ESPERANDO LA NIEVE

Qué mañana.

A pesar de no haber dormido mucho –pero bien: unas 5 horas, muy por debajo de lo que suelo dormir normalmente-, había conseguido levantarme muy temprano.

El fin de semana pasado tuve mucho trabajo fuera de casa, de tal manera que se me habían acumulado muchas tareas pendientes, algo que empecé a corregir ayer lunes y deseaba continuar hoy desde temprano por la mañana.

Como es martes y me toca trabajar desde las tres de la tarde hasta la una de la mañana otra vez fuera de casa, me había alegrado de conseguirlo, sin haber contado con la serie de pequeños incidentes que pueden sucederle a una familia de 6 miembros como la nuestra.

Para empezar, mi esposa había dejado anoche la llave de la puerta principal olvidada por fuera, puesta en la cerradura.

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Como en casi toda Alemania, eso no es algo que pueda preocupar verdaderamente. No por los ladrones, que son pocos y están especializados en lugares en donde verdaderamente vale la pena ejercer su oficio.

Lo que se originó fue otro problema.

Cuando una de mis hijas quiso abrir la puerta principal, se encontró con que se podía hacer girar la llave que siempre dejamos puesta por dentro, pero sin conseguir nada más que hacerla girar sin fin. (Siempre echamos llave a la puerta, por los niños más pequeños, pero la dejamos puesta, por cualquier emergencia.)

Mapi, ¿podrías llevarme a la escuela porque he perdido varios minutos tratando de abrir la puerta y en bicicleta ya no llego? -me preguntó mi segunda hija.

-Claro –le dije, contento de poder hacerle un favor sin mayores consecuencias para mis actividades. (Ya veré cómo me las arreglo, me dije.)

-Voy yendo a la camioneta, ¿sí? Salgo por la puerta trasera. La tienes que cerrar al salir, porque haced mucho frío.

-Sí –le respondí-. Solo tengo que ponerme zapatos y chaqueta.

Y guantes, pensé, recordando que las temperaturas habían estado acercándose en los últimos días a los míticos 0°C, cero grados centígrados o Celsius.

Justo en la última Babelia había leído un corto reportaje que se hacía al arqueólogo y antropólogo británico Brian Fagan. Sus palabras sobre las paradojas del mundo actual me impresionaron, por su certeza:

“Observamos en la historia cómo una y otra vez el ser humano ha ido haciéndose más vulnerable a las grandes catástrofes en su afán, precisamente, por protegerse de las agresiones menores y más frecuentes del clima. Nosotros ahora somos vulnerables en una escala como jamás se ha visto, una cadena alimentaria frágil, superpoblación, grandes ciudades en las costas, sistemas de comunicación que si fallan nos dejarán desamparados…”. Fagan, que es un apasionado navegante, utiliza un símil marino:

“Somos el superpetrolero de las sociedades humanas, un pedazo de barco, pero a bordo casi nadie es consciente de los riesgos, navegamos sin cartas, sin pronósticos del tiempo -¡incluso se discute que sean necesarios!-, y sin hacer caso de las olas o de los albatros que huyen. Tampoco parece importarles a muchos que sólo haya botes salvavidas para uno de cada 10 pasajeros”.

Cuando llegué al automóvil, me di cuenta de cuánta razón tenía este sabio, hasta en las cosas más triviales. ¡Una capa de hielo cubría por completo nuestra camioneta!

Como había salido tratando de hacerle un favor a mi hija, lo había hecho imprevistamente, sin preocuparme por el pronóstico del tiempo.

En casos así, el procedimiento común consiste en raspar el hielo de las ventanillas con una espátula de plástico. La tarea toma varios minutos, como se podrán imaginar.

Para lo mismo, yo uso un método propio que siempre me ha dado muy buenos y muy rápidos resultados: lleno una botella con agua muy caliente del caño o grifo y la dejo caer por la superficie de las ventanas y del parabrisas, derritiendo así el hielo.

Lo hice, con un resultado satisfactorio, pero, al encender el motor, mi hija exclamó:

-¡Tenemos 5 grados bajo cero!

Ya era muy tarde, porque ya había hecho funcionar el limpiaparabrisas como de costumbre en un caso así.

Esta vez, esto sirvió para repartir la fina capa de agua por toda la superficie del parabrisas. ¡La temperatura ambiental la convirtió en apenas segundos en hielo!

No se podía ver nada ahora a través del parabrisas.

A tomárselo con calma y a raspar hielo, me dije. Los minutos seguían pasando.

Ya en el cruce principal, recién me di cuenta de que la fina capa de agua que había quedado sobre las demás ventanillas, también se había congelado y ahora me impedía ver hacia los costados.

Intenté bajarlas, pero el hielo lo impedía. Como son eléctricas, ni siquiera podía intentarlo por la fuerza. Calma, me dije, otra vez.

-¿Puedes ver si puedo entrar a la pista principal sin problemas? –le pregunté a mi hija.

-Creo que sí –me respondió ella.

Por las dudas, no lo hice. Y obré bien. Porque, sino, habría colisionado contra un automóvil cuyo conductor llevaba aún más prisa que yo.

-Ojalá caiga nieve –le dije a mi hija ya en la vía principal y asombrándome de la cantidad de escolares en su camino a pie y en bicicleta, pero no con la indumentaria adecuada como para soportar 5 grados bajo cero.

-Así no puede caer nieve –me dijo ella-. No hay humedad suficiente.

Me acordé de mi primera nieve en Colonia.

Lo bonito cuando cae nieve es que, por lo general, el frío no se siente enseguida.

Uno puede salir afuera con lo que lleva puesto y apenas percibir la diferencia de temperatura. (No es lo mismo si corre viento, entonces ni te atreves a abrir la puerta.)

Lo feo o malo es que si se te ha ocurrido creer que vas bien abrigado y ya estás en camino sin la indumentaria adecuada, no hay forma de no empezar a entumecerte a los pocos minutos.

Esta mañana llevaba un pantalón grueso de corduroy o pana, zapatos de invierno forrados por dentro, y, además de un polo, chompa y una ‘polar’, una chaqueta de cuero de oveja encima.

Sin embargo, y a pesar de no haber abandonado el automóvil y de haber esperado que funcionara la calefacción (lo hace con el calor del motor), cuando regresé a casa una media hora o poco menos después, tenía las manos casi congeladas porque había olvidado mis guantes.

Con todo, ver caer la nieve e ir observando como va alterando el paisaje es algo que extraño especialmente. Y lleva a la reflexión, de paso.

El año pasado fue una navidad triste en ese sentido.

No hubo nieve y para muchos fue como una navidad sin regalos. (No me atreví, cobardemente, a recordarle a nadie cómo la pasan los niños de los países verdaderamente pobres del mundo.)

Como soy limeño y a pesar de los 22 años que llevo aquí, para mí las navidades todavía siguen siendo sinónimo de verano, playa y calor.

Pero creo que hay pocas cosas más bellas como jugar en la nieve con tus hijos, sentir cómo las manos se te congelan y luego entrar a casa, con la excitación que producen las temperaturas extremas (te recibe el calor de tu hogar), quitarte la ropa apropiada que llevas encima y alegrarte de poder tomar algo muy caliente, observando cómo empiezan a desentumecerse los rostros y las manos de todos.

En esos momentos te das cuenta de que el calor de un verano podrá ser algo muy agradable, pero que el frío también tiene sus ventajas, capaces de calentar otras fibras de tu cuerpo.

Por eso, ahora, hasta yo espero con impaciencia la primera nieve.

A la vez que, como todos los años, me pongo especialmente triste, melancólico y contento (todo en uno), porque se va otro año y se va acercando uno nuevo.

Aunque para todo esto, como para la nieve, nunca existan verdaderas garantías.

HjorgeV

Colonia, 18-12-2007

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