MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (III)

ENRIQUE DELGADO: DEL CONSERVATORIO A LA CHICHA

El disco lo tenía por ahí guardado.

Medido escondido, junto con otros que consideraba –de alguna manera- personales, formando un grupo aparte.

En esa sección estaban cantantes tan disímiles como Leo Dan y Tormenta de Argentina, viejos grupos cubanos como la Sonora Matancera y el dúo Los Compadres; los mexicanos Pedro Vargas y Agustín Lara; el venezolano Simón Díaz y Los Ángeles Negros de Chile, entre otros más.

Después se volvieron a poner de moda los grupos cubanos (le volverá a suceder varias veces más a la Sonora Matancera en este siglo y en los próximos, si acaso llegan), e, incluso, un integrante de Los Compadres –Máximo Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo, justamente por ser la segunda voz del grupo de compays– se hizo famoso mundialmente.

Entonces, tuve que retirar sus discos de esa sección, vamos a decir, marginal -por decir algo- de mi discoteca (palabra ahora sí etimológicamente precisa) de compactos.

(No hace mucho, me contaron que Los Ángeles Negros se han vuelto a poner de moda y me vi también obligado a retirar su disco de ese conjunto que refiero.)

En ese mismo apartado conservo aún tres discos de tres expresiones musicales netamente peruanas, dos de ellas desconocidas fuera de nuestras fronteras.

Uno de ellos es de marineras norteñas, gran recuerdo de mi paso por la Ciudad de la Eterna Primavera, Trujillo, y de las numerosas veces que en mis viajes al norte del Perú, siendo niño, fui testigo de las retretas, esos conciertos al aire libre en las plazas principales de los pueblos y que desconozco si todavía existirán.

Eran otros tiempos. No existía la Red ni había aparecido siquiera el -ahora- arqueológico walkman y no todos tenían así nomás un equipo de reproducción musical en casa, menos en los pequeños pueblos de provincias.

(Corrijo. De mi relativamente reciente paso por Máncora, uno de los balnearios –aún- de moda del norte del Perú, uno de los pocos con palmeras, recuerdo una retreta humildísima, pero no por eso menos emotiva para mí, de la banda del lugar.)

El segundo es del género musical que ha ocupado las dos últimas entradas de esta bitácora y que pertenece a lo que se denomina música folclólrica en mi país: el huaylash.

El sonido de saxofones, violines y clarinetes que escuché una noche siendo niño desde mi cama y como sorpresa de cumpleaños de un vecino desconocido -seguramente huancaíno- no lo había podido borrar de memoria.

Una vez, rebuscando música -que fue uno de mis pasatiempos favoritos durante muchos años en los viajes que hacía-, me topé con el de una orquesta huanca y no pude vencer la tentación de comprarlo.

El otro que digo lo tenía más oculto.

Y hoy, justamente hoy, que he revisado mi discoteca de compactos para estar más seguro de lo que aquí escribo, me he dado con una ingrata sorpresa.

Quiero referirme a ese disco.

En mi colegio se hubieran reído por esa adquisición. Y seguro que alguno hasta se habría burlado.

Se trata de un género que probablemente nació como expresión de los inmigrantes provincianos -mayormente andinos- de Lima; que después se comercializó rápidamente, se hizo popular en las barriadas y los llamados pueblos jóvenes limeños, se expandió por todo el país, regresando rápidamente como moda capitalina a los pueblos de los que provenían los inmigrantes, hasta convertirse en un fenómeno musical casi oficialmente clandestino, se podría decir, que dura hasta estos días.

Me estoy refiriendo a esa fusión musical llamada Chicha. (Tiene varias denominaciones y subgéneros.)

Con el disco que menciono, me estoy refiriendo a un músico en especial. A alguien de quien me acabo de enterar que falleció relativamente joven, a la edad de 57 años.

Estoy hablando de Enrique Delgado Montes (Lima, 1939-1996).

Sobre la música de Enrique Delgado nunca me había atrevido a escribir nada. Me contentaba con mantenerlo en mi especial galería musical marginal.

Leyendo sobre los nuevos gustos musicales de mi ciudad, me animé a informarme más y empecé a navegar en esta magia que es la Red.

Así me enteré de su fallecimiento y –hete aquí, aquí hete- resultó que el gran Delgado había sido músico de conservatorio y alguien especialmente genial, además, que había recorrido diversos géneros musicales, como las rancheras y la llamada Nueva Ola, y había acompañado en la primera guitarra a famosos músicos folclóricos como Pastorita Huaracina -¡a los 13 años!- y a otros del género criollo como Luis Abanto Morales y la cantante Maritza Rodríguez.

¿Un músico clásico, un guitarrista de conservatorio, que había terminado tocando la llamada Chicha?

No tanto así.

Como viví esa época –los años 60 y 70- aunque era apenas un niñín, puedo hablar por conocimiento más o menos directo.

Lo que ahora se llama Chicha proviene básicamente del género que seguramente no creó Enrique Delgado y sus Destellos, pero sí lo marcó esencialmente y le dio impulso fundacional.

La idea de los grupos de Chicha tiene que haber nacido por simple observación.

¿Cómo eran las formaciones más populares en esos tiempos?

La que utilizaban los Beatles, el grupo más famoso del planeta: una o dos guitarras eléctricas, un bajo y batería.

Nada del otro mundo.

Aquí en el Perú [¡qué lapsus!, porque escribo esto desde la periferia de Colonia] sólo la batería fue reemplazada por tumbas y timbales, que se encargaban por lo general a afroperuanos, y se tomó la música que venía golpeando desde un par de décadas atrás en el país, la llamada ‘tropical’ (que llegaba de principalmente de Cuba y de Colombia). Y ya estaba lista la receta.

En nuestra Lima subtropical –porque Enrique Delgado era limeño, aunque deduzco que de padres andinos, por su interés por la mandolina- se la empezó a llamar más o menos así: música tropical o simplemente cumbia, para evitar relacionarla con el ‘despreciado’ huayno.

(Para mi oído -y esto varía de persona a persona-, la Chicha suena como un huayno con sabor cubano -básicamente de la guaracha y del son- y de la cumbia colombiana, más elementos añadidos de la salsa y del jazz. Curiosamente, muchas veces, es fácil de reconocerla por un tic característico: la típica llamadita sincopada, para marcar el reinicio del tema principal.)

TRAS LAS RAÍCES DE LA CHICHA

Ahora resulta que la senda marcada por el usamericano Ryland Ry Cooder con sus inmortales ancianos cubanos del Club Social Bellavista –entre ellos Compay Segundo-, la están siguiendo otros compatriotas suyos con la esperanza de encontrarse con otra gallina de los huevos de oro esta vez en el Perú.

Se trata de la disquera usamericana Barbès Records y su álbum recopilatorio The Roots of Chicha.

(Curiosamente, le atribuyen un origen amazónico, por más que ellos mismos refieran el claro sonido andino, característico por la inclinación pentatónica de sus melodías.)

(Y lo de ‘psicodélico’ está sacado de su contexto, porque en la década de los setenta -un poco antes y un poco después- se llamaba psicodélica en provincias a toda música que tuviera que ver con el rock o con la guitarra rockera. Por lo demás, un texto interesantísimo y esclarecedor el que presentan los de Barbès Records.)

Después de tocarle el turno muy temprano a la bachata dominicana, al vallenato colombiano y, últimamente, a la música garifuna de Belice, ahora se le ha lanzado el ojo a la Chicha peruana.

A esa música que probablemente se llama así, porque no era -ni ha dejado de ser- chicha ni limoná.

Frase ésta que justamente en esos tiempos incubadores de los 60 y los 70, la cantaban el chileno Víctor Jara y los revolucionarios latinoamericanos de entonces.

Usté no es ná

No es chicha ni limoná

Me puedo imaginar, perfectamente, que la denominación pudo haber provenido de algún crítico de izquierda, quien, viendo un simple subproducto alienante gringo en esa música –que además se inclinaba por sabores andinos en sus melodías- no se le ocurrió otra cosa que denigrarla.

No era ni música del todo ‘alienada’ ni andina.

Ni cumbia tropical ni huayno. Ni chicha ni limonada.

Había nacido la Chicha.

La música de la primera generación de inmigrantes limeños. (Quien inmigra pasa a ser del lugar al que llega, por eso lo de inmigrantes limeños.)

Más que una fusión, un espectro de diferentes estilos con un tronco común y dos anhelos claros: expresarse y bailar.

Enrique Delgado, por su formación musical clásica, creó, sin proponérselo seguramente, todo un estilo y propulsó un nuevo género a fin de cuentas, contribuyendo con sus composiciones a darle el esquema que básicamente aún se mantiene y que también tiene características del jazz, por sus tímidas rondas improvisatorias, desarrolladas ampliamente en su hermana mayor, la salsa.

Un género que ahora parece haber obtenido su carta de ciudadanía, por más que existan una serie de subgéneros más o menos bien diferenciados dentro de él.

(El mismo año de la formación de Los Destellos, en 1966, se formaba en Pucallpa el otro grupo fundador de este género en su vertiente andino-amazónica: Juaneco y su Combo.)

Analizando los temas de Los Destellos se puede apreciar claramente esa necesidad de buscar nuevos horizontes, otras expresiones musicales. Todo eso, acompañando la gran transformación que ha sufrido Lima en apenas unas décadas.

Los punteos de guitarra y los fraseos delgadianos son una delicia musical. Algo que es fácil de reconocer, sin necesidad de ser aficionado a este tipo de música.

Como ejemplos están esas piezas que son obviamente huaynos o claros sanjuanitos ecuatorianos; un bailecito –seguramente argentino- como A los bosques yo me interno, o los inmortales Elsa y A Patricia, composiciones de Delgado estas dos últimas.

El ritmo de la Chicha o cumbia andina, o cumbia peruana (en los 80 empezó a llamársela Tecno Cumbia, como efecto mercadotécnico, me imagino) recuerda al de una movida cumbia colombiana y al de la guaracha, género musical cubano que entonces todavía se conocía y ya empezaba a desaparecer. (Celia Cruz grabó varias guarachas con la Sonora Matancera, justamente.)

La salsa no se conocía todavía en el Perú, porque recién estaba naciendo y estructurándose en Nu Yol.

[Aunque los temas chicheros son fácilmente ‘salseables’, como lo demostró Ray de la Paz con Eres (muy bonita pero) mentirosa, una chicha de los peruanos Humberto T. Caycho y Jorge Rodríguez Grández, originalmente interpretada por el grupo de éste último, Los Mirlos de Moyobamba. Precisamente porque ambos géneros comparten ciertas estructuras propias del jazz, además del ritmo sincopado y el parcial respeto -en la Chicha- de la clave.]

El tema Para Elena, por ejemplo, se dividía en dos partes, una lenta y otra rápida, tal como un huayno y su fuga.

¿Y qué decir de ese frenético tema llamado La ardillita?

Fácilmente podría haber nacido un nuevo género musical de él.

Fue una época de grupos claramente diferenciados como Pedro Miguel y sus Maracaibos –que bien podían ser tomados como cubanos, no solo por el aspecto físico-, por ejemplo, o de Los Diablos Rojos (en la fotografía) cuya función principal consistía en amenizar matrimonios, cumpleaños y reuniones sociales (todas las reuniones son sociales) de fin de semana de las clases sociales emergentes.

Esos músicos tenían una sola función, la obligatoria de toda fiesta peruana (algo inconcebible aquí en Alemania, país en el que bailar se convierte cada vez más en una especialidad de unos cuantos): bailar.

Ni siquiera cumplían la función de ídolos -función tan común e inseparable de la música moderna, perdonándose incluso hoy en día claras incapacidades musicales: a esos músicos chicheros no-, y por eso apenas se conocen los nombres de sus actores fundacionales.

PARA TODO EL MUNDO

De mis años sanmarquinos de finales de la década del 70, aún recuerdo los afiches o carteles de grupos como Los Shapis y Chacalón y la Nueva Crema, quienes recién en la siguiente década se harían famosos en el resto del país.

(Cuando vivía en París, allá a mediados de los 80, me asombré al enterarme de que los Shapis se iban a presentar en la Ciudad Luz. Y también en esos años en Francia, viví con asombro cómo una chicha del peruano Walter León Aguilar, popularizada por el también peruano Cuarteto Continental -creación de Alberto Maraví– llegaba a los primeros lugares de las listas de varios países europeos, sobre todo el francés: La colegiala.)

(Es posible que la particular historia cuartetera, ya generalizada en Argentina y probable origen directo de la bailanta, nazca con el célebre Cuarteto Continental, quienes incluyeron el acordeón serrano -de teclado- entre sus instrumentos, por consejo de Maraví y seguramente inspirándose en el vallenato colombiano.)

De esos años de San Marcos también recuerdo las burlas de los compañeros que se sentían más limeños o capitalinos hacia los demás estudiantes universitarios provincianos o hijos de inmigrantes y su música.

Porque la Chicha –fusión, espectro musical, más bien, con mayúscula- tenía toda una parafernalia que la acompañaba y que sigue siendo una de las razones de su marginalidad cultural. (No tuvo la suerte, como expresión popular, de contar con intelectuales que la acompañaran como tal: la intelectualidad peruana, al contrario, la despreciaba, incluso.)

En ese tiempo, para poner un ejemplo, estaban de moda los pantalones acampanados a rayas, a la cadera y tan apretados en las piernas que uno llegaba a tener la impresión que se le podía descoser a cualquiera en plena calle.

En las versiones más chichas, esos pantalones tenían una serie de bolsillos muy pequeños que nadie sabía para qué servían hasta que tú veías a alguien sacando un peine de uno de ellos.

Y no te lo podías creer.

(Algunos afirmaban maliciosamente que uno de los bolsillos servía para llevar una chaveta o navaja.)

Porque, además, después, ese alguien usaba el peine con toda naturalidad en plena calle o en plena clase de la universidad.

Había nacido el achorado. (Que estuvo a punto de llamarse, simplemente, chichero.)

Así como el tango proviene de los guapos, compadritos y malevos de los boliches del barrio de La Boca, y se hizo mundialmente famoso, no son pocos los que sueñan (o temen, según) que alguna vez suceda lo mismo con la Chicha.

Se confirmaría así el carácter premonitorio del título del primer y fundacional disco de Enrique Delgado y sus Destellos: Para todo el mundo.

La música, después de todo y por todo el planeta, da mucho para soñar, independientemente de sus humildes orígenes. (Todos los orígenes musicales son humildes, simples ensayos, pasitos de bebé buscando un espacio en este mundo.)

No sé, me imagino que mientras insistan en acompañarse de ese tipo de bailarinas que uno no sabe si las han contratado o ya estaban allí cuando llegaron los músicos, lo tendrán muy difícil más allá de nuestras fronteras.

Fin de esta vuelta musical.

(Ahora me gustaría saber, ¿qué visitante de mi casa se apoderó de ese disco de Enrique Delgado de mi colección dejándome solo con la cubierta?

¿No habrá sido un alemán repentinamente irrefrenable?)

HjorgeV 08-05-2008

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