DOS ESCENAS DE LA VIDA REAL

No hace mucho tuve un encuentro poco agradable con la policía local.

Tuvo un final inesperado, que me hizo pensar en una de esas cajas que encierran otra y ésta a otra más, y que a veces son una buena metáfora de la vida, porque comprendemos que tal vez todo, al cabo, funciona así.

Como un encadenamiento perpetuo de hechos que vistos aisladamente no parecen tener mayor conexión.

Tengo que aclarar que tengo un amigo que es oficial de policía y que de las pocas veces que he tenido que ver con esos funcionarios del estado, puedo decir que guardo una buena impresión de la policía alemana.

Esta última vez no fue así.

Había salido de un establecimiento comercial y debía dirigirme a otro, a unas cuatro manzanas de distancia.

Cuando estaba por llegar a mi destino, por una de esas coincidencias a las que ya estoy acostumbrado y ni siquiera me llaman ya la atención, me di cuenta de que no me había puesto el cinturón de seguridad.

Lo noté justo cuando acababa de entrar a una rotonda de esas que se utilizan para ahorrar el uso de semáforos.

No pude colocármelo enseguida porque debido al trayecto de la circunferencia, mantenía mis dos manos sujetando el volante del automóvil.

Me faltaban apenas unos cien metros para llegar y todavía quería ponerme el cinturón, por simple costumbre. En eso, vi a unos cincuenta metros un patrullero.

Se tienen que haber dado cuenta de que no llevo puesto el cinturón, me dije.

Como me pareció que no me creerían eso de que ya estaba por ponérmelo a pesar de que solo me quedaban unos cien metros de recorrido, ya no lo hice.

Con suerte, pensé, no se han dado cuenta y siguen su camino. Luego miré por el espejo retrovisor y constaté que me seguían.

Mala suerte.

El lugar al que me dirigía es un comercio con una gran playa de estacionamiento, en la cual suelo dejar nuestra camioneta más o menos siempre en la misma zona. Esta vez solo había un lugar libre entre dos altas furgonetas de reparto.

Van a pensar que los he visto y trato de esconderme entre dos vehículos voluminosos. Mala suerte otra vez, pensé.

Me dije que tal vez solo habían venido a comprar como yo, pero cuando vi cómo estacionaban rápidamente después de ubicarme en mi ‘escondite’, descendían del patrullero y la pareja de policías se acercaba con prisa hacia mí, ya no podían caber más dudas.

Traté de relajarme.

Como, salvo para viajar, nunca llevo mi pasaporte conmigo, me preparé para recibir el sermón que suelo experimentar cada vez que debo pasar un control rutinario de tránsito. Cada dos o tres años, más o menos.

Entonces, recordé que estaba en la camioneta que está a nombre del hermano de mi esposa y que está registrada en otra ciudad y no a mi nombre.

Ajá. Otro punto en contra.

Me dispuse a esperar y respiré tres veces profundamente.

Momentos después, una mujer policía tocaba con los nudillos a mi ventanilla.

-Buenos días. Control de tránsito. Sus papeles y los del vehículo, por favor –me dijo ella, con ese tono de voz que tanto detesto precisamente en los policías y que solo lo tienen por su perfecta conciencia de su rango, su poder, el o las armas que llevan encima y por el hecho de estar en pareja.

Le entregué la tarjeta de propiedad y mi licencia de conducir en silencio.

-Su pasaporte –bufó ella.

-El brevete es un documento oficial estatal, funcionaria. Emitido por el estado alemán.

-La ley dice que debe llevar su documento de identidad.

-Soy extranjero. Y usted sabe bien que no existe un documento de identidad para nosotros en este país.

-Pero es su obligación llevar su pasaporte. Es la ley.

-Pues solo lo llevo conmigo cuando salgo de viaje. Y este no es el caso.

-¿Es su automóvil?

-Lo puede ver en la tarjeta de propiedad.

-¿De quién es?

-Lo puede leer –le repetí, sin muchas ganas de decir nada más. Luego, para que viera que no había nada raro detrás de todo, le dije el nombre de mi cuñado.

-¿Qué relación tiene con él? –me preguntó ella, colmando el vaso de mi paciencia.

¿Creía esta mujer, o quería hacerme creer, que podía tratarse de un automóvil robado?

-¿Qué relación? -le dije, sonriendo, sabiendo muy bien que se refería a otra cosa-. Muy buena.

-¿Dónde vive? -bufó la funcionaria, visiblemente molesta con mi respuesta.

Le respondí que a medio kilómetro de allí.

-Pues ahora lo comprobaremos –me dijo, y se marchó con su colega en dirección al patrullero para poder comprobar mis datos.

Al cabo de unos cinco minutos, volvieron.

-Se trata de lo siguiente –empezó a decir ella, balanceándose sobre sus dos piernas como yo creía que solo lo hacían los policías de las peores películas-. Usted no llevaba puesto el cinturón de seguridad.

-Así es –le dije.

-¿Tiene algo que decir al respecto? –bufó ella.

-Ya lo acabo de decir.

¿Qué le había molestado?

¿No haberse cruzado con un miembro de una banda de ladrones de automóviles? De ser así, ¿qué culpa tenía yo?

Podía haberle explicado que casi nunca me olvido de ponerme el cinturón. Que esta vez, incluso, a pesar de quedarme solo pocos metros por recorrer lo pensaba hacer de todas maneras.

También que no me hubiera costado nada esperarla en mi automóvil con el cinturón puesto y negar todo.

-¿No tiene nada más que decir?

Negué con un gesto.

¿Eso le molestaba? ¿Que yo no me defendiera ni tratara de mentir negando mi falta?

-Esto le va a costar una multa de 30 euros. La puede pagar en efectivo o con una tarjeta bancaria en este momento. O en los próximos siete días. ¿Qué prefiere?

Después de apuntar los datos correspondientes, me devolvió mis documentos y me entregó la papeleta.

-Y ya sabe. Usted tiene la obligación de colocarse el cinturón de seguridad.

La miré con pena. ¿No se daba cuenta esta mujer de que ya no estaba hablando conmigo?

-Que yo sepa no es su obligación recordármelo –le dije, porque estaba harto.

-¡Claro que lo es! Mi obligación es controlar que se cumplan todas las medidas de seguridad.

Controlar. Esa es su obligación, no recordárselo a nadie. Y menos en ese tono televisivo.

-¿Qué está diciendo usted? –me preguntó ella, elevando aún más el volumen y el tono de su voz, haciéndolo amenazador.

-Que usted –le respondí, en voz baja, lo más lentamente posible y pronunciando las palabras con especial esmero- le está gritando a un tranquilo ciudadano por haberle dicho que tiene las maneras de un policía de las películas.

-Ese es un atrevimiento. Y una ofensa –exclamó ella. Pude ver que le empezaban a temblar las aletas de la nariz.

-No. Es una simple constatación.

Cuando estaba a punto de replicarme algo, su colega la tomó del brazo y le hizo una seña para retirarse.

Esa misma noche, tratando de mitigar mis nervios, salí a correr muy tarde.

Recién cuando me encontré trotando por los campos vecinos, me di cuenta que había cometido un error porque la visibilidad era casi nula debido a la oscuridad.

Como siempre lo hago de día, no me había percatado simplemente de que hasta allí no llega el sistema de alumbrado público.

Como veo muy mal en la oscuridad, corría más o menos a ciegas y debía cuidarme sobre todo de no tropezar.

Por un momento, pensé que lo mejor sería regresar y salir al día siguiente por la mañana. A lo lejos se veían las luces de los dos pueblos más cercanos. Luego, me dije que no me debía rendir tan fácilmente ante la adversidad.

Continué mi trote.

En eso, vi aparecer las luces rojas traseras de lo que tenía que ser un automóvil, viniendo de un camino lateral.

Como acababa de decidirme por continuar mi camino, a pesar del miedo que empezaba a sentir, seguí corriendo automáticamente. Entonces, me di cuenta que el vehículo no tenía las luces delanteras encendidas. ¿Por qué?

Las traseras las había visto porque había tenido que frenar para dar la curva.

¿Qué diablos hacía un automóvil allí a las diez y media de la noche, en plena oscuridad, con las luces apagadas y desplazándose por un lugar prohibido al tránsito vehicular?

En ese momento escuché tres disparos. Pump, pump, pump.

Ah, cazadores, me dije. Y seguí corriendo, automáticamente.

¿Y si por la falta de luz no pueden verme y me disparan sin quererlo?, me pregunté. Esta vez no me lo pensé dos veces y regresé por donde había venido.

En casa se lo conté a mi mujer y me dijo que unos dos o tres años atrás, un tipo se había suicidado en su automóvil más o menos por la misma zona.

Esta es una historia real, no estoy inventando nada.

-Mejor llamamos a la policía –me dijo ella.

¿Ya saben quién llegó a tocar mi puerta, no?

-¿Cómo puede saber que se trataba de disparos y no de simples fuegos artificiales? -me preguntó más o menos toscamente el colega que por la tarde no había dicho nada, minutos después, mientras su colega trataba de pasar desapercibida.

Estaba tratando de denunciar un acto ilegal, pero este hombre me estaba tratando como si lo ilegal hubiera sido mi llamada.

-Sé cuál es la diferencia -le dije, fríamente, sin explicarle que había visto a más de uno caer muerto a mi lado por disparos en una huelga policial en mi país y que un par de años atrás, al salir a la puerta de nuestro antiguo departamento en un barrio colonés, había sido testigo de una balacera, entre otros ejemplos.

-Ya veremos -dijo el funcionario antes de despedirse, dejándome la impresión que les estaba haciendo perder el tiempo.

Sé que no vieron nada esa noche.

Al día siguiente mi esposa me contó que se había topado con dos grandes conejos muertos en su diario paseo matutino por los campos.

HjV 30-03-2008

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Un comentario sobre “DOS ESCENAS DE LA VIDA REAL

  1. Hola HJV.
    Tu encuentro con la policia parece incluso que hubiera tenido lugar en cualquier calle de aqui, este mi pais central americano.
    Personalmente yo me rebajo con los policias de Transito. Me explico, cuando algun patrullero me detiene y toca a mi vidrio y yo me cercioro, en la medida de lo posible, del cargo que esta ejerciendo, suelo recibirlo con un: “Buen dia señor oficial, en que le puedo servir”. Como por arte de magia el hosco rostro se va cambiando por una amable y satisfactoria sonrisa. Luego, sea lo que sea que me achaque, acepto mi culpa. Ej: Señor, usted giro en U y eso aqui es prohibido. Rspta: Claro señor oficial, yo casi no suelo circular por esta calle y no pude ver el letrero y es que voy tan cansado, pero descuide tendra mas precaucion la proxima vez señaleme la multa. Para no ir tan largo nunca me han puesto una multa en mi vida y hasta hace un año nunca me habian asaltado. Asi que lo que yo le puedo decir es que con los oficiales, por ignorantes, arrogantes, prepotentes que sean uno debe de reconocer esas caracteristicas y acariciarselas en la cara, ya vera como se ponen. Reglas ante los oficiales de Transito:
    1) Recibirlo con un caluroso y emotivo saludo.
    2) Exaltar su rango, generalmente Oficial, pero si le dice Sargento capaz y lo deja ir sin mas ni mas.
    3) Reconocer su culpa, excepto en choques cuando este involucrado otro vehiculo (esas son otras reglas).
    4) Aceptar la consecuencia, es decir, la multa sin rechistar.
    5) Mientras el Sargento llena la papeleta, preguntarle por su dia de trabajo, y cuestiones personales como si le gusta el futbol o si tiene sed. Mientras no le llevan la licencia y te entregan la boleta de la multa aun no hay sancion y es posible que el poli hasta rompa la boleta.
    Cumplir al pie de la letra estas reglas evitan cualquier multa de transito.
    Por otro lado eso de correr a oscuras por el campo es un lujazo, claro, siempre y cuando no medien tres pistoletazos de por medio. Correr es una maravilla.
    Saludos

    Rpta.: Solamente quería pagar mi multa y punto. Es la primera vez que me cruzo con un personaje ‘televisivo’ por estos lares. Los policías alemanes suelen portarse como la gente normal de cualquier profesión. Por lo demás, me gusta la actuación pero no en un caso así. Saludos. HjV

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