PENG PENG EN BERLÍN

Todo se inicia como en las películas de espionaje.

Un mensaje que llega solo a los iniciados. Un lenguaje que solo lo pueden entender ellos, por si cae en manos ajenas.

“San Pedro se molestó. Cambio de pelota. Puente Oberbaum se cae. La ventana: próximo cajero”. Algo así -en castellano-, sería el mensaje que empieza a circular.

El que lo envía, como mensaje de texto por su celular, solo lo hace a un determinado y muy cerrado grupo de personas. Éstos, a su vez, lo pasan al grupo que está bajo su ‘tutela’. Cada cabeza de grupo responde por sus integrantes. Si hay alguno que se sale de la onda, simplemente es excluido la próxima vez de la exclusiva lista.

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Mientras tanto, un pequeño grupo de jóvenes empieza a guardar todos los aparatos que ya se encontraban sobre la acera del puente Oberbaum, Berlín, listos para ser conectados a las fuentes de energía que ellos mismos han traído. Ha empezado a llover y es necesario cambiar los planes.

Han llegado en tres vehículos. Dos de ellos son de la marca Volkswagen. Uno es un escarabajo de los años setenta, muy bien conservado, de colección. El otro, un minibús conocido como el VW-Bus. El famoso Fauvebús, como se pronuncia este acrónimo en alemán. Símbolo de las generaciones hippies y contestatarias de hasta no hace mucho tiempo. Deben haber costado una pequeña fortuna.

Se mueven bastante rápido. La lluvia no estaba anunciada, pero igual moja. Cambio de planes. Se dirigen al nuevo punto de reunión. A la ventana.

Un integrante del grupo está concentrado en pasar el nuevo punto de encuentro. Es el mismo que ha enviado el mensaje de arriba.

Carla, en otro punto de la ciudad, lee el mensaje y lo descifra rápidamente, salvo lo del nuevo punto de reunión (“próximo cajero”). El comienzo es más o menos claro: ha empezado a llover (por eso la alusión a San Pedro) y hay que cambiar de punto de reunión, porque ya no es en el puente, al aire libre. Lo de ‘la ventana’ lo entiende, es decir, por dónde hay que mirar ahora. Pero no lo de “próximo cajero”.

Se desespera. Si no hubiera sido por la lluvia, ya estaría en plena fiesta con los demás. Empieza a enviar mensajes de texto a su contacto, Marc. No le puede fallar. No le puede fallar.

¿Una fiesta que se inicie con una llamada a un celular, cuyo número ha sido conseguido con visos conspirativos?

Es sábado por la tarde y Marc recibe el mensaje escrito de Carla. Decide llamarla.

-Próximo cajero, quiere decir el cajero más cercano, más próximo. Es muy fácil –dice él apenas siente contacto al otro lado de la línea, sin ocultar un relativo y frío fastidio por la llamada. Marc es cul, no puede rebajarse a discutir ese tipo de cosas con una Nueva.

-¿Cómo que ‘cajero más cercano’?

-Cajero es cajero, Carla. Aquí y en la Cochinchina. Ustedes los de Derecho son un poco duros para entender.

-No te hagas el chistoso Marc –le reclama ella-. Hay cajeros en los supermercados, en las tiendas, en los restaurantes.

-Cuando necesitas dinero, ¿de dónde lo obtienes? –pregunta Marc, con esa afectación que lo ha hecho famoso en los exclusivos círculos estudiantiles de Berlín.

Banco Papi. Como tú, Marc –dice ella, sin ocultar el sarcasmo de su respuesta y pasando a la ofensiva, discretamente.

-Sí, sí. Pero, ¿de dónde lo sacas?, quiero decir –dice él, encajando el golpe.

-Del cajero automático –responde ella, cortante.

-¿Ves? Que es muy fácil, chica.

-Ajá. Se refieren al cajero automático más cercano del anterior punto de reunión –dice ella finalmente, soltando un soplido de impaciencia y decepción consigo misma.

-Tan dura no eres, ¿ves? –dice Marc, empezando a reír, burlándose.

-Espera que te vea en algunos minutos –le responde Carla, su risa ha servido para relajarla y para hacerle recordar que tiene que ser cul, sino está fuera.

-Querida –dice él, como dejándole claro que no corre peligro de ser excluida, pero dejando clara también su propia posición en este asunto de las fiestas-. Tengo tres o cuatro fiestas más por las que me tengo que decidir. Si nos encontramos o no, será cosa del destino.

-Eso solo te lo crees tú, Marc –le dice Carla, muy segura de sí misma. Ella es guapísima, alta, delgada. Podría ser una modelo internacional si se lo propusiera.

-Y soy dura, sí. Durita. Para que lo sepas, tonto –añade ella, mordiéndose sensualmente los labios, pero a sabiendas de que eso él no lo puede ver.

-¿Durita? –pregunta él, divertido.

Carla cuelga, para dejarlo en el aire.

Todo lo último lo ha dicho casi sin poder contenerse la risa. Quería que Marc supiera que es verdaderamente cul y cree haberlo conseguido. Le gusta mucho Marc. Pero es de esos que lo saben y eso lo hace un poco aburrido como hombre. Demasiado advertido para todo. Demasiado poco espacio para la sorpresa. Lo bueno es que se sabe todo sobre las nuevas fiestas. Le cree eso de que tiene varias para decidirse. Con su pinta, si no fuera así, le llamaría la atención.

Se mira en el espejo retrovisor, se acomoda un poco el cabello y enciende un cigarrillo. Guarda el celular y vuelve a conectar el navegador de su pequeño convertible, a la vez que enciende el motor de éste, el automóvil de su Banco Papi prestado hasta las ocho de la noche. (Su padre confía porque no sabe que se va a una fiesta.) A Marc le ha dicho que tiene 21. En realidad, acaba de cumplir 18. Y no estudia Derecho. Pero no le falta mucho para empezar a hacerlo. No considera a eso mentir. Todos vamos a morir alguna vez, piensa ella, por ejemplo. Y eso tampoco es una mentira.

Cuando empieza a cruzar el puente Oberbaum, se alegra y desconecta el navegador. Ahora solo se trata de encontrar uno de esos bienes francamente raros en Berlín, un lugar para estacionar. Uno relativamente seguro y apartado, pero cerca del lugar de los hechos. No desea que los demás sepan qué vehículo conduce. Convertible, último modelo. No es cul que los demás lo sepan. No es cul provocar envidia con nada. Además, todos los demás tienen padres como ella.

Cuando se acerca ya a pie al puente, no sabe cuál es el cajero más cercano, pero le da igual. Muy lejos no debe quedar el nuevo punto de reunión y lo importante es que su sábado ya está salvado. A ella le gustan estas fiestas Peng Peng.

¡Arriba las manos, es una fiesta Peng Peng!

A pesar de ser una magnífica estudiante, los sábados son los días que le pertenecen a ella sola. Y eso de tener que esperar la llegada de la noche para ir a alguna fiesta o discoteca es algo que encuentra desesperante. Ahora la vida empieza los sábados a las cuatro o cinco de la tarde.

Cuando llega al lugar que le han indicado los transeúntes del lugar, no ve a nadie. Por un momento cree que Marc se ha burlado de ella. Es un truco conocido de los más atrevidos. La carnada que tiran los más guapos para ver quién pica el anzuelo. La chica que pica y se lleva una decepción por una burla así, lo buscará para quejarse y se encontrará con un Marc –sorprendentemente- comprensivo, dispuesto a entenderla y escucharla en todo. Si la chica pica aún más, enamorándose, pasará a convertirse en una más de sus ‘esclavas’.

Pero ella no es de esas. Sabe perder.

Se acerca al lugar dudando. Delante de la filial del banco, estacionados más o menos a la mala, hay un Fauvebús, un escarabajo de colección y un Mini último modelo. El automóvil que le gustaría tener cuando empiece a estudiar en la universidad. Un Rover de la nueva generación. Lo que le ha prometido Banco Papi si aprueba todos los exámenes.

Sí, son ellos. El corazón le empieza a latir más fuerte. Solo pueden ser ellos.

Ya ha estado en una fiesta así. Todos son gente como ella, estudiantes pudientes dispuestos a pasar una serie de barreras con tal de llegar a escribir historia. De dejar una huella verdaderamente nueva en el mundo. No pasarán a la historia por Woodstock, París 68 o la Love Parade, pero serán la Generación Peng Peng, los creadores de las fiestas más famosas de comienzos del nuevo siglo. Las verdaderamente improvisadas de toda la historia.

La gran diferencia está en que no se trata de un fenómeno de masas. Se trata de algo muy exclusivo. Lo cul de lo cul.

Carla se apresura. ¿Dónde pueden estar?

Entonces, al pasar frente al portal del banco los ve dentro. ¡La fiesta es dentro del mismo banco! Ya han montado la mesa para los discos y las computadoras portátiles. Se acerca más y ve que algunos ya han empezado a bailar. Junto a una pared, las cajas de cerveza y Bionade. Cerveza y Bionade. La primera para los que no tienen que conducir y la segunda para gente como ella. Bionade, la marca alemana que alguna vez conocerá en todo el mundo, piensa.

El corazón le late más aprisa. Se pregunta si tendrá que hacerles alguna seña para que la vean. No. Ya sabe cómo entrar. Qué tonta. Saca una de las cuatro o cinco tarjetas bancarias que le ha regalado Banco Papi. Se pone nerviosa cuando intenta pasar una de ellas por la ranura, para poder acceder a ese espacio normalmente utilizado para las transacciones bancarias fuera del horario de atención.

El joven mendigo que custodia la entrada con su perro, le levanta un pulgar. Ella le regala un guiño de ojos y le lanza una moneda, mientras ve como termina de abrirse la puerta automática que la va a llevar al paraíso por una hora o dos. Hasta que venga la policía y declare finalizada la fiesta.

Vamos a ver, se dice, cuando solo le falta un paso para el cielo, siente el golpe envolvente de la música y ve a Marc haciendo como si no la hubiera visto llegar. ¡Qué cul!

HjorgeV

Colonia, 01-12-2007

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