ABUELOS QUE APRENDEN

Me han pedido que vuelva a enseñar castellano.

Una señora vecina de este pueblucho insiste en tratar de aprenderlo y desea contratarme para conseguirlo.

En alemán acostumbro a decir en esos casos, algo que traducido es como: ¡Propia culpa!

No suena bien en nuestro idioma. Mejor es “Usted se lo ha buscado”, pero es muy largo.

En fin.

Lo primero que le pregunté fue:

-¿Es consciente de que no soy un médico que viene a ponerle una inyección de conocimientos ni a recetarle unas pastillas de aprendizaje?

Sonrió.

Lo segundo fue inquirir por sus motivos para querer aprender castellano.

Hay gente que lo hace porque lo necesita para su profesión urgentemente. O para su futuro profesional, para engrosar su currículo. Otros porque lo podrían necesitar alguna vez, tanto en el campo profesional como en el privado. Después están aquellos que se han enamorado y quieren escribir cartas de amor. Exagero, lo sé.

(Ya no existe más esa figura romántica, me imagino. Los enamorados a la distancia ahora se envían seguramente mensajes en los que los llamados emoticons reemplazan el esfuerzo de plasmar con palabras lo que sus sentimientos quisieran decir.)

El caso de esta señora es más o menos simple, su hijo se ha casado con una argentina.

Casi le repito mi chiste estándar en este tipo de casos:

¡Y sho que culpa tengo!

La señora tiene 60 años.

Hasta no hace mucho a la gente de esa edad se les llamaba ancianos. Ahora ya no lo son. Ni lo quieren ser.

Entre otras razones, porque las nuevas tecnologías y el nuevo sentido del consumismo les ha abierto nuevas perspectivas a los ex ancianos.

De hecho, con un par de toques y retoques, cualquier sesentón gana en años –en aspecto- de la misma manera como nuestros abuelos o padres con apenas cincuenta y tantos años ya empezaban a vestir, presentarse y sentirse como ancianos sin todavía serlo.

Es casi increíble cómo han cambiado las cosas en este sentido. Tal como ha cambiado también cierto sentido de la vida.

Hoy nadie quiere morirse. Voluntariamente, quiero decir.

(Y me estoy refiriendo a cierto núcleo ideal de una ‘sociedad moderna ideal’. No quiero hacer ningún análisis sociológico válido para todos los países y todas las capas sociales. No podría, no quiero, no es lo mío. Hay quien se podría interesar y lo querría y lo podría hacer.)

Nunca nadie quiso morirse, en realidad. Pero creo que en tiempos pasados, la gente solía tomar con más naturalidad esos dos hechos tan inherentes a nuestra condiciòn humana: envejecer y morir.

Los abuelitos eran abuelitos y muchos se sentían orgullosos de serlo y de haber servido a su familia, a una empresa, a su país. (Permítanme las generalizaciones, insisto.)

Un jubilado de los de antes, se aprestaba con tranquilidad y hasta con orgullo a pasar a la última etapa de su vida. Llevaba su cabello cano y su bastón sin complejos. Se paseaba por las calles contento de recibir el reconocimiento de sus vecinos a su paso.

Un anciano era una fuente de saber y experiencia.

Hoy, muchos de los que se jubilan aprovechan para hacer todo aquello que no podían/pudieron hacer mientras estaban entregados a un cierto empleo o trabajo. Desean comenzar una especie de nueva vida. Empezar a aprender.

Por ahora son en su mayoría hombres los que empiezan a dar cierto colorido a las aulas universitarias sin ser jóvenes ni pertenecer al cuerpo docente.

(En la fotografía de arriba se ve a Ola Nochs, quien, si no me equivoco, se graduó junto con su nieta el año pasado, a la edad de 95 años.)

Antes si una cuarentona quería pasar por veinteañera podía ser muy mal vista y muchos podían preguntarse sino había descubierto una nueva antigua profesión.

Ahora, muchos cincuentones y cincuentonas remedan las poses, las modas y ciertas actividades adolescentes y no nos parece nada del otro mundo. Incluso los aplaudimos, les compramos sus discos y vemos sus películas.

No hace mucho un grupo de cubanos alrededor de los ochenta años, causó sensación mundial por su energía musical. Y no son los únicos dinosaurios de la música.

Algo decisivo en todo esto tiene que ver con el aumento de las expectativas de vida, claro. El promedio mundial es actualmente de 66 años y se calcula que será de 73 hacia el 2025.

Se pronostica que el número de ancianos casi se doblará en los próximos 25 años, con todo lo que eso podrá significar para la economía y la medicina de un país. Probablemente, alguna vez la gente recién se podrá jubilar a los 70 años.

Pero volvamos a mi nueva alumna de idiomas.

-¿Tiene completamente claro que tendría que verme más como un entrenador deportivo, básicamente de las cuerdas vocales, del resto del aparato fonador y de la memoria, que como un profesor de idiomas?

Volvió a sonreír.

La señora es francesa y se ha pasado la mitad de su vida aquí en Alemania.

Le advertí que a partir de la segunda o –máximo- a partir de la tercera clase hablaría exclusivamente castellano.

-¿Y cómo me va a explicar la gramática? –me preguntó ella, asustada.

-¿Usted desea entender y aprender la gramática española, o hablar español? –le pregunté, tratando de calmarla-. Muchos de nosotros no entendemos ni nunca vamos a aprender grandes aspectos de nuestra gramática. Y, sin embargo, hablamos nuestro idioma. Y lo mismo vale para las demás lenguas.

Me miró con cierto temor.

-Además, tengo que conseguir que pierda la vergüenza al hablar en otro idioma -agregué.

Después de hacerle una pequeña prueba de conocimientos, se confirmó mi sospecha inicial.

Ella me había dicho que poseía rudimentos de castellano –algo que pueden adquirir con relativa facilidad aquellos que hablan alguna lengua derivada del latín-, pero que tenía grandes dificultades para hablar.

-Ya sé –le dije-. Su principal dificultad consiste en que tiene que pensar mucho hasta poder emitir una frase pasable.

-¡Ese es mi problema! –exclamó-. Entiendo casi todo, puedo leer casi todo, pero hablar, ese es mi problema.

Me contó que sus –ancianos, ahora sí- padres, tienen una finca en Mallorca y que cada vez que pasa parte del año con su esposo allí, al tratar de hablar con los lugareños, estos notan que sus conocimientos no son tan buenos como los suyos y se lucen con sus conocimientos de alemán.

-Si usted pudiera decir más frases con soltura, cierta naturalidad y con confianza en sí misma, otra sería la cosa, ¿no?

Agitó su cabeza verticalmente.

-Pues eso es lo que básicamente vamos a hacer –le dije-. Vamos a tratar primero de que usted domine cierto vocabulario y una lista de frases fijas usándolo. Luego trataremos de ir ampliando cada vez más ese vocabulario y, por consiguiente, las frases a usar. Pero todo eso lo va a hacer usted, no yo. La puedo guiar, le puedo dar ejercicios y hacer correcciones. Pero quien tiene que aprender a hablar es usted. Y a hablar se aprende solo hablando. Repitiendo. Volviendo a repetir.

La amenacé de más formas. Le hice más advertencias, pero está convencida de que la puedo ayudar a aprender mi lengua.

-Después, mucho después -añadí-. Si usted insiste en aprender y entender la gramática. Esa será una nueva situación.

Se mostró de acuerdo.

-No soy barato –le dije, finalmente-. Entre otras cosas, voy a tratar de armar un programa individualizado en base a sus conocimientos, sus capacidades de aprendizaje y sus intereses.

Me preguntó por el precio. Le di el que yo creía que sería el límite máximo para ella y esperé a que me dijera que no.

-Está muy bien –comentó, contenta.

Así es que desde este lunes retomaré por dos veces a la semana una actividad que odio y amo a la vez. Enseñar algo.

Enseñando se aprende, es algo que debo notar cada nueva vez.

Hay un lindo dicho chino al respecto. Que tengan un buen domingo.

Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro.

Estos chinos, me digo, siemple tlatando de implesional.

HjorgeV 27-04-2008

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