LA MEDICINA DEL FUTURO (I)

¿Existen buenos médicos en Alemania?

No se trata de una pregunta retórica.

Personalmente, he empezado a dudarlo. Desde hace mucho tiempo ya.

He tenido tantas y tan malas experiencias en todos los años que llevo en este país y he escuchado las de muchas otras personas, que no debería dudar de eso.

Debería estar seguro de que es así. Me estoy refiriendo a la vocación médica, no al trabajo médico, que casi siempre es muy loable.

(Mi esposa me acaba de decir que soy un exagerado. Dice que sí existen algunos médicos con vocación y pasaporte como el suyo. Algunos.)

A mí me preocupa el futuro de la medicina en este país.

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Para empezar, estoy convencido de que los médicos alemanes no tienen vocación.

No puede existir vocación –tomará mucho tiempo cambiarlo- en un país cuya población colaboró con el Holocausto y los demás crímenes del Nazismo, me digo.

Quiero creer que esa es una de las razones por las cuales cada vez que se ve sangre o alguien tienen algún dolor o enfermedad, la respuesta natural y más común de los habitantes de este país es mirar hacia otro lado.

¿Qué buscarán con la mirada? ¿Una ambulancia?

(No es una broma, si existiera ese impulso casi natural por tratar de aliviar el dolor de los demás que yo conozco de mi país –por lo menos de mi ambiente familiar y del de mis amigos y vecinos-, no podrían haber muerto tantos judíos en las cámaras de gas. Menos, de inanición. Alguien -muchos- tendría que haberse compadecido de ellos. Pero no fue así.)

¿O sucede también en otras partes del mundo que la gente mira hacia otro lado cuando se ve confrontada con el dolor humano, vamos a decir, casero?

Por lo menos -repito-, de mi país, el Perú, de mi niñez y de mi juventud, no lo conozco así.

Es más, cuando te pasaba algo o tenías algún malestar o dolencia, tú no sabías de dónde se aparecía tanta gente que tú no recordabas haber visto alguna vez, y que trataba de darte la receta definitiva.

-¿Dolor de cabeza, vecinita? Córtesela, ya no podrá peinarse después, pero habrá desaparecido el dolor. Garantizado.

La vocación médica es algo que se aprende y se adopta desde la niñez.

Cuando escuchamos de la abuela, la tía o la vecina que esto o lo otro es lo que se tiene que tomar o hacer, para aliviar un resfrío o el dolor en alguna parte del cuerpo.

Cuando vemos cómo se forma una especie de consejo de familia para ver qué medidas tomar cuando a un niño le sale sangre por la nariz o le sangran las rodillas debido a una caída.

De mi niñez recuerdo los términos árnica, mercurio cromo y aseptil rojo.

Con esos tres productos había gente que te podía curar de cualquier cosa. Incluso si aún no habías nacido.

El aseptil servía para las heridas en la piel, las típicas de los niños con pantalones cortos. (Me pregunto ahora a cuántos niños habrá horrorizado el aseptil con su aspecto y color de sangre.) Si tenías dolor de garganta, también podías hacerte unos toques con aseptil.

Para las contusiones y los golpes, estaba el árnica.

¡Qué olor a diablo y a solterona sentada toda su vida que despedía ese líquido bendito, no jodan!

Nunca pude entender para qué servía, aparte de que te dejaba una mancha aún más fea que el moretón que al día siguiente –hicieras lo que hicieras- ibas a tener.

¿Por qué, cuando teníamos algo, mi madre lo primero que hacía era llamar a una tía antes que al médico?

¿Porque todavía no era fin de mes y no había recibido todavía el cheque de mi padre y no se podía dar esos lujos? ¿O porque no confiaba en ellos, en los médicos, y más en las tías?

¿O las cosas que nos sucedían solían pasarnos sencillamente por las tardes o las noches, durante los juegos y al final del día cuando ya estábamos agotados y los médicos ya no atendían?

¿Quién no ha tenido -o todavía tiene- una de esas tías que con su botiquín repleto, parecía preparada para la Tercera Guerra Mundial?

Aquí las tías alemanas si te recomiendan algo, es consultar las páginas amarillas.

(Son las únicas personas que todavía siguen usándolas, por lo demás. Y seguro que te pueden hacer quedar mal si les contrapones la Red al buscar alguna dirección local.)

Y si las tías alemanas quieren darte algo contra el dolor, ten la certeza de que será el número de teléfono o la dirección del próximo médico.

Encima, te advertirán de que si es viernes por la tarde –o sábado o domingo-, lo mejor será que hagas retroceder el tiempo y alteres lo sucedido, o, en su defecto, que te molestes en hacer esperar a tu malestar o dolor hasta el lunes siguiente, cuando los médicos vuelvan al trabajo.

A mí esto me parece absurdo.

En Alemania, los peluqueros cierran los lunes, por ejemplo, para recuperar el segundo día libre a la semana, porque abren los sábados. No me parece mal.

(En todo caso es su problema si alguien no quiere ganar dinero los lunes.) (En mi caso ese problema es más democrático, porque se reparte por toda la semana.)

Así, si alguien desea cortarse el cabello un lunes, tendrá que vivir sin cortárselo hasta el día siguiente. No puede pasar nada. Nada grave, por lo menos, ¿no es cierto?

En cambio, ¿qué creen los médicos?

¿Que las enfermedades, accidentes y dolencias también desean hacer sus dos días libres a la semana?

Y de ser así, ¿quién les dijo que los dolores, los golpes y demás, prefieren los sábados y los domingos?

No estoy proponiendo que todos los médicos trabajen durante el fin de semana. Se podrían turnar, por ejemplo.

Los restaurantes y cines dan el mejor ejemplo de que la vida no se detiene los sábados ni los domingos. (Creo que tampoco en ningún momento.)

Claro, alguien podría hacernos recordar que para eso existen los servicios de emergencia de los hospitales.

Pero, siguiendo la analogía, ¿se imagina alguno de ustedes, acudiendo a un restaurante por unas simples papas fritas y terminar recibiéndolas cuatro o seis horas después y encima tener que soportar el sermón del camarero por habérsenos ocurrido ese antojo un domingo al mediodía, algo que bien podríamos haber solucionado en casa?

¿O, se imagina alguien, esperar el mismo número de horas para que empiece una película?

Y hay que pensar que nada es, por lo general, gratuito.

Ahora que también en Alemania se ha empezado a liberar el horario de atención de muchos servicios y negocios, la iglesia ha levantado la voz.

¡El domingo es para descansar!

¿Por qué abren las iglesias los domingos, entonces?, es mi pregunta.

Por lo menos no estaría mal probar a dejar a dios en paz dominicalmente, a ver si así retoma el trabajo con más ahínco al llegar el lunes. Bastante ya debe tener ese señor con tratar de reparar lo que alguna vez se le ocurrió hacer ¡en una semana!

(Como soy ateo, la verdad, no sé de esas cosas, ni podría fundar el PaDiLiDo, el Partido Dios Libre los Domingos.)

Yo era uno de los que soñaba con que se me rompiera un brazo o una pierna y ser atendido en un hospital. No estoy mintiendo. No sé por qué diablos siempre soñé con eso. Y mi sueño –ahora digo, felizmente- nunca se cumplió.

Lo más cerca que estuve de eso, fue cuando me caí de rodillas en el Parque de las Leyendas desde una altura bastante razonable (para mis deseos hospitalarios, se entiende). Recuerdo que, dentro del intenso dolor, pensé con alivio:

-Esta sí que es para que me pongan yeso y me lleve la ambulancia.

Pero en vez de yeso o escayola, me pusieron árnica y Sanseacabó. (Por lo menos mi madre transigió en comprar una venda, que después calmó varias veces muy bien mis ansias hospitalarias.)

Curiosamente, jugando fútbol nunca me sucedió nada serio de niño. Ni de adulto. (Toco madera, como dicen los supersticiosos. Esos seres despreciables.)

En el juego en el que más golpes he recibido en la vida, lo peor que me ha sucedido fue que me cosieran una herida con varios puntos en la cabeza.

Jugando en la calle, no vi que una camioneta repartidora había abierto sus grandes puertas traseras mientras yo soñaba con llevar a mi país al próximo Mundial. Creo que así aprendí algo que me ha servido mucho como jugador: saber levantar la cabeza al conducir el balón.

La medicina actual del primer mundo o mundo desarrollado (tecnológicamente, se entiende) se va dividiendo cada vez más en dos ramas: la que busca soluciones verdaderas y la que da prioridad a la medicina como negocio sobre todo lo demás.

En estas líneas me anticipo a la moda del futuro. Apúntenlo bien, no digan que no les advertí.

La medicina invasiva: operaciones, implantes, recambio de piezas, cirugía estética, se pondrá de moda.

Aproveche, oiga, vea.

Dará dinero.

Aparecerá una nueva profesión: la de convencer por puerta por puerta de la necesidad de una operación, así como alguna vez había gente que lo hacía para convencerte de que compraras tal o cual colección de libros o una enciclopedia.

(Si decías que no leías, te jodías, porque entonces te clavaban una aspiradora, que costaba más y encima no servía para leer.)

Continúa mañana

HjorgeV

Colonia, 19-12-2007

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