PROCHAZKA Y CUETO (Continuación)

Por eso afirmo que un libro es materia viva.

Si no vive: por lo menos acepta infinitas lecturas.

No solo las de los posibles lectores. También todas las posibles de cada lector.

Todas estas, necesariamente dependientes, productos, de nuestro cuerpo y de nuestra mente. También dependientes de nuestros estados de ánimos y de nuestras necesidades puntuales de determinado momento o fase personal: filosóficas, emocionales, anímicas, de simple saber, de ansias de conocimiento o hasta de consolación.

Hay, simplemente, días en los que ciertos libros no nos dicen nada y a veces ni nos llegamos a enterar de lo que nos hemos perdido.

Me ha sucedido haber desechado libros y cuando los he vuelto a leer –finalmente pescándoles la onda– me he quedado alelado con el crimen y la gran injusticia que había perpetrado.

Por otra parte, no es lo mismo leer de pie en un ómnibus que hacerlo en la playa con gafas oscuras y una cerveza al lado. En la banca de un parque que en una biblioteca.

Mis mejores lecturas han sido en sitios tan poco propicios para ella como un ómnibus repleto. Creo que las mejores obras literarias (novelas, sobre todo) pueden soportar el llanto de un bebé del entorno inmediato, el grito de varios niños jugando, los cambios de temperatura y otras incomodidades.

Cuando es así, uno puede estar seguro de que la lectura tiene que ser tan buena como para poder abstraerte de todo lo que juega en contra de ti como lector a tu alrededor.

(No he leído ningún Potter, pero sé que Rowling escribió parte de su obra en una cafetería; para poner un ejemplo de la orilla opuesta.)

Decía ayer, que, con su lectura en alemán de La mujer ballena de Alonso Cueto, Axel Gottschick iba creando una nueva obra, vivaz, interesantísima, más que perceptible en el aire con los sentidos.

(Perdonen esta última imagen, pero así se sentía su voz en esas catacumbas, perceptible físicamente.)

Cueto leyó otra obra diferente de la que, seguramente, cada uno de sus lectores lee, ha leído o leerá; sin que esto signifique en absoluto nada negativo.

Él conoce su material, sus personajes, la masa de la que está hecha su novela. Sabe lo que quería hacerles decir a sus figuras en su obra, que es un gran diálogo también.

Me fascinó -fue muy agradable- escucharlo, regodearse en sus personajes. En su creación.

A este Alonso Cueto, al de de La mujer ballena, es al que acaban de descubrir los alemanes. Y se han entusiasmado.

Para empezar, han cambiado el título y lo han vuelto más imaginario, casi mítico: El susurro de la mujer ballena (‘Das Flüstern del Walfrau’).

Traduzco de la contraportada:

Un sutil retrato de dos mujeres, unidas por el odio y la amistad. Con su reciente novela, Alonso Cueto confirma su fama como uno de los autores latinoamericanos más importantes de la actualidad

Cuando terminó la sesión, aplaudí. No suelo hacerlo.

No solo me había desapolillado, sentía que me había enriquecido. Estaba saliendo con más ideas, también, de esas catacumbas, muchas de las cuales no tenían nada que ver con Cueto ni con su obra.

De lejos observé la fila de entusiastas que se formó frente a su mesa para solicitar autógrafos.

Discretamente, volví a casa, después de andar deambulando con Lingán y Victorio M. por la noche colonesa tratando de encontrar un lugar acogedor para conversar.

Como tenía que manejar después un buen trecho hasta llegar a mi pueblucho, me disculpé y partí, dejándolos en el terreno de gran parte de nuestros sueños y nuestras andanzas juveniles aquí en Colonia: la plaza Zülpicher, la esquina donde acaba la zona universitaria y comienza el mundo de verdad.

(Después –me contaron, oh, casualidades de la vida-, se encontraron con el hermano de Victorio y con el guayaquileño Israel Pérez que salía de una pollería, y se quedaron hasta las quinientas conversando.)

Dos días después, por esos rizos que tiene la vida, el autor que se había negado a viajar en forma de libro de Lima a Colonia, Enrique Prochazka, dejaba un amable comentario aquí, en la entrada dedicada a Arthur C. Clarke.

ENRIQUE PROCHAZKA: EL ESCRITOR BORRADO

Le contesté, agradeciéndole haberse tomado la molestia de comentar y contándole entre otras cosas que había asistido a la lectura que describo y la anécdota de la compra frustrada.

También me apresuré a aclararle que no soy de los que buscan un autógrafo, ni de él, ni de Cueto ni de nadie.

[Mario Vargas me preguntó una vez con su sonrisa conejal allá a finales de los 70, creo, en la Feria del Libro de Miraflores, que si mal no recuerdo la armaban a la espalda del Bowling:

-¿Y tú? ¿No quieres que te firme ningún libro?

-No -le respondí, asombrándome de notar qué bien lo parodiaban en la televisión por su programa La Torre de Babel-, solo soy el encargado de la caseta de al lado nomás.]

El autor de Cuarenta sílabas, catorce palabras (2005) me contestó la parte en la que menciono que no me interesan los autógrafos de nadie, con unas líneas que me hicieron reír un buen rato a carcajadas.

Cuento todo esto –toda esta inútil vuelta-, porque estas circunstancias descritas me han llevado a descubrir que Prochazka tiene una bitácora, Cartas del Archipiélago, que debe ser –recién estoy saltando cuidadosamente entre sus islotes- un verdadero tesoro para cualquier aficionado a las letras, los ejercicios de imaginación, la poesía y otros laberintos mentales.

Territorio verdaderamente virgen, además. Galápagos prochazkianas vírgenes.

Al respecto, escribió en su mensaje, lo siguiente:

En cuanto a “Cartas del archipiélago”, no logra ser lo
que yo quise que fuera, un registro o mapa de mis
islotes y arrecifes mentales (filosofía, escalada,
educación, astronomía, carpintería…) quizá porque el
nivel del mar sube y el carácter isleño, apartado,
disperso de mis ideas se agudiza, y pasado un cierto
umbral las comunicaciones entre ellas se cortan y
mueren las civilizaciones que pudieron haber medrado
en ese tonto archipiélago.

Allí acabo de descubrir, de paso, a un poeta que desconocía, Daniel Smisek, quien tiene su particular e interesantísima historia, casi secreta.

No soy la persona más conveniente para desvelarla.

(Recomiendo visitar para el caso el sitio de Gustavo Faverón, Puente aéreo, quien acaba de publicar con el boliviano Edmundo Paz Soldán el libro Bolaño salvaje, recopilación de trabajos sobre el escritor chileno, con textos del catalán Vila-Matas, los mexicanos Juan Villoro y Jorge Volpi, los peruanos Fernando Iwasaki y Peter Elmore y del argentino Rodrigo Fresán, entre otros.)

En cambio, he escrito ayer un pobre cuento dedicado a este poeta interesantísimo, Daniel Smisek, que mostraré mañana aquí, y en el que me he permitido incluir al final un maravilloso poema smisekiano.

(Con permiso explícito y escrito de su tutor y apoderado terrícola, Euqirne Akzahcorp.)

Me cuentan que dentro de unos días, Alonso Cueto volverá a visitar Colonia, presentado en Ehrenfeld –barrio al que le debía una visita prolija, porque fue mi primer hogar colonés- en esta oportunidad por la Tertulia Ambulante de Lingán y Victorio M.

Esta vez sí volveré a ver a la muchachada, si la oportunidad se presenta, claro.

Y creo que le daré una segunda lectura a La hora azul.

HjorgeV 21-04-2008

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