ENTRADA NÚMERO 300

JUGAR A SACAR LA LENGUA

Cosas interesantes traen estos días los diarios alemanes. No necesariamente son las noticias lo que más llama mi atención.

A juzgar por el tamaño de los anuncios publicitarios los libros de moda ya no se leen, ahora se escuchan.

El otro día encontré, como un sapito ya seco pero no menos paciente, perdido en medio de otros libros en un estante inesperado, un libro de Cortázar: La vuelta al día en 80 mundos.

Enseguida recordé que ese argentino cosmopolita acompañó una etapa radical de mi vida, la de mi primera época aquí en Alemania. Fue una en la que Rayuela llegó a convertirse en mi biblia y mi sistema (gratuito) de navegación pedestre por esta ciudad.

Colonia no es París, ni de lejos, pero así de grande era la fuerza de ese libro tan singular.

Había renunciado a asentarme en la Ciudad Luz y, dejando tal vez que la casualidad cumpliera bien su trabajo en mi vida, había permitido que el amor me trajera a estas tierras germanas.

Fue una época dura, como tienen que serlo aquellas que marcan el inicio de una nueva etapa de cualquier existencia.

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(Supongo que hay vidas sin sobresaltos, sin problemas de verdad ni grandes preguntas. En mis peores momentos he llegado a desearme algo parecido. En mis mejores momentos, he agradecido no haber tenido que pasar por tal aburrimiento.)

Tanto admiré y glorifiqué al gran Julio que mi paso por un curso que dictaba Saúl Yurkievic en la universidad de esta ciudad, me pareció algo natural. Yurkievic, otro gran argentino que ya se nos ha ido, como se fue la obra de Cortázar durante mucho tiempo de mi vida. Demasiado quizás.

(Si fue demasiado o no, es algo que nunca se sabe, como esos boletos de lotería que alguna vez compramos y olvidamos, y nos pasamos una vida entera preguntándonos si solo nos faltó cotejarlo para enterarnos de que nos habíamos ganado el gordo.)

(Lo recuerdo como una persona demasiado afable a Yurkievic, tanto que me daba vergüenza pedirle que me permitiera acompañarlo en camino a su departamento de profesor invitado. ¡Sabía que no se negaría! Y no quería abusar de su afabilidad.

Sin embargo me atreví a hacerlo un par de veces, trenzándonos en un par de conversaciones inolvidables para mí. Ignoraba en el fondo quién era. Ahora sé que era poeta, para más señas, y que había conocido al autor de Rayuela muy de cerca.)

Me encierro en la lectura de La vuelta.

Leyendo la fecha de compra, escrita a mano, me entero de cómo me sentía cuando lo adquirí. Era mi primera época fuera de mi país. El inicio del exilio voluntario. Recuerdo que en esos primeros meses con lo poco que ganaba, corría a comprarme libros en castellano a una librería de un colonés alto y bondadoso que padecía de una notable cojera.

Después de cerrar la compra, tenía la costumbre de escribir junto a la fecha mi nombre y mi estado emocional de ese momento en clave: Tris Ene (tristeza de enero), Fel Sol (felicidad y soledad) y así.

Pero dejé de leer a Cortázar por culpa de ese curso.

Aprendiendo a estudiar y criticar su obra, había destruído al lector ingenuo, abierto y especialmente atento al ritmo que se tiene que ser al enfrentarse con sus textos. Diseccionando su obra, me había asesinado como lector suyo.

Ahora es sábado, las diez de la noche en un minuto, el último de este año.

La vuelta al día me ha vuelto a tocar, como en ese rito iniciático que significó descubrir Rayuela. Vuelvo a leer de cronopios y de famas. De esperanzas. Como si todo hubiera sucedido en otro planeta, en otra galaxia, en otra época ahora impenetrable. Como si yo fuera un descendiente de mí mismo que se me ha concedido el poder de poder observarme en el pasado.

Me tranquilizo, respiro hondo.

Después de tantos años esperándolo, puedo volver a leer como un lector libre al más grande de todos los Julios.

Trato de calmarme.

Tres de mis hijos están durmiendo en un mismo cuarto. Han decidido dormir en una misma cama. Creo que es su forma de compensar la ausencia de la hermana mayor, quien ha decidido pasar el fin de semana en casa de su mejor amiga.

(Solo pasó hace un par de horas para recoger el reproductor de DVD, causando aún mucha más envidia en sus tres hermanos menores.

Son cuatro hermanos, cuando falta uno a la mesa es como si faltaran todos.

Durmiendo los tres juntos deben sentirse uno solo más fuerte. Quién sabe.)

Observo el paisaje por la ventana.

Acabo de leer que se ha puesto de moda la literatura para escuchar.

La paradoja sarcástica es que acababa de rendir un diminuto homenaje a una de esas grandes personas que, sin quererlo y sin que se le reconozca ese mérito, creó con su invento un arma poderosísima contra el analfabetismo de este planeta.

Me estoy refiriendo al, también argentino, y de origen húngaro, Ladislao José Biro.

¡Tanto remar para terminar escuchando libros, en la oralidad más pura!, me digo.

(Qué buena metáfora de la humanidad, por lo demás. Un mundo que se cree muy adelantado y moderno por sus avances tecnológicos, ¡vuelve a sus raíces orales!, como quien hace notar que no se ha avanzado, en realidad, nada. Que hemos estado dando simplemente una vuelta en redondo a lo largo de la historia, para volver a empezar.)

Observo el paisaje.

La nieve que parecía que iba a llegar puntualmente para Noche Buena, finalmente no se apareció. En cambio, las temperaturas empezaron a subir en los últimos días, de tal manera que el poco hielo que se había formado sobre las veredas y las pistas empezó a derretirse lentamente, convirtiéndose en un peligro público durante un par de horas. El temible hielo resbaladizo.

A mí me pasó que salí a montar bicicleta y sólo haciendo grandes esfuerzos para no resbalarme, pude llegar hasta el lugar donde estaba.

¿En qué estaría pensando? Porque en la primera curva y después de frenar ligeramente, patiné como en cámara lenta y fui a caer aparatosamente de costado, junto a un automóvil estacionado, golpeándome seriamente la tibia y el muslo izquierdos.

¿Por qué doy tantas vueltas para hablar de la navidad misma? Cortázar, Biro, nieve, bicicleta, caídas.

Creo que, a pesar de no ser creyente, simplemente porque es la fiesta del calendario que más me emociona, aunque no lo quiera reconocer y haga todos los esfuerzos posibles para que no sea así.

Apenas recuerdo mis primeras navidades.

Las que recuerdo especialmente son las que viví de adolescente. Tienen que haber sido unas cuatro o cinco en total.

Las pasaba en la casa de un primo mío y siempre la rutina era la misma: primero la cena navideña y después el momento cumbre, que era la obligada visita a todos los amigos del barrio. Casa por casa.

Como la familia de mi primo es mormona, el asunto ese de la religión lo manejaban de forma diferente. A mí seguramente me gustaban esas visitas puerta por puerta, porque despertaban en mí esas ansias de paz y armonía que -me imagino- debe desarrollar todo niño crecido en una familia incompleta.

Lo bonito era ver abrirse una puerta y observar cómo los familiares de nuestros amigos se alegraban especialmente al vernos repitiendo el rito que, después, nuestro paso a la juventud y a la vida adulta nos haría romper.

Nos abrazábamos y descubríamos por un momento que sí podía existir la convivencia humana, en paz.

Mi primera navidad en Alemania la pasé en la casa de mi novia de entonces –con la que después me llegaría a casar, más o menos por conveniencia-, de forma bastante discreta, como correspondía a una familia que se consideraba intelectual y de izquierda.

Fue en Hamburgo, el primer año de mi llegada, después de haber pasado por París y fue también en uno de los inviernos alemanes más fríos del siglo pasado. Lo sé, entre otras cosas, porque lo escuché en el taxi que finalmente pude encontrar al borde de morir por congelación por las calles de la Reeperbahn, el barrio rojo hamburgués.

(Me habían asegurado que allí sí conseguiría un taxi en una noche así. El color del barrio me salvó, porque podía hacer pausas de calor en sus diversos establecimientos y hacer de paso de mirón.)

Antes, le había dicho a mi novia que me iba a dormir y que abandonaba la fiesta de Noche Vieja a la que me había llevado. Fue poco antes de dar las doce. Debía ser una fiesta colosal, grandiosa. Pero me aburrí.

Y así, me había pasado más de una hora tratando de conseguir un taxi por las calles cubiertas de nieve de Hamburgo, viendo jugar con ella a los niños en la calle, preguntándome cómo había ido a parar a un mundo donde la gente no parecía sentir frío en los pies, ni se les mojaba los calcetines.

Creo que la navidad, las fiestas de fin de año, me gustan por lo que pueden hacer para salvarme de ese sentimiento del absurdo, de ese sentimiento de no estar del todo, del que tan bien habla Cortázar en su Vuelta al Día.

(Sentimiento que, por otro lado, tan puntual en mí, pareciera estar controlando todos los años su reloj con el fin de aparecerse sincrónicamente con estas fiestas, en una especie de lucha dialéctica y de amor/odio compartido de fin de año.)

Volví a pasar un frío atroz varios años después, al salir de una celebración de Año Nuevo aquí en Colonia, pero fue porque no contábamos, en esa lluviosa y helada madrugada de invierno de la mano de la que ahora es mi esposa, con las filas interminables de gente esperando como nosotros por un taxi libre.

Esta vez no me sucederá. Ya tengo los zapatos y la ropa adecuados y no necesitaré un taxi.

En el camino desde esa primera noche de pies húmedos y congelados en Hamburgo hasta la que se avecina, he procreado (con-creado, más bien) cuatro criaturas que ahora duermen.

Pero ese sentimiento de no estar del todo, del absurdo que es la vida, no ha remitido.

Lo bueno es que, por lo menos ahora, tiene a veces el aspecto de cuatro niños juguetones y contentos que juegan a sacarme la lengua.

HjorgeV

Colonia, 29-12-2007

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