LA AGRESIVIDAD HUMANA: RAPIÑA Y PIRATERÍA (III)

LOS NIÑOS DE HOY Y LOS PIRATAS

Imaginemos ahora a unos seres extraterrestres de esta era, que han elegido un punto del planeta para observarnos. Una casa, dentro de la cual juega un niño en su habitación.

Se acercan a observarlo.

Más o menos la cuarta parte de la superficie de su cuarto está cubierta por juguetes, piezas y figuras que tienen que ver en gran parte con piratas. Es uno de los juegos favoritos del niño.

En sus ratos libres pinta banderas piratas. Le gusta ponerse camisetas con el dibujo de la famosa calavera y los huesos cruzados. Cuando juega con algún amigo a recrear las ‘hazañas’ de los piratas, en su rostro se reflejan furia y aventura, determinación y peligro.

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¿Se puede decir que es un niño normal?, se preguntarían los seres extraterrestres.

¿Un niño de la era moderna tratando como héroes a los piratas, esos seres que aterrorizaron los mares del mundo durante siglos?

¿Tan inclinados son ya desde niños los terrícolas a ese tipo de juegos que de pacíficos tienen muy poco?

¡Qué preguntas!

El niño es mi hijo. (No el de la fotografía.)

Tiene 6 años y es un gran fanático de todo lo que tenga que ver con piratas. (Su fase de los castillos y los caballeros, parece que ya quedó atrás.)

Los extraterrestres me han hecho esas y otras preguntas y me han llegado a angustiar.

Tratando de dominarme, y por el bien del esclarecimiento de nuestra conducta como especie, les confieso algo:

-También recuerdo la vez que a nuestro otro hijo de apenas unos meses (tendría unos diez y ya se podía mantener erguido), le quise hacer un poco de gracia, mostrándole una especie de monitos llamados Monchichis.

-¿Y? ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? –preguntan ellos, curiosísimos.

“Nos encontrábamos frente a una mesa muy baja y con superficie de vidrio, de esas que se usan como centro de sala, en medio de un conjunto de sillones y sofás. Yo trataba de jugar con los muñequitos como si fueran unos títeres. Los mantenía sujetos por detrás y los hacía saltar desde el borde de la mesa hasta el centro de ella, como quien quiere mostrar la disposición a jugar. Con la voz, trataba de imitar ciertos chillidos simiescos.

No voy a olvidar el gesto de concentración de mi tercer hijo. Menos lo que siguió a continuación. De pronto, como si se tratara de otro ser, más fuerte rápido, y decidido, tomó a dos de los muñequitos, uno en cada mano, y los empezó a golpear contra la superficie de la mesa rabiosamente varias veces, mientras iba profiriendo él mismo chillidos de agresividad. Como en estado de trance.

¡Zas!, ¡zas!, ¡zas!

De haberse tratado de animales reales, los habría matado con esos golpes.

¡No lo estoy inventando! Me angustia pensar que yo, siendo su padre, deteste la violencia, y tenga hijos muy pacíficos, sí, pero que gustan también -a veces- de juegos claramente violentos en algún sentido.

Me quedé tan atónito que no supe qué hacer durante un largo momento. Retiré inmediatamente los muñequitos y cambié de tema, algo que resultó tan natural para mi hijo –un bebé de diez meses-, como quien pasa de una fotografía a otra.”

¿ES LA AGRESIVIDAD ALGO SOLO NEGATIVO Y SUPRIMIBLE?

-¿Cómo aprendió tal cosa? –me preguntan los extraterrestres.

-Seguro es que no la aprendió de la televisión ni de su entorno directo –les digo. Es decir, no por observación.

(Mis amigos dirían que eso es lo que suelo hacer con mis enemigos, y de allí lo habría observado mi hijo. Pero esto no puede ser cierto, porque ya apenas me quedan de los primeros, de los amigos, digo. Y de ser cierta solo la segunda parte de la afirmación, que él lo habría aprendido observando, tendría que decir: “¡Oh, qué buen alumno de apenas diez meses!”)

Los seres extraterrestres se despiden, prometiendo volver y me dejan con una serie de interrogantes.

¿De dónde proviene esa agresividad? ¿Es atávica, es decir, está en nuestros genes?

Desde Freud, diversas teorías han tratado de explicar el origen de la agresividad humana. ¿Tenemos que resignarnos a ello? ¿Es nuestra agresividad controlable? ¿Ella explica que exista toda una industria irresponsable dedicada a hacer dinero vendiendo los llamados videos y juegos violentos, y otros artilugios más?

Según el psiquiatra inglés Anthony Storr (1920-2001), la agresividad es un instinto humano que se puede tratar de encauzar y controlar, pero en ningún caso puede ser suprimido.

Por otro lado, muchos investigadores y estudiosos han llegado a la conclusión que las conductas agresivas se aprenden.

¿Cómo lo hizo mi hijo de diez meses, entonces?

-Un momento –me dice mi Loro Atento-. Las conductas agresivas se aprenden, han dicho ellos. Pero no la agresividad. Son dos cosas diferentes. El niño que ve que siendo más agresivo que los demás, es decir, que mostrando una conducta más agresiva puede obtener (en un determinado medio) ciertas ventajas, habrá aprendido que esa conducta es positiva para él.

Me parece lógico.

Podemos tener una mayor o menos agresividad –vamos a decir- en nuestros genes o naturaleza, pero su desarrollo (en conductas específicas) dependerá del medio en el que crezcamos y nos desarrollemos.

PIRATAS, CORSARIOS, BUCANEROS Y FILIBUSTEROS

Decíamos ayer que la piratería es tan antigua como la navegación.

También vimos como desde el año 793, hasta poco después del año 1000, los vikingos fueron los piratas que dominaron el panorama en el Mar del Norte, el Cantábrico y el Mediterráneo.

Se cree que su adopción de la fe cristiana pudo ser una de las razones para que cesaran sus incursiones o ataques. De tal manera que poco a poco fueron perdiendo el interés en atacar a sus propios y nuevos hermanos de fe.

Lo cierto es que en 1252, el rey castellano Alfonso X El Sabio, casó a su hermano Fernando con la princesa Cristina de Noruega, en una muestra de que a ambas partes les convenía antes aunar fuerzas que combatirse el uno al otro.

Pero la piratería continuó en Europa. A finales de la Edad Media, los berberiscos controlaban esta actividad en el Mediterráneo, mientras los llamados vitalianos lo hacían en el Mar del Norte.

La situación vuelve a cambiar cuando Colón llega a América, probablemente, no como el primer europeo o asiático en hacerlo.

Se dice que fueron tres acontecimientos los que marcaron la piratería desde la Caída de Constantinopla (1453) hasta la Revolución Francesa (1789):

1. El llamado ‘Descubrimiento’ de América (1492).

2. La firma del Tratado de Tordesillas (1494), según el cual España y Portugal se dividían esos territorios, excluyendo a Inglaterra, Francia y más tarde a los Países Bajos.

3. Las inmensas riquezas de los Imperios saqueados y depredados en el llamado Nuevo Mundo.

Durante muchos años las demás naciones europeas aceptaron ese estado de cosas, según el cual el comercio con las nuevas colonias en América, solo se podía hacer a través de la Casa de la Contratación, con sede en Sevilla.

Los monarcas peninsulares se esforzaron durante mucho tiempo por disimular las grandes riquezas que arribaban a sus costas procedentes de sus nuevas colonias.

Sin embargo, en 1521, unos piratas franceses a las órdenes de Juan Florin, lograron apoderarse parcialmente del famoso Tesoro de Moctezuma, inaugurando así una nueva era, a la que pronto se plegaron los franceses.

Los españoles reaccionaron con tecnología, desarrollando naves más grandes y seguras: los galeones, impresionantes embarcaciones, provistas de armas de artillería y una serie de defensas contra los ataques piratas.

Entonces, aparece en la historia una nueva modalidad de la piratería, aquella amparada por el permiso o patente de corso dada por un país determinado, en este caso, primero Francia e Inglaterra. (De la palabra corso deriva el sustantivo corsario.)

En realidad, no se trataba nada más que de otro tipo de la misma fechoría (la rapiña), enmascarada esta vez con el antifaz de guerras más o menos inventadas con el fin de tener un pretexto para atacar los barcos de otros países y saquearlos.

La confusión no hizo sino aumentar, porque los primeros corsarios fueron piratas ingleses que se asentaron en diversas islas del Caribe, para realizar sus ataques.

El dicho aquél de Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, bien pudo haber nacido aplicado a los piratas, pero no daba para la rima.

En el colmo de la irracionalidad y enajenación que suelen rodear a las leyes del Mercado, estos corsarios fueron parcialmente apoyados en España, por ejemplo, porque pudiendo pagar precios muchos más altos por ciertos artículos, pronto se convirtieron en muy buenos clientes de ciertos importantes sectores del comercio español.

Termina mañana…

HjorgeV

Colonia, 05-12-2007

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