DIFÍCILES RELACIONES

¿Se puede atacar a X para luego defender a X, usándolo, además como argumento, en un fallo judicial?

Pues eso es más o menos lo que han hecho -decía ayer- los jueces del Tribunal Superior de Hessen, un estado de los 16 que conforman esta unión federal llamada Alemania, estado, de paso, conocido como el más conservador.

El caso era bastante simple, pero no por eso menos complejo, como veíamos ayer.

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A una maestra alemana, musulmana y de origen turco (globalización pura) se le había negado el derecho a ejercer su profesión debido a una prenda de vestir, concretamente, un pañuelo para la cabeza.

Repito una versión resumida del fallo del jurado, porque, en su concisión, radiografía muy bien los entresijos y las contradicciones de una sociedad como la alemana:

Se prohíbe, no solo a los maestros sino a todos los empleados del estado de Hessen y sus comunas, el uso de prendas de vestir que puedan llevar a desconfiar de su neutralidad en el ejercicio de su deber.

 

Las decisiones al respecto, deberán tener en cuenta la tradición cristiana y humanística del estado de Hessen.

No suena mal en un principio.

Pero creo que se puede apreciar más o menos claramente lo que afirmaba en la primera línea: se ataca a X, para luego defender y fundamentarse en X.

¿Qué es lo que los jueces básicamente atacan o quieren evitar? Es decir, ¿qué es X, en este caso?

Si sé leer: la falta de neutralidad.

Desean que la neutralidad que debe caracterizar el ejercicio de su deber, no se vea afectada por ningún elemento, como una prenda de vestir usada como símbolo religioso, por ejemplo.

Pero luego, como en un pase de alta magia, deciden que cierta ‘tradición cristiana y humanística’ será la determinante o decisiva al decidir al respecto. En otras palabras, ¡argumentan con X!

Para decirlo en palabras fáciles:

 

 

 

-Usted no debe usar tal prenda porque hay que defender la neutralidad en el ejercicio de este deber.

-¿Y los símbolos cristianos, no atentan contra esa neutralidad?

-No, porque, eh, cómo explicarlo, no por… ¡nuestra tradición cristiana y humanística!

O con palabras más transparentes aún:

-Aquí solo vale nuestra tradición. La suya no nos interesa.

Punto.

En realidad lo que los jueces alemanes han hecho, ha sido castigar el origen y la religión de esta honrada y sencilla –y corajuda- maestra de escuela. Poniéndola, de paso, en una misma olla con otras personas de su misma religión. Menos transigentes, vamos a decir.

Estos jueces han resumido bien en su fallo el sentir de gran parte de las gentes de este país respecto a sus conciudadanos de origen turco y que representan el contingente más numeroso de extranjeros inmigrantes en Alemania:

“Aquí tienes que comportarte bien. ¡No estás en tu casa! Tus tradiciones no solo no nos interesan, somos capaces de prohibirlas, si es necesario”.

Hay que decir que la relación germano-turca en este país es poco feliz.

Apenas se quieren ambos bandos y aprovechan cada pequeña oportunidad para mostrarlo. Es la convivencia de dos seres dispares que alguna vez pensaron que podrían ayudarse mutuamente, pero, aunque lo siguen haciendo y hayan tenido la oportunidad de llegar a una convivencia sino amorosa, por lo menos libre de malicias, no pasan de tolerarse apenas el uno al otro.

Lo interesante y lo bonito de este país, es que, a pesar de que existe el racismo y la xenofobia –como en todas partes del mundo-, el lenguaje es más importante aquí que el color de la piel.

Vale decir, que el extranjero que domina el alemán, tiene muchas más posibilidades de ser aceptado por el pueblo alemán y asimilarse o integrarse a esta sociedad que aquellos que no lo consiguen, sea por la razón que sea.

Curiosamente, muchos se quejan de que los turcos no hayan aprendido todavía su idioma, repitiendo una letanía que valía hasta hace algunos años.

Porque, si bien es cierto que aún queda mucha gente procedente de Turquía –por lo general esposas condenadas al ostracismo por cuestiones machistas y religiosas, sin oportunidad para aprender el idioma en la práctica diaria-, por otro lado, ya se trata de casos muy raros y que van remitiendo.

El inmigrante turco actual ya no es –correctamente hablando- tal. La mayoría de ellos tiene el pasaporte alemán y habla a la perfección los dos idiomas.

Muestras de que lo del idioma ha sido más un pretexto que una explicación para la conducta poco amigable de los alemanes frente a sus conciudadanos turcos, se puede ver en los siguientes ejemplos.

1. El gobierno alemán que en su momento aprobó la inmigración de trabajadores extranjeros por la amplia necesidad de mano obra, los etiquetó como Gastarbeiter, ‘trabajadores invitados’.

2. Con esa denominación, esperaba dejar claro que su deseo era que contribuyeran al llamado Milagro Económico alemán y luego regresaran a sus países.

3. Por esta razón, entre otras (simple falta de cálculo y perspectivas, por ejemplo), nadie se preocupó de que esos trabajadores inmigrantes aprendieran el idioma del país.

4. Cuando se empezó a notar que la mayoría de ellos ya había encontrado un hogar aquí y no pensaban regresar, como se esperaba, el llamado milagro ya se había conseguido con su ayuda, pero el daño ya estaba también hecho: “Esta gentuza que ni siquiera habla nuestra lengua”, se decía, más o menos en voz baja.

5. A pesar de haber vivido un par de décadas bajo esta ominosa injusticia anfitriona, la mayoría de turcos se dedicó a hacer lo que la gente de todo el mundo quiere hacer, de ser posible en paz: su vida.

6. Cuando se empezó a ver que los turcos empezaron a dominar no solo el alemán a la perfección sino también el idioma de sus padres y abuelos, se empezó a criticar su interés por mantener las dos nacionalidades. Llegándose a ver en ese esfuerzo suyo por dominar dos lenguas, una provocación.

7. La consecuencia negativa de toda esta fallida política inmigratoria la constituyen los enclaves, barrios o guetos turcos en muchas grandes ciudades alemanas.

8. La consecuencia positiva: los turcos de la segunda y tercera generación han resultado ser gente muy emprendedora y trabajadora, y han pasado a tomar un papel importante y activo en la economía alemana.

9. Un efecto curioso: el emparedado o sánguche turco llamado Kebap, se ha convertido en uno de los alimentos favoritos de los alemanes. Así como antes no faltaba el más pequeño pueblo con su pizzería, los quioscos Kebap han sacado la delantera de lejos en el negocio de la comida al paso.

10. Prácticamente no existen alemanes que sepan decir siquiera “buenos días”, “hola” o “gracias” en turco. Simples tres palabras o expresiones. Un gran y el peor ejemplo de qué tan en serio se ha tomado este país su papel anfitrión.

El fallo judicial, entonces, no ha hecho sino reflejar el sentir mayoritario de este país: no queremos extranjeros, no queremos sus costumbres, menos su religión.

Lo cual no tendría por qué llamar la atención a nadie.

Lo único malo es que no es posible.

Las migraciones son fenómenos que se han dado –en mayor o menor medida- en todas las etapas evolutivas de nuestra especie y a lo largo de toda nuestra historia como Mono Sapiens. Creer que el simple deseo y la xenofobia pueden parar esas migraciones es ingenuo. Lamentablemente.

Por otro lado, creer que los alemanes no emigran, es más que ingenuidad: es simple ignorancia.

HjorgeV

Colonia, 13-12-2007

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