LA AGRESIVIDAD HUMANA: RAPIÑA Y PIRATERÍA (I)

Se cuenta una anécdota de Alejandro Magno, según la cual, habiendo capturado a un barco pirata, ordenó comparecer a su capitán.

-Dadme una razón para dejaros con vida –le habría dicho Alejandro.

-Gran señor, si en vez de tener un barco, yo tuviera una flota, más guerreros y lo hiciéramos en nombre del cristianismo, me llamarían Conquistador –le habría respondido el pirata.

¡SE ACERCAN LOS VIKINGOS!

Hablando con propiedad, se puede decir que los vikingos fueron unos simples piratas.

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Considero que la piratería es una de las actividades más antiguas del hombre: esa predilección que muestra el Mono Sapiens por apropiarse violentamente de lo que no le pertenece, por necesidad, simple deseo o superioridad, o, incluso, por mero placer.

Me atrevo a afirmar que la rapiña o depredación, es decir el robo y el saqueo con uso de la violencia, es una de las más fundamentales características humanas, junto a nuestra gran curiosidad y a nuestro espíritu aventurero y explorador.

Sin esas características, tal vez nunca habríamos alcanzado a salir de África y expandirnos por todo el mundo, permitiéndonos llegar hasta donde estamos y somos: la especie dominante sobre el planeta Tierra.

Lo que debió iniciarse como simple necesidad y nos ayudó a sobrevivir en los peores momentos (hambre, sed, defensa de lo propio, miedo, frío), tiene que haberse mostrado tan rentable en todo sentido desde un principio, que en algún momento de nuestra evolución como especie, la rapiña tiene que haberse convertido, también, en una simple costumbre atávica más.

(Si a alguien esto le puede parecer bastante duro, hay que recordar que hasta llegar a la llamada Civilización actual, la especie humana en su expansión sobre la Tierra ha seguido un largo camino que no estuvo precisa ni necesariamente cubierto de flores.

Soy de los que están convencidos de que, si bien, la rapiña o depredación nos sirvió de mucho en muchas fases de nuestra evolución, una de las tareas de la civilización actual debería consistir en combatirla, tal como se hace con las actitudes machistas y esa otra patente cualidad que nos caracteriza: la mentira, el maquillaje compulsivo de nuestro pasado, próximo y lejano, casi exclusivamente a nuestro favor.

Opino que mientras más sepamos de nuestra naturaleza y de nuestro sangriento pasado como especie -¿dónde están nuestros parientes más cercanos, como los Neandertales, por ejemplo?-, mientras más abiertamente vayamos construyendo nuestra Memoria Histórica General, más fácil será darnos cuenta de que muchas de las absurdas conductas humanas actuales, tales como la violencia gratuita en el mundo, las guerras, las invasiones y otras atrocidades más, son antes productos del ciego seguimiento de nuestras costumbres atávicas que de nuestro intelecto.

Comprendernos mejor, esforzándonos por ver cómo somos realmente como seres, podría ayudarnos a mejorar como personas en las sociedades que formamos y contribuir así, al avance de ellas.)

Visto así, la piratería marina no vino a ser sino la continuación de las costumbres humanas terrestres, solo que en otro medio: el agua.

Después de haber descubierto la navegación en embarcaciones más o menos confiables y dirigibles, mucho no tiene que haber tardado el hombre en descubrir que las vías marítimas constituían también una vía bastante confiable para la impunidad de ciertas acciones.

Bastaba atacar una población desde el mar –probablemente, mostrando buenas intenciones primero- y después huir sin dejar, literalmente, huella.

La ciencia desconoce qué llevó a ciertos pueblos escandinavos a abandonar sus tierras, cruzar los mares e incursionar en otras a depredar o rapiñar, es decir, a apropiarse violentamente de lo ajeno.

Lo más probable –barrunto-, es que se haya debido a una conjunción de circunstancias.

“La oportunidad es la madre del robo”, algo así reza un certero dicho alemán. (Gelegenheit macht Diebe, ‘la oportunidad hace al ladrón’. O ‘a los ladrones’, literalmente).

Tal vez los primeros vikingos ni siquiera tenían en mente incurrir en la rapiña, cuando llegaron por primera vez a otras costas. Quizás ellos mismos se quedaron asombrados de la gran sorpresa y terror que debieron haber producido con su aspecto: legendariamente, seres de gran estatura, pelirrojos y fornidos remeros.

(Aunque esto de la estatura parece ser algo relativo, según nuevos estudios arqueológicos realizados. Aquella habría estado dentro del rango comprendido entre los 168 y 176 centímetros, algo, de todas maneras, excepcional teniendo en cuenta las malas condiciones alimenticias en que se vivía en esos tiempos, aparte de la ignorancia nutricional que, incluso hasta hoy, sigue existiendo.)

En algún momento tienen que haber notado que con sus drakkars, estaban en franca ventaja con respecto a las demás embarcaciones.

Los drakkars eran unas naves propulsadas por remos, estrechas, livianas y con muy poco calado. Un drakkar era muy maniobrable y podía girar y cambiar de dirección muy rápidamente, a diferencia de las demás embarcaciones que se conocían entonces, que solo eran a vela y que necesitaban una eternidad para cambiar súbitamente de rumbo.

Algunas versiones incluían una vela rectangular que facilitaba el trabajo de los remeros en travesías largas. El poco calado les permitía acercarse lo más posible a la orilla, hasta a un metro de profundidad, garantizando a la vez un desembarco y huida rápidos.

Hasta que a uno de ellos –o a un grupo de ellos- tiene que habérsele ocurrido que tenían poco que perder si probaban a piratear.

Aunque existen otros ataques documentados anteriores, se toma el realizado al monasterio de Lindisfarne en Gran Bretaña, en el año 793, como el inicio de la Era Vikinga en Europa.

A ese ataque le sucedieron muchos más a otros monasterios.

Notar que, como sucede con otros aspectos de nuestra historia, muchas veces las leyendas se encargan de crear personajes, cualidades y características que –justamente- solo son leyenda.

Porque, el solo hecho de que atacaran –precisamente- un monasterio, habla más bien de su gran temor, cuidado y, por supuesto, cobardía agresora. Y también de su buen ojo: por los objetos de oro y plata dedicados al culto que saqueaban de esos lugares.

(Otra característica de la rapiña es esa, por lo demás: le quitamos a quien podemos y con quien nos atrevemos. Somos monos muy cobardes, en el fondo. No solo no nos bastan nuestras armas y nuestra superioridad, tenemos que inmovilizar a las víctimas, incluso, y, de preferencia, que no nos puedan reconocer luego. Piénsese, no más, en la figura de los torturadores, para poner el ejemplo más escalofriante.)

Esos piratas y ladrones históricos han pasado a formar parte de la mitología actual; como si fuera posible imaginarnos que de aquí a un par de siglos todos los carteristas, ladrones, asaltantes, asesinos y atracadores del mundo pudieran pasar a convertirse en héroes de los niños del mundo.

¿Les parece increíble?

Lo celebran libros, historietas, revistas, canciones y películas.

Y todo eso, a pesar de que los vikingos aterrorizaron Europa durante más de dos siglos y medio. ¡Más de 250 años!

¿A quién se le ocurriría pensar ahora que Osama Bin Laden pueda formar parte alguna vez de los juegos y del imaginario lúdico de nuestros descendientes?

¡Se acercan los vikingos!

Este tiene que haber sido el grito de pavor de muchos europeos a lo largo de esos más de dos siglos y medio.

Los vikingos eran un grupo étnico procedente de Escandinavia, descendientes a su vez de un pueblo de origen germánico que debió establecerse en la península escandinava allá por el año 2000 adC.

Como se encontraron con una geografía vecina al mar, muy fragmentada o segmentada, debieron aprender pronto la técnica de la navegación.

Durante más de dos siglos los vikingos pudieron servirse de grandes territorios de Europa más o menos a placer. Venían por mar, se adentraban a tierra por los ríos, asaltaban calculadamente poblaciones, conventos y castillos y luego se marchaban con su botín. Llegaron a asaltar París y se dice que llegaron con una flota de ¡700 embarcaciones!

Remontando los ríos de Francia, Alemania y Rusia, llegaron a conquistar gran parte del territorio de los pueblos eslavos de la antigua Rusia y las islas británicas, Irlanda e Inglaterra.

También asolaron el Mediterráneo -llegando hasta Sevilla, por ejemplo-, en una demostración más de su poderío, principalmente como flota.

No me consta que esté dicho en algún libro de historia, pero supongo que los vikingos también contribuyeron indirectamente a impulsar el redescubrimiento de la -olvidada- pólvora y al desarrollo de las armas basadas en su uso en Europa. Y con ello, al desarrollo de la metalurgia.

Los vikingos constituyen uno de los mejores ejemplos históricos de la rapiña del Mono Sapiens hecha Oficio.

Sé que a mucha gente le aterra esa idea de ligar nuestro origen al mono.

Lo interesante es que, estrictamente hablando, no solo provenimos del mono. ¡Nuestros más antiguos antepasados son los reptiles, los peces, las amebas!

¿Será por eso el temor a reconocer en el mono a uno de nuestros antepasados más directos?

¿Porque siguiendo consecuentemente la línea ascendente -vikingo más y menos-, tendríamos que llegar a que simplemente provenimos de la nada?

HjorgeV

Colonia, 03-12-2007



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