UNA BODA POR AMOR (Continuación)

Algunos días antes de la boda, Alejandro se presentó en el restaurante con su novio para discutir los detalles.

El que vamos a llamar Mark, era una persona muy reservada, pero de esas en las que esa característica constituye una virtud y no una barrera.

Por su forma de vestir y por sus maneras, no era posible distinguir sus inclinaciones sexuales. Por lo menos, no, para mí.

Alejandro no era así. Tampoco hablaba alemán.

Les ofrecí un menú especial, pensando en que entre los invitados iría a haber un par de mexicanos, por lo menos algunos familiares del novio, me dije; de uno de los novios, para hablar con propiedad.

Gran ingenuidad la mía.

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-Mi familia no está al tanto de mi vida, Jorge -me dijo Alejandro, no sin pena-. Tampoco, por supuesto, de mi boda.

Creo que él era una persona tan acostumbrada a vivir en un rechazo continuo desde siempre -me imagino-, que ese hecho le afectaba, sí, pero no era nada que pudiera echarle a perder sus ganas y el nerviosismo previo a un acontecimiento de esa magnitud.

Alemania es un país bastante culto, de tal manera que no ha sido muy difícil hacer entender a la gente y a las nuevas generaciones que las inclinaciones sexuales de una persona forman parte de su naturaleza y, como tales, deben ser respetadas.

Me imagino que la terrible experiencia nazi (los homosexuales estaban en la lista de aquellos que esos dementes consideraban ‘inferiores’, ¡si había alguien inferior, eran ellos con su vesania!) tiene que haber curado a todo un vasto sector de esta sociedad en ese sentido.

Pero una cosa es la teoría, y, otra, la práctica.

Lo noté cuando empezaron a llegar los invitados.

No se decía, ni nadie se iba a atrever a comentarlo en ningún momento, pero no pocos se sentían –vamos a decir- algo incómodos por la naturaleza singular de la celebración. Como la ventaja de la cultura –entre otras-, es la constante preocupación por actuar según lo que ahora se denomina corrección política, nadie hacía/hizo ningún comentario que pudiera ofender aunque fuera remotamente el sentimiento de los novios.

El más excitado de todos era Alejandro.

Con su boda, me imagino, se le estaban cumpliendo varios sueños a la vez.

Poder celebrar su casamiento, su unión por amor, y hacerlo abiertamente, eran seguramente dos de ellos.

Haber encontrado al hombre de su vida, en un ambiente –además- poco opuesto a su condición humana, era tal vez el principal.

Digo ‘poco opuesto’ por lo siguiente.

Mark, el novio alemán, como buen director de teatro, también era un fanático de la organización. Cada cierto tiempo se me acercaba para preguntarme si todo iba bien y yo trataba de tranquilizarlo diciéndole que, si bien, esa era la primera boda que se celebraba en mi restaurante y tales celebraciones no eran la regla, teníamos más de diez años de experiencia en la atención gastronómica.

-Solo he descubierto a una persona que no parece estar muy contenta –le dije, con cierta preocupación.

-Es mi padre –me respondió Mark-. Pero no te preocupes. Ha venido por obligación. Sigue sin hacerse a la idea de que no me gustan las mujeres. El pobre.

No supe qué decirle.

-¿Crees que haya algo que yo pueda hacer? –le pregunté, finalmente.

-Ya has hecho mucho más de lo que podríamos haber esperado de una persona normalita –me respondió, guiñándome un ojo-. Tú sabes a qué me refiero.

Debo confesar que estuve a punto de soltar un par de esas gotitas de agua con sal, que a veces se nos escapan sin ningún aviso, demostrándonos así que son sinceras. Ese hombre me había emocionado con sus palabras. Poder servir a mis semejantes, por más que a veces no lo parezca, sigue siendo uno de los principios más altos en mi vida. (¿Qué se hace en un restaurante, por ejemplo, sino?)

-Además, ya me contó Alejandro que tienes un regalo para nosotros -agregó.

Llegado el momento, con Norberto Gaite, el guitarrista argentino que me acompañó durante muchos años (el pobre, por haber tenido que soportarme tanto tiempo: gran contador de anécdotas e historias), pasamos a ocupar el centro del gran salón.

La expectativa era grande y nuestro nerviosismo -el mío, sobre todo- también. Felizmente llevo bastantes años en los escenarios y ya he aprendido a hacer, de tripas, corazón, es decir, a transformar esos nervios en emoción pura.

Como casi siempre, dije algunas palabras a modo de introducción y de agradecimiento. Expliqué que me encontraba muy emocionado porque cada vez se veía menos en este país, a gente verdaderamente convencida de sus sentimientos y de su deseo de hacer a sus amigos y familiares partícipes de esa suerte.

Debo decir que en ocasiones como esa, suelo escoger mi repertorio en el último instante, dejándome guiar por el ambiente reinante y por las expectativas del público.

Sin embargo, dos grandes fuerzas tiraban opuestamente de mí, dejándome por un momento en el aire. ¿Con qué canción podría empezar? ¿Debía empezar con un tema festivo? ¿O, en cambio, con uno -digamos- que pudiera llevar a la reflexión?

Mi primer impulso fue empezar con ese gran bolero de Agustín Lara, Solamente una vez, que bien podía expresar la singularidad de esa celebración, poner la nota festiva y el punto de frivolidad que necesita toda fiesta, por más formal que sea. Además, se trataba de un tema mexicano, como Alejandro.

Lo malo era que los alemanes no entenderían la letra, pensé.

No. Tenía que ser algo que todos conocieran y que consiguiera emocionarlos.

Ya no sé por qué, elegí ’O sole mío.

Tal vez porque es un tema que cantándolo a mí, particularmente, como peruano, me ha hecho volar más veces a mi país, al lugar que alguna vez se llamó el Imperio del Sol, que cualquier aerolínea comercial.

Conté a los presentes que iba a empezar con una canción de más de cien años de antigüedad, compuesta por Eduardo di Capua, un músico napolitano, en uno de sus viajes a Rusia, y que se había inspirado en una melodía que había escuchado en un mercado.

Se dice que mientras un vendedor persa de alfombras la entonaba, el cielo, hasta ese momento cubierto, empezó a dejar pasar los rayos del sol, hasta quedar completamente descubierto, con el sol ahora como absoluto rey celestial.

Di Capua, basándose en lo que recordaba de esa melodía, usó para la letra, versos de otro artista naplitano, el poeta Giovanni Capurro (fallecido, curiosamente, en México) para componer una de las obras que más vueltas han dado al mundo.

Di Capua murió pobre y sin reconocimiento, a pesar de que el gran Enrico Caruso había hecho famoso su tema.

Finalmente, agregué, que Elvis Presley cantó la versión en inglés, con un título muy apropiado para la ocasión: It’s now or never.

Cuando terminamos la interpretación, me dije que había tenido suerte. La magia se había producido y el público nos pertenecía.

Ahora solo nos quedaba llevarlo de la mano durante un par de canciones más y despedirnos, dejándolos con su fiesta.

Para finalizar nuestra actuación, traduje sucintamente el texto de Solamente una vez, haciendo mención de que se trataba de la composición de un gran músico mexicano, conocido en el mundo entero por un tema que lleva el nombre de una ciudad española, Granada.

Los presentes empezaron a aplaudir, al reconocer lo que les decía, de tal manera que no lo pensé dos veces y empecé a cantar inmediatamente ese emotivo tema.

Con la atención y el entusiasmo del público en un momento cumbre, nos despedimos empezando a cantar Solamente una vez.

Entonces se produjo otro momento mágico.

Uno increíble, además, y de esos que pueden dejarlo a uno marcado para toda una vida.

-¡Un momento! –gritó el padre de Mark.

Era un hombre corpulento de casi ochenta años. Llevaba el cabello un poco largo y un tanto descuidado, al modo de ciertos intelectuales ilustres.

Nos quedamos todos tensos. Como de piedra. Para todos había sido ostensible la incomodidad que este hombre había mostrado a lo largo de toda la reunión. Lo veíamos allí junto a nosotros en el centro del gran salón y no sabíamos lo que nos esperaba ahora. En el momento de máxima tensión y atención, gritó:

Da capo! Vuelva a empezar, por favor.

-¡Cómo no! –le dije yo, aliviado, porque, como todos, habíamos esperado lo peor.

-¡Es mi deseo bailar con la novia! –agregó él.

Un murmullo de alivio, emoción y gran sorpresa se escapó de la garganta de todos como un animal repartido en ellas y que volvía a la vida, recomponiéndose en el techo del salón, sobre nuestras cabezas.

Los volví a ver un par de veces más.

Me contaron que siguieron la fiesta hasta el día siguiente y que el padre de Mark se había transformado como por arte de magia. Los recién casados me volvieron a visitar en varias ocasiones más y fueron de los que más entristecieron con el cierre de mi negocio.

-Quiero cambiar de vida –les dije-. Ya está decidido. Además, que ya no es el negocio que era.

-Imagínate –me dijo Mark-. Mi padre también ha cambiado. Nosotros también empezamos una nueva vida ahora. Te vamos a odiar porque ya no tendremos dónde comer un buen cebiche, pero estás en tu derecho.

-Ni un buen guacamole en Colonia –agregó Alejandro, abrazándome con emoción.

-Pero es tu vida- me dijeron casi al unísono.

Como una buena pareja.

HjorgeV

Colonia, 16-12-2007

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One comment

  1. Hola jorge: […] Bueno al fin te he vuelto a localizar y te he leido . Yo no sé porque pero siempre y a pesar de mi condición de macho a la antigua he tenido muchos amigos homosexuales y nunca he tenido el minimo mal entendido siendo tios estupendos que se han llevado muy bien conmigo. Bueno ya que te he localizado quiero que invites a tus amigos lectores a visitar la web de este, el peor escritor del mundo con cinco años ganando el premio de un quilo de tomates de los gordos. Un saludo y un abrazo de tu amigo y lector—http://www.antoniolarrosa.com

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