ENRIQUE Y ALONSO, PROCHAZKA Y CUETO

No soy crítico literario.

Dios me salve, ateo y hereje renacido como soy. (Parafraseo a un ciudadano usamericano que se hace llamar cristiano renacido.)

Eso de estar hablando sandeces o estar haciendo malabares mentales para poder decir algo sobre los textos de alguien que existe solo en la imaginación de ciertas personas que escriben por diversas razones, no es nada para mí.

En una historia, la voz que narra no es necesariamente la del que la escribe, y éste, el escritor, no es tampoco necesariamente (ni biográficamente ni en cuestiones de carácter, personalidad, vicios y gustos) idéntico a la persona que lo sostiene físicamente, la que vive y pervive para que pueda existir todo lo de atrás, como la locomotora arrastra al resto de los vagones de un tren.

Hay escritores, sí, que se creen eso de coincidir con el cuerpo que les ha tocado o con su obra.

Y otros más que creen -además- que han llegado a ocupar todas las secciones, gavetas y escondrijos laberínticos de la mente de su continente humano.

(Después está -dentro del subcontinente escritor- el que escribe y el que piensa, además del que corrige y censura; el que sueña que escribe, el que más sueña que escribe, etc.)

Bromas aparte, todo crítico literario es, para empezar, un ser humano.

Por lo tanto, tiene sus debilidades, gustos y tiende a jalar –legal o ilegal, simpática o antipática, justa o injustamente- agua para su terreno.

Aceptado esto, personalmente, prefiero por eso confiar y preferir el juicio de las críticas positivas, y de éstas, solo aquellas que han sido escritas por la real fascinación que sus autores han sentido por un libro o un texto en un determinado momento.

Del resto, no tengo nada especial que decir.

De gustos y colores, decretan suficiente y permanentemente los demás autores.

Aclarado este otro punto, paso a exponer un par de hechos interesantes que me han acaecido en estos últimos días.

Todo empezó con un emilio que me envió un amigo artista peruano, varado como yo –pero con menos prontuario alemán, léase simplemente años– por estos lares de Alemania.

“Alonso Cueto leerá en la iglesia St. Agnes este miércoles a las 20:00”, me escribió Victorio M. por correo electrónico, el amigo que menciono.

¿Una sesión literaria en una iglesia?, me pregunté.

“Vamos para que te desapolilles”, había añadido él, sabiendo que vivo en un pueblucho semirrural de las afueras de Colonia.

“Paso a recogerte”, le respondí.

Y así fue que me enteré de que en ese lugar se realizan con frecuencia eventos literarios y de que hacía poco me había perdido la oportunidad de asistir a una lectura que había hecho allí, entre otros, Eduardo Mendoza, un autor que aprecio por su obra, su particular humor y su universo pensante.

Pero de todo eso me enteré después, la misma noche del evento.

Que nadie se imagine una congregación con cientos de asistentes, muchos de ellos sentados en los pasillos, con los gurús y profetas literarios de costumbre, gente dándosela de importante, periodistas y la fauna habitual.

Se trata de la iglesia más grande de Colonia… después de la catedral, como les gusta presentarla a los coloneses. Fue construida a finales del siglo antepasado y bombardeada, destruida parcialmente en la Segunda Guerra. En uno de los ambientes de sus catacumbas era el punto de reunión.

Entramos por la puerta principal. Alguien nos hizo una seña al otro lado de la nave principal, vacía a esa hora. La cruzamos, bajamos por una escalera. Mi amigo hizo las presentaciones de rigor.

Ya ubicado en mi puesto, me pregunté: ¿Mendoza se había presentado en este lindo recinto que debió servir alguna vez para que los vecinos del barrio corrieran a protegerse del inhumano bombardeo de británicos y usamericanos, y en el que apenas estábamos y cabíamos 40 personas incluidos el autor, su hijo, la presentadora y el lector en alemán?

Que se entienda bien.

Al catolicismo en este país, a la religión en general, le faltan cada vez más clientes.

Muchas iglesias alemanas han sido vendidas o se alquilan para eventos sociales y otras más han sido transformadas en discotecas. (Un primo de mi esposa, por ejemplo, actor de profesión, alquila una pequeñísima que la ha convertido en su vivienda cerca de Hamburgo.)

La presentación que hace la iglesia en su portal digital lo explica bien: se encuentra abierta a autores de todo el mundo, como una forma de intercambio con la cultura moderna. Y, puesto que su religión se basa en un libro -ya saben cuál-, ¿qué mejor forma de crear lazos sino a través de la literatura?

Estos son los detalles, me dije -cobijados subterráneamente por arcos neogóticos, un techo abovedado y adornado por artesones, más la muda compañía de un antiguo órgano de madera detrás nuestro-, por los que uno aplaza con gusto los sueños de volver a emigrar al terruño donde nació. (¿Me convertiría en un emingrante? ¿O en un inmivuelto? ¿Podría sobrevivir?)

Hay que poder imaginárselo: la entrada es gratuita.

Así es que –retrocediendo en el tiempo- esa noche pasé a recoger a Victorio y llegué temprano a su departamento vecino a la universidad, porque el negocio chino donde pensaba comprar siyau (salsa de soya o soja), y ají y culantro frescos, ya había cerrado.

Ya en su casa, con el tiempo suficiente para ir calentando cuerpo con una copita de vino español y unos fideos con forma de tornillos acompañados de un resto de asado que me invitó, me contó sus últimas impresiones de Lima.

Entre otras cosas, lamentó no haberme traído el libro Casa de Enrique Prochazka que le había encargado.

Después de la cháchara y con tiempo, partimos a la zona norte de la ciudad.

La velada literaria resultó una sorpresa para mí. Positiva en más de un sentido.

Para empezar, en base a la fotografía de Cueto que había visto en el único libro que había leído de él –La hora azul, bonito título-, me lo había imaginado rechoncho y bajito.

Resultó ser uno de esos tipos por culpa de los cuales, muchos colegios se quedan sin aros en los tableros de baloncesto del patio.

Una persona muy amable, además, con muy cuidadas maneras, dicción culta, voz agradable, mundo y cancha.

Es una simple constatación, no es especial admiración ni menos envidia. ¿Qué más se le podría pedir a un autor que quiere exponer sus ideas y su obra, independientemente de si comulgamos con ellas o no?

En este punto, debo confesar que La hora azul no me dejó ninguna impresión especial. Recordaba haberla leído, haberla terminado y constatado que, si algo tenía mi compatriota, eso era oficio.

Después, me había enterado de que había ganado el Premio Herralde de novela.

Esa noche, la presentadora contó que en China, un jurado compuesto por cinco hispanistas la había elegido, para la mayor casa editorial de ese país, como la mejor novela del mundo español [sic] en el año 2005.

Digo todo esto porque yo iba, más para desapolillarme que para escuchar al Cueto que no me había entusiasmado con su Hora Azul. Defecto mío, seguramente.

Iba más porque se trataba de un acontecimiento para mí: el presidiario que sale con permiso por un par de horas. La lectura sería lo secundario. Lo principal sería visitar mi segunda ciudad, ver a los patas, a los conocidos y a los escritores y artistas latinos que nunca faltan en este tipo de eventos.

(Sólo encontré al infatigable Carlitos Müller y al radiólogo y escritor cajamarquino Walter Lingán, del cual he leído todos los comienzos de sus numerosos libros, es decir, lamentablemente, muy poco, casi nada.)

Por el contrario, la lectura en sí se convirtió en lo principal.

El arte del actor alemán Axel Gottschick, que, con su voz, sus inflexiones, su mímica muy particular y bien dosificada, y el resto de su oficio, fue todo un acontecimiento.

Parecía crear oralmente otro libro, otro texto, con su aparato fonador y su histrionismo, muy diferente del que Cueto leía parcialmente a contrapunto, a su vez, en castellano.

La fascinación que ejercen en mí los libros tiene que ver con esto.

Con la vida, con la materia viviente de la que parecen estar hechos. Lo noto ahora que estoy revisando después de años mi desordenada y caótica biblioteca.

Las diversas mudanzas de los últimos años, debidas a la conformación y al crecimiento de mi familia, me han hecho un favor en este sentido: encuentro libros que no sabía que tenía, otros que había olvidado tener o leer, y los conocidos y apreciados de siempre.

No con todos sucede de manera patente, pero sí con muchos:

Cada nueva lectura es diferente.

Continúa mañana…

HjorgeV 20-04-2008

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