EL FUTURO DETRÁS

En una reciente velada literaria con motivo de la presentación aquí en Colonia -en las catacumbas de una iglesia- de la novela La mujer ballena, me fascinó un comentario de su autor, el peruano Alonso Cueto.

Afirmó que en la cultura quechua –si mal no recuerdo- existía otra concepción del paso del tiempo.

Una forma diferente de verlo, en la que el futuro estaba detrás y el pasado delante de nosotros.

En otras palabras, ¿una cosmovisión en la cual se caminaba de espaldas hacia el futuro? ¿A ciegas, porque no podemos verlo, teniendo delante nuestro pasado, que sí conocemos?

La idea me pareció no solo fascinante sino algo que valía la pena profundizar, aunque sin saber exactamente por qué.

Así, parte de los últimos días los he utilizado para seguirle el rastro a este asunto y hoy he encontrado en la Red un más que ilustrativo e interesantísimo artículo, aparecido originalmente en inglés en The Guardian, al respecto.

Permítanme una digresión previa, tratando de mantenerme en cauces peatonales, pedestres.

Lo digo, porque he descubierto que el tema tiene muchas más connotaciones, relaciones e implicancias que abarcan gran parte del conocimiento humano: desde las ciencias, pasando por el arte y la sociología, hasta la filosofía.

Lo ilustraré con una pregunta un tanto capciosa.

¿ES EL ESPACIO QUE CONOCEMOS TAL COMO LO PERCIBIMOS O SÓLO ES UNA DE LAS REPRESENTACIONES POSIBLES DE ÉL?

Cuando nos comunicamos, para representar al tiempo, esa realidad tan difícil de aprehender –de coger con pinzas-, solemos valernos de otra representación: el espacio.

Digo, expresamente, representación, porque el espacio que conocemos es tal como lo percibimos, debido a las características (humanas) de nuestros sentidos y de nuestra mente, completado todo esto por nuestra cultura, nuestras creencias y nuestras propias experiencias.

Un mono ve el mundo, el espacio, de otra forma que una gallina. Y ésta diferente de cómo lo percibe una hormiga o un perro.

No somos una excepción en esta diversidad. Nuestra percepción puede ser a lo sumo, la más completa o la más compleja de todas las especies vivientes de la Tierra.

Pero nada más que eso.)

Decía arriba “difícil de coger con pinzas”, porque es más o menos conocido que lo que llamamos y consideramos materia es, al parecer, simplemente otra forma de organización de la energía.

Si antes creíamos que todo estaba formado por átomos, luego los científicos nos mostraron que la materia estaba formada por electrones, protones y neutrones. Más adelante vinieron los quarks. Parece ser que pronto será posible hablar del bosón vectorial de Higgs.

Divinamente -podría afirmar alguien, mostrando una gran paradoja-, mientras más nos acercamos a la estructura última de la materia, más parece esconderse ésta.

EL TRÁNSITO DEL TIEMPO

En la llamada cultura occidental cuando nos referimos al pasado, señalamos hacia atrás. Así como lo hacemos hacia adelante cuando nos referimos al futuro.

Según esto, nuestra representación ha convenido en que avanzamos ‘físicamente’, nos desplazamos por un espacio –un camino, más bien- llamado tiempo.

Un camino espacial que se inició el día en que nacimos y que terminará, tal vez, un día con aguacero. (Dudo que en París para todos.)

El tiempo es, así, en esta metáfora, un desplazamiento, un movimiento lineal ininterrumpido a lo largo de un camino o espacio también lineal.

(Si ambos no fueran lineales, uno se podría quedar ‘a vivir’ más tiempo en un día especialmente agradable, por ejemplo.)

En otras culturas no tiene por qué ser así, necesariamente.

De hecho, tampoco lo es.

En la cultura aymara, por ejemplo, dueña de una cosmovisión sorprendente y que recién se empieza a tomar en serio, la orientación se invierte.

Transcribo algunos extractos del artículo mencionado líneas arriba.

En 1975, Andrew Miracle y Juan de Dios Yapita, ambos de la Universidad de Florida, se dieron cuenta de que qhipüru, la palabra aymara que se traduce como mañana, combina qhipa (: atrás) y uru (: día), siendo literalmente “día que está a la espalda”. […]

Todo idioma tiene un conjunto de marcadores que obliga al hablante a prestar atención a algunos aspectos de la información que se quiere expresar y no a otros. El francés hace énfasis en el género de un objeto (sa voiture, son livre), el inglés en el género del sujeto (his car, her book). El idioma aymara marca si el hablante vio cómo sucedía la acción: “Ayer mi mamá cocinó papas (pero yo no la vi cocinar)”.

Si el hablante obvia el uso de estos marcadores será considerado un fanfarrón o un mentiroso. Hace treinta años, Miracle y Yapita pusieron de relieve las frecuentes respuestas incrédulas de aymaras a algunos textos escritos: “‘Colón descubrió América’ – ¿de veras estuvo el autor allí?”. En un idioma tan dependiente del testimonio ocular no debe sorprender que el hablante se ponga metafóricamente de frente a aquello que ya ha sido visto: el pasado. Es incluso lógico, dice Lakoff.

“Lo del aymara es una gran noticia,” dice Vyvyan Evans, una lingüista teórica de la cognición de la Universidad de Sussex. “Es el primer ejemplo bien documentado de cómo el futuro y el pasado se estructuran de una manera totalmente distinta a gran cantidad de lenguas, incluido el inglés”. […]

Miracle y Yapita, en un trabajo de 1975, describían la “gran paciencia” de los aymaras, que no juzgaban excesivo esperar medio día a un camión que les llevase al mercado. A la gente de las culturas anglosajonas le gusta hacer planes y se siente violentada cuando la vida interfiere. Pero si el futuro no está a la vista, dice Martha Hardman, antropóloga de la Universidad de Florida, la planificación pierde parte de su importancia.

Hardman ha estudiado a los aymaras durante 50 años (Miracle y Yapita fueron estudiantes suyos). Cuando, en la década de 1950, llegó al Perú, entre los aymaras, le sorprendió la ausencia de jerarquías sexuales. La gente daba valor a saber recordar los orígenes de uno: la propia comunidad, los antepasados o la madre. A las mujeres se las respetaba más que en su país de origen. “De pronto me vi tratada como un ser humano,” afirma.

50 años después no puede dejar de sentir que es su propia cultura materna, no la aymara, la que tiene inclinaciones antinaturales. En inglés se nos insta a ignorar el pasado, dice. “Tratamos de pensar que no está ahí y sin embargo lo llevamos como equipaje en nuestro camino.”

Comentándolo ayer en el almuerzo en casa, comenté:

Es verdad, ¿por qué tiene que ser necesariamente nuestra representación de atrás para adelante y atravesándonos –además- y no de derecha a izquierda, o de arriba hacia abajo, o viceversa?

(Curioso es notar que todas las culturas parecen haber asumido naturalmente una representación ‘gráfica’ de la curva llamada vida. Una representación tridimensional además –puesto que nos atraviesa y teniendo en cuenta que no nos consideramos un punto en esa metáfora- algo para lo que las matemáticas necesitaron mucho más tiempo solo en su versión bidimensional, hasta llegar al espacio vectorial y el álgebra lineal.)

Después noté que el asunto es más complicado, porque la representación es, también, más compleja: el futuro puede ser tanto algo a lo que nos dirigimos, como algo que se nos está acercando. Es decir, la metáfora del tiempo visto como un espacio lineal puede ser tanto pasiva como activa respecto al futuro.

En lo que respecta al pasado, me imagino que se considera siempre fijo. Salvo cuando lo relatamos y empezamos a movernos dinámicamente en él; algo que en las obras literarias y, especialmente en la narrativa, diferencia a los autores clara y cualitativamente.

Considerando esto, la metáfora ‘occidental’ usada para el tiempo sería más complicada: una línea estática (histórica) que viene por detrás de nosotros hasta atravesarnos y se vuelve dinámica al entrar en contacto con ‘nosotros’, el presente.

(Como bien podemos imaginar, se puede decir que el presente no existe como momento.

Quiero decir que es algo que se nos está escapando todo el tiempo y convirtiéndose inmediatamente en pasado.

Es otra de las paradojas de nuestro mundo y de la ciencia: no se puede dar información sobre variables ‘actuales’, porque siempre se necesita un lapso entre la medición y la lectura, además del necesario para dar a conocer esa lectura. De tal manera que lo que se lee siempre es sobre algo que ya ocurrió, por más que esa lectura sea la más rápida posible.)

Me pareció fascinante esa forma de concebir el paso del tiempo. De varias formas, mucho más ‘correcta’ que la nuestra.

Como solo podemos ver lo que está delante de nosotros por simple anatomía ocular (los ojos los tenemos en la cara y no en la nuca, que es lo que necesitarían ciertos futbolistas, y automovilistas, también), le debería corresponder al pasado esa posición, como en la cultura aymara.

El pasado es lo que conocemos, lo que hemos visto y podemos ver mentalmente utilizando la memoria.

El futuro, por el contrario, es justamente lo desconocido porque todavía no ha sucedido y le debería corresponder en esa misma organización metafórica el lugar detrás nuestro, a nuestra espalda.

¿Hasta qué punto ha influido o influye esto en la concepción y en la planificación del tiempo del resto de los peruanos, bolivianos y chilenos?, fue una de las primeras preguntas de sentido práctico que me he hecho, teniendo en cuenta que como peruano, como latinoamericano me he visto confrontado a la crítica y a la burla alemana debido a nuestra impuntualidad.

De una fiesta, el alemán se va a la hora planificada. Más o menos independientemente de cuánto se está divirtiendo o no en el momento de su partida. Se va.

De una fiesta en la que se está divirtiendo, un latino no se va: ¡lo tienen que echar!

Lo dice el título de un tema famosísimo -de los tiempos de ñangué- de El Gran Combo:

¡No hay cama pa’ tanta gente!

Es el gusto por el placer no planificado, que, tal vez, por eso, es doble placer.

Alguna vez leí –ya no recuerdo dónde- que el anglosajón ve el futuro como una ampliación de sus perspectivas. Por eso lo respeta y lo hace respetar tanto.

El latinoamericano, en cambio -se dice-, ve el futuro, como un límite de su presente, como un recorte de su posible y ocasional placer.

(¿Tendría que decir íberoamericano? ¿Y los italianos?)

Continuando esta metáfora o representación, el ‘hogar’ natural del anglosajón sería el futuro, allí donde está llegando cada momento.

El pasado, siguiendo la misma lógica, sería el ‘hogar’ natural del latino, aquello que nos acaba de suceder y nos está sucediendo.

Mientras uno persigue lo desconocido, el otro trata de solazarse en lo conocido.

(Aquí debo recordar mis días de escuela en los que lo más rico temprano por las mañanas, era poder robarle un par de minutos al día para invertirlos en dormir un poquito más: “¡Ahorita bajo, mamá!”, le decía a mi madre con una voz muy convincente que ya tenía entrenada, antes de volver al paraíso onírico.)

¿Es esto realmente así?

Según esta forma de ver las cosas, no es raro que el Primer Mundo se quede atónito al escuchar a Evo Morales instando a erradicar el Capitalismo.

No era una broma o atrevimiento suyo.

El capitalismo-tiburón actual se podría ver como una patología de ese enfermizo ‘mirar’ (no lo miramos, rogamos que sea bueno) hacia el futuro.

-¿Para qué ahorras tanto? -le pregunta una de mis vecinas que ha estado a punto de morir a otro de mis vecinos continuamente, un ingeniero que vive solo y es tacaño como las piedras.

¿Qué sentido tiene la acumulación enfermiza de capital -de dinero, de riquezas y posesiones-, a partir de ciertos deseos de gran lujo que podrían ser absolutamente comprensibles por más que no compartibles?

Mientras las culturas anglosajonas miran (es un decir, porque no se puede mirar lo que no se ve o no se conoce) solo al futuro sin querer aprender del pasado y llegando al extremo de ignorar los problemas fundamentales de nuestra especie y de la Tierra, poniendo en cambio los ojos en otros planetas del espacio sideral donde tal vez solo encontremos el virus que acabe con nosotros en una temporada de golpe, hay gente que mira de manera diferente la vida.

Pero, ¿miramos todos así, ansiosos del futuro? ¿O es la influencia de un sector o ciertos sectores de la sociedad interesados en que esto sea así?

(Este es un tema que necesita ser profundizado, teniendo en cuenta que el mismo Banco Mundial ha reconocido hoy que la llamada cesta de consumo básico cuesta 83% más que hace tres años, con lo que queda claro que el espectro del hambre que pende sobre nuestro planeta no es ningún fantasma mediático ni sensacionalista.)

Delante nuestro (de nuestros ojos) tenemos en verdad el pasado: lo que conocemos, ‘lo que hay’ hasta este momento y podemos ver.

Avanzamos hacia el futuro como si fuéramos de espaldas, en realidad, porque lo hacemos sin saber lo que nos espera.

En la cosmovisión ‘occidental’ tanto caminamos hacia el futuro como éste viene hacia nosotros y le damos nuestra espalda al pasado.

Negándolo, muchas veces.

Con lo dicho aquí, por lo menos sería justo reconocer algo asaz obvio y corregir, así, la descripción de esta cosmovisión, de esta forma de ver e interpretar el mundo.

Caminamos –de acuerdo- de frente hacia el futuro, pero lo hacemos -reconozcámoslo- a ciegas.

Solo por eso, deberíamos tener mucho más que cuidado, entonces.

HjorgeV 24-04-2008

…..

Fuentes y enlaces de interés:

http://aymarani.blogspot.com/

http://aymarani.blogspot.com/2005/07/los-aymaras-y-su-sorprendente-visin.html

http://aymarani.blogspot.com/2006/07/retroceder-al-futuro.html

P.D.: Mi esposa me acaba de hacer notar que en el mundo andino es común llevar los bebés a la espalda. ¡El futuro se lleva atrás!, justamente. (De allí la fotografía incluida arriba.)

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