MI PRIMER BARRIO COLONÉS

VISITANDO EL MAPA DE LOS RECUERDOS

No hace mucho volví a visitar mi primer barrio aquí en Colonia.

Había visitado semanas atrás Ehrenfeld después de varios años, y me había quedado con las ganas de observarlo meticulosamente después de tanto tiempo, con la calma y la dedicación que exigen los recuerdos que marcan hitos en la historia personal de cada uno.

El reencuentro con la que fue mi calle durante más de un año –y, de paso, mi primer domicilio oficial colonés, la Rothehaus de Ehrenfeld- había sido demasiado corto e insatisfactorio.

Una mezcla de prisa, atolondramiento y cierto recelo me habían impedido abrir bien los ojos y reconocer uno de los mapas de mis primeras huellas por este país.

Insatisfecho como había quedado, me decidí a tomarme el tiempo necesario para visitar ese templo de mis recuerdos. Volvería una mañana, me dije.

Soy de los que cuando han atesorado recuerdos, no los destapa así nomás.

Tal vez porque prefiero buscar el momento más adecuado, más maduro para hacerlo.

(Me sucede también con la música, en esta época tan prolija en sacarte los trapos del recuerdo fácilmente y en un dos por tres al aire.)

La Rothehaus es una callecita de esas que nacen en una avenida y mueren en la siguiente, sin que hayan podido extenderse más allá de los cien o ciento cincuenta metros. El cinturón de una letra hache que tiene un broche religioso en uno de sus extremos: una pequeña iglesia católica.

Éste es un detalle –el de la iglesia- que no se advierte al posible futuro inquilino en ningún lugar ni momento y cuyas consecuencias sirven para completar bien el retrato del ser humano.

Uno ve una iglesia, sí; pero creo que difícilmente puede asociarla directamente con los campanazos que pega varias veces al día. Asociamos a una iglesia momentos de reflexión, contrición y hasta de duda. Pero no ruidos espeluznantes, insoportables.

Es nuestra memoria selectiva. El retrato humano al que me refería.

Hay que haber sido vecino inmediato de una iglesia para saber lo que son las terribles y apocalípticas campanadas de un domingo temprano por la mañana, sintiendo el badajo campanario de bronce, no ante tu oído, sino dentro de él, incluso, compartiendo espacio con el martillo, el estribo y la trompa de Eustaquio, y sintiendo que puede llegar a instalarse en el centro mismo de tu cerebro necesitado de descanso y desintoxicación sonora. Alcohólica, también, si es el caso.

Fue tan terrible ese suplicio católico que llegué a preguntarme si tendría éxito iniciándole un juicio a esa iglesia por interrumpir y destrozar mi merecido descanso dominical (las campanadas que soltaban con especial esmero esos curas eran a diario, pero solo me podía quejar por los domingos).

Llegué a ese barrio con mi amigo alemán de aquél entonces, Andreas.

La callecita me gustó de golpe, con sus edificios antiquísimos de departamentos de dos y tres pisos que habían sobrevivido en gran parte a los inhumanos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial (la primera fotografía fue tomada en Ehrenfeld y es de esa época aciaga, mostrando para qué sirven la bombas), junto a otros edificios más recientes que ya empezaban a desmoronarse pocas décadas después de haber sido construidos y alineados todos como si hubieran tenido prisa por pulular.

Cuando me mudé allí, ya había pasado la gran ola inmigratoria que había propiciado y fomentado el mismo Estado alemán para hacer posible el llamado Milagro Económico Alemán.

Corría el año 86 u 87.

Ya estaba claro que Alemania había alcanzado su lugar en el concierto económico mundial y el país les agradecía el favor a sus conciudadanos turcos (aquellos que habían trabajado igual de duro pero en peores condiciones y con muchas más desventajas que los nacionales, por el mismo milagro), dándoles una patada en el trasero.

(Al muro todavía le faltaba un par de años para caer.)

¡Vuelvan a su país!, era más o menos el grito común que corría en ese entonces de norte a sur y de oeste hasta este, en éste país.

Aunque era lanzado por los conservadores, los ultraderechistas y neonazis de toda calaña, el resto de la población no hacía mucho en contra. Los héroes consumistas se limitaban a callar y esperar que las cosas se resolvieran por sí solas.

(Varios crímenes horrorosos contra extranjeros -verdaderos diminutos holocaustos-, datan de esa época.)

Cuando llegué a Ehrenfeld a compartir un departamento con Andreas, los alemanes seguían abandonando sus hogares de la zona porque ésta ya no era interesante y cada vez había más lugar libre para nuevos inquilinos, principalmente inmigrantes.

Los alquileres eran bajos, la cercanía al centro casi insignificante, se llegaba a la universidad en cinco o diez minutos en bicicleta y se podía comer barato y variado en los restaurantes turcos asentados allí.

Eso atrajo al comienzo sobre todo a estudiantes y artistas, tanto nacionales como extranjeros.

Hasta que llegó la gran ola migratoria de los años 90 y comienzos de este siglo y el barrio se transformó en una zona multicultural y políglota. Los alquileres se dispararon, las calles rejuvenecieron, los negocios se multiplicaron, el barrio entero ganó en color.

Solo mi callecita, junto a otras pocas de Ehrenfeld, se quedó silenciosa y tranquila en su lugar.

Tal vez era ese nuevo ajetreo y el obvio progreso de Ehrenfeld lo que me había impedido acercarme con detenimiento a ella en mi primer reencuentro.

Veía gentes, cosas, vías, calles y negocios que de alguna forma bloqueaban mi intento de pasear concentradamente por el mapa de mis recuerdos. Por eso prometí volver.

Y volví.

Lo primero que me llamó la atención al hacerlo, fue notar que la callecita seguía siendo igual de discreta y silenciosa como la tenía en el recuerdo.

Lo siguiente fue notar que la mayoría de edificios de la Rothehaus habían sido refaccionados y renovados, quedando solo un par con esa pátina entre verdosa y gris, propia de muchas edificaciones consideradas monumentos arquitectónicos.

La iglesia se veía más cuidada y ornamentada exteriormente con plantas y flores que no le conocía, pero la entrada, en cambio, había sido cercada alguna vez con una alta reja metálica de lanzas paralelas y puntiagudas.

¿Para mantener alejados a los mendigos y drogadictos que ahora ya no estaban más?, me pregunté. Algo de eso recordaba de mi paso por allí, de haber visto alguna vez a algún vagabundo durmiendo a la entrada de la iglesia. Los seguidores de Jesús no se lo habían pensado mucho -o sí se lo habían hecho- y habían terminado recurriendo a la efectividad de las lanzas.

A pesar de que había recordado inmediatamente el número de nuestro edificio, el 28, no lo pude localizar a la primera.

(2142112586 es el número de mi libreta militar y uno de los tantos números que alguna vez aprendí de memoria, vaya a saber uno por qué, y allí siguen. Lo digo porque no suelo recordar, en cambio, las direcciones exactas donde he vivido. Sin embargo, en este caso, el 28 afloró como algo más o menos natural y completamente inesperado para mí.)

Debí permitir que la intuición y el recuerdo me fueran llevando lentamente al portal correspondiente.

Al contemplar una por una las casas, desplazándome desde la iglesia en dirección a la Venloer, la avenida principal de Ehrenfeld, al otro extremo de la Rothehaus, me di cuenta –no sin cierta melancolía de lo irremediable- que al vivir allí apenas me había parado a hacer esa contemplación que recién veinte años después me disponía a llevar a cabo.

He recordado momentos de mi niñez así. Como un ser diminuto que tiene la oportunidad de observar momentos, personas y cosas desde su discreto y seguro puesto del futuro.

Ahora, en ese lugar, en esa calle, lo estaba haciendo, pero desde el presente material. En el futuro material, tangible, de ese pasado.

Un escritor peruano, Alonso Cueto, en la presentación de su último libro justamente en una iglesia de uno de los barrios de esta misma Colonia, dijo no hace mucho algo que, siendo también peruano, yo desconocía.

Afirmó que en la cultura andina –quechua, dijo él- el pasado está delante de uno y el futuro detrás. Porque frente a nosotros, delante, tenemos lo que conocemos, lo que hemos visto, oído, tocado, probado y vivido.

Detrás nuestro está el futuro, que es lo que no podemos ver. Lo que nos espera.

Me gustó la idea. La de que avanzamos en realidad de espaldas en la vida. De espaldas al futuro y dándole la cara a nuestro pasado, lo que conocemos y sabemos.

Ese día me movía yo así.

Como avanzando de espaldas por esa calle.

Avanzando de espaldas al futuro real de las horas y los minutos que se sucedían en el reloj real, mientras recorría portal por portal, casa por casa, edificio por edificio, tratando de descifrar otros momentos del gran reloj de la vida -de la mía, en particular- pero en camino al pasado.

Continuará mañana…

HjorgeV 02-05-2008

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s