LA CAÍDA DE UN IMPERIO

La historia la escriben los vencedores.

Este es un axioma -es decir, una proposición tan clara y evidente que no exige demostración – que rige más o menos toda nuestra historia.

Ya sea por simples cuestiones técnicas (si apenas han quedado vencidos, por ejemplo), o porque ningún vencedor desea ver su nombre pisoteado.

Menos aún, si -precisamente- ha vencido y tiene el poder para evitar que los vencidos la escriban por él, mostrando su propia visión de las cosas.

Pocos son los casos en los que esto no ha sido así.

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Australia, por ejemplo, como Estado, ya ha empezado a cumplir su obligación de reconocer el exterminio de los aborígenes australianos y –con ello- la invasión británica del continente.

Lo mismo hizo Alemania, en otro contexto, al reconocer el Holocausto judío.

Incluso hoy, en este país, casi no existe ningún político alemán –salvo de la ultraderecha- que no lo reconozca como parte misma de su identidad nacional.

Esas son las grandes excepciones.

Ahora, que ya está comprobado que 500 años antes de Colón, los vikingos ya habían visitado -‘descubierto’ por su parte- el continente americano, deberán pasar empero aún muchos años más hasta que deje de celebrarse oficialmente el llamado Descubrimiento de América y la llamada Conquista.

Alguna vez, espero, el 12 de octubre será por lo menos visto oficialmente como una fecha de Encuentro de Culturas, como ya lo han propuesto y celebran algunos. No necesariamente, como la Invasión que fue.

Los primeros pasos ya se están dando.

Ahora, también, resulta que un ciudadano del país que aún no ha reconocido abiertamente su particular genocidio –el de los indios norteamericanos- ni esa otra barbaridad humana llamada Esclavitud y perpetrada durante siglos contra África, está ayudando a comprender mejor nuestra historia latinoamericana.

Se trata de Jared Diamond y su libro Acero, gérmenes y armas.

Libro del cual no me voy a ocupar aquí, como dirían Les Luthiers, pero que me ha ayudado a comprender un capítulo especialmente difícil de nuestra historia peruana y latinoamericana en general.

Me interesa hoy, aquí, responderme a una de esas preguntas e inquisiciones que nunca pudieron entrar en mi cabeza infantil, después de las correspondientes clases escolares de historia.

¿Cómo carajo pudieron 180 invasores comandados por un ex criador de cerdos vencer a todo un imperio cinco siglos atrás?

¿Cómo diablos hizo Pizarro para traerse abajo el Imperio Incaico?

UN ESCENARIO FICTICIO

Antes, hagámonos una pregunta, imaginándonos un escenario ficticio.

¿Qué sucedería si el día de hoy, seres extraterrestres, vamos a decir todos de cabellos plateados y de intensos ojos violetas, invadieran -en un comienzo pacíficamente- nuestro planeta?

Vamos a suponer que ningún gobierno se atreve a atacarlos por miedo a desencadenar una guerra para la que seguramente no estaríamos preparados tecnológicamente como terrícolas y porque se desconoce el potencial del posible enemigo extraterrestre.

Imaginémonos que llegan a Barcelona o a Buenos Aires, que son muy altos, hablan un idioma que desconocemos y que no parecen portar armas.

Su inicial recorrido por las calles barcelonesas o bonaerenses se realiza en una mezcla de estupor, miedo, júbilo, admiración, curiosidad y gran expectación general.

La población observa anonadada y excitada el paso de los forasteros y el gobierno respectivo empieza a prepararse para lo peor.

Pero lo Peor no llega.

De tal forma que la gente empieza a ganarles confianza.

Ellos sonríen, reciben alimentos y muestras de hospitalidad –después de todo, no nos están atacando-, y, nosotros, por nuestra parte, deseamos ardientemente saber de dónde vienen y quiénes son, cómo han llegado y esas cosas.

(Quién sabe, hasta pueden ayudarnos a solucionar los acuciantes problemas de nuestro planeta.)

Pasado el susto y la excitación iniciales, entendemos que nos quieren dar a entender que vienen en son de paz y que desean encontrarse con el presidente del país.

Éste, después de un profundo análisis de la situación y viendo que grandes sectores de la población –cristiana- creen ver en esos seres la llegada del redentor tan anunciada en sus sagradas escrituras, acepta reunirse con el jefe de los forasteros.

Esto, que es pura ficción, es más o menos lo que le sucedió a Pizarro y a sus 180 soldados aventureros a su llegada al llamado Reino del Perú.

EX CRIADOR DE CERDOS Y EX ALCALDE DE PANAMÁ

En 1527 cuando Pizarro pone por primera vez pie en Tumbes, en la costa del actual Perú, ya han pasado casi 40 años desde el ‘descubrimiento’ de Colón.

Para empezar, no era el primero ni el único en interesarse por un posible reino rico en oro mucho más al sur y que corporizaba la increíble leyenda de El Dorado.

Habían transcurrido casi 4 décadas, pero a ningún expedicionario español le había sido hasta entonces posible avanzar hacia el sur, superando el Istmo de Panamá.

Lo que es la zona del actual Canal constituía más que un obstáculo: parecía ser también el límite natural y final de las tierras que habían descubierto los europeos. (De hecho, ese obstáculo natural es la explicación por la cual los dos grandes reinos, aztecas e incas, no se llegaron a conocer.)

Pizarro no era, sin embargo, de los que se dejaban vencer tan fácilmente. Estaba obsesionado y convencido, además, de que lo que se contaba sobre el oro interminable del Sur, no era una leyenda más.

La Corona española, por su parte, llevaba financiando tantas expediciones que parecía ya no estar dispuesta a seguir haciéndolo solo para alimentar una leyenda dorada.

Los intentos de Pizarro fueron varios.

En uno de los que probablemente sería su último, se dice que capturaron una canoa, cuyo cargamento volvió a confirmar la leyenda de El Dorado.

En la Isla del Gallo, a punto de ser abandonado por su tripulación y sus soldados, Pizarro traza la famosa línea sobre la arena y da su histórica arenga:

“Camaradas y amigos, de este lado se encuentran la muerte, las penas y el hambre. Del otro, el placer. Sean testigos de que he sido el primero en la necesidad, el primero en el ataque y el último en la retirada. De este lado se va a España, permaneciendo pobre. Del otro lado, hacia el Perú para volverse rico y llevar la palabra de Cristo. Ustedes eligen”.

¡Siete meses permaneció en esa isla con los únicos 13 hombres que se habían atrevido a cruzar la línea y creer en sus palabras!, hasta que les llegaron los refuerzos esperados y por los que habían partido Diego de Almagro y Bartolomé Ruiz.

Con los refuerzos, el ex criador de cerdos y natural de Trujillo (Extremadura), logró avanzar por primera vez hasta los ansiados territorios del sur, llegando hasta el Golfo de Guayaquil, pero sin atreverse a hacer ninguna incursión tierra adentro.

De regreso en busca de ayuda a Panamá, en donde había sido alcalde de la ciudad, embarcó a Felipillo y Martinillo, dos indígenas que irían a servirle de intérpretes.

En 1528, Pizarro regresa a España y lleva parte de lo capturado en sus expediciones: auquénidos, objetos de oro y plata, plantas y piezas textiles, así como algunos rehenes aborígenes, para mostrarlos a los reyes de España.

Carlos V, empero, tenía otras preocupaciones. Se encontraba a punto de ser coronado Gran Emperador del Imperio Romano Germánico. Por ello, la emperatriz Isabel de Portugal fue la que firmó la Capitulación de Toledo en julio de 1529 y nombró a Pizarro Gobernador y Capitán General del nuevo reino descubierto.

Se trataba por lo demás, de una época a la vez convulsa y prometedora.

No por nada había coincidido el año del descubrimiento de Colón, 1492, con el de la llamada Reconquista de los territorios ibéricos que habían sido invadidos desde 792 por los musulmanes, ¡700 años atrás!

El resultado de este especial momento histórico, aunado a la circulación de las leyendas sobre la existencia de El Dorado, debió provocar una especie de Fiebre del Oro entre aventureros, expedicionarios, gobernantes, la nobleza española y la población en general.

Transportémonos mentalmente a esa época, cuando Pizarro llega por segunda vez a Tumbes, decidido a introducirse a las entrañas del Imperio, seguramente tratando de imitar lo conseguido más de diez años atrás por Cortés en México.

Mucho no se sabe sobre los verdaderos objetivos de los invasores. Lo más probable es que se tomaran nuevas decisiones cada día y se dedicaran a tantear sus posibilidades.

Atahualpa tiene que haberse enterado pronto de la presencia de esos forasteros intrusos en las tierras del imperio.

Tenemos que imaginarnos, así, que diversos chasquis –mensajeros imperiales que llevaban las noticias y encomiendas corriendo- tienen que haber iniciado su habitual carrera de postas para hacerle llegar las novedades al Inca Atahualpa.

Lo más probable es que varias alarmas saltaran a la vez. Pero no olvidemos que se trataba de una contingencia con la que nadie contaba ni conocía.

¿HAN LLEGADO LOS DIOSES ANUNCIADOS?

¿Se trataría de dioses o semidioses?, tiene que haber sido una de las primeras preguntas que tienen que haberse hecho los incas. Desde los pobladores y campesinos comunes y corrientes que los veían a su paso, hasta los gobernantes, nobles y sabios del imperio.

Como sabemos, la religión formaba parte y dominaba la cosmovisión de los incas y su organización socioeconómica, tal como sucede hasta ahora en mayor o menor medida en la mayoría de las sociedades de nuestro mundo actual.

La religión y sus sacerdotes constituían una especie de poder dentro del poder en el llamado Imperio del Sol, en el que el Inca era considerado descendiente directo del dios principal Inti, el Sol.

Sin saber si los forasteros eran dioses, semidioses o enviados de ellos, su paso por las tierras del imperio en su camino a Cajamarca para encontrarse con el Inca, tiene que haberse parecido a un desfile inusitado y llamativo de extraterrestres como en nuestro escenario ficticio inicial.

Es probable que Atahualpa haya considerado que no tenía mucho que temer: como enemigos, su número era muy reducido. Como dioses o enviados de los dioses, menos, puesto que él mismo se consideraba uno de ellos.

Debía sentir, eso sí, una curiosidad extrema.

Para asegurarse, tiene que haber enviado a sus espías e informantes. Los famosos orejones. (En esos tiempos no existían la fotografía ni las imágenes de video.)

¿Cómo son? ¿Qué hacen?

¿Qué quieren? ¿Son peligrosos?

¿Portan armas? ¿Cuáles son sus intenciones?

¿Qué lengua hablan? ¿Qué comen?

Estas son algunas de las preguntas que tiene que haberse hecho Atahualpa y su corte. Más la inevitable y principal: ¿Se puede tratar verdaderamente de un dios o de algún enviado de los dioses?

Las respuestas tienen que haber tenido un alto grado de ingenuidad, visto el todo desde nuestro punto de vista actual. Algo así como:

-“Vienen montados en animales gigantescos y fantásticos.”

-“No portan armas.” (Seguramente creían que los cañones y arcabuces eran simples herramientas o regalos para el Inca. Simplemente no las conocían.)

-“Son amistosos.” (¿Qué les quedaba al internarse en las entrañas del Imperio?)

Tenemos que imaginarnos que cuando Pizarro y sus hombres inician su periplo buscando un encuentro con el Inca, tienen que haberlo hecho con el miedo a ser atacados y morir en cualquier momento.

Se sabe por los cronistas que al llegar a Tumbes no fueron recibidos con hostilidad, pero que poco después tres de sus hombres fueron víctimas de una emboscada, salvándose el resto de la tropa gracias a la caballería.

Animado por este triunfo parcial, Pizarro tiene que haberse sentido capaz de enfrentarse al ejército imperial. ¿Por qué?

¿Cómo pudo haber sido tan atrevido o tonto para creerlo?

Para un ejército tan experimentado como el inca, habría bastado atacar a Pizarro en su camino por los Andes con una simple guerra de guerrillas desde las alturas o haberlos dejado sin provisiones, exterminado a sus caballos o provocado derrumbes desde las montañas.

¿Por qué no ocurrió así?

La respuesta es relativamente sencilla: Pizarro no deseaba enfrentarse con ningún ejército.

Si las informaciones que tenía de Cortés eran ciertas y aplicables al Imperio Incaico, solo le bastaría acercarse lo suficiente al Inca, como para poder tomarlo prisionero, y descabezar así de cuajo la organización del Imperio.

Francisco Pizarro y sus 180 hombres no venían en son de paz.

Estaban esperando solamente el momento más adecuado para clavarle por la espalda el cuchillo al Imperio.

Así, pues, el Inca Atahualpa fue víctima de un gran engaño, de un gran timo. Un engaño que alteró el rumbo de la historia y cuyas consecuencias hasta ahora son palpables.

UNA LISTA DE FACTORES

Antes de continuar, veamos las ventajas con las que contaban los españoles para acometer esta relativamente fácil empresa.

1. EL ACERO. Los españoles contaban con una serie de armas sumamente efectivas y mortales, como los cañones, arcabuces y ballestas. En contraposición, los incas usaban porras, lanzas, arcos y flechas, y las hondas.

Es decir, la superioridad tecnológica bélica de los peninsulares era abismal.

Por otra parte, el acero también se empleaba en las armaduras de los soldados, aumentando su capacidad para repeler y soportar los ataques con las armas incaicas, básicamente dañinas por contacto o golpe directo.

4. ANIMALES DESCONOCIDOS. La expedición de Pizarro contaba con unas tres docenas de caballos. Estos eran animales mucho más grandes que los de mayor tamaño que conocían los incas (auquénidos y jaguares) y tienen que haber causado una gran impresión psicológica, más aún cuando se paraban sobre sus dos patas traseras y relinchaban, cimentando la creencia en la población de que se trataba de dioses.

Además, portaban canes entrenados para la guerra. Se trataba de perros ¡que comían carne humana!

Hay que imaginárselo, más o menos, como ver ahora vacas, caballos o gatos atacando a seres humanos para alimentarse de su carne. Dice el historiador Julio R. Villanueva Sotomayor:

“Balboa se hizo también famoso porque introdujo, estando de gobernador en La Antigua y en su viaje por el istmo de Panamá, perros amaestrados para que ayuden a los conquistadores. Fueron llamados “mata indios” y quien los poseía recibía el 50% más que el soldado de infantería con ballesta. Era una raza injerta de dogo con mastín, entrenada para morder y alimentarse de carne humana. El Bobo, perro del conquistador Melchor Verdugo, devoró al hijo del curaca de Bambamarca en Cajamarca. Hernando Pizarro tenía caballos, dogos y criados traídos de España. Se le decía el “príncipe de los conquistadores”. Su jauría de perros fue útil para su hermano Francisco en las conquistas de la Puná, Tumbes, Piura y Cajamarca”.

5. DESCONOCIMIENTO DE LAS ARMAS. Los españoles no solo tenían y dominaban otro tipo de armas, los incas desconocían su poder y su gran capacidad –debido al humo y al ruido de las detonaciones, aparte de su poder letal- de crear extremo miedo y gran confusión.

6. EL ASPECTO FÍSICO. Fisonómicamente, los incas y las etnias que conformaban el imperio, eran más o menos similares. La vista de seres de tez, cabellos y ojos más claros -que no conocían antes-, tiene que haberles causado una gran impresión y haber ahondado su creencia de que se trataban de dioses, simplemente por ser muy diferentes a ellos.

Lo mismo le había ocurrido a Moctezuma II en México, quien había creído que Cortés era el dios anunciado y lo había recibido hospitalariamente, alojando incluso a sus huestes en el palacio de su padre.

Este relato y otros hechos tienen que haber inducido a Pizarro a asumir el mismo optimismo y la misma convicción que hizo que Cortés llegara a inutilizar sus barcos para impedir que sus tropas pensaran en la retirada y la interrupción de la expedición.

7. EL ARMA SECRETA. Se dice que los virus que habían traído los europeos desde 1492 y contra los cuales las poblaciones aborígenes no habían desarrollado defensas propias, las habían diezmado, mucho antes de la llegada de los españoles a las tierras del Imperio.

El Inca Huayna Cápac, el padre de los medios hermanos Huáscar y Atahualpa habría muerto, al parecer, de viruela.

Aunque no se sabe con exactitud cuánto golpearon los virus llegados al Nuevo Mundo –como la gripe, el sarampión y la viruela-, se cree que sólo ésta última tiene que haber facilitado la conquista de los imperios azteca e inca.

Los virus habían tenido 40 años para llegar desde el Caribe hasta el centro del Imperio Incaico. Las epidemias, ahora lo sabemos, pueden desplazarse y avanzar mucho más rápido de lo que se podría creer y esperar.

Se propagan más rápido que las olas migratorias, porque no es necesario que alguien se mude a otro lugar a vivir para llevar sus enfermedades. Basta una simple visita o un contacto geográfico intermedio.

Una simple canoa que llega a un puerto con un enfermo. Alimentos contaminados. Entonces, se empieza a difundir en todas las direcciones posibles.

(Las epidemias tienen que haber creado una disminución enorme de la mano obra. Algo que explica entonces el por qué se tuvo que importar esclavos africanos. ¿Cuándo se le reconocerá al continente negro su vitalísimo aporte económico al desarrollo de los países del llamado Primer Mundo?)

8. LA JERARQUÍA INCAICA. Existía una estructura jerárquica de carácter absolutamente vertical en la organización social incaica. El Inca era el descendiente y representante directo del dios Sol. Era el jefe máximo y absoluto del Imperio.

9. ANALFABETO Y DESCONFIADO. Como Pizarro no había ido a la escuela y antes de llegar al Nuevo Mundo se había dedicado largos años a criar cerdos, sabía que lo podían engañar fácilmente con mensajes escritos y que no podía entender ningún texto, de tal manera que se volvió altamente desconfiado como comandante y solía desprenderse brutalmente de quien desconfiaba.

Los 180 españoles que llegaron al Perú con él, le debían tener miedo, primero, y luego una confianza más o menos ciega, producto de aquél.

10. FATAL COINCIDENCIA HISTÓRICA: Los medios hermanos Huáscar y Atahualpa se disputaban el trono justo desde 1525, año de la muerte de su padre, el Inca Huayna Cápac. Es decir, desde poco antes de la llegada de los españoles.

En 1531 se inicia la lucha abierta por el poder absoluto al que ambos se creían con derecho. Al año siguiente, llega Pizarro a las costas del Perú. Es decir, llega en un momento de gran incertidumbre.

11. IDIOSINCRASIAS. El inca debía creer que estaba tratando con una persona como él. Era un emperador acostumbrado a mantener la palabra entre sus semejantes o –en caso contrario- entrar abiertamente en guerra.

Esto es lo que se debe deducir de la relativa alta ingenuidad tanto de Moctezuma II como de Atahualpa.

Pizarro, por su parte, venía de un ambiente social acostumbrado a crear no solo nuevas ciudades sino también nuevas reglas y costumbres al vuelo: en suma, a adaptarse con astucia y maña a lo que se pudiera presentar.

En el fondo, sin esa alta capacidad para la creación de intrigas, mentiras, maquinaciones, rebeliones y la práctica del juego sucio social, los llamados conquistadores no habrían llegado tan lejos.

El mismo fin de Pizarro, asesinado por el hijo de uno de sus socios, Diego de Almagro, es una demostración de esto.

12. LA DOBLE JUSTIFICACIÓN ‘MORAL’. La llamada Reconquista de 1492, de territorios ibéricos de manos de los invasores musulmanes, hizo aumentar la fe ciega en la Corona y en la religión de los súbditos españoles.

El apoyo de la Corona no solo era monetario: los llamados conquistadores tienen que haberse sentido estimulados por no solo estar luchando por sus propios intereses pecuniarios, sino por pertenecer además a un equipo, a un reino ‘triunfador’, en este caso. De tal manera que estaban imbuidos de eso que se llama alta moral y de una gran motivación.

Si completamos el cuadro con la religión (Pizarro se definía a sí mismo como profundamente religioso), obtenemos así el retrato del llamado conquistador: un hombre que en nombre de su rey y de su dios, se creía con derecho a invadir, matar y expoliar pueblos enteros.

Se trataba, por lo demás, en su mayor parte de aventureros, desocupados, delincuentes comunes, ex presidiarios y soldados. Solo una pequeña parte de los expedicionarios eran los llamados hidalgos, el grado más bajo de la nobleza española.

EN LAS ENTRAÑAS DEL IMPERIO

Pizarro sabía, entonces, qué buscaba: si sus cálculos no fallaban, le bastaría un solo encuentro con el Inca para cumplir con sus objetivos.

Los incas, por su parte, desconocían todo esto. Ni siquiera conocían el Imperio Azteca. Menos lo que le había sucedido a Moctezuma a manos de Cortés.

(Otro habría sido el rumbo de la historia si hubieran conocido la escritura y haberse podido -por ejemplo- enterarse de la suerte de la suerte del Imperio Azteca.)

Por otra parte, el Imperio se encontraba en una fase de gran incertidumbre, en medio de una guerra civil entre los dos hermanos aspirantes al trono absoluto. Un año después de haberse iniciado la guerra abierta entre los dos en 1531, llega Pizarro a las costas de Tumbes.

¿Eran ellos los salvadores (de los grandes problemas del imperio) o acaso redentores, figuras religiosas éstas, en las que incluso hoy gran parte de la humanidad cree?

Si los proto-cristianos vieron en Jesucristo a su Redentor, algo parecido podría haber sucedido entonces, visto que existían mitos incaicos relacionados con un dios creador representado como un viejo barbudo y blanco, Viracocha, del que se creía que volvería por el mar.

A pesar de los grandes problemas que tuvieron en Tumbes, ciertos hechos tienen que haber convencido a los españoles de que se iban acercando a El Dorado.

Así refiere Pedro Pizarro una conversación sostenida con un principal venido del interior:

…pues preguntando al indio qué era el dijo que era un pueblo grande donde residía el Señor de todos ellos, y que había mucha tierra poblada y muchos cántaros de oro y plata, y casas chapeadas con planchas de oro; y cierto el indio dijo verdad, y menos de lo que había…

LA IDIOSINCRASIA INCAICA

El Tawantinsuyo era un imperio basado en un sistema socioeconómico profundamente religioso, pero que no solo se encargaba de la adoración de los dioses y de la atención de sus supuestos descendientes, la nobleza incaica.

El verdadero poder de éstos se había ido cimentando por su gran capacidad para mantener la organización social y servir al pueblo en sus necesidades básicas: agua, alimentos y trabajo.

Esto lo demuestran los restos arqueológicos de avanzados y geniales sistemas de canalización, regadío, embalses y aprovechamiento del agua en general.

Se sabe, además, que la organización social incaica se basaba en la unidad social y económica llamada ayllu, que garantizaba que todos los habitantes comunes del imperio pudieran tener acceso a la tierra y trabajarla, sea en forma colectiva o individual.

Así, podemos entender el por qué la organización jerárquica absolutamente vertical de los Incas pudo imponerse, prosperar y expandirse durante los siglos que existió: su sistema, simplemente, funcionaba.

Por otra parte, como todo emperador, el Inca se creía invulnerable y probablemente hasta inmortal.

Esto último lo sabemos por los restos arqueológicos: los nobles y la realeza eran enterrados no solo con muchas de sus pertenencias, sino también con alimentos, animales, y hasta con parientes y servidumbre.

Si actualmente los más de 2.000 millones de fieles cristianos (casi un tercio de la población mundial) de la mayor religión practicada en el mundo aún cree en la resurrección, ¿por qué los incas, quienes no llegaron a conocer a Darwin ni los actuales conocimientos de la arqueología y la paleontología, no podían creer en lo mismo?

CAMINO AL ENCUENTRO

Tenemos que imaginarnos ahora la expedición en su camino a Cajamarca, pasando de la costa peruana a los Andes.

Tengamos en cuenta que Pizarro seguía una estrategia sumamente difícil: presentarse como amigo para poder avanzar y, a la vez, estar atento contra cualquier ataque del cual podrían salir vivos, pero podrían desprestigiarlo de tal manera que el Inca no aceptara encontrarse con él.

El séquito que acompañaba a la expedición, parcialmente o a lo largo de todo el camino (por las razones que fueran: desde la simple curiosidad hasta para prestar ayuda por orden del Inca), tiene que haber estado también infiltrado o formado por espías e informantes de Atahualpa.

Seguramente, también, el paso de los forasteros era seguido desde lejos.

Dejemos por ahora a Pizarro y pasemos al otro lado de los Andes.

¿Qué pasaba por la cabeza de Atahualpa en Cajamarca?

Tiene que haber reunido a sabios y nobles para sopesar en todas las posibilidades y en qué hacer en caso de que no se tratara de dioses ni de una visita amistosa. Él mismo se encontraba en guerra con su hermano Huáscar, cuando le llegan a sus oídos noticias de unos seres que habían llegado por el mar en unas casas flotantes y montados sobre animales fantásticos.

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¿Qué habría pensado?

¿Cómo era posible que 180 hombres se atrevieran a pisar su imperio?

Por lo tanto, entonces, se podría tratar de locos aventureros, de dioses o de amigos. Es decir, no tenía mucho que temer. Menos por su número.

¿Era consciente Pizarro de todo esto?

En su camino a Cajamarca por el Cápac Ñam, camino inca de la sierra, Pizarro recibe repetidas veces la visita de orejones del Inca, con quienes le hace llegar al emperador sus intenciones de paz y amistad, a la vez que regalos, asegurándole estar dispuesto a apoyarlo en su disputa del trono contra su hermano Huáscar.

Poco antes de arribar la expedición a esa ciudad, Atahualpa les hace llegar a los españoles diez llamas con provisiones, regalo que vuelve a repetir.

Según los cronistas, a pesar de estas muestras de hospitalidad, el miedo de las huestes pizarristas era terrible. Al llegar a Cajamarca y reconocer por el número de antorchas que miles de soldados rodeaban la ciudad, tienen que haber temido lo peor.

Solo esperaban la ocasión para capturar al Inca y romper así de golpe la jerarquía casi absolutamente vertical, tal como había hecho Cortés en México.

Si eso no les funcionaba o no se atrevían a ponerlo en práctica, siempre les quedaba la posibilidad de no mostrar sus verdaderos intereses y retirarse en son de paz. Para volver con más hombres y mejor preparados, se entiende.

En pocas palabras, si ya habían llegado a uno de los centros del Imperio, ya no tenían mucho que perder. Con suerte, además, serían bien recibidos y agasajados.

Si a esto le agregamos la gran capacidad de intriga de los llamados conquistadores, más el hecho de no hablar el mismo idioma y tener que servirse de intérpretes improvisados, siempre les podía quedar un margen de duda en sus conversaciones, al cual se podrían aferrar en caso de peligro.

LOS MOMENTOS FINALES DEL IMPERIO

Es noviembre de 1532, el día 15 del mes.

Por fin han llegado a Cajamarca, después de haber caminado 53 días desde San Miguel de Piura, la primera ciudad española que fundan en suelo peruano y desde la cual piensan continuar su invasión.

Pizarro envía a Hernando de Soto con una pequeña comitiva a saludar al Inca y a comunicarle “que él venía de parte de Dios y del Rey a los predicar y tenerlos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que viniese a ver con él”.

Atahualpa, quien se encontraba cerca de allí en los Baños del Inca, le manda a decir que no puede atenderlo inmediatamente.

La espera hasta el día siguiente se hizo tan angustiante, que Pedro Pizarro escribió: “… yo oí a muchos españoles que sin sentirlos se orinaban de puro miedo“.

Unos veinte a treinta mil soldados imperiales rodeaban la plaza central. La artillería española tenía la orden de ocultar sus armas, hecho que los informantes del Inca tomaron como un acto de cobardía, pensando que simplemente se estaban escondiendo en los tambos.

A las cuatro de la tarde del día siguiente hizo su aparición el Inca.

Lo precedía un coro de cuatrocientos hombres con sus “grandes cantares”. Unos ochenta hombres de gran linaje cargaban la litera cubierta de plata donde iba sentado.

Entonces, aquí empiezan a precipitarse los hechos y no existe un relato único de lo que sucedió.

Al parecer, y tal como era costumbre en las reuniones amistosas con otros pueblos, el Inca y el séquito de nobles que lo acompañaba no iban armados ni llevaban escolta inmediata, algo que seguramente podía ser entendido como una ofensa en una reunión de carácter amistoso.

Al percibir la tensión de los españoles, empero, el Inca tiene que haber ordenado que las tropas se acercaran más, pero los acontecimientos se precipitaron en una dinámica especialmente veloz y cruel.

Cuando Pizarro envía al cura Vicente de Valverde a presentarse para pedirle a Atahualpa que abrazara la fe cristiana y aceptara someterse a los dictados del rey de España, un simple gesto del Inca provoca la indignación del cura y hace que éste grite el santo y seña para atacar.

El plan de los españoles era más o menos simple.

Una vez que el Inca se acercara lo suficiente, tenían pensado apresarlo por sorpresa, secuestrándolo, y matar inmediatamente a su séquito de nobles, fácilmente reconocibles por el mayor colorido de sus trajes y adornos corporales.

A la vez, la artillería y la caballería producirían el mayor daño y confusión posibles a su alrededor. Se sabía por Cortés que capturada la cabeza, el cuerpo del Imperio quedaría inmediatamente inmovilizado.

El sonido de las trompetas, el relinchar de los caballos, el ataque de los perros entrenados para la guerra, las detonaciones de los cañones y arcabuces, los ataques con las certeras ballestas, el humo, los gritos y los olores repentinamente aparecidos en el aire (orina y excrementos humanos, humo, pólvora quemada, sangre), tienen que haber creado un cuadro dantesco y diabólico.

Se dice que en apenas media hora, ya habían muerto más de 2.000 indígenas.

UN LIBRO QUE NO ERA UNA CAJA DE REGALOS

¿Cuál fue el momento culminante de este cruce y urdimbre de suerte, casualidades, superioridad tecnológica y confluencia de una serie casi increíble de factores antes mencionados?

Probablemente, el momento en el que el cura Valverde le entrega la Biblia a Atahualpa y le dice (hay varias versiones de los cronistas) que vienen en nombre de Dios y del rey de España.

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Una versión dice que Atahualpa pide saber cómo sabe el cura lo que quieren los dioses.

Valverde le contesta que lo sabe por el libro que le ha entregado.

El Inca, asombrado y curioso, se lo lleva a una oreja y no escucha nada. Irritado y colérico por considerar que se trata de una broma de mal gusto, arroja el libro al suelo.

Esa es una posibilidad.

Quiero imaginarme, simplemente, que al entregarle Valverde la biblia, Atahualpa pensó que se trataba de una caja con regalos.

Al tratar de abrirla y solo encontrar hojas dentro de ella, la debe haber arrojado al suelo molesto y con un gesto de furia.

Este gesto herético y demoníaco del Inca en los ojos del cura español, tiene que haberlo obligado casi automáticamente a espetar el grito de guerra acordado:

¡Santiago!

El resto de la historia se conoce y está más o menos muy bien documentado.

Capturada y rota la cabeza de la organización vertical del imperio, agravado todo esto por la guerra civil entre los dos hermanos, el resto fue un ejercicio de ingeniería social por parte de los invasores españoles.

Otra habría sido, pues, la historia, si Pizarro y sus huestes hubieran sido recibidos hostilmente desde un comienzo.

Tal vez simplemente habrían muerto de hambre y de frío en su paso por las cordilleras andinas, o en emboscadas en los desfiladeros. O atacados con piedras y aluviones provocados desde las alturas. Sin llegar a ver jamás al Inca ni entrevistarse con él.

De alguna manera, la curiosidad del Inca y la hospitalidad debida a quienes se creía dioses o representantes de ellos, y que mentían ocultando sus verdaderas intenciones, terminó por aniquilar al gran Imperio.

La curiosidad y la soberbia pudieron más que otras razones en la mente de Atahualpa y su corte.

Tal vez, por creerse en su derecho de ver con sus propios ojos a esos forasteros que podían ser parientes de él mismo y descendientes del dios Viracocha, un blanco barbado que alguna vez iba a regresar por el mar según los mitos.

La curiosidad. Y la posibilidad de sacar provecho de ello en su lucha por el poder. No podía saber que Pizarro mentía, ni cuáles eran sus verdaderas y malignas intenciones.

Por lo demás, si no se trataba de dioses ni de enviados de los dioses, ¿qué se podría perder atendiéndolos inicialmente con hospitalidad?

Después de todo, luego se podría ir viendo qué hacer con esos forasteros intrusos.

 

HjV 20-01-2008

 

http://pacochocorbeira.blogspot.com/2007/02/el-arma-secreta-de-la-conquista-de.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Conquista_del_Imperio_Inca

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http://es.wikipedia.org/wiki/Descubrimiento_de_Am%C3%A9rica#El_debate_terminol.C3.B3gico

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6 comentarios sobre “LA CAÍDA DE UN IMPERIO

  1. Cuando estuve en Ollantaytambo, existe una imagen en la montaña de un hombre achinado y barbado al cual le llaman Wiracochan osea el hijo de Wiracocha o hijo de Dios. Se dice que salió del lago Titicaca y fue de pueblo en pueblo por el mal llamado Imperio del Tahuantinsuyo (como asi lo menciona María Rotstorowski). Se dice de este que donde llegaba traía un saco y en el una serie de instrumentos que traían prosperidad. Cuando llegó a Lima, es decir al valle de Pachacamac se le llamó el Ekeko, ya las costumbres han degenerado como un símbolo de suerte desde el punto de vista metafísico, pero lo cierto es que la prosperidad la traía por la tecnología que traía y enseñaba sobre los secretos del cultivo de los campos. Muy interesantes como siempre tus escritos.

  2. Paseando de nuevo, a salto de mata, por tus cultivados campos, en esta ocasión con frutos de Historia viva.

    Sobresaliente narración histórica. Concisa exposición de un hecho de máxima relevancia social por sus consecuencias posteriores en la historia universal. Acontecimiento merecedor de ser novelado con objetividad, para su mejor comprensión por las jóvenes generaciones, al estilo “des Rois maudits” , con un “orejón” o un “chasqui” y su familia como protagonista-narrador, o ambos:

    http://fr.wikipedia.org/wiki/Les_Rois_maudits_(feuilleton_t%C3%A9l%C3%A9vis%C3%A9,_1972)

    http://es.wikipedia.org/wiki/Los_Reyes_Malditos

    Buenas noches, suerte y salud. ArgsSs. Laico e ibérico, con orígenes medievales luxemburgueses.

    P.D.: sólo una mínima acotación a tu narración. Trujillo, en la provincia de Cáceres, no es de Andalucía, pertenece a Extremadura.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Trujillo_(C%C3%A1ceres)

    Rpta.: Error corregido. Gracias. El tema da para más de una novela, tienes razón. Alguna vez me gustaría sumergirme en el tema, lo más neutralmente posible. Estar perdido un par de meses en un par de bibliotecas. Que estés bien, desconocido amigo. Te lo agradezco de todo cucharón. Saludos. HjV

  3. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
    DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA – Vigésima segunda edición
    -cucharón.
    1. m. Cazo con mango, o cuchara grande… etc., etc., …
    = 2. m. coloq. El Salv. y Ur. Corazón de una persona.
    3. com. And., Col. y Hond. cuchareta …etc., etc., ETCsss., .,……

    “Con un pelín de estulticia por mi parte,
    Espero aceptes la ironía, aún sin arte :
    Corazón puede rimar con cucharón,
    Como cazo con garbanzo.
    Y no, por ello, es villanía
    Hacer rimar polisemia con agonía.”

    Un saludo cordial de este lector amigo que, a salto de mata, pasa por estas tus páginas tan variopintas y, culturalmente, entretenidas. ArgsSs el íbero laico de la post Hispania.

    P.D.: Aún sín que sea mi intención, es una adivinanza.

    Rpta.: Estimado Liberaico, me has pescado. No he podido resolver la adivinanza. No me queda sino devolverte una mía en forma de espinela. La solución está en la misma décima. Saludos. HjV

    Poderte rimar quisiera
    aquello que engrandece
    y con la amistad crece,
    se va aunque no quieras
    mas duerme como una fiera.
    Si el acertijo es bueno
    sin que suene como un trueno,
    aprecia esta mi frase
    que menester es que hace
    pescar la palabra al vuelo.

  4. No suena bronca tu voz, ¡pardiez!
    Busco ilusión en la fría palidez,
    de las sombras agazapadas en mi altivez.

    Procuro y ansío envolver en fantasía,
    a vuela pluma, por mor de cortesía,
    la palabra, sin velo ni celosía.

    Don, sin dín, no da postín.
    Y, aún cerrada en su fortín,
    vuela libre, por siempre, sin fin…
    …la palabra.

    Buenas noches, suerte y salud liberaicas – como tú dices- de un Ibérico-laico lector. ArgsSs.

    Rpta.: La palabra a buscar era ‘aprecio’, que espero esté volando ya, con destinos ibéricos. Saludos desde Colonia. HjV

  5. La organización incaica no era tan vertical, la elección del inca por ejemplo se basaba en una serie de factores, entre los que estaba la aprobación de los guerreros de los 10 ayllus originarios o “ayllus custodios”. En la crónica de Murúa puedes ver, como el Inca Huayna Cápac es casi muerto durante una batalla contra los cayambis del actual Ecuador, y no todo el ejército se derrumba y corre en pánico como debería pasar en una estructura vertical como la que planteas.
    En la crónica de Betanzos (crónica de una descarada propaganda atahualpista), puedes ver como Atahualpa iba incorporando a su séquito un serie de etnìas por el terror y como en el momento del encuentro con Pizarro estaba rodeado más de esas etnías que de sus guerreros, asimismo del relato aunque es bastante parcial vas sacando como Atahualpa estaba revolucionando la sociedad andina, destruyendo las bases de la misma mediante una violencia nunca antes vista.
    Aunque comparto la mayoría de lo dicho por Diamond en su libro, me parece que la parte en la que habla sobre la abismal diferencia en poder bèlico esta exagerada, los incas lograron vencer a los españoles muchas veces sobre todo durante la insurrección de Manco Inca.

    Rpta.: Hola, Iván. Obviamente, es un gran tema para investigar más profundamente y discutir. Gracias por tus observaciones. Saludos. HjV

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