LA MEDICINA DEL FUTURO (III)

De pronto, después de haber pasado días enteros sin haber podido sentarme con el cuerpo recto, con dolores que me permitían solo ciertos movimientos y temiendo que el médico me confirmara una hernia discal y procediera a operarme, ¡empecé a bailar salsa como si nada hubiera pasado!

Lo interesante era que entre pieza y pieza volvía a mi postura forzada y a los dolores. Pero apenas salía a la pista de baile, sufría una misteriosa transformación y podía bailar casi normalmente, haciendo los movimientos e –incluso- los giros salseros.

¿Cómo podía ser eso posible?

El médico especialista al que había acudido me había puesto unas inyecciones de cortisona que habían aliviado mi dolor y me habían permitido seguir atendiendo mi negocio de entonces.

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Había llegado caminando medio doblado a su consultorio. Con dificultades para sentarme y volver a ponerme de pie.

Como no sabía lo que tenía y no lo conocía, trataba de adoptar una postura menos dolorosa, consiguiendo sólo más malestar y una peor postura.

Desconocía todo lo que ahora acabo de leer -y a la conclusión que yo mismo he llegado por experiencia personal- sobre la actitud mental ante un episodio de dolor de espalda.

Cuando descubrí que –como por arte de magia- podía bailar e incluso hacer pasos complicados, descubrí también que mi problema no podía ser demasiado grave. Lo que resultó un gran alivio para mí.

Para variar, me olvidé por completo del asunto.

Medio año después me volvió a ocurrir lo mismo –puesto que no había cambiado mis costumbres de leer en la cama y el estré seguía siendo una constante en mi vida- y esta vez el ortopedista me recomendó una radiografía.

-Puede ser que se trate de una pequeña hernia discal –me dijo, con ese tono que tienen los médicos con años de experiencia y que hasta te pueden hacerte creer que lo que tienes es bueno.

A mí en cambio, me corrió una descarga eléctrica por toda mi espalda, previendo mi futuro.

-¿Y cómo se cura eso, doctor?

-Normalmente, con una operación –fue su respuesta.

Recuerdo que lo tomé a bien. Mi sueño infantil de ser operado o ir a parar al hospital por una pierna o un brazo roto se iba a cumplir. Sucedía que llegaba bastante tarde y había escogido otra parte de mi cuerpo.

Recuerdo que traté de tomarlo con resignación y de hacerme a la idea. Pero no pude. Mi sueño infantil había sido una tontería y ya me veía yo abandonando mi negocio por unas buenas semanas y convirtiéndose en un caos.

No me lo podía permitir.

Empecé a leer sobre el asunto.

Lo primero con que me encontré es que no existen estudios serios y rigurosos sobre los desórdenes musculoesqueléticos, concretamente, de los localizados en la espalda.

Descubrí que la etiología puede ser muy diversa y, por lo tanto, de difícil diagnóstico y más difícil terapia.

La (ellos dicen ‘el’) Web de la Espalda lo dice abiertamente:

1. El dolor de espalda aparece por un mecanismo neurológico -normalmente de origen desconocido- que causa dolor, inflamación y contractura muscular.

2. Para evitar y tratar el dolor de espalda se debe mantener el mayor grado de actividad posible y evitar el reposo en cama.

3. La cirugía está indicada en un reducidísimo número de casos y sólo cuando hay signos claros que garantizan su éxito.

Descubrí, también, que a toda una serie de dolencias se las suele tratar con una serie de terapias estándar, como si se trataran de la misma cosa: terapia de calor, ejercicios de extensión, inyecciones y otros medicamentos (relajantes de la musculatura, sobre todo), presopuntura y las llamadas intervenciones neurroreflejoterápicas.

Es más o menos lógico, porque los elementos involucrados son muy diversos y de diversa naturaleza (músculos, huesos, tendones, nervios) y aún más complejo es el trabajo que realizan en forma de movimiento.

Si ese desorden aún no está claro para los médicos, me pregunté, ¿cómo era posible que mi médico creyera que el problema se podría solucionar con una operación?

Empecé a revisar bibliografía quirúrgica.

Lo que encontré no solo me salvó del bisturí, ha cambiado mi vida para bien en muchos sentidos.

Y, aunque, tal vez, lo que más me haya hecho ahorrar haya sido tiempo, dinero y paciencia, sé que no he pasado por el alto riesgo que significa todo tratamiento invasivo (quirúgico) y me ha hecho aguzar mi visión respecto a los médicos y a la medicina moderna, en general.

Las estadísticas no confirman que la cirugía sea una solución confiable.

Si algo he notado en estos últimos años, desde la primera vez que sufrí un episodio de dolores de espalda, es que esos dolores suelen aparecer en momentos de alto estrés y en combinación con malas prácticas. Malas posturas al sentarse y dormir, sobre todo.

Un dolor es un aviso del cuerpo.

Una especie de grito alertando a su dueño: Así no, te está diciendo.

Lamentablemente, por ser la etiología –las causas- de este tipo de problemas de carácter muy complejo, durante demasiado tiempo se ha recurrido a la cirugía sin saberse realmente si esa era la solución correcta o más apropiada.

Ahora ya se sabe que una cirugía que invada aunque sea solo mínimamente la columna vertebral, es algo que tal vez podrá corregir algún problema, pero crea otros.

Hoy, que he llamado después de mucho tiempo a una pareja alemana amiga que vive en Colonia para saludarlos, sin haberlo pretendido, he vuelto a recibir la confirmación de lo que digo.

Carmen, la esposa de Peter, quien creía que una operación a la columna la dejaría libre de sus continuos dolores de espalda, sigue con sus problemas ortopédicos. Y está media desesperada ya.

Fui de los primeros en tratar de convencerla de lo contrario, pero creo que quedé como un charlatán frente a ella. Ahora me cuenta que su médico quiere hacer un segundo intento. Una segunda operación.

¿Qué se le puede decir a una persona en un caso así a estas alturas?

HjorgeV

Colonia, 21-12-2007

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