EL SUEÑO DE DESAPARECER

¿Cuántas veces no hemos pasado por una situación tan penosa, triste, dura o vergonzosa que hemos deseado que nos tragara -literalmente- la tierra?

Creo que cada uno de nosotros guarda en lo más íntimo de su memoria, varios momentos así.

Con suerte, nos podemos reír ahora libre y abiertamente de ellos.

Con menos suerte, los escondemos aún más al fondo de ese baúl en el que atesoramos recuerdos malos y buenos, pésimos y felices. Queramos o no.

Uno de esos momentos lo tuve de niño.

Debía tener siete años o estar por cumplir los ocho. Fue en plena vereda de la avenida Pardo, frente a lo que entonces llamábamos La Academia, y que era un apéndice de nuestro colegio, colindante con el edificio principal.

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Eran esos tiempos en que el horario escolar era partido.

Se iba tanto en la mañana como en la tarde al colegio.

Ahora, en la Lima de hoy, eso sería una locura, porque habría que ser vecino inmediato del colegio; pero entonces era algo de lo más normal que viajáramos una media hora para almorzar en nuestros hogares, y regresáramos en otra media hora más. Qué locura, con todo.

Fue en una de esas pausas del mediodía, mientras esperaba que la camioneta de la señora Domínguez partiera, que vi acercarse al director de nuestro colegio. Salté de la camioneta y me paré frente a él. Pensaba saludarlo como había visto hacerlo en una serie de la televisión.

Si algo tiene de terrible ese aparato, además de haberle quitado el lugar a la religión como el Opio del Pueblo (¿qué habría dicho Marx?), es que desarma a los niños.

Y también a los adultos, claro. Los contenidos son servidos u ofrecidos tan rápidamente que nadie tiene apenas tiempo para pensar.

En mi inocencia, pensaba que estaba actuando bien. Algo así, como decirle a un mexicano ¡Órale, mi cuate! O a un argentino, ¡Pero no te pasés, che, boludo!

Creyendo que con eso me ganaría por lo menos una sonrisa suya, levanté el brazo estirado tal como había visto hacer en la televisión y le espeté seriamente:

Heil, Hitler!

(En alemán, como en muchos idiomas, no existe el signo de admiración o exclamación al comienzo.)

El tipo –un rumano de ascendencia alemana, según decían- se puso tan rojo que al niño de siete añitos que yo era, le dio la impresión de que estaba a punto de explotar y que esa explosión estaba dirigida contra él. Como castigo.

(¡Cómo son las cosas! Ahora que recuerdo esto, tanto tiempo después, caigo en la cuenta que he llegado a establecerme en el país de los criminales nazis. Pero cómo han cambiado las cosas en poco más de medio siglo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Soy testigo de ello, en lo que se refiere a los últimos veinte años.)

Ya no me acuerdo de todo.

Solo recuerdo su rostro a punto de estallar.

Como era famoso por jalar de las patillas a los alumnos ‘mal educados’, por un momento temí que me levantaría un par de centímetros del suelo haciendo uso de aquel rudo procedimiento.

En cambio, desde su gran altura, desde su calva casi rosada, sus anteojos de horma europea, desde su oronda humanidad, escuché que me decía, controlándose al máximo:

-En la tarde quiero que venga tu padre a hablar conmigo.

¡Deseé que me tragara la tierra!

Se trataba de un castigo doble para mí. Mi padre no vivía con nosotros. Tenía otra familia.

De tal manera que yo vivía una especie de doble vida o, en los ojos de un niño, una especie de vida clandestina, y tal vez temía que ahora todos se enterarían de ello. Por otra parte, aunque no hubiera sido así, ¿cómo le podría haber explicado yo a mi padre lo sucedido?

Sabía que había cometido un error gravísimo (lo sabía por el gesto que había provocado en el director), pero, aunque sabía que ya no lo podía remediar y que seguramente no era mi culpa, todo eso no era suficiente para hacer retroceder el tiempo y borrar la afrenta.

Recuerdo que entré en una especie de agudo mutismo.

En el trayecto a mi casa no hablé, ni canté, como solíamos hacer casi todos los días los niños que transportaba la señora Domínguez en su camioneta. Al llegar a casa no pude comer. Recuerdo que me metí a la cama, preso de una gran desazón y un gran susto. Mi madre me preguntó qué tenía. No se lo pude decir tampoco a ella.

-¿Prefieres quedarte en casa? –me preguntó, después, viendo cómo me sujetaba el vientre de puro miedo.

Asentí.

Hagamos una pausa. Demos ahora un salto hasta el presente.

En momentos como el que he descrito, el niño que yo era, quería desaparecer.

Lamentablemente, el susto había sido demasiado repentino e inesperado como para haber pensado en otra posibilidad. Qué se yo. Creer que me convertía en Supermán o esas cosas que se le ocurren a los niños.

¿Quién no ha querido desaparecer de donde está y ‘caer’ en otra vida, con la facilidad con la que se cambia el canal de la televisión o la estación de radio?

Ser otro. Desaparecer.

Volver a renacer en una nueva vida. Un nuevo carácter. Un nuevo personaje. Otros familiares, otros amigos, otras circunstancias.

(Ese simple deseo ya mueve millones como negocio digital: la famosa Second Life. Me ocuparé de ella en otra página de esta Bitácora que Cuenta, pero baste decir que lo malo de ese tipo de segundas vidas, es que detrás de las más lindas rubias y despampanantes morenas, puede haber un enano eunuco escondido detrás de esa identidad. Y lo mismo vale para los Kent o George Clooney que deben andar por allí.)

Me voy a dirigir ahora a usted.

A usted.

Sí, a usted, joven u hombre mayor. No mire a otro lugar.

Me estoy refiriendo a usted mismo. (Si es usted una mujer, también me estoy refiriendo a usted, solo que el poder de su imaginación va a tener que ser más poderoso en su caso. Ya verá por qué.)

Imagínese ahora que usted es, vamos a decir, un ciudadano inglés que sueña con una nueva vida en algún lugar, donde, por ejemplo, el sol es más generoso y no hace tanto frío como en Inglaterra.

¿Le gustaría vivir en el Caribe? ¿En Brasil? ¿En La Florida?

Vamos a decir, más o menos modestamente, que le gustaría vivir en Panamá. (Está de moda, además.)

Imagínese que usted es un funcionario de prisiones. Vamos a decir, más o menos un policía; conocido como honrado además, que ha entregado los mejores años de su vida a ese cuerpo. (Usted, no su esposa.) No se arrepiente de nada, pero usted se ha cansado de ver pasar la verdadera felicidad frente a su ventana, pero siempre del brazo de otros.

Muy bien, se dice usted, honrado policía, servidor de su país y de la comunidad. No quiere hacerle daño a nadie, pero calcula que nunca podrá salir de sus cuatro paredes anodinas, de las vacaciones miserables de siempre y del barrio que estaba bien cuando usted se casó, pero después de veinte años, ya no. Pero, ¿cómo hacer?

Tiene que existir una solución, se dice usted.

A usted se le ocurre una.

Lo conversa con su esposa. Ella al comienzo piensa que no se trata más que una broma suya. Pero poco a poco consigue que le escuche. El plan no es complicado, porque usted es un policía honrado y nadie dudaría de sus actos.

Para empezar, usted es un canoero aficionado. Si a un canoero experto, le explica a su mujer, le puede suceder un accidente, con más razón lo mismo le puede suceder a un aficionado como a usted. El plan es simple. Su canoa se estrellará contra las rocas y usted perderá la vida. Antes habrá adquirido un seguro de vida por, vamos a decir, suculento.

Después de algunos años, su viuda podrá cobrar finalmente esa suma. Y empezar una nueva vida con usted.

-¿Qué te parece? -le pregunta usted a su esposa.

-¿Dónde estarás metido todo este tiempo? –le replica ella.

-Ese será mi problema –le responde usted.

El día planeado, vamos a decir, marzo del 2002, su canoa roja se destroza al chocar contra unas rocas en los estuarios Tees, en Cleveland, la zona donde ha vivido usted. Más tarde, alguien encuentra los restos de la embarcación y avisa a la policía.

Como usted mismo pertenece a ese cuerpo, las patrullas de salvataje –sintiéndose sus colegas- se abocan 85 horas en su búsqueda. Un policía honrado no es abandonado así no más, ni en la muerte, sabe usted. En la búsqueda participan helicópteros y los guardacostas, llegando a cubrir 200 millas cuadradas alrededor del punto de su desaparición.

Usted no lo sabe, pero los costos que ocasionan su búsqueda infructuosa llegan a sobrepasar las 70.000 libras esterlinas, más de 100.000 euros o más de 150.000 dólares.

Pero el tiempo pasa y con él llega el olvido.

Como usted (John Darwin de nombre original, ahora un nuevo ciudadano con un pasaporte a nombre de John Jones) era un policía conocido como honesto, su esposa consigue que un juez de instrucción, apenas un año después de haber sido dado usted por desaparecido, dictamine que se le dé a usted por muerto.

Normalmente, tendría que haberse esperado siete años para obtener una sentencia similar.

¿La importancia de este detalle?

Con esa sentencia su esposa puede cobrar el seguro de vida que usted había comprado previamente.

Ahora usted ya está instalado en otro lugar del mundo, forjando su nueva vida. Ha cumplido su sueño de desaparecer. Los años pasan y en, vamos a decir, noviembre de este año, su esposa decide vender la casa que ustedes habitaban en la localidad de Hartlepool, al noreste de Inglaterra.

Y ella se va a Panamá. A reunirse con usted. Finalmente.

De pronto, semanas después, en este mes de diciembre que ha empezado a correr para llegar al final del año, el mundo se les viene abajo a ustedes dos.

Su plan ha sido descubierto.

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 07-12-2007

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