DOBLE CADENA CRUEL

El 12 de junio de 1942, al cumplir trece años, Annelies Marie Frank, más conocida como Anne –o Ana en los países hispanohablantes- Frank, recibió un diario de colores blanco y rojo como regalo.

El miércoles 3 de mayo de 1944, más o menos un año antes de ser capturada por los nazis junto con su familia en el escondite cuya entrada cubría un estante de libros, y dos antes de morir en Auschwitz, escribió lo siguiente, dirigiéndose a su amiga imaginaria Kitty:

No creeré nunca que los responsables de la guerra sean únicamente los poderosos, los gobernantes y los capitalistas. No, el hombre de la calle está también contento con la guerra. Si no fuera así, los pueblos se hubieran sublevado hace mucho tiempo. Los hombres nacen con el instinto de destrucción, de masacrar, de asesinar y de devorar. La guerra persistirá mientras la Humanidad no sufra una enorme metamorfosis. Las reconstrucciones, las tierras cultivadas volverán a ser destruidas. Y la humanidad tendrá que volver a empezar de nuevo.

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Recordemos estas palabras, demos un salto en el tiempo y volvamos a nuestra época.

Hay casos que bien tomados pueden servir para retratar a una sociedad de cuerpo entero. El siguiente caso, uno así, me ha robado parcialmente el sueño durante varias noches.

No el caso en sí, o, mejor dicho, no solo el caso en sí, sino sus componentes sociales. Y también por lo terrible, lo absurdo, lo cruel y lo de incomprensible que tiene.

Como en el caso del terrible pasado alemán, se suele echar toda la culpa a los nazis, pero ellos no pueden haberlo hecho todo solos.

Ahora demos un pequeño salto en el tiempo hacia atrás.

Es el primer día de diciembre del año 2002. Es invierno. Son las 05:30 de la mañana y, como es usual en esta época del año, totalmente oscuro.

Estamos en el norte de Alemania, en una zona rural cerca de Lübeck. Robert Syrokowski está sentado sobre el asfalto de una desolada y perdida carretera interurbana. Está completamente agotado.

Lleva encima un pantalón, una camiseta y una chompa o pulóver de algodón. A pesar del frío reinante, 4°C, no lleva calcetines ni zapatos, está descalzo.

Se trata de un muchacho de apenas 18 años que va al Gymnasium (centro de educación secundaria, en el escalón más alto de las modalidades posibles del sistema educativo alemán) de una localidad vecina. Un jovencito de lo que se suele llamar buena familia. No es ningún vagabundo. Es deportista y músico, además.

Ha recorrido a pie dos kilómetros en la dirección equivocada antes de llegar al lugar donde se debe haber sentado por agotamiento y desesperación.

Se supone que esto último lo hace para poder llamar la atención de algún conductor que lo pueda salvar del frío.

Ahora se acerca un Golf.

Dentro viaja una joven, Johanna, que va a 90 kilómetros por hora.

La velocidad a la que va y la oscuridad reinante no le van a permitir a la conductora frenar a tiempo.

No se trata de una película de terror. Es un caso real.

(Como la vida tiene sus cosas y, al parecer, sus arreglos con la muerte, Johanna, una muchacha de 22 años, va a morir también después, pero bajo otras circunstancias.)

Al día siguiente, la policía informa a los padres que su hijo ha muerto en un accidente automovilístico, después de haber visitado la discoteca vecina en donde ha bebido hasta embriagarse completamente.

Se les informa que se ha comprobado que al morir presentaba una tasa de alcoholemia de casi 2,0, 2 gramos de alcohol por litro de sangre.

(En Alemania, el conductor que se ve envuelto en un accidente o realiza una maniobra peligrosa, y en el control de alcoholemia presenta una tasa igual o mayor a los 0,3g/L, se le retira el permiso de conducir temporalmente. Para dar una idea de las magnitudes.)

Los padres entierran a su hijo con cierta vergüenza. Ha sido víctima de un accidente y del excesivo consumo de una droga legal. Un joven borracho que ha provocado su propio fin.

La promesa de la oferta de moda en las discotecas, chupar hasta morir, pagando un precio único, no ha sido una simple metáfora esta vez. Una forma, por lo demás, no inusual de los jóvenes de puebluchos apartados como el suyo de enfrentar al aburrimiento.

Todo habría quedado en eso para los Syrokowski, en un trágico accidente provocado por el irresponsable consumo de alcohol y la mala suerte, de no haber sido porque el matrimonio B. del pueblo vecino de Groß Weeden, les toca poco después la puerta.

Los B. han escuchado del accidente en la radio. Cuentan que Robert, totalmente embriagado, intentó la madrugada de su muerte entrar a su casa, convencido de ser la suya.

¿Convencido de ser la suya?, se preguntan los padres del joven muerto y se deben haber golpeado la cabeza. ¡Justo el día anterior -sábado- acaban de mudarse a su nueva casa!

Su hijo, en su borrachera, el frío y el cansancio por haber ayudado todo el día en la mudanza, debe haber confundido el hogar de los B. con el nuevo propio.

Pero a esa pregunta le siguen otras más.

Los Syrokowski empiezan a hacer sus averiguaciones y contratan a un abogado. Cuatro años y medio después, el 31 de mayo del 2007, dos policías son condenados finalmente por homicidio negligente a nueve meses de prisión condicional cada uno y al pago de una multa.

¿Qué sucedió realmente esa noche?

¿Cómo fue el camino de los Syrokowski hasta esa condena?

Aunque el caso sigue pendiente, pues ha sido elevado a una instancia superior por lo ridículo de las penas impuestas, de algo se está seguro: Robert seguramente seguiría vivo si no hubiera caído en las manos de esos dos policías.

El relato de los B. es más o menos el siguiente.

Poco después de las 03:45 de la madrugada de ese fatídico domingo, alguien hace sonar frenéticamente el timbre de su casa. En la puerta se encuentran con un joven que se tambalea, apenas puede mantener los ojos abiertos y, balbuceando, afirma vivir allí.

-Mis padres han comprado esta casa –les dice.

Los B. tratan de convencer al muchacho de que se trata de un error. Erróneamente, sospechan que está drogado.

Aunque le cierran la puerta, Robert no se rinde tan fácilmente e intenta entrar por el jardín.

Al ser descubierto por los B., Robert les dice que se ha olvidado de la llave, pero que sabe cómo entrar, que no se preocupen. Solo tiene frío y quiere llegar a su cama. El muchacho presenta un aspecto tan deplorable, que los B., padres de cinco niños, en vez de irritarse se compadecen de él.

-Tenía el aspecto de un niñito desamparado –refieren a los padres del joven muerto.

Sin saber qué hacer y sin poder convencerlo de su error, marcan el número que corresponde en esos casos -el 110 para emergencias- y explican su caso.

Poco después se presentan dos policías con experiencia, Hans Joachim G. y Alexander M.

Tal vez todo habría quedado allí si Alexander M. se hubiera presentado de otra manera. Probablemente, es esta presentación la que decide sobre su futuro y sobre la muerte de Robert Syrokowski.

-Yo soy el presidente de EEUU –le dice al joven-. Y éste es Mickey Mouse –agrega, señalando a su colega.

A los B. se les queda grabada la escena. ¿Por qué la mofa, si se ve claramente que el joven está desorientado y apenas se puede mantener en pie?

Los policías consiguen sin mucho esfuerzo que abandone el lugar y se retiran después de comprobarlo.

¿A qué se debió esa forma de presentarse?

Antes de responder a esta pregunta, terminemos el desarrollo de los hechos. Luego veamos qué sucedió en el lapso transcurrido desde el momento en que Robert salió de la discoteca hasta que llegó a la casa de los B.

Poco después de partir, el patrullero con los dos policías vuelve al lugar. Los funcionarios desean saber si el joven se ha vuelto a aparecer. La respuesta es positiva: acaba de intentar entrar otra vez por el jardín. Al verlos, Robert corre intentando huir y se lastima feamente en su corto camino al tropezar con una cadena, pero sin detenerse a comprobar la gravedad de sus heridas.

Alexander M. le da pronto alcance. Lo obligan a subir al patrullero, cierran las puertas y parten con él. Son las 04:15 de la mañana.

Cuarenta y cinco minutos después y a diez kilómetros de distancia de allí, Robert Syrokowski muere casi instantáneamente al ser atropellado sentado, probablemente, en posición de flor de loto.

Lo que sucedió exactamente entre las 04:15 y las 05:30 no es posible de ser reconstruido.

Lo que se sabe es lo siguiente.

1. Esa misma madrugada, en su puesto policial, los dos funcionarios ocultan a sus superiores que han tenido al muchacho en el patrullero.

2. Por medio de los registros telefónicos de su servidor, se sabe Robert intentó hacer varias llamadas, sin llegar a lograrlo. Intentó llamar dos veces a sus padres, pero se equivocó las dos veces de número. (Seguramente por tratarse de uno nuevo, recordemos que se acababan de mudar de domicilio.)

Asimismo trató varias veces de llamar al celular desconectado de su novia.

3. Lo más raro y macabramente interesante es lo siguiente: desde el patrullero intentó llamar cuatro veces al 110, el número de emergencias.

¿Por qué?

¿Qué sentido tenía llamar al número que había llevado a los dos policías a detenerlo? La fuente que he consultado, un artículo de Die Zeit, cuyo contenido recreo aquí, pregunta acertadamente:

¿Tenía miedo? ¿De qué?

Por el relativamente alto número de intentos -4- lo más probable es que sus llamadas hayan sido interrumpidas de alguna forma. ¿Por los mismos policías? ¿O no fueron tomadas en serio en la central de emergencias? ¿Por qué? ¿Por orden o consejo de los policías?

Volvamos ahora al comienzo del último eslabón del drama.

Robert había asistido con su novia y algunos amigos a la discoteca Ziegelei, de la localidad de Weiler Groß Weeden.

Era su primera vez allí. Se trata de una vieja fábrica que ha sido reformada y transformada en una gran sala de baile. Se dice que la Ziegelei no tiene buena fama: demasiadas historias por sobredosis de drogas, especialmente del legal alcohol.

A las 02:45, después de haber consumido hasta embrutecerse, abandona la discoteca sin dar aviso a sus compañeros.

No se sabe por qué lo hizo. Por no haber llevado su chaqueta, debe suponerse que tenía intención de regresar enseguida.

Lo que se sabe es que un patrullero civil lo encuentra a unos 300 metros de la Ziegelei a las 03:00 tirado al borde de la pista.

Según los policías (que regresaban de una misión especial y encontraron al joven de pura casualidad) su aspecto es “pálido como el de un cadáver y no se encuentra en condiciones de hablar”.

A continuación lo cubren con una manta y llaman a una ambulancia. Cuando ésta llega, Robert se siente mejor y la ambulancia se retira, dejándolo en manos de los policías.

Los policías afirman a su vez, que ellos fueron los que se retiraron primero, dejando a Robert al cuidado de los sanitarios.

Más o menos a las 03:40 el joven se queda solo en la calle, vestido como para una noche de verano, en una fría madrugada del norte de Alemania y la primera gran mentira está servida.

El resto ya lo sabemos, pues poco después se presenta a tocar desesperadamente el timbre de la casa de los B., a corta distancia del lugar donde ha sido abandonado a su suerte.

A qué se debía entonces esa forma de presentarse de los policías Hans Joachim G. y Alexander M., es algo que ahora queda aclarado.

Sus colegas de la patrulla civil tuvieron que reportar lo sucedido y así se enteraron que allí afuera había un muchachito seguramente drogado, que ahora estaba molestando a los B., afirmando que su casa es la suya.

Los dos policías han hecho falsas suposiciones. Y eso le va a costar la vida a Robert.

¿Qué sucedió en los más o menos quince minutos que el muchacho permaneció en el patrullero?

En el juicio, los dos policías se han defendido afirmando que el muchacho se sentía seguro de poder llegar solo a casa, para lo cual le bastaría llamar un taxi. Por ello pidió que lo dejaran en algún lugar, deseo que los policías cumplieron. Después de todo estaban frente a un joven de 18 años, portador de un celular y que se podía expresar claramente.

¿Por qué llamó Robert entonces 4 veces al 110 y no a un taxi?

¿Por qué no hubo reacción ante esas 4 llamadas?

¿Por qué no llamaron los policías a un taxi por él?

¿Por qué lo dejaron justo en un paraje desolado, casi sin iluminación y fuera de la línea divisoria de su jurisdicción, a pesar de haber pasado por tres pueblos, en los que hubiera sido más lógico cumplir su deseo?

¿Por qué simplemente no lo llevaron a casa, viendo su estado y su vestimenta no propia para soportar la temperatura de 4°C reinante?

¿Por qué no se preocuparon de comprobar su versión? (Solo llevaba 1,90 euros en el bolsillo.)

El caso ha estado rodeado de grandes contradicciones y juego sucio.

El abogado acusador sostiene que Robert fue abandonado de pura mala fe en un lugar alejado unos dos kilómetros de donde murió atropellado.

Eso explicaría su solución final, la de sentarse en medio de la pista a esperar y poder llamar la atención del próximo automóvil.

Después de haber caminado en la dirección equivocada y sin saber dónde se encontraba, entró en lo que se llama Kälteidiotie en alemán, algo así como ‘idiotez por frío’: alucinaciones que se sufren cuando la temperatura corporal desciende por debajo de los 32°C.

Es el fenómeno denominado Desnudo Paradójico. Es un comportamiento que ha sido ampliamente descrito por miembros de expediciones árticas y por alpinistas. A pesar de estar por morir por hipotermia, los afectados sufren de fuertes alucinaciones que pueden llegar a hacerles creer que empiezan a sentir irresistible calor.

Robert debe haber muerto creyendo -alucinando- que los pies le quemaban y por eso se desprendió de sus calcetines y de sus zapatos.

El camino judicial de los Sykorowski ha sido largo.

Cuando el abogado de la familia, Klaus Nentwig, exige que le entreguen las actas correspondientes y estas le llegan seis semanas después, las recibe prácticamente vacías.

Al dirigirse a la fiscalía de Lübeck, se encuentra con un alto desinterés por parte de los funcionarios.

Como por arte de magia, empiezan a desaparecer las pruebas. Las grabaciones -radiales- de las dos intervenciones policiales de esa noche se pierden. Lo que Robert dijo en sus 4 llamadas al 110, también.

En septiembre del 2003, la fiscalía cierra el caso por considerar que se trata de un infeliz y trágico accidente, una desgracia que puede suceder.

Nentwig recurre a una instancia superior y consigue que el caso se reabra, pero en noviembre del 2004 la fiscalía cierra nuevamente el caso.

El abogado de los Syrokowski vuelve a conseguir que lo reabran, concluyendo el proceso con la condena de los dos policías por homicidio negligente, algo que les ha significado nueve meses de prisión condicional pero no la pérdida de su empleo.

Para usar las palabras de Ana Frank: no puedo creer que los únicos responsables sean los dos policías.

Están los operadores y los dueños de la discoteca que permitieron que un joven se emborrache de esa manera sin impedirlo.

Están las leyes que permiten la propaganda de una de las drogas más peligrosas del planeta: el alcohol.

Están los padres que lo consumen excesivamente para matar el aburrimiento o la frustración. Las fiestas comunales en las que los niños aprenden desde temprano ese tipo de ‘diversión’ que consiste en emborracharse hasta perder el sentido. (Estoy por el consumo consciente y responsable de cualquier droga.)

Está la mentira de los dos primeros policías civiles o -en su defecto- la mentira de los sanitarios, sobre quién se quedó con Robert y lo abandonó a su suerte en el primer acto de esta desgracia, sabiendo que no hacía mucho lo habían encontrado tirado sobre el pavimento.

Están los falsos testimonios de los dos policías juzgados y la desaparición de diversas pruebas que no pueden haber hecho ellos solos.

¿Y los amigos con los que había bebido wodka con jugo de naranja en el trayecto en automóvil a la discoteca? ¿Y la novia? (¿O estaban también todos tan borrachos que solo después al día siguiente se enterarían de todo? ¿Y el que conducía y que no tendría que haber bebido?)

Se trató también de un encadenamiento fatal de diversos hechos, es cierto.

Pero eso no disminuye la culpa de aquellos cuyo primer deber es el de servir a la comunidad.

Aparte de que el encubrimiento y la destrucción de pruebas no solo ha agravado su culpa y destapado la de otros -encubridores-, sino que les ha quitado el velo de inocencia con el que trataron de presentarse.

Si eran -o son- inocentes, ¿por qué desaparecieron las pruebas, incurriendo en más delitos y comprometiendo a más funcionarios del estado?

Este 10 de enero pasado, el Tribunal Supremo les ha dado la razón a los Syrokowski. El presidente de dicho tribunal, Klaus Tolksdorf, un ex policía, ha declarado nula la benigna condena impartida y ha ordenado reabrir el caso.

El delito es patente.

Sabiendo el estado en el que se encontraba Robert y cómo iba vestido esa fría madrugada, los policías quisieron imponer tercamente su derecho a expulsarlo de su localidad -por eso lo llevaron fuera del límite de la misma- de paso que pretendían desprenderse así de una molestia.

El argumento de la defensa, según el cual los dos policías no fueron capaces de notar el verdadero estado del joven, no pueden hacerlo justamente dos ex colegas con su amplia experiencia, ha debido pensar el juez.

A los Syrokowski no les importa la pena que finalmente se les impondrá a los dos funcionarios del estado. Su objetivo era que el caso de su hijo no quedara como el de “un borracho más que muere por su propia culpa”.

Johanna, por su parte -en su particular cadena-, la conductora que no llegó a frenar al ver a Robert sentado y descalzo sobre el pavimento, murió en un accidente automovilístico no ocasionado por ella poco menos de doce horas antes de que se iniciara el proceso y tuviera que presentarse a declarar.

Fue en una curva entre Heiligenhafen y Großenbrode conocida por los lugareños como la Curva de la Muerte.

Otra persona, esta vez un conductor, volvió a cruzarse mortalmente en su camino.

HjV 14-01-2008

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Un comentario sobre “DOBLE CADENA CRUEL

  1. Mal asunto ese del alcohol, las drogas duras y el tabaco. Tanto unos como otras, todos son partícipes de infinidad de muertes en todo el mundo y a eso nadie le pone cota. Es una verguenza de nuestra época, principalmente para los que pueden hacer algo y titubean siempre dejando a las criaturas a su suerte que como en el caso que tú tan bien describes y termina en una fria madrugada en una curva llamada de la muerte. Un saludo del peor escritor del mundo: http://www.antoniolarrosa.com

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