MI PRIMER BARRIO COLONÉS (Continuación)

ESE MISTERIOSO GOTEO LLAMADO TIEMPO

En un portal de la calle Rothehaus me detuve porque vi una inscripción hecha a mano que ya conocía, aunque ignoraba su significado.

20*C+M+B+04

Como la había visto en las puertas de muchas casas por toda la ciudad, lo primero que pensé era que se trataba de una especie de censo. Por lo menos sabía que se trataba de uno en el que yo nunca había participado.

¿Se trataría de uno exclusivo para alemanes?

Lo que más me había llamado la atención era su carácter rústico: una inscripción, un código, escrito a mano y con tiza de las que se usan en la escuela.

Aún en casas recién estrenadas la había llegado a ver, como si se tratara de la fea broma de algún niño especialmente prolijo al escribir su sibilino mensaje sobre las puertas.

A un hombre que pasaba y que tenía el aspecto de un estudiante bastante entrado en años, le pregunté si conocía su significado.

Me explicó con detenimiento y una amabilidad que raras veces he visto en este país, que se trataba de un código religioso pero de carácter lúdico y que servía para dejar constancia del paso de los Reyes Magos por una determinada casa.

Una tradición colonesa o alemana, con trasfondo limosnero, me imaginé. (Las letras corresponden a Caspar, Melchior y Balthasar, en alemán, respectivamente.)

No terminé de prestarle atención al hombre.

Mal de mi parte, por la falta de consideración hacia mi improvisado enseñante. Pero me disculpé al despedirme, sin explicarle que los temas religiosos me aburren terriblemente.

Siguiendo luego por la que había sido mi calle, noté también que los árboles habían sido rodeados por una cerca circular metálica de diámetro apenas mayor que los mismos troncos, para evitar su mayor deterioro.

Se trataba de una especie de cárceles vegetales que, a juzgar por el número de colillas de cigarrillos que albergaban dentro de sus límites, servían además para atraer a ese acto altamente incívico que consiste en arrojarlas a la vía pública, allí donde más le plazca o le pesque el momento al consumidor de la correspondiente droga.

(No me quiero imaginar, si se legalizara la heroína, viendo a los ciudadanos arrojando sus diminutas jeringas descartables o desechables que acaban de compra en el quiosco de la esquina, para hacerles compañía a los grumos de chicles y colillas de cigarrillos que parecen formar parte natural de las aceras de las grandes ciudades de hoy.)

Al llegar a la avenida Venloer, la vía principal de Ehrenfeld y que lleva directamente hasta el centro de Colonia y su catedral, constaté, no sin cierto pesar, que había vivido en esa calle sin mucha conciencia de haberlo hecho.

¿Cuántas veces la había recorrido en el año o año y medio que viví allí? ¿Unas dos mil veces?

Aunque hubieran sido sólo mil, ostensiblemente lo había hecho sin mayor conciencia, porque apenas recordaba los detalles que ahora me parecían obvios e imposibles de ignorar.

Allí estaba el quiosco que ahora se encontraba cerrado temporalmente en espera de un nuevo dueño y por el que debían haber desfilado numerosos empresarios de sí mismos, y que yo no recordaba.

O el negocio que ahora acogía una tienda de segunda mano, con su fachada de por lo menos ochenta o cien años de antigüedad, con los marcos de puertas y ventanas reclamando una urgente renovación.

O ese otro pequeño negocio, con su frontispicio que parecía preparado para una película, para una ambientada a comienzos del siglo pasado y que aún conservaba parte de la decoración que hasta hacía unos treinta o cuarenta años, seguramente, le había servido a su dueño o dueña para hacer un poco de dinero.

¿Qué había sido? ¿Una botica?

Ahora servía solo de fachada de una vivienda que su dueño obviamente no pensaba alterar en nada antes de pasar al piso inferior terrestre.

Dos mujeres y luego una más que pasó a mi lado arrastrando unas chancletas que poco tenían que ver con el clima de unos cinco grados reinantes, me hicieron recordar por qué Ehrenfeld también es llamado a veces el Estambul de Colonia.

(Hay otros barrios que merecen más tal denominación. Si algo tiene éste, es su multiculturalidad y multinacionalidad.)

Giré mi cabeza repentinamente porque sentía que alguien me estaba observando, y me encontré con una mujer de unos sesenta años, una alemana de cabello ya sin color, fumando apoyada en el vano de su ventana abierta de un segundo piso.

Lo hacía sosteniendo con encomio el cigarrillo, como si éste tuviera vida propia y al primer descuido se le fuera a escapar de los dedos.

Turismo ventanal o televisión barrial llamé alguna vez a ese ejercicio ventanal, sarcásticamente. Esa costumbre de contemplar el paso de la vida de los demás desde un hueco en la pared.

Como el ojo de una gran cabeza –la casa o edificio- imposibilitada de moverse y viviendo de la información que le llega por ese boquete.

Cuando me cansé de escudriñar los detalles de la calle, caminé el par de metros que separan la quietud de la Rothehaus del mundanal ruido de la calle principal, la Venloer.

Recordé que a la vuelta, torciendo a la derecha, había un negocio que vendía pollos que me parecían riquísimos. Sabía que seguía allí porque ya lo había visto al pasar en la oportunidad anterior.

Como me había tomado gran parte de la mañana para esa visita al mapa de mis recuerdos, no tenía ningún apuro, pero tampoco mucha hambre.

Entré al negocio más por curiosidad que por otra cosa. Un hombre de unos cincuenta años que alguna vez debía haber tenido su propio negocio gastronómico y ahora era un empleado más de esa cadena, me atendió.

Se trataba de un tipo rechoncho, de regular estatura y con la nariz demasiado roja como para poner en duda su gusto por la bebida. ¿Tal vez un alemán de los llamados Nuevos Estados, es decir, de la antigua Alemania llamada comunista?

Pedí unas alitas de pollo y una cola. Tomé asiento, dejé mis cosas para ir a lavarme las manos y, por un momento, dudé. No llevaba nada especialmente de valor. Miré a mi alrededor y vi a los otros únicos comensales en ese momento: dos mujeres turcas con sus típicos vestidos largos y sus pañuelos sobre la cabeza. Una de ellas balanceaba un cochecito de bebé a su lado.

Como noté que sus carteras reposaban tranquilamente sobre su mesa, sin recibir mayor atención, dejé mi cartapacio y mi chaqueta sobre la silla que había ocupado, para ir al retrete.

No había mucho trajín a esa hora en el lugar.

En los veinte minutos que estuve allí, vi desfilar a dos o tres clientes más y a una señora que sólo entró a preguntar si podía llevarse uno de los globos propagandísticos expuestos en el centro del recinto, para su hijo.

El empleado vendedor y administrador del negocio le hizo un gesto cansino de asentimiento.

Poco antes de irme, salió de la cocina una muchacha que, por su manera de actuar y expresarse, bien podía ser una estudiante universitaria ganándose lo necesario para sus estudios. O para sus vacaciones. Trapeó con empeño el piso del recinto y luego desapareció en dirección a la cocina.

¿Qué había cambiado verdaderamente en veinte años en esa esquina de Ehrenfeld, aparte de haber aumentado el número de nacionalidades de sus habitantes?

En lo que a ese negocia concernía –Kochlöffel, ‘cuchara o cucharón de cocina’-, el sabor seguía siendo tal como lo recordaba: verdaderamente sabroso. Algo raro de encontrar en este país, tan especializado gastronómicamente en la grasa y en la masa, en la cantidad.

¿Por qué no había alcanzado el llamado éxito, entonces?

Continuando mi observación, noté que la gente vestía de forma menos uniforme y que el número de idiomas presentes en el ambiente había aumentado. Los pocos alemanes que pude ver se les veía moviéndose muy cómodamente por el lugar, a pesar de ser clara minoría.

Podía haberme quedado mucho más tiempo allí en Ehrenfeld (arriba en una fotografía de comienzos del siglo pasado), contemplando desde mi asiento el paso de la gente a través de los ventanales, el trajín de la calle; tratando de leer en los materiales mundanos a la vista que el paso del tiempo parece ser -a veces- una gran mentira.

Una mentira arropada por nuevas modas, nuevas tendencias y nuevas caras en la calle.

¿Acaso no son las modas sino una forma cambiante pero a la vez cíclica de ver las cosas?

No sé quién dijo que, en rigor, bastaba seguir usando la misma prenda de vestir durante determinado tiempo –el suficiente- hasta que se volvía a poner de moda.

Por mi parte, podía haberme quedado allí más tiempo descifrando esa y otras inquisiciones, dejando gotear ese misterio ineludible llamado tiempo, pero mi pretexto –las alitas y la bebida- ya se me habían agotado.

Al retirarme y agradecer por la atención, el empleado que alguna vez tenía que haber sido jefe de su propio negocio, me preguntó si me había agradado lo que había comido.

Quise decirle: “Como hace veinte años”.

Pero no me atreví.

HjorgeV 03-05-2008

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