MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (I)

Tiene que haber sido a mediados de los noventa, en una de mis ‘primeras’ visitas a Lima.

Creo que era la segunda que le hacía a mi ciudad, después de haberme establecido aquí en Colonia.

La primera –por esas cosas para las que después uno no encuentra explicación confiable- la había hecho después de siete años.

¿Cómo pude pasar tanto tiempo desconectado, sin visitar a mi país?

(Y si no hubiera sido por la insistencia de mi novia de entonces –mi esposa y la madre de nuestros cuatro hijos de hoy-, tal vez habría dejado pasar más tiempo.)

En esa segunda o tercera visita, recuerdo una de esas típicas noches del verano limeño, sentado frente al televisor, tratando de recuperarme del calor diurno, zapeando con el mando en la mano y sorprendiéndome del amplio espectro de la oferta televisiva limeña.

Debo aclarar que en Alemania tuvo que pasar mucho tiempo hasta que las cosas en ese sentido se liberarizaran.

Hasta finales del siglo pasado -ni diez años como mucho- gran parte de los hogares alemanes no tenían otra alternativa que contentarse con no mucho más que los tres canales estatales, ARD, ZDF y WDR.

Esto se explica porque en este país la televisión estatal es de paga obligatoria. No es una broma. Nadie se escapa. (Los controles son rigurosísimos y la mora se paga cara.)

Cuando la oferta de canales privados inició su explosión –que no parece tener fin, ahora que ese auge se sirve de las nuevas tecnologías- el Estado intentó cerrarles el paso y hacerles la vida imposible a esos emergentes canales, que venían a aguarle el fácil negocio.

En esto hay más de una paradoja interesante.

Como fueron los inmigrantes los primeros en descubrir las bondades de las antenas parabólicas (para poder recibir las señales de las televisiones turcas, españolas, italianas, polacas o árabes de sus países de origen), se produjo una alianza que vista desde estos días nos parece más que absurda.

Se aliaron los alemanes xenófobos con el Estado, impidiendo –inicialmente por razones ‘estéticas’ y con la ayuda de leyes que no contemplaban los nuevos tiempos- la colocación de las antenas parabólicas que inicialmente llegaban a medir más de un metro de diámetro.

Aquellos alemanes a los que les gustaría prohibir el uso del ajo en la gastronomía, por ser un producto no tradicional de la cocina alemana (y el ajo fue el símbolo de los inmigrantes turcos, llamados inicial y despectivamente Knoblauchfresser, ‘comeajos’), encontraron en esas antenas el pretexto para manifestar su xenofobia.

Tuvieron que pasar muchos años de absurdas polémicas y discusiones sobre si era ‘civilizado’ o no colocar esos platos blancos sobre los techos de las viviendas, hasta que se generalizó su uso.

Ahora, esas antenas, que tanto dinero hicieron ganar a muchos abogados por pleitos bobos, pertenecen al paisaje natural del país, de cualquier país europeo, me imagino, ya. Y la gente ya olvidó las connotaciones que una antena parabólica tenía a comienzos de los 90.

Zapeando por canales de todo el continente esa noche limeña, contaba, me encontré con un canal que mostraba a un grupo musical de cuatro o cinco muchachitos que bien podían ser europeos por su aspecto, acompañados de un grupo femenino de baile.

Se podía notar enseguida que no se trataba de un concierto sino de un programa musical habitual.

Si las chicas del grupo de baile acompañante no hubieran llevado faldas tan cortas ni hubieran sido tan esbeltas y atractivas –espero que no me esté fallando la memoria en lo que respecta a este último adjetivo-, seguramente habría pasado de largo.

Sucede, simplemente, que suelo no soportar esos sets de televisión donde la gente aplaude al darse una señal convenida; pero el aspecto de las chicas hizo que me enganchara lo suficiente como para saber de qué iba la cosa.

Los músicos llevaban largas melenas, estaban vestidos a la moda y con esa exageración que la distingue de la moda de la calle y que después, muchas veces, termina imponiéndose. No parecían dominar especialmente sus instrumentos. Algo que no parecía hacer ninguna mella ni influir en el entusiasmo y la entrega del desbordante público compuesto por jóvenes y muchachas de parecido aspecto.

Pero no era todo esto lo que me había llamado la atención, haciendo que me restregara los ojos y las orejas, sino el tipo de música que tocaban.

No lo podía creer: se trataba de la famosa Chicha peruana.

¿Qué era eso? ¿Jovencitos argentinos tocando chicha?

¿Qué híbrido era ese?

¿Era real? ¿O se trataba de una broma?

Si no hubiera sido porque Perú y Argentina comparten el castellano como lengua (o el casteshano, según), el efecto habría sido el mismo si hoy me encontrara en la televisión con un grupo de chinos (de la China) tocando y bailando tango. Con la misma seriedad, el mismo dramatismo y la misma virtuosidad de un buen conjunto tanguero. (Ya hay japoneses que lo hacen. )

Lo que esos muchachos estaban tocando era la música que estuvo ‘prohibida’, vetada, casi censurada a partir de ciertas clases sociales en mi país, desde su aparición en los años 60 y durante más de veinte o treinta años en Lima.

La música que nació como híbrido de la cumbia y otros ritmos llamados tropicales, y del huayno andino. También llamada cumbia peruana, música tropical andina y hasta cumbia psicodélica amazónica.

Este es un caso que debería ser de sumo interés para los etnomusicólogos, porque en él es posible perseguir casi idealmente todos los datos necesarios para alzar un mapa de cómo un género musical nace en una determinada comunidad creado por sus inmigrantes en busca de una nueva identidad y, a pesar de la discriminación y el rechazo inicial local, consigue desarrollarse y expanderse.

Un conocido escritor peruano contó no hace mucho en su segunda velada en esta ciudad –justamente en Ehrenfeld, presentado por La Tertulia Ambulante de Walter Lingán y Víctor Mendívil- que una vez había sido invitado a una fiesta de diplomáticos en uno de los mejores barrios de Lima y se había encontrado con que los anfitriones habían contratado a dos bandas de música folclórica andina para amenizar la fiesta. Una de ellas, una orquesta de huaylash.

Lo menciono, porque cuando lo contó, recordé inmediatamente otro hecho que me había impresionado justamente en esa misma visita que hice a Lima.

Me encontraba en Miraflores, en la terraza de uno de los establecimientos limeños que más frecuento cuando voy, independientemente de su grado de aceptación –siempre cambiante- que pueda tener en la intelectualidad limeña: el Haití.

No voy a explayarme en las razones para que sea así, porque tiene que ver con otra sección de mi historia personal, baste decir que ya solo por su ubicación, en pleno Óvalo de Miraflores, prácticamente en el corazón –o el cerebro- de ese distrito limeño tan conocido por los cuentos, relatos y novelas de Mario Vargas, esa esquina donde empieza el Miraflores mundano, turístico y comercial, es también una de las ventanas panorámicas de mi país.

Una que permite verlo ‘por dentro’, como en una radiografía o visita virtual anatómica, con todo lo bueno, lo malo, lo mejor y lo peor que puede ofrecer el Perú.

Allí me encontraba, disfrutando de una de las actividades que más me gustan (dejar pasar el sol de la tarde junto a un buen trago), cuando, de pronto, escuché los típicos acordes y la fogosidad orquestal de un Huaylash huancaíno.

¡En pleno Miraflores!

Han pasado más de diez años desde entonces y tal vez esto sea algo que ahora no llame más la atención, teniendo en cuenta la velocidad con la que cambia Lima, especialmente en su estratificación social.

Pero entonces me dejó tan sorprendido como sólo lo consiguieron el Bamboleo, la Lambada, la Macarena, el Aserejé y La camisa negra en sus respectivos momentos, aquí en Alemania, al escucharlos por primera vez en la radio y no poder dar crédito a lo que mis oídos estaban percibiendo.

(En las radios alemanas solo existen dos idiomas: el alemán y el inglés.)

¿Ahora, en Miraflores, en el distrito que alguna vez fue el barrio por excelencia de los que se consideraban nativos limeños –por contraste con los demás que empezaban a llenarse de inmigrantes andinos, salvo San Isidro y un par más-, en el barrio en el que se había utilizado por primera vez en los años 70 el vocablo despectivo del lunfardo argentino, pituco, para caracterizar a los miraflorinos, allí mismo, una orquesta entonando un huaylash?

Creo que los sonidos provenían de lo que alguna vez había sido la discoteca La Miel o de un local contiguo, ya desaparecido, el Indianápolis. (¡La Miel, de la época en que solo se escuchaba radio AM –amplitud modulada- en Lima!)

Me explico. El huaylash -huaylas o huaylarsh- es música telúrica y ancestral.

Es otra manifestación de las profundas contradicciones que imbrican y urden el tejido vital de mi país.

Continúa mañana…

HjorgeV 06-05-2008

One thought on “MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (I)

  1. Durante un tiempo de verdad crei que usted, estimado amigo peruano, habia despreciado desde siempre, no quiero ser tan extremista, mas bien nuna habia perdido su tiempo en algo tan “banal”, acaso burgues, como hacer zapping en la television.
    Es bueno saber que esto no fue siempre asi. Mejor saqueme usted de este mal entendido.
    Saludos.

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