlos de más contenidos. Eso de “Demuestra ser alguien, comunícate en todo momento” no va acompañado de la respuesta a una pregunta que tendría que ser lógica:

¿Para qué?

Todo esto no lo perciben –ni les importa- a los jovencitos de ahora.

Vivimos, simplemente, otras épocas, en las que si no corres junto a las nuevas tecnologías, tienes la sensación de quedarte apartado irremediable y trágicamente del grupo.

¿Tenemos que entenderlo como padres?

Me atrevo a decir que no. Podremos, a lo más, tratar de comprenderlo, pero nada más.

Sin embargo, creo que tenemos que aceptarlo.

(Aunque tampoco estoy muy seguro de estar haciendo lo correcto. “No me sigan, porque no sé adónde voy”, es una frase certera de Caetano Veloso.)

Es el futuro. Ya está aquí. Pocos saben para qué, pero es así.

Eso que muchos llaman progreso y al que muchos entregan y sacrifican una vida entera.

Para lo que sí servirán las tecnologías del futuro, será para aumentar y diversificar la diversión. En Berlín, por ejemplo, ya se está viendo esto. Son las llamadas fiestas Peng Peng. Lo máximo en este momento. (Estaré contándolo aquí, en esta bitácora.)

¿Me preguntan con qué me quedo?

Sigo pensando que el verdadero progreso consistirá en dar de comer y beber a todos los habitantes de este planeta. Y luego llevar educación a todos.

Entonces, me levantaré a aplaudir. ¡Qué digo!

A contestar con ganas mi celular.

HjorgeV

Colonia, 29-11-2007

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