LA MEDICINA DEL FUTURO (II)

Quien tiene vocación médica, en lo primero que se fija no es en tu bolsillo.

El mejor médico, por lo demás, es aquél que sabe que los malestares caseros no cuestan. Mejor dicho, sólo cuestan tiempo. Paciencia y buen humor.

Una gripe, decía un viejo dicho, dura una semana con médico. Y siete días, sin él.

Pero un buen médico tiene que tener el ojo clínico para saber diferenciar entre lo serio y lo banal. Entre las meras ganas de ser atendido (por alguien) y ser finalmente escuchado en serio, y las dolencias más o menos triviales que tiene todo el mundo, por un lado, y las verdaderamente serias, por otro.

El buen médico sabe que más de la mitad de su trabajo consiste en devolverte la confianza en ti mismo.

medi.jpg

Un médico sin vocación no sabe qué es eso, porque para él, todo funciona como una caja registradora. Lo único en lo que sí puede confiar.

Un buen médico tiene que ser una especie de consejero fiscal en casos más serios, tratando de ponerse en tu lugar al momento de decidir qué es lo más conveniente para ti y tu bolsillo.

Un médico sin vocación, no pierde tiempo.

-Tiene que operarse –te dice.

-Doctor. ¿Está pretendiendo decirme que me quiere extirpar las amígdalas?

-Ineludiblemente.

-¡Pero si ya me las extrajo el año pasado!

-¿No le dije que era ineludible?

Después de una pausa, en la que tú sabes que se está decidiendo no tu salud, sino tus ahorros (en el mejor de los casos), te dice algo así como:

-¿Qué le parece si seguimos con un riñoncito?

Todavía recuerdo con precisión mi primera mala experiencia con los médicos alemanes.

Mis primeros tiempos en Alemania me los pasé sufriendo una bronquitis diagnosticada como crónica por la doctora que consulté. A juzgar por las veces que la tuve que visitar, no parecía crónica sino permanente.

(Hay que tener en cuenta que a finales de los ochenta apenas se sabía qué era eso del sida y era más fácil entonces que te despertaras desnudo y sin saber en dónde diablos estabas. Encima, hasta que realmente recobrabas el conocimiento por los tragos de la noche anterior, no sabías por qué te habían robado la frazada o colcha.)

Se trataba de una doctora. Tenía su consultorio cerca de la universidad y era especialista en las vías respiratorias.

Recuerdo que me saludó cortésmente, me recetó ya no sé qué y que estuve visitándola cada par de meses por el asunto de la bronquitis.

Debe haber sido la cuarta vez que, de puro aburrido, se me ocurrió tomar la carpeta con mi historia médica y leerla mientras esperaba que me atendiera la doctora K.

Me di con una gran sorpresa.

Según ese documento, yo era una persona que sufría no solo de bronquitis crónica. A juzgar por todo lo que había allí escrito, ya tendría que estar muerto. Además tenía una serie de alergias. Algo que yo ignoraba por completo. Debía tratarse de una confusión.

Cuando finalmente la doctora entró al consultorio, le hice notar el error.

Su reacción fue inequívoca para mí. Lo pude leer en su rostro.

Creo que si simplemente se hubiera hecho la distraída, ese hecho habría pasado desapercibido para mí. Pero su reacción la vendió, como se dice.

Luego pretendió hacerse la molesta por haberme inmiscuido yo en lo que no me correspondía, pero casi le dije que se callara y que debía estar agradecida de que no pensaba denunciarla.

La siguiente vez fue cuando un médico quiso solucionar un pequeño fastidio que tenía, proponiéndome una sencilla cirugía ambulante.

-La verdad, me siento perfectamente, doctor. Solo venía por seguridad. Por las dudas, como se dice.

-No se preocupe, amigo –me respondió él-. Esto lo solucionamos en un momento. Solo requiere anestesia local y en media hora ya estamos listos.

¡Pasar media hora bajo su cuchillo por quítame esa paja del ojo!

Jamás, me dije.

-Bueno, doctor… –empecé a decirle, pero él me interrumpió.

-Estas cosas pueden volverse muy serias si no se erradican de raíz desde el principio, amigo.

-¿Y quién hace la operación? –pregunté, por preguntar algo.

-¡Yo mismo! –respondió él, alegrándose-. Hago un par cada día.

-Ah –fue todo lo que pude decir, empezando a pasar revista de todo lo que había en el consultorio.

Me vi echado sobre la camilla que estaba en una esquina y que parecía sacada de una película de Hollywood, pero de una de indios y vaqueros.

Me vi impotente, bajo el bisturí del galeno, a quien había acudido más por curiosidad que por nada.

-Mire –me dijo él-. Le voy a recetar unas pastillas y las va tomando hasta el día de la operación.

¡Esa fue mi salvación!

Mientras observaba cómo escribía la receta, vi que la mano le temblaba. ¿A un tipo con un pulso así, pensaba confiarle yo mi cuerpo?

¡Las huiflas!

Me levanté y, sin siquiera despedirme, abandoné su consulta.

La siguiente vez sucedió unos años más tarde.

Como a mí me gusta leer, muchas veces solía hacerlo en las mañanas al despertarme, o en las noches, al acostarme. De tal manera que adquirí, siendo alguien que apenas ve televisión, lo que yo denomino el Síndrome del Televisor Echado.

¿Qué es esto?

Cada vez que escucho que alguien tiene problemas o dolores de espalda, le digo:

-Te apuesto a que ves televisión echado en tu cama o en tu sofá.

Cada vez la respuesta es más o menos la misma:

-¿Y cómo lo sabes?

(Siempre espero que me agreguen: “Deberías abrir una tienda de televisores”, pero hasta ahora no ha sucedido.)

Un día, jugando al fútbol en un día especialmente frío y lluvioso, sentí que algo no estaba bien con la parte baja de mi espalda. Algo que debía localizarse entre la región lumbar y sacra.

No le di importancia y ya no sé qué hice después, lo cierto es que de pronto, mientras me encontraba arrodillado en el baño, cro que cortándome las uñas del pie, me quedé tieso como un maniquí. Una punzada me había dejado inmóvil, impidiéndome poder ponerme de pie.

Es una de esas cosas verdaderamente impresionantes de la vida.

Tú eres una persona normal y corriente, y, de pronto, resulta que piensas que nunca más vas a volver a poder caminar.

Felizmente solo había sufrido lo que ahora –con propiedad- se llama desorden musculoesquelético. Más concretamente: un ataque de lumbago.

En alemán recibe el nombre de Hexenschuss. Algo así como el ‘disparo de la bruja’, que te toma desprevenido en cuatro patas y ya no te puedes levantar.

La primera reacción es de pánico.

Algo que solo consigue que el desorden se agrave.

Mañana continuaré contándolo, pero baste decir hoy que justo cuando estaba por dejarme operar de una supuesta hernia discal por recomendación médica, la salsa me salvó.

Sí, hablo de la música.

Un grupo de amigos al que yo había ofrecido llevar hasta el Petit Prince ( la diminuta catedral salsera más antigua de Colonia), me convenció de que los acompañara a la sala de baile.

El Petit se encuentra en un sótano, de tal manera que bajé a duras penas las escaleras.

Me causó una envidia, a la vez que una tristeza infinita, ver bailar al resto de la gente, temiendo que yo quizás nunca más volvería a caminar normalmente.

Hasta que me sacó una muchacha a bailar antes de que le pudiera decir que apenas me podía mover.

¡Entonces sucedió el milagro!

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 20-12-2007

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s