EL EMISARIO (Relato)

In memoriam Arthur C. Clarke

 

Observó a GoRemk3 extendiéndose sobre unos charcos de colores, ensimismado en sus movimientos circulares. Parecía no haber notado su presencia, lo cual no podía ser posible. Por lo demás, irradiaba demasiadas ondas confusas como para reconocer en ese joven a un empleado a tiempo parcial de ZMMmyk. No lo conocía, era la primera vez que lo veía en la colonia. Todo lo que sabía de él, incluyendo su identidad, lo debía a los sistemas informativos coloniales. Volvió a revisar la información obtenida.

 

¡Ésta era la juventud de ahora!, se dijo, lanzando una mirada en dirección a NGC4414, la galaxia que más le gustaba observar y ordenando multiplicación bifocal a su vista para poder apreciarla mejor en su retina desde diferentes distancias. Luego ajustó su propia frecuencia y activó el programa que le permitía imitar el contacto directo con la Central de Control.

 

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Sabía que tipos como GoRemk5 conocían todo tipo de trucos y que no se dejaría engañar así nomás con esa artimaña, con una simple imitación. ¿GoRemk5? ¿Ó GoRemk3?, se preguntó, alarmado. Luego sonrió para sí, aunque molesto. Se había dado cuenta felizmente a tiempo del truco de joven.

 

-Sabes que está terminantemente prohibido alterar la identidad básica en los territorios de ZMMmyk –le hizo llegar como información de carácter urgente al jovencito, viendo cómo conseguía asustarlo y que éste adoptara una apariencia corpórea más formal, abandonando sus raras formas de colores.

-La ley colonial solo condena las alteraciones a partir de los primeros 5 dígitos, su Eminencia -le replicó el joven-. Ya tiene por lo menos dos siglos de antigüedad. La ley, digo.

-Sabes que está prohibido dirigirse así a una Eminencia –le contestó él, enfadado por la lección que le pretendía dar este joven desconocido.

 

¿Desconocía acaso este mozalbete que él había sido uno de los fundadores de la colonia ZMMmyk hacía unos cuatro mil años atrás? No podía ser, claro.

-Lo siento, su Eminencia -continuó-. Quería evitar… Es mejor no expresarlo.

-Atrévete –le conminó él.

-Veo que está impidiéndome grabar la escena, señor –le hizo conocer el muchacho.

-Lo cual quiere decir que no tenías buenas intenciones. ¿Querías poder tenerla como prueba en contra mí? Sabes bien que mis sistemas de protección son automáticos.

-Soy feliz con mi vida, su Eminencia. Me gusta la música. Cuando visito otros mundos estoy siempre a tiempo de vuelta para cumplir con mis trabajos aquí en la colonia.

-¿A eso le llamas vida? –le preguntó él, como un reproche-. ¿A convertirte en una masa psicodélica que va adoptando infinitas formas al compás de la música? ¿A eso?

 

Estaba en cierta forma harto. Su función como Eminencia consistía en controlar el correcto funcionamiento de la colonia, pero esos cabezas duras del Parlamento Central ya llevaban discutiendo tres mil años sin lograr ponerse de acuerdo sobre qué era correcto y qué no.

-¿No sabes que te podría quitar un poco de Tiempo? 

-Le ruego me perdone –dijo el muchacho, bajando la cabeza.

Desde que se había aprobado en el parlamento el aumento de las penas por irreverencia, le era más fácil cumplir su trabajo, especialmente con los jóvenes. Algo había que reconocerle a esos zánganos.

 

Ahora le bastaba mencionar la palabra Tiempo para conseguir una reacción inmediata en los menores de quinientos años. Los milañeros eran más duros en ese sentido y de allí para adelante era ciertamente mucho más difícil obtener alguna reacción de los verdaderamente mayores. Los comités centrales de todas las colonias asociadas del universo se rompían los sesos buscando actividades más atractivas para la humanidad espacial registrada, pero ya casi no quedaban individuos que quisieran vivir más allá de los tres o cuatro mil años.

 

Con los muy jovencitos era otra cosa, porque hasta ellos habían comprendido que el cuerpo solo valía para los dos primeros miles de años de vida. De allí en adelante, se deterioraba rápidamente y había que hacer esfuerzos para evitar su desintegración. Por lo general solo se conservaba el cerebro o parte de él y ya todo se hacía sólo por medio de la mente. Vivir en un cuerpo artificial también llegaba a cansar después de todo.

 

-Lo haces por miedo –le increpó.

-No, señor –dijo el joven-. Soy universitario y mi campo de trabajo es la gerontología.

 

Sus sistemas tronaron por un momento al escuchar esta palabra.

 

Se lo habían advertido, las emociones podían jugarle una mala pasada. Las nuevas tecnologías permitían la casi perfecta coordinación de todos los sistemas, pero alguien como él, acostumbrado a cambiar de cuerpos artificiales con regularidad, tenía que vivir con ese tipo de fallos cibernéticos.

 

Por suerte, no era nada de lo que se pudiera arrepentir. Todos sabían que las Eminencias eran gente mayor de cuatro mil años y por lo tanto objeto de continuos estudios universitarios. No se trataba de un caso de falta de respeto, esa mención a la gerontología. Una falta así, por lo demás, podía llegar a pagarse con la muerte.

 

-Te escucho –le ordenó al joven, después de esforzarse durante unos instantes por leer sus pensamientos.

Estos muchachos, pensó, siempre estaban renovando sus sistemas de tal manera que era casi imposible mantenerse a su altura informática. Eran tan astutos que ya había escuchado hablar de casos de suplantación de personalidad. Uno creía estar leyendo la mente del interlocutor, pero éste ya había activado un programa para que otro ocupara su lugar. Un amigo, por lo general. 

 

Por lo menos se alegró de no detectar ninguna burla por su intento de leerle el pensamiento. Estaba de más decir que estaba prohibido tratar de introducirse en la mente de una Eminencia, pero  seguramente para muchachos como él, era casi imposible o una pérdida de tiempo poder demostrarlo.

 

-Informa –insistió.

-La gente –dijo el muchacho, con notable inseguridad-, la gente de la Tierra ha descubierto…

-¡Año! –espetó él, olvidando que hacía mucho tiempo ya que ese tipo de noticias se clasificaban en una misma época y no era necesario consignar el año terrestre. Todo suceso comprendido entre la aparición de la primera novela de Julio Verne y la desaparición por completo de la vida animal de la Tierra era considerado como perteneciente a una sola gran época. Una era galáctica, por así decir.

 

-2008, su Eminencia. Última Era terrestre.

-¡Detalles! –gruñó él.

Empezaba a no agradarle nada lo que le estaba diciendo ese mocoso.

-Ya se los he enviado a su memoria correspondiente, señor.

Ahora lo recordaba. En el cúmulo de informaciones recibidas se le había pasado la verdadera razón de estar allí. ¡Había sido por esas informaciones recibidas! Se alarmó: sus sistemas le acababan de anunciar que habían detectado un diminuto coágulo en su cerebro y le recomendaban calma.

 

-Repítelas, igual –le ordenó.

Respiró. Trató de calmarse. Se alegró de haber desconectado el dispositivo de sensación de dolor.

-Creen haber encontrado la posibilidad de vida en otro planeta. Los terrícolas, señor. Pero coincide con la muerte de uno de ellos. Mi sospecha…

 

Lanzó una carcajada. No debería haberlo hecho como Eminencia.

Por eso, luego calló por un momento, mientras le ordenaba a sus sistemas revisar la información. Ordenó a su cuerpo artificial de turno cerrar los ojos. El muchacho empezaba a hacer saltar todas sus  alarmas de nivel absolutamente secreto.

-Es un hecho conocido eso que mencionas –dijo él, al cabo de un minuto-. He revisado todos los archivos eminentes existentes siglo por siglo, desde el momento de formación de nuestra ZMMmyk. No se conocen consecuencias directas de esa muerte en toda nuestra galaxia. Deberías saberlo, muchachito.

 

-El hecho es que…

-¡No se conocen consecuencias directas, GoRenk3! –repitió él, ya molesto.

-Solo es que… -empezó a decir el joven, pero recién en ese momento él se dio cuenta de por qué había saltado una de las alarmas de sus sistemas.

No le había hecho caso y había ordenado ignorarla mentalmente.

Ahora era demasiado tarde. Algo así era lo que se deseaba cualquier muchachito contestatario como éste.

-Dímelo –le ordenó, sabiendo que ya era en vano, mientras veía realmente conturbado cómo empezaba a desaparecer la criatura que había adoptado hasta tres identidades diversas ¡en sus propias narices!

 

Había cometido el error de programarlo todo sólo para un tal GoRemk3 ó un GoRemk5, y no había pensado en otros aspectos. Ni siquiera había sospechado que algo así le podía haber pasado a él. La alarma por el pequeño cambio de la ‘n’ por la ‘m’ la había pasado tontamente por alto y se había dejado tomar por sorpresa. Ahora era demasiado tarde. Un detalle. Un mundo. Se lo habían advertido: la sensación de Inmortalidad podía hacerle bajar la guardia alguna vez.

 

-¡Dímelo, por lo menos! –le imploró, viendo como seguía desvaneciéndose GoRe-k- y haciendo hincapié en el ruego, acentuándolo lo más emocionalmente posible, porque sabía que los dispositivos modernos de las jóvenes generaciones podían reaccionar a ese tipo de sentimientos como en los albores de la humanidad y no solo a órdenes maquinales.

 

-Tal vez es solo una coincidencia –dijo el muchacho, esta vez sin hablar, cuando ya solo se podía visionar parte de su apariencia colonial, la que estaba obligado a usar oficialmente en ZMMmyk.

-Te lo ruego –repitó él, sin avergonzarse, ordenando calma absoluta al noventa por ciento de sus controles internos y una potenciación del ruego en su pedido a sus sistemas de control.

 

-Probablemente nunca lo sepamos –gritó la cuarta parte que quedaba visible del muchacho-, pero tenemos la obligación de buscar la verdad. Los jóvenes queremos saber qué hay detrás de la historia que ustedes, Eminencias, nos dan a conocer desde nuestro nacimiento. ¡Queremos saber cuál es la verdad que se esconde en nuestro origen! La coincidencia es infinitesimal, pero una muerte terrícola ha sido borrada de todos los demás archivos, incluso de los de las galaxias más cercanas. ¿Por qué? ¿Qué nos esconden? ¡Ninguna verdad es verdaderamente buena para esconderla una eternidad!

 

-Nosotros mismos… –empezó a decir él, a sabiendas de que ya era demasiado tarde-. No lo podemos. Es decir…

Quiso decir “Media eternidad no es nada”, pero se dio cuenta que matemáticamente no tenía ningún sentido y que tal vez sus sistemas no lo dejarían pasar como información al muchacho.

-¿Quién fue esa persona? -reclamó finalmente el joven-. ¿Por qué fue tan importante su muerte? ¡Queremos saberlo, Eminentes! ¿Qué tuvo o tiene que ver con nuestra civilización?

-Espera –musitó él, sabiendo que ya era en vano.

 

-¿Era acaso uno de los Emisarios? –alcanzó a preguntar el muchacho, con sus propios sistemas incapaces de anular voluntariamente la orden de fuga-. ¡Sepa que no pararemos hasta saber quién fue ese tal Clarke en esa maldita Tierra!

 

Eso fue lo último que se escuchó del tal GoRe-k-, antes de sustraerse material y mentalmente por completo de la colonia ZMMmyk.

 HjorgeV

 Sinthern, satélite de Colonia,  jueves 20-03-2008

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