UN HOMBRE SE HA CONVERTIDO EN ESTRELLA

Una noticia de esta mañana me ha ensombrecido el día, iluminándolo.

 

Creo no exagerar al decir que un hombre se acaba de convertir en estrella.

 

Arthur C. Clarke ha muerto.

La Ciencia Ficción ha muerto.

Por lo menos, uno de los dioses fundadores y una de las plumas más poéticas de un género que en esta época se confunde cada vez más con el presente y que, acaso por eso, haya perdido actualmente su importancia. Esperemos que no para siempre.

Recuerdo su particular estilo clarkiano –melancolía lunática y sideral-, su forma de llevarte de la mano hasta el borde de la Luna para hacerte observar el Espacio desde allí y mostrártelo tal cual es:

Nada.

arthur1.jpg


Pero él te hacía creer en otros mundos y te consolaba con su prosa y sus invenciones.

Murió a los 90, un número que por sus formas puede ser visto como un homenaje gráfico a los astros.

 

Este inglés nos hizo prestar atención a una de las Grandes Paradojas de nuestra época: nos hemos acercado e interesado como nunca antes por el futuro, solo para convencernos de que probablemente no tenemos ninguno.

 

Con él, seguramente, se ha ido el último pensador de una gran estirpe que inaugurara Julio Verne hace siglo y medio y que tuvo en Isaac Asimov a uno de sus pilares más representativos y prolíficos.

 

La literatura de Clarke la debo haber leído por primera vez allá a mediados de la década de los setenta, cuando aún no había terminado el colegio.

 

Tiene que haber llegado a mis manos por obra de mi padre, un ingeniero, físico y matemático aficionado a la ciencia ficción en sus tiempos. (Se creyó, entre otras cosas, lo del matrimonio, juntándose dos años con mi madre.)

De Clarke, tengo presente su escritura, por su estilo tan peculiar con que me hizo temblar adolescentemente de emoción.

Son pocos los textos de la literatura mundial que lo han conseguido en mi vida con tanta nitidez y contundencia. Y los de Clarke han sido de los contados, del género estelar por excelencia.

 

Por él, tengo que haberme pasado ese par de madrugones temblando de frío en la azotea de mi casa en Lima, rogándole a los extraterrestres que se atrevieran a entrar en contacto conmigo, asegurándoles que yo sería incapaz de hacerles daño.

 

Años después, se estrenaría la película E.T., El extraterrestre (1982), y yo apenas la pude ver, tan atento como estaba a mi chica de entonces, atendiendo asuntos bastante terrestres en la última fila de un cine de barrio.

 

Clarke era un romántico de la ciencia ficción. Se pasó toda una vida esperando esos contactos (me refiero a los extraterrestres).

 

Era un melancólico, por tanto.

 

(No olvidemos que algunos dividen la psicosis en tres subcategorías: la paranoia, la esquizofrenia y la melancolía. Tres ingredientes sin los cuales ninguna ciencia ficción podría existir, pues no es posible creer en seres extraterrestres sin pensar que ya nos están observando, escribir sin meternos de alguna manera en sus mentes ni caer en la ciclotimia del que sabe todo inútil y sin embargo lanza ocasionalmente la mirada expectante y optimista hacia la Luna, el Espacio y el futuro.)

 

Como todo mago que tiene algo que decirte, sus relatos eran un simple pretexto para ocuparse de sus temas y hacerte vibrar escuchándolos.

 

Tarea ésta última, una de las más difíciles y urgentes de todo escritor, independientemente del disfraz que decida ponerle a sus letras y de lo que te quiera decir con ellas.

 

Estoy convencido de que Clarke -en una de sus múltiples vidas galácticas- era un extraterrestre embutido en el cuerpo de un ser humano, enviado desde una galaxia remota con la sagrada función de servirles de advertencia a los seres humanos.

 

Por algún desperfecto de su traje espacial no pudo regresar a ella y se quedó 90 años con nosotros. (Ese desperfecto lo confinó a soportar una silla de ruedas durante décadas. Ahora los suyos lo han rescatado.)

 

-¿Todo es pasajero y vano? Está bien -parecía querer decirte con sus líneas-. Pero todo es, a la vez, sumamente interesante y aún queda mucho por conocer en el universo, muchachas y muchachos. ¿No lo ven? ¿Qué esperan? ¡Salgan allá!

 

En otra de sus vidas, él era el hombre sumamente limitado, especialmente terco y morbosamente resignado que todos los humanoides llevamos dentro.

 

Clarke, como pocos seres -de cualquier rama del conocimiento-, tuvo desde temprano la gran certeza que diferencia y marca a fuego a ciertos terrícolas:

 

Somos parte de un proyecto frustrado desde su nacimiento.

 

Certeza infausta que apenas se atrevió a exponer abiertamente fuera de su obra, tal vez porque en la ciencia ficción tenía el consuelo de poder hallar –en sus textos o con la predicción correcta del futuro- alguna vez, algún sentido, qué diablos si solamente pasajero, a la vida.

 

Se le recordará por haber predicho la Red, Internet, en uno de sus relatos, y por un clásico cinematográfico de 1968, de Stanley Kubrick: 2001, una odisea del espacio, basado en El centinela.

 

Éste es un relato que escribió en 1951 y cuyo final transcribo ahora. Es una oración al infinito. El grito mudo y tierno rogando a civilizaciones superiores que vengan a rescatarnos.

 

Son las palabras del protagonista sobre el suelo de la Luna. Acaba de descubrir casi inocentemente una especie de pirámide de cristal y se da cuenta que tiene que haber sido dejada por otra civilización diferente a la nuestra. Ha descubierto a un centinela de ella y éste tiene que haber soltado alguna alarma.  

 

I can never look know at the Milky Way without wondering from which of those banked clouds of stars the emissaries are coming. If you will pardon so commonplace a simile, we have set off the fire-alarm and have nothing to do but to wait.

 

I do not think we have to wait for a long.

 

(Ya no puedo mirar hacia la Vía Láctea sin preguntarme desde cuál de esas nebulosas estelares están acudiendo los emisarios. Si se me permite recurrir a un símil trivial, hemos pulsado la alarma de incendios, y no nos queda otra cosa que esperar.

No creo que tengamos que esperar mucho.)

Hay que reconocerle a Clarke que se esforzó hasta el mero final. (No fuera a reclamárselo ningún extraterrestre en alguna de sus próximas existencias en alguna de sus merecidas galaxias.)

 

Su último mensaje lo dejó en YouTube (pobre artilugio comparado con lo que ideó en sus ficciones) y abarcó tres deseos que tienen que ver con aspectos vitales de nuestra especie.

 

“Que la humanidad reciba alguna evidencia de la vida extraterrestre; que abandone su adicción al petróleo a favor de otras energías más limpias; y que el conflicto que divide Sri Lanka llegue a su fin y se imponga la paz”.

 

Con su primer deseo dejó claro que no deberíamos resignarnos a ser las hormigas solitarias de este universo, aunque sea por tener alguna certeza como combustible –en el mar de las grandes incertidumbres- sobre la espalda.

 

Tener algo que pueda devolvernos la ilusión como la aciaga especie pedestre que realmente somos.

 

Con su segundo deseo lanzó una advertencia específica refiriéndose al futuro energético de la humanidad.

 

Él era de los que podían perfectamente imaginarse hacia dónde se dirige este mundo tontamente aferrado al petróleo, es decir, al designio de un puñado de industrias e intereses de personas que –oh, paradoja cruel- ya tienen resueltas sus vidas.

 

Con su tercer deseo regresó a la posición fetal de todo ser humano pensante y honesto:

 

No podremos dar un paso verdaderamente importante mientras no queramos resolver nuestras querellas domésticas y no avancemos juntos en paz.

 

Paradójicamente, Clarke vivió más de la mitad de su vida en Sri Lanka, un país en el que los conflictos sociales parecieran no tener nunca fin.

 

Desconozco sus razones para ello, pero estoy convencido de que para Sir Arthur bien podía representar ese país –a escala-, el planeta Tierra con sus absurdos conflictos.

 

Algo equivalente a decir, que, independientemente de la región del Universo en la que te encuentres, no puedes escapar a tu condición humana.

 

Arthur C. Clarke lo consiguió con su literatura.

 

 

Recordemos para finalizar, hermanas y hermanos míos, las líneas iniciales de El centinela:

 

The next time you see the full moon high in the south, look carefully at its right-hand edge and let your eye travel upward along the curve of the disk. Round about two o’clock you will notice a small, dark oval: anyone with normal eyesight can find it quite easily.

 

Haré un intento de traducirlo, decantándome por el tuteo:

 

La próxima vez que veas la luna llena brillar al sur en lo alto, observa atentamente su borde derecho y deja resbalar tu mirada subiendo a lo largo de la curva del disco. Al llegar a  la altura de las dos del reloj, podrás notar un diminuto y oscuro óvalo: cualquiera con una vista normal puede encontrarlo fácilmente.

 

En ese preciso lugar puede ser que viva ahora el gran Arthur.

HjV 19-03-2008

(Dedicado a mi padre.)

 

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3 comentarios sobre “UN HOMBRE SE HA CONVERTIDO EN ESTRELLA

  1. Revoloteando por tus vastos trigales, picoteando aquí y allá, saboreo con deleite tu admiración por Arthur C. Clarke tal como lo describes en tu palimpsesto, ( obviando a la R.A.E. y ateniéndonos al diccionario WordReference, palimpsesto : documento, escrito, manuscrito, papiro, tablilla).
    No considerándome versado, experto o entendido, ni tan siquiera erudito en la extensa obra de tu añorado escritor, puedo decir que dispongo de algún que otro de sus libros y, solo por citar uno, mencionaré, intencionadamente :

    “Terre, planète impériale”, de la colección J’ai Lu, nº 904, Ed.Albin Michel 1977. Versión original “Imperial Earth”, © Arthur C. Clarke 1975, dedicado por el autor a otro inmortal, Ernest Hemingway.

    Saco a colación esta novela porque, si, como creo adivinar, estas líneas te estarán resultando pedantes, pesadas, incomprensibles, obtusas e incluso incongruentes, puedes encontrar en su página núm. 5…… EL POLIMINO o POLIMINÓS, parte sustancial de la narración. Juego enervante, atrevido, osado e intelectual….cual ajedrez sideral. Indicado para educar mentes sanas y jóvenes.

    http://www.google.es/search?sourceid=navclient&hl=es&ie=UTF-8&rls=GGLJ,GGLJ:2006-40,GGLJ:es&q=poliminos

    http://w3.cnice.mec.es/eos/MaterialesEducativos/mem2001/descartespuzzle/puzzledescartes/puzzlematicas/poliminos/poli_inicio.htm

    Laaaaargos saludos. Buena noche, suerte y salud. ArgsSs, fiel a la laicidad ibérica.

    P.D.: Sin falsa humildad, solo sé leer en castellano, catalán, francés, portugués e italiano y muy someramente en inglés, por imposición de internet, Admiro el esperanto. Por ello el título de la novela en la lengua de Baudelaire.

    Rpta.: De Clarke conozco muy poco. Apenas El centinela y un par de relatos más. Pero me impactaron en su momento y ahora que he releído El centinela, me doy cuenta por qué: aparte de ser un maestro con la palabra, es un buen narrador y combina bien grandes temas de la filosofía con la predicción del futuro.

    Aquí dejo una de las versiones que circulan por la red y una cita de la misma. Una buena semana. Gracias por los datos. Saludos. HjV

    http://ebooks.noctis.com.ar/archivos/Clarke/Arthur%20C.%20Clarke%20-%20El%20centinela.htm

    “Debieron hallarse en una soledad que no podemos imaginar, la soledad de los dioses que miran a través del infinito y que no encuentran a nadie con quien compartir sus pensamientos.”

  2. Me gustó tu post, recién ahora empiezán a salir artículos valorativos sobre la obra de Clarke. Hace un rato vi uno en Axxón por ejemplo, debe haber más por ahí. Saludos.

    Rpta.: Hola, Juan. Conozco relativamente poco de la obra clarkiana, pero la tenía muy presente. Lo visitaré en su otra vida releyéndolo. Saludos y gracias por tu comentario. HjV

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