CON LOS OJOS CERRADOS

En uno de nuestros viajes de familia en automóvil que nos llevó de Colonia hasta Barcelona, Jorge Juan –el tercero de nuestros hijos, que entonces tenía tres años- no se cansaba de repetir la misma pregunta.

-¿Y? ¿Ya llegamos a España?

Hasta antes de llegar a la frontera franco-española nuestra respuesta fue invariablemente la misma:

-Todavía, todavía.

Cuando la cruzamos, repitió ansioso su pregunta.

-¡Ya estamos en España! -le respondimos casi al unísono.

A lo que él replicó:

-¿Y dónde está?

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Tiene que ser genético, me digo.

Porque lo mismo me ha ocurrido siempre con el Año Nuevo.

Aunque no soy de los que esperan impacientemente y con gran expectación el inicio exacto del nuevo calendario, soy de los que tienen que controlarse mentalmente para no caer en ese entusiasmo tan humano como inútil, de abrazar a queridos y extraños, emocionándome –además- por creer en mi sincero deseo:

Que este año te depare felicidad.

Si alguien dijo que solo los imbéciles pueden alegrarse por cumplir años, puedo decir con alivio que no pertenezco a ese conjunto.

Mi cumpleaños lo detesto.

Y, si fuera posible, lo devolvería cada año, envuelto en su correspondiente papel de regalo sin ni siquiera interesarme por lo que pudiera haber –de material– dentro. Es un decir.

En cambio, soy un imbécil de almanaque, de Año Nuevo.

“Que empieces bien el año”, me digo y se lo deseo a los demás.

(Para ser consecuente desde el primer día, desde hace más o menos un lustro, ya no me pego la borrachera del año. Pero debo reconocer que no esperaba rendirme tan rápidamente al hambre de este fagocito llamado bitácora, escribiendo estas líneas apenas al despertar esta mañana.)

No sé qué tanta culpa tendrá de esto uno de mis tíos –creo que fue mi tío Óscar-, quien, contagiándome con su entusiasmo, me hizo salir una Noche Vieja a la puerta de la casa de mis abuelos cuando yo todavía llevaba pantalones cortos.

-¡El Año Nuevo, sobrino! ¡El Año Nuevo está llegando! –vociferaba él hacia el cielo, moviendo los brazos, exaltado, y con una alegría que no he vuelto a observar en una ocasión así a nadie.

Alcé la vista al cielo, esperanzado.

-¿Y dónde está? -le pregunté.

Poco antes de cumplir los 15 le rogué a mi madre que no hiciera nada por mi cumpleaños. Que nadie se acordara de él, era mi deseo.

-Ni siquiera la torta –le supliqué-. No quiero celebrarlo.

Confiaba en que dejándolo de celebrar pasaría pronto al olvido.

Todavía recuerdo el atardecer que después de haber estado con unos amigos, y sintiéndome muy orgulloso de haber podido ocultar ante ellos que tenía cumpleaños ese mismo día, regresé a casa.

Por mera curiosidad, atisbé primero por la ventana.

Allí estaban mis primos, mis amigos del barrio, mis tías y otros familiares.

Me dolió especialmente por mis tías (¿qué sería de la vida sin las tías buenas?) y por mi abuela querida, pero seguí mi camino y no regresé a casa hasta bien pasadas las doce de la noche.

Desde entonces sé que tengo el reloj averiado.

O que, como muchos, simplemente pertenezco a otro (h)uso horario. Uno no necesariamente mundano. En el que no voy ni más rápido ni más lento. Ni es nada de lo que uno se pueda vanagloriar.

Sucede simplemente que mi reloj respeta o trata de respetar su propia marcha, su personal algoritmo.

El tictac de la vida es irremisible; no lo saben sólo los relojeros.

Ya no salgo a preguntar inocentemente cada Año Nuevo:

-¿Y dónde está?

En cambio, como un niño crédulo, con la cara al cielo, cierro los ojos, imaginando que así tal vez el nuevo año no notará mi presencia y pasará de largo, tal como me lo deseo en cada cumpleaños, silenciosamente.

Y no dejo de aprovechar la oportunidad para emocionarme deseándoles a todos que este año sea mejor, que sea bueno:

Que se cumplan por lo menos 3 (de una posible lista de 5) de los deseos más íntimos que pudieras tener.

Ese es mi deseo con los ojos cerrados.

HjV 01-01-2008

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