MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (II)

HUAYLASH EN MIRAFLORES

Considerado como expresión netamente folclórica andina, del valle del Mantaro concretamente, el huaylash o huaylas es también uno de los pilares de la pétrea identidad huanca.

El Huanca fue un reino de ese valle, en la Sierra Central peruana. Un pueblo próspero de pastores y agricultores que supo defenderse hacia 1450 durante cinco años del asedio guerrero inca, pero que terminó sucumbiendo ante él, pocas décadas antes de la llegada de los primeros inmigrantes españoles a tierras del Tahuantinsuyo.

El espíritu rebelde remanente de ese pueblo se expresa en este baile.

El huaylash es música para bailar, sí, y los bailarines escenifican las labores agrícolas de la papa, recreando los movimientos de clavar la estaca en el suelo, de golpear los terrones, y la cosecha misma, en un despliegue de habilidad, vigor e ímpetu campesino.

¿Ese baile rural andino, en el que el fortísimo y fogoso zapateo de los bailarines parece querer hacer temblar la Tierra y que es en el fondo un ritual mítico y religioso ancestral, sonando en pleno Miraflores?

Si alguien me lo hubiera contado y no lo hubiera escuchado con mis propios oídos, no lo habría creído.

La escena me impactó, porque recordé un episodio de mi niñez. Uno que creía olvidado.

Debía tener unos diez o doce años, cuando un viernes o sábado a medianoche me despertó el fuerte sonido de una orquesta ejecutando música obviamente andina en la casa de algún vecino. ¿Quién se atrevía a hacer algo así, en una época en la que cualquier relación con lo andino -con lo llamado serrano– podía servir como pretexto para la chacota y la burla entre los limeños?

Como desde muy temprano tuve la suerte de conocer varias regiones y expresiones del llamado Perú profundo, reconocí inmediatamente lo que yo en ese momento todavía -ignorante de que la diversidad musical de mi país exigía también diversidad descriptiva- catalogaba simplemente como un huaynito, que era el modo generalizado y despectivo con que se denominaba a las expresiones musicales andinas en la Lima de ese entonces.

Alguien había tenido la idea de regalarle por su cumpleaños a un huancaíno un corto concierto de la música de su pueblo natal.

Recuerdo que luego de dos, o tal vez tres temas, la orquesta calló y dio paso a un Happy Birthday cantado a todo pulmón y seguido de unas Mañanitas mexicanas, para continuar después con los discos de la música que se bailaba en ese momento.

Recuerdo con especial asombro, aguzando el oído desde mi cama, que un par de parejas había empezado a zapatear y ese retumbar del piso era lo que más me había dejado impresionado, además del insólito final de los temas: no en el acorde dominante como suele ser la regla.

Esa tarde de principios o mediados de los noventa, muchos años después, desde mi cómodo asiento en la terraza del Haití, dejando pasar la tarde con un trago, el sonido de otra orquesta similar me transportó de golpe a esa noche de mi niñez.

Pero hay todavía una característica más que hacía de esa experiencia -musical y sociológica- singular en más de un sentido, ahora que tanto se habla de la tan mentada globalización.

Siendo un género musical muy antiguo –hay quienes lo suponen tan antiguo como los mismos ayllus andinos- y que se ha ido transformando a través de los siglos, los instrumentos de una orquesta típica de huaylash (también huaylas o huaylarsh), su conformación instrumental, también ha ido evolucionando.

Los instrumentos autóctonos, como las quenas, pincullos, rondadores, ocarinas, pututos, conchas de caracol y tinyas no se usan más. (La fotografía de arriba es obra del maestro Martín Chambi. Probablemente, mostrando un conjunto musical autóctono cusqueño de principios del siglo XX.)

En cambio, está documentado que ya desde comienzos del siglo pasado son instrumentos típicos de la élite musical europea los que los han reemplazado en una orquesta huanca.

Instrumentos éstos, originalmente traídos por los españoles inmigrantes durante la época colonial.

Nada menos que el violín, el arpa y clarinetes son los antecedentes más antiguos que se conocen de las conformaciones primigenias de una orquesta moderna de huaylash.

Recién en 1943 se habría incorporado el saxo soprano en esas orquestas. Y en 1977, mucho más tarde, el saxo barítono.

Es una vuelta grande, sí, esta que estoy dando para contar lo que refiero, pero, ¿cómo explicar mi asombro?

¿Podía saberlo el belga Adolphe Sax, clarinetista y constructor de instrumentos, el creador de la Voz de Sax, el saxofón, cuando inventó su instrumento allá por 1840 y que al comienzo fue alabado por grandes compositores como Berlioz, para después ser despreciado y que tuvo que buscar refugio temporal en las bandas militares?

Ese mismo saxofón que en plena Primera Guerra Mundial, en los sótanos tabernarios musicales de Chicago, le empezaba a dar un sentido definitivo al género musical del siglo XX por excelencia -el revolucionario jazz-, ya había encontrado su sitio en diversas regiones de la abrupta geografía andina. (¿Cómo así? ¿Existe una ‘Historia del saxofón en la música del Perú’?)

Por otra parte, el arpa es tal vez el instrumento cordófono más antiguo que se conoce, del cual se sabe que existió en Mesopotamia y Egipto (por lo menos 2.000 a. C.), y cuyo uso fue popular en la antigua Roma y Grecia.

Hay que prestar atención.

¿QUÉ MEJOR EJEMPLO DE GLOBALIZACIÓN?

Una orquesta conformada por instrumentos europeos elitistas (cualquiera no puede tocar un violín o un arpa) traídos por los españoles inmigrantes, en un barrio urbano y –todavía- exclusivo como Miraflores, en una Lima cada vez más andina, interpretando música rural que se podría llamar ancestral y cuyos bailarines escenifican las tareas agrícolas de la papa, uno de los principales alimentos de Europa salido de los Andes.

¿Qué mejor ejemplo de globalización que éste?

(Para bien y para mal, como todo lo que implica esa palabra que se ha puesto de moda, aunque siempre ha existido y sea la característica principal de la especie humana.)

Frente al televisor, aquella otra noche de ese mismo verano de comienzos de los 90 en Lima, enganchado ante esa falsa ilusión argentina de la Bailanta (una ilusión no puede ser falsa, si acaso lo fuera es porque es real, y ésa lo era), volví a quedarme tan pasmado como en el Haití, en el corazón de Miraflores, escuchando el sonido en vivo de una orquesta típica del Valle del Mantaro.

Tal vez si me hubiera sucedido unos minutos más tarde –era más de la medianoche y estaba a punto de quedarme dormido- habría pensado que se trataba de una especie de espejismo auditivo.

Pero no. Los músicos de aspecto que bien podía ser europeo estaban interpretando nuestra Chicha. No cabía duda.

¿Cómo había llegado a Buenos Aires la que no era ni chicha ni limoná (probablemente de esa expresión procede su nombre), y que también se conocía y conoce como música tropical, música tropical andina, cumbia andina o simplemente cumbia en nuestro país, por más que con éste ritmo musical colombiano tenga poco en común?

¿Un astuto empresario argentino con olfato musical había sido el autor de ese implante, de ese claro injerto?

La chicha que ya sonaba en los barrios marginales de la Lima mestiza de mediados de los años 60 y que había servido a sus inmigrantes andinos para formarse una nueva identidad (la identidad siempre se está formando, no es un producto terminado nunca, salvo en las piedras), apoyándose en ese mestizaje para darle hogar y salida a sus melodías y ritmos andinos –básicamente al huayno-, ¿cómo había hecho esa chicha para llegar a Buenos Aires, a la cuna de ese otro género musical histórico, el tango, que en 1889 la Real Academia española –en su segunda acepción- definía como “fiesta y baile de negros y de gente de pueblo en América”?

No es posible en el mundo de la música hacer predicciones confiables. Los caminos de la Señora Música sí son insondables.

Los que apostaron por el rock, no podían saber que venía para quedarse y apadrinar otros géneros, convirtiéndose en una verdadera fuente y vasto pilar de la música popular moderna mundial.

Cuando apareció el rap, muchos rieron y le dieron una temporada de vida.

No tengo idea de hasta dónde pueda llegar la chicha, se llame chicha peruana, cumbia andina, cumbia a secas o música tropical-andina (me entero que tiene dos vertientes principales: la norteña y la charapa, ésta última también llamada cumbia psicodélica amazónica), lo cierto es que me he enterado de que en Lima ya no espanta a los limeños de las clases altas y que ahora se escucha por todas partes.

¿Llegarán a ponerse de moda fuera del Perú los Chapillacs, un grupo de universitarios arequipeños que empezaron parodiando la chicha a ritmo de rock y que parece haberse convertido en una banda de culto?

No me lo puedo imaginar.

¿Será sólo por los años que llevo fuera de mi país y porque mis prejuicios también deben entrar en juego?

Continúa…

HjorgeV 07-05-2008

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