DANIEL SMISEK Y LA MÁS DULCE DE LIMA (relato)

LUCES DE MERCURIO

No era su culpa, él veía las cosas así.

No había forma de achacárselo a ninguna droga ni a ninguna disfunción fisiológica. Continuó sus pasos junto a ella.

Sus jefes de Kailudran se lo habían advertido, la Tierra es un viaje con regreso fijo. No había nada que discutir. Había sido advertido. Sus sensores no se habían estropeado y menos su escala de valores, con él estaba todo aparentemente bien.

La Tierra seguía siendo ese planetilla que había que mantener a raya en esta región del Universo y nada más. Todos los Emisarios tenían una misión y después de haberla cumplido debían regresar a Kailudran.

No se conocía ningún solo caso de alguno que se hubiera enamorado del paisaje terrestre, de sus mujeres o sus hombres, de la naturaleza de la Tierra en general y, menos, por supuesto, de sus absurdas y peligrosas congregaciones y formas sociales.

Pero Smisek se había enamorado de lo impensable y ahora no quería regresar. Por lo menos no tan pronto.

-Daniel, te veo demasiado pensativo –le dijo ella, parándose casi frente a él como para impedir que siguiera avanzando.

Sus labios eran dulces, tenían esa suavidad y ese grado de humedad y elasticidad que podían volver loco a cualquier hombre entre los 14 y los 99. Eso lo sabía. Los ojos brillantes de la muchacha podían deslumbrar a cualquiera. (Había escuchado decir de otros muchachos, que ya solo su larga y sedosa cabellera era un pecado incontenible.)

Cuando ella se le acercaba, como ahora en el parque, más o menos ocultos por unos arbustos, su cuerpo juvenil parecía arder y poder hacer arder el suyo. Todo eso lo sabía Daniel. Su problema era de otra índole.

-Ya sabes –se disculpó él-, las cosas de la universidad me tienen demasiado preocupado.

-Sigues teniendo las mejores notas, Dani, un tropiezo lo puede tener cualquiera.

Su preocupación no era ella ni la universidad. Su preocupación era cómo conseguir alargar su estadía en la Tierra. Conseguir una dispensa, algo que le permitiera seguir su obra escrita y dejar un precedente que, aunque nadie más lo conociera, bastara para darle cierto sentido a su vida cuando regresara a Kailudran.

Así había comenzado todo, como un simple desafío. El chico que graba un mensaje en la corteza de un árbol o lo esculpe sobre una superficie calcárea y desea acercarse a comprobar su obra años después. Visitar el lugar, a ser posible con cierta regularidad, como un peregrinaje.

¿Y si todo lo que había aprendido de la Tierra había sido ese sentimiento mezcla de melancolía, reconocimiento de lo vacío, lo absurdo y lo inútil de todo, la oquedad del que sin ser creyente le gustaría que por lo menos fuera cierto que existía cierto orden divino para poder así arrancarse ese hueco del pecho?

Los de Kailudran lo tenían más claro: existían aún muchas más criaturas allá afuera. El hecho de haber descubierto a los terrícolas no significaba que más lejos, detrás de ellos, inmensamente más allá de esos cúmulos lechosos estelares no pudieran existir civilizaciones más inteligentes y más desarrolladas.

¿Habían tenido mala suerte los kailudranos? En cierta forma sí. Habían buscado oro, diamantes, y se habían topado con lata al encontrar la Tierra. Por lo menos podían dar gracias de seguir existiendo, quién sabía cómo podía ser el encuentro con una civilización más poderosa y sin ganas de realizar una ronda de tanteo inicial.

O con una civilización portadora de una enfermedad instantáneamente mortal para ellos. Sí, se podía hablar de suerte terrestre.

-Hoy no me has tomado de la mano –le dijo ella, dulcemente-. Quiero que vengas a mi casa.

-No –respondió Daniel, acariciándole torpemente una mejilla-. Tengo algo mejor.

Ella sonrió como la muchacha dulce e inocente que era. Sin saber si el rubor de sus mejillas era algo que debía apreciar u odiar. Sintió que le temblaban las piernas de vergüenza.

-Tengo un poema para ti –le dijo él, con una sonrisa forzada.

-Por la poesía estás poniendo en peligro tus estudios, Dani –alcanzó a decir ella, por decir algo, por encubrir su torpeza, empantanando todo más aún.

-¿Te refieres a lo nuestro, no? ¿Que prefiero leerte un poema a besarte en tu cuarto cuando no están tus padres, no? Lo daría todo por la poesía, ¿sabes? –le dijo él, arrepintiéndose de inmediato porque vio el apesadumbrado gesto de ella, alguien a quien muchos consideraban la muchacha más bella de toda Lima-. Pero yo sé que la poesía no daría nada por mí -agregó.

-Vamos –dijo ella, tomándolo de la mano y apoyando la cabeza en su hombro-. Sé que no me quieres, ¿qué le vamos a hacer? Es la maldición de las chicas guapas, siempre lo dijo mi mamá, aunque tú sabes que yo no me considero una de ellas.

-¿Te parece bien aquí? –preguntó él, después de algunos metros de recorrido.

Ella asintió, tomando sitio sobre una de las bancas más escondidas del parque y acurrucándose a su lado una vez que él se hubo sentado.

-Lo escribí esta mañana, después de salir a correr –dijo él, sonriendo con cierto orgullo que le hubiera gustado evitar.

-Ah, Daniel Smisek –dijo ella, soltando dos lágrimas que trató de ocultar mientras él se preparaba para empezar a leer. Luego recitó de memoria el inicio de un poema de Manuel Scorza: –Íbamos a vivir toda la vida juntos. / Íbamos a morir toda la muerte juntos. / Adiós. / No sé si sabes lo que quiere decir adiós.

Luego como si hubiera empezado a leerle el pensamiento, él le dijo:

-Unos graban un corazón y ponen sus nombres unidos por una flecha sobre un árbol. Yo escribo estas cosas. ¿Me puedes entender?

-Lee –le dijo ella, ocultando dos lágrimas más y sujetándose más fuertemente de la parte superior de su brazo, como si hubiera empezado a sentir un frío inhumano.

El poeta de Kailudran empezó a tratar de pulsar oralmente las palabras que había escrito sobre un papel común y ahora maltratado por el uso.

Cuando, finalmente, empezó a leer, sabiendo que era una de las pocas cosas que todavía haría en la Tierra, supo, también, que así sería más fácil despedirse pronto de ella:

El color violeta invade el día
como una peste.
Violeta el cielo, azul su
reflejo en el asfalto mojado, índigos los
árboles sombríos que se hacen
a un lado para dejarme
correr.
Incluso el césped comulga de
rocíos amoratados y hace
del parque un enorme
molusco jaspeado, oscuro, cuyos solos ojos amarillos y
lineales
y
múltiples como
cuentas de un rosario
de ámbar
me miran horriblemente
desde las luces de mercurio.

…..

HjorgeV 22-04-2008

Aclaración: no se sabrá nunca con absoluta certeza si este (‘maravilloso’ es poca palabra) poema pertenece a Daniel Smisek o es obra de E. Prochazka. Lo que es seguro, es que el préstamo para su publicación aquí ha sido consultado y aprobado por escrito por el autor.

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One comment

  1. Hola Jorge, mucho tiempo sin saber de ti, sigo en Luxemburgo, que es lo mas parecido a un planeta Venus en medio de Europa que he encontrado. Me ha gustado mucho la narracion, es delicada y hace pensar. Saludos.

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