UNA PEQUEÑA DESPEDIDA

ENTRADA NÚMERO 295

Las líneas de mi entrada de ayer (Lo juro, señor juez) refieren parcialmente una historia real.

Debía correr uno de los primeros años de la década de los ochenta.

Entonces no sabía que alguna vez dejaría mi país para siempre (?) y que llegaría a formar una familia germano peruana de seis personas aquí en Colonia.

Había asistido a ver una película de ya no sé qué cineasta francés en la Alianza Francesa de Lima. Al final de la misma había participado en la discusión y el comentario de la película. El intercambio de ideas es algo que siempre me ha fascinado.

Uno de los participantes del foro se me había acercado al final del mismo para felicitarme por mis comentarios.

Tan tonto como era, me lo creí.

Y continuamos la conversación en la calle. Después de unos minutos me dijo que vivía no lejos de allí y que me invitaba a una copa en su departamento.

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Me dijo que era filósofo y que venía de EEUU, algo que era fácil de identificar por su forma de hablar el castellano. Debía tener unos cincuenta o sesenta años.

Ya en su departamento, me impresionaron sobremanera la cantidad de libros que tenía. ¡Cuánta razón tenía Borges cuando dijo que la idea más cercana al paraíso que tenía era la de una gran biblioteca!

(A partir de ahora habrá que añadir la Red a esa idea de paraíso.)

Ahora tengo la certeza de que alguna droga tuvo que haberme dado con la bebida porque más o menos pronto sentí un cansancio inusual. Habíamos bebido bastante, pero no como para quedarme dormido tan rápidamente.

Si estás cansado, me dijo, puedes usar mi cama.

Recuerdo con especial desagrado cómo desperté: pensando que era una pesadilla, sentí que una boca barbuda me besaba fuertemente. Al reaccionar y abrir los ojos, me di cuenta de que no se trataba de una pesadilla.

Mi primera reacción fue lanzarle un puñetazo en pleno mentón, que lo lanzó hacia atrás, haciendo que cayera aparatosamente al suelo.

¿Por qué cuento esto?

Porque me ha sucedido hoy, que, entre celebraciones navideñas, mis otros trabajos y mis obligaciones familiares no he sabido hasta el momento de sentarme a esta máquina sobre qué iría a escribir hoy.

Me ha sucedido un par de veces a lo largo de este año que ya ha empezado a despedirse.

Por si a alguien le interesa, voy a decir cómo trabajo en esta bitácora.

Para empezar, la inicié el 3 de enero de este año que se nos va, con la idea de escribir unas dos o tres entradas por semana.

Tres meses atrás, en octubre del año pasado, había decidido cambiar radicalmente mi vida y concentrarme en cumplir uno de mis sueños clandestinos: escribir.

Para ello lo discutí con mi esposa, sopesamos nuestras posibilidades y, al final, aprobamos la idea.

Por suerte, cuando la conocí estaba pasando yo una etapa parecida: ¿qué hacer, y cómo, para cumplir el sueño (secreto) de escribir que me había traído a Europa?

Después vinieron los hijos, abrimos un negocio y la manutención de la familia se volvió el tema principal de nuestras vidas. Seguí escribiendo en mis ratos libres, pero era algo que no me satisfacía.

Hace unos tres años me propuse escribir una novela y estuve trabajando en ella casi dos años. Al final escribí tres versiones diferentes y aunque con ninguna quedé contento, me dije que había cumplido mi meta.

El argumento estaba basado en varios casos reales que me habían sucedido a mí, aunque solo de forma parecida y en otro orden cronológico. Como uno de los personajes era la hermana de una antigua novia alemana que tuve en Lima, gracias a la Red pude contactarle para contarle sobre mi novela.

Entusiasmado, la localicé y me puse en contacto con ella.

La idea no le gustó nada.

-No te atrevas a contar nada parecido -casi me amenazó.

-Es solo una simple novela -le dije, tratando de no darle importancia al asunto.

-Te lo he advertido.

Me había imaginado que podríamos vernos y recordar los viejos tiempos. Que me ayudaría a afinar a los personajes. En cambio, gané una enemiga.

Aprendí, que, a veces, los años pueden cambiar a las personas hasta el punto de convertirlas en perfectas desconocidas ante nuestros ojos.

Por respeto a ella y su familia, tiré la novela a un rincón.

En octubre del año pasado, cuando tomé la decisión de dedicarme casi exclusivamente a escribir, la retomé pero cambiándole radicalmente el argumento.

Empecé organizando mi tiempo y mis actividades. Teníamos planeado con mi esposa que apenas me ocuparía de trabajar para ganar dinero en los primeros meses, pero, que, en cambio, tendría que ayudar mucho más con los trabajos de la casa. Algo que pudimos cumplir muy bien.

En los mejores meses me levantaba en la madrugada y trabajaba unas cuatro horas en absoluta concentración.

Personalmente, he descubierto que esas son las mejores horas para escribir para mí. De paso que son las horas en las que nadie me puede molestar porque todos están durmiendo en casa. Lo malo era que a las nueve o diez de la noche, ya no daba más, y caía rendido de cansancio.

Hice también un experimento.

Como había tenido problemas para respetar el guión de la novela, esta vez la empecé a escribir en alemán por la mañana y en las tardes la traducía al castellano.

Aprendí que, al escribir, los personajes pueden llegar a adquirir cierta autonomía y más independencia de la que uno mismo quisiera.

Es algo que no es malo de por sí, porque significa que son tan ‘reales’ que han adquirido una vida propia. Lo malo es que se corre el riesgo de terminar en cualquier otra parte diferente de la planeada.

Escribiendo en alemán -mi idioma domiciliario, por así decirlo-, tenía poco espacio para la fascinación por las palabras, pero sí mucho para concentrarme en la historia misma.

Al pasar lo narrado al castellano podía darle cauce al juego con las palabras.

Me sucedió que ya en diciembre sentía que no podía dejar de escribir.

Fue una experiencia estupenda. Mi sueño no parecía ser entonces ninguna invención mía, me dije.

Para poder darle paso a todas las ideas que se me ocurrían y que pedían papel, se me ocurrió lo de inaugurar esta bitácora.

Me decidí por el anonimato por varias razones.

1. Porque el bitacoreo era un terreno desconocido para mí.

2. Por lo de la irresponsabilidad. No quería responsabilizarme de nada más en especial y una bitácora es una buena forma de esconderse públicamente.

3. Por el sentido experimental de lo que pensaba hacer: un cuaderno para contar, básicamente, para ejercitar la redacción, pero, también, para experimentar más o menos libremente.

4. Por vergüenza. Porque a pesar de los años que llevo escribiendo y habiendo ganado un par de pequeños premios (todos en poesía), sigo sin poder atreverme a decir que escribo.

5. Por el cúmulo de metidas de pata (de todo tipo) que iría necesaria e irremediablemente a cometer.

(Ahora sé que tendría que haberse llamado Cuaderno Borrador. El nombre alternativo era Bitacoreando, que alguna vez pienso rescatar.)

Alguna vez contaré más detalles sobre lo que he vivido en estos doce meses que llevo escribiendo en las páginas de este cuaderno de bitácora.

Baste decir que en algún momento saqué la cuenta (de puro aburrimiento, me imagino), de que si seguía escribiendo a diario, llegaría a la bonita y redonda suma de 300 entradas en un año casi exacto.

Y esto es lo que he hecho más o menos en los últimos meses.

Lo tomé como un reto. Físico, sobre todo.

¿Podría soportar escribir a diario con frío, calor, otros trabajos, paralelamente a mi novela, mis problemas personales, familia, ganas o no, enfermedades y demás?, fue mi gran pregunta.

Es decir, ¿tengo por lo menos el aguante físico como para poder decir si es lo mío escribir o no?

Parece que estoy a punto de cumplir con mi meta. (Incluso fallando un día, podría llegar a esa suma.)

Ha sido una experiencia muy rica en muchos sentidos. Pero también esclavizante y, por momentos, desesperante. No se la recomiendo a nadie.

Debido a Cuaderno Contable, dejé de escribir en dos idiomas. Algo que he agradecido, por una parte, por que pude concentrarme en mi lengua materna. Por otra, descubrí que me puedo llegar a sentir muy cómodo escribiendo en alemán.

Ahora sé que eso tiene mucho de esquizofrénico.

Lo más importante ha sido descubrir que la mente tiene más posibilidades de las que uno puede y quiere imaginarse. Para poder cumplir con mi plan, he escrito muchas más páginas de las publicadas. Más o menos unas 3.000 en total, si se cuentan las páginas escritas a doble espacio.

Y he dejado muchas entradas inconclusas, que solo esperan ser terminadas.

Cada vez que se me ocurría alguna idea que no tuviera que ver con mi novela, la apuntaba en mis numerosas libretas y cuadernos que tengo por todas partes. Luego en las noches la empezaba a formular, corregía la redacción y los errores de todo tipo, verificaba en la medida de lo posible mis fuentes y, finalmente, la publicaba.

Xavier Velasco refiere en su bitácora de El Boomeran(g), que Pérez Reverte le advirtió no hace mucho: “La columna diaria es la tumba del novelista”.

Ahora sé que hay mucho de cierto en eso.

Por mi parte, en octubre de este año ‘terminé’ la novela que empecé un año atrás (está en fase de congelación en espera de la corrección final) y ya voy más o menos por la mitad de una segunda.

Cuento todo esto, porque me gustaría ahora probar sin la presión que significa este medio. De tal manera que esta entrada es una especie de pequeña despedida de tod@s ustedes, lector@ incógnit@s.

Cuando termine de escribir -espero- la entrada número 300 de esta bitácora, coincidiendo con el fin de este año 2BOND, haré una pausa para concentrarme en mis otros trabajos.

Tal como van las cosas, considero difícil no volver. Esto es casi como una droga.

Bitacoreo, luego existo, resumió un periodista alemán, creo que con mucha razón.

Ya veremos.

No sé adónde me llevará mi camino. La única certeza que tengo es que, por lo menos, es el mío. Los miedos procuro llevarlos humildemente a la espalda, pero sin ocultárselos a nadie, porque también son míos.

Que terminen bien el año y que se cumplan, en el próximo, por lo menos tres deseos de una lista de cinco que puedan tener.

Mi gran deseo es que alguna vez no tenga más vergüenza de decir que escribo.

Pero para eso me falta trabajar todavía bastante.

HjorgeV

Colonia, 24-12-2007

One thought on “UNA PEQUEÑA DESPEDIDA

  1. Pues ya que es un adelanto del hasta luego en los 300, te diré que no dejé de leerte con el debate del “¿Porqué no te callas?” y si de algo sirve para aliviar el pudor que sientes de decir públicamente que escribes, te diré que desde mi punto de vista como lectora, es mejor lo que escribes en plan narrativa que lo que haces para argumentar sucesos en plan periodístico o editorialístico. Al menos para mi gusto. Suerte y feliz año 2BOND + 1

    Respuesta de HjV: Suerte a ti también, Andrea. Que estés bien.

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