DE LLUVIAS, LECTURAS, DROGAS Y MEDIA VUELTA

La lluvia cambia a la gente.

El saludo cortés -aún entre desconocidos- propio de puebluchos como el nuestro, se convierte en un gesto apenas perceptible por la lluvia, que lo cambia todo.

Cambia el paisaje, la velocidad de las cosas y de la gente.

Cambia el piso por donde camino y su consistencia, el aspecto de las plantas y de los árboles, las siluetas de las casas y el fondo del paisaje.

Hasta mi cuerpo parece cambiar mientras avanzo y cada vez me mojo más.

La gente camina con la cabeza gacha, inclinada hacia la tierra -¿y sus oráculos?- independientemente de si lleva paraguas, una gorra o una capucha. Como si a sus dioses les hubiera dado justo hoy día por castigar sus pecados.

¿Por qué caminamos escondiendo nuestros rostros de la lluvia?

¿Por qué adoptamos otra posición diferente de la normal, caminamos de otra forma y cerramos los ojos (hasta la mente, pareciera) si eso apenas tiene influencia en la cantidad de agua que nos cae encima y cómo nos mojamos?

La lluvia cambia incluso patentemente el humor de las personas.

Acabo de llegar de dar el paseo obligatorio con nuestro perro por los campos vecinos y confieso que he tenido que hacer un esfuerzo notable para no perder el humor, después de llegar totalmente empapado de vuelta a casa.

Ha sido una media hora de paseo que lo suelo aprovechar para el trote diario. Pero la gripe que me persigue desde hace unos días, sin salir a flote verdaderamente, lo ha impedido.

Me siento como si me hubieran dado una paliza anoche.

De una tía muy querida nuestra, decíamos que una de sus frases favoritas era la siguiente:

Tengo un dolor de cabeza terrible por todo el cuerpo.

Así me siento hoy.

-Creo que voy a llevar el paraguas –le dije a mi esposa.

-No te lo recomiendo por el perro –me dijo ella.

Se refería a que suele jalar inesperada y muy fuertemente de la cuerda (el perro) y a veces es necesario cambiar rápidamente de mano para evitar un accidente (con el perro).

Así es que tuve que hacer una de las cosas que menos me gusta: ponerme una gorra.

Encima, el camino por los campos tuve que hacerlo con más cuidado del de costumbre porque cada dos pasos tenía que saltar para no pisar una lombriz.

¿Había una Danza de Lombrices y nadie me había invitado?

Cuando me di cuenta de que llegaría completamente empapado a casa, independientemente de la posición que adoptara, decidí relajarme. Como iba más o menos convenientemente abrigado, sabía que tendría que pasar mucho más tiempo hasta que la humedad pudiera enfriarme peligrosamente.

El último trayecto lo hice así con los sentidos puestos en la naturaleza.

Escuché, entre otros sonidos, el graznido lento pero persistente de un pájaro que me hizo pensar en una relación sexual no consentida por una de las partes.

Dejé que la lluvia me mojara la cara y cerré por tramos los ojos, para poder gozar del masaje facial hidráulico.

Ya no quiero pensar en la cantidad de lombrices que ya no podrán asistir al baile por ese ejercicio mío.

MATERIA VIVA

Un amigo de Berlín que me ha propuesto fundar una especie de revista literaria hecha por ‘peruanos en el exilio voluntario’ (las comillas son mías), acaba de recomendarme un autor alemán al que solo conocía por el nombre, Theodoro Fontane.

Fue un escritor del siglo XIX y representante del llamado realismo poético alemán. A los treinta años dejó su profesión y su futuro como farmacéutico para entregarse de lleno solo a escribir.

Se dice que escribió sus mejores novelas después de los 60 años.

De la biblioteca municipal de la localidad vecina, justo tengo en mis manos dos novelas escritas en esa época tardía pero muy fructífera de su vida: La señora Jenny Treibel, de 1892 (Fontane había nacido en 1819 en Neuruppin, llamada también Ciudad Fontane, cerca de Berlín) y Cinco castillos, escrita entre 1881 y 1888.

Abro las primeras páginas de Frau Jenny Treibel y me encuentro que uno de los amables lectores anteriores ha tenido la gentileza de marcar con lápiz varias líneas, palabras y hasta párrafos enteros.

Por un buen rato, me entretengo tratando de adivinar el sexo, la edad y los intereses de la persona que ha dejado sus huellas en el libro sin importarle los lectores sucesores.

Después de unos minutos, apuesto que se trata de una persona joven e inconstante. Luego constato que no ha pasado de las diez primeras páginas del libro.

Soy de los que cuidaba sus libros como oro.

Ahora no me importa marcar mis propios libros. Si vuelvo a releer alguno marcado, es una buena oportunidad para recordar el momento en el que lo había leído.

Últimamente estoy releyendo muchos de mis libros y me he topado con más de una agradable sorpresa.

La más importante: los libros viven.

Están formados de materia viva y cambian en el tiempo, con el lector.

Es la única explicación que tengo para haber leído más de cinco veces Conversación en La Catedral de Mario Vargas o, más o menos el mismo número de veces, La danza inmóvil de ese otro compatriota fenecido demasiado temprano, Manuel Scorza.

TRADUCTOR TRAIDOR

De uno de mis autores favoritos del género negro de EEUU, Michael Connelly, acabo de releer Deuda de sangre en castellano.

Sabía que la había leído alguna vez y el comienzo me pareció perfectamente reconocible. Pero esa impresión se diluyó apenas en la tercera página.

Recién al cerrar el libro en la última, me di cuenta de que lo había leído seguramente a conciencia en su momento, y, sin embargo, lo había releído como si se tratase de uno nuevo.

Poniendo atención, tal vez, en las cosas que había pasado por alto en la primera lectura.

Así como la memoria es selectiva, la lectura también lo debe ser y eso nos da la sensación arriba mencionada, de que los libros parecen vivir.

De la biblioteca me he traído también un libro de otro de mis favoritos del país del norte, Paul Auster. Se trata de La noche del oráculo y será una oportunidad para ver qué tan atractiva es la traducción al alemán.

Me sucede que, luego de leer algunos libros primero en la versión en alemán –porque es lo primero que tengo a la mano en este país-, al pasar a la versión en castellano, me doy cuenta de que es como si se tratase de dos libros diferentes.

Completamente diferentes, quiero decir.

Mis suegros me regalaron, por ejemplo, Vivir para contarla, la autobiografía de García (¿qué otro García hay en Latinoamérica o en las letras castellanas contemporáneas como para confundirlo por el apellido?), pero en alemán, y no pude pasar de la primera página.

Me sentí como si fuera a traicionar a García si continuaba. Y allí sigue el libro como recién comprado en algún lugar de mis caóticas estanterías.

“La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda”, dice García en la primera línea de su libro.

Y veo que lo mismo se puede aplicar a los libros.

Por cierto, Isabel Allende -de quién apenas he podido terminar un libro en el idioma original-, se deja leer muy bien en alemán.

EL PARAÍSO A UN PAR DE SOLES

Leo en el diario que me he traído de la estación más cercana, que nuestros países se enfrentan a la dificilísima tarea de luchar contra el fenómeno de las drogas.

Como siempre lo digo y no me canso de repetir: el alcohol y el tabaco también son drogas.

Por lo tanto, no se trata de luchar contra las drogas, sino contra ciertas ilegales.

No sé por qué, justo ahora me parece más claro por qué las diferentes administraciones usamericanas se esfuerzan tanto en combatir la droga blanca.

El día que nuestros países se den cuenta de que en la producción y venta de la cocaína hay un negocio muy rentable y se animen a legalizarlas, me digo, ¡ja!, hasta podríamos competir por lo menos más ventajosamente en el mundo globalizado.

Pero no, la hipocresía y los intereses de las dos industrias mencionadas siguen haciendo creer que unas drogas son benignas y las otras malignas. Tanto, que olvidamos llamar drogas al alcohol y a la nicotina.

¡Todas las drogas son benignas y malignas a la vez!

Cualquiera sabe, por lo demás, que la diferencia entre un medicamento y un veneno está en la dosis. Hasta en la comida queda claro eso.

Los cada vez mayores controles del tráfico de la cocaína han generado una nueva situación, me imagino: cada vez hay más mercadería que se queda sin ser enviada a Europa o EEUU y termina en los mercados locales.

La tentación es grande.

El paraíso que prometen sin cesar la televisión y los demás medios de comunicación cuesta en mi país cinco soles (menos de 2 euros) en forma de un gramo de polvo blanco. En Europa ese precio puede llegar a multiplicarse por cien.

EL SOLDADO RASO NO TIENE QUIÉN LE ESCRIBA

He llegado y he anotado enseguida todo lo que se me ha pasado por la cabeza en este paseo de media hora.

Antes, no he resistido la tentación de revisar mi buzón de emilios. Casi compulsivamente.

No soy el coronel, pero tampoco tengo quién me escriba. ¿Quién lo tiene?

Bueno, sí, mantengo cierto contacto más o menos regular con un par de mis hermanos y con dos o tres amigos más. Altamente insatisfactorio por lo general, tengo que confesar.

Pero no es por culpa de ninguno de nosotros. Creo que se trata de un defecto del medio mismo y que no es fácil de reconocer.

Me he dado cuenta de que el correo electrónico ha revolucionado las comunicaciones, efectivamente. La gente intercambia con una facilidad fascinante sus direcciones, pero me consta que después apenas se escribe.

No sé si me equivoco, pero creo que para demostrar el aprecio que hoy en día le tienes a una persona, es necesario bombardearlo con todo tipo de chistes, imágenes y videos de esos que circulan por la Red. Y si es posible a diario.

(Ese tipo de cosas, apenas lo puedo soportar, por más que a veces caigan verdaderas joyas.)

Eso de bombardear con chistes y mensajes supuestamente graciosos, debe ser el equivalente a los golpes cavernícolas que los peruanos nos damos en la espalda cuando, después de mucho tiempo, nos encontramos con alguien a quien apreciamos. (Cuidado, con las mujeres no funciona de ese modo.)

Felizmente hay excepciones y esos mensajes los atesoro como mi hijo sus figuritas de Pokémon.

EL CAMINO DE LA MALDICIÓN AL ORO NEGRO Y MEDIA VUELTA

El resfrío me agarra en un mal momento.

Justo anoche se acabó la reserva de combustible de la caldera de la calefacción de nuestra casa.

Mi esposa ha hecho el pedido hoy pero recién llegará mañana. Eso significa que no podré calentar las habitaciones como más me gusta y tendré que ingeniármelas de otra manera. (Esto lo escribo a unos diez grados Celsius.)

De paso nos hemos dado con una sorpresa. El precio del petróleo que se usa como combustible en la caldera casi ha doblado su precio desde la última vez que hicimos un pedido similar hace medio año.

¿Cómo habrá sido la reacción de los primeros hombres que vieron surgir repentinamente petróleo de la Tierra?

¿Lo habrán maldecido?

Después se convirtió en oro negro.

Y no está lejos de convertirse nuevamente en una maldición.

De vez en cuando me llega el anuncio -por correo electrónico- de un comentario hecho a esta bitácora y me alegro como un perro al que le lanzan un hueso.

Como el perro, no soy capaz de distinguir a la primera si lo que me están lanzando es realmente un hueso o no.

Ya me han tocado varias espinas.

HjorgeV, lunes 14-04-2008

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