DESCONECTÁNDOSE DE LA REALIDAD SIN LÁGRIMAS

¿No será uno de los grandes problemas de Alemania el no saber perder?

Creo notarlo en la economía, en la política, en la vida, en el fútbol, en la muerte.

Cinco décadas más o menos vibrantes de crecimiento económico y renovado prestigio mundial han servido para anestesiar a los habitantes de este país.

Que quede claro: admiro esta mi segunda patria.

Pero creo que ninguna admiración debe ser lo suficientemente aplastante como para convertir a alguien en ciego, sordo o tonto ante la realidad.

Vengo del cuarto entierro al que he sido expresamente invitado a participar en estos más de veinte años de estancia germana.

Una vez perdí una linda novia, porque le pareció, ¿qué?, ¿grosero?, ¿una debilidad?, ¿una estupidez?, que me entretuviera demasiado en la lectura de las notas necrológicas de un diario e incurriera en tristeza.

Creo que era un domingo y día de sol -encima- y le estaba malogrando así, su concepto de felicidad dominical. Mi concepto de la vida, creo, nunca ha respetado o se ha regido por el calendario.

¿Qué cosa hay más natural al lado de poder vivir con alegría, que reconocer que ese estado no puede ser eterno?

Como es la cuarta vez, me atrevo a afirmar ahora, porque lo acabo de volver a comprobar: no es costumbre llorar en un duelo o en un entierro en Alemania.

¡Qué digo!

Si no se llora ni en casa ni en la calle, ¡menos en la ocasión y el lugar más apropiado para hacerlo, allí donde no habrá más oportunidades ni prórrogas porque es el último por definición: el cementerio!

(No es tampoco que nadie llore. Pero es más la excepción que la regla.)

¿Por qué es así?

¿Por qué esa forma tan rabiosa de esconder los sentimientos, de aplastarlos en algún lugar de la psique?

¿Por qué ese agudo estreñimiento emotivo?

Lo ignoro.

A una colega brasileña que una vez tuve, la llegaron a tachar de loca porque debido a un romance poco fortuito, no podía contener las lágrimas en pleno trabajo.

A la primera vez, a sus colegas y al jefe les pareció ‘dulce’ su llanto. Qué mimosa, debieron pensar. Tierna, sensible, vibrante, emotiva.

A la segunda, les llegó de golpe la impaciencia.

¿Los creía ella tontos?

¡Estaban allí para trabajar no para inmiscuir los problemas personales!

(Ese era más o menos el argumento de más peso: “Si cada uno de nosotros trajera sus problemas personales al trabajo, no podríamos hacer nada”.)

A la tercera vez, les pareció una gran falta de respeto hacia sus compañeros y hacia la empresa, invertir tiempo valiosísimo en desprenderse de unas gotas de líquido de su cuerpo, y de una forma tan poco presentable, además.

(La máscara que dona el llanto parece ser absolutamente insoportable para muchos, tanto en el propio rostro como en el de los demás.)

Recuerdo que traté de intervenir en su ayuda, argumentando que si Brasil era conocido por el buen humor y el buen talante de sus gentes, era justamente, porque los brasileños saben llorar.

Creo que se burlaron en silencio de mí. De nada me valió querer explicar qué era eso de la saudade. Fue peor, me imagino.

Era un argumento que me había sacado de la manga en ese momento, en mi simple afán de proteger a alguien en clara indefensión y que tenía casi todo en contra: otro idioma, otra tierra, ausencia de familiares, otras costumbres; otro país, en suma.

Seguramente lo decía por mi propia experiencia, recordando mi niñez y la de otros, y observando a mis hijos y a sus amiguitos:

Un niño que llora un buen rato –si está sano y es un niño normalmente feliz-, una vez pasado el dolor o la desazón que lo llevó al llanto, renace de sus cenizas lacrimales y se eleva feliz de nuevo a la vida.

¿No estaré exagerando?

Mi hija mayor, de quien nos solemos olvidar que apenas es una niña porque ya mide 1,75, se pasó dos noches sin poder dormir sola en su cama, porque decía que le daba demasiado miedo pensar en la muerte. (Acababa de fallecer un familiar cercano mío.)

Que no soportaba la idea de tener que morir algún día. Tiene 13 años.

Decía que tal vez ni siquiera le asustaba demasiado la misma posibilidad de morir, sino la perspectiva de que a partir de ese momento, no podría saber ni ser más partícipe de lo que hiciera el resto de sus familiares y amigos.

De lo que pasara en la vida.

He aquí la más grave consecuencia de ese hecho tan natural como la existencia misma, pero no por eso menos insoportable: la exclusión absoluta e irremisible.

De todo.

Esos ‘compañeros’ de la brasileña, que se quejaban por su llanto incontenible porque opinaban que afectaba al trabajo, seguramente son los mismos que ahora tienen que salir cada hora o cada media hora a la puerta a consumir sus cigarrillos en cinco o diez minutos, acumulando -entre todos, en Europa- millones y millones de horas perdidas al trabajo.

Horas perdidas al humo. A la industria tabacalera.

(En verdad es al revés. El que fuma no consume los cigarrillos: la nicotina -qué va, la combustión- lo consume a él.)

¿Por qué no pueden llorar los alemanes?

¿Porque se ve el llanto como una derrota? ¿Como algo sumamente desagradable?

Está bien, tal vez lo sea.

Supongamos que el llanto es el peor símbolo de una derrota.

¿Por qué no aceptar entonces que en la vida no todo es ‘ganar’?

Que para que unos ‘ganen’, otros tienen necesariamente que ‘perder’.

Y, siempre de acuerdo a esta filosofía, ¿no tendría que aceptarse por lo menos que no todos pueden siempre ganar?

(Todo esto pasando por alto la definición sobre a qué demonios nos referimos con eso de ganar, en qué consiste.)

No hace mucho, el Bayern de Múnich recibió una paliza a pies de un equipito ruso.

El fútbol alemán lleva décadas haciéndose pasar por lo que no es, gracias a una serie de factores, entre los que la suerte no es el menor.

Nadie sabe cómo lo hacían, pero cada vez que parecía claro que, esta vez sí, los alemanes ocuparían el lugar –inferior- que les corresponde por su fútbol acartonado, los Soldaditos de Plomo llegaban y zas, si no se alzaban con el título, por lo menos salían en segundo lugar.

(Gary Lineker dijo una vez, haciendo célebre ese estado de cosas: “El fútbol es un deporte que juegan 11 contra 11 y siempre ganan los alemanes”.)

Después de perder 0-4 frente al St. Petersburgo, un periodista del Bildel diario sensacionalista alemán, por antonomasia- se atrevió a decir la verdad:

“Wir sind schlecht, so schlecht, so schlecht”

Algo que se podría traducir como ‘Somos malos, remalos, recontra malos’ en la jerga de mi país.

Me gustó su artículo, por ser de las poquísimas oportunidades en las que es posible ver a uno de mis cohabitantes –convivientes- nombrando las cosas tal como son, por más que estas sean negativas.

Ese periodista no quería ignorar la realidad e ignorar, así, ese otro deporte alemán (nacional por excelencia) y que casi nadie nombra, justamente por serlo: lo que Freud llamó la Verdrängung.

Lo que en nuestra lengua se suele llamar la represión.

Y que no es otra simple cosa que negarse a aceptar la realidad.

En el fondo, cuando uno se niega a aceptar la realidad, se está desconectando de ella. El que tiene que llorar y no llora –reprimiéndose-, se está desconectando de la realidad y de sí mismo.

El que sabe que el fútbol alemán es malo –no hay que exagerar, tampoco- y no lo quiere aceptar, se está desconectando de la realidad.

¿Cuáles son las consecuencias de esa desconexión?

(¿No será que el que no deja llorar a sus ojos, fuerza a su ser a llorar de otra manera?)

Sin entrar al terreno de la psicología ni del psicoanálisis –porque los desconozco mayormente-, por lo menos podríamos aprender del caso deportivo.

Esa desconexión de la realidad ha impedido que las autoridades responsables inviertan el dinero acumulado en el futuro de todo deporte: la niñez. Es decir, ha impedido que se tomen medidas concretas para remediarlo.

(Puesto que no existe el problema, ¿para qué atacarlo?)

(Es algo que se puede ver al recorrer cualquier barrio alemán: los niños ya no juegan fútbol en las calles. Todo se restringe a los aburridos y acartonados entrenamientos oficiales de cada club. Sé de lo que hablo.)

Es como querer salir a conducir un automóvil (de cuatro) con solo tres ruedas y querer ignorarlo. De algún modo se terminará pagando.

¿De dónde, pues, esa incapacidad para manifestar la propia emotividad, los sentimientos en general?

(Los alemanes tampoco se abrazan ni se besan por las calles.)

(Mi vecina pianista me regala justo en este momento Träumerei -Ensoñación- de Schumann.)

Sólo tengo la sospecha de que esa incapacidad para llorar, tiene que ver con la incapacidad para alegrarse espontáneamente.

Tal vez exagero.

Porque ponle a un alemán un par de cervezas –digamos cinco, para garantizar el efecto- y ya tienes a una persona comunicable, capaz de pasar un buen rato contigo. Alguien con quien puedes reírte, contar chistes y tonterías. Dejar pasar levemente el tiempo.

La insoportable levedad del ser, que decía Milan Kundera.

En este caso, con el ser un poco amorfinado, apoyado por las cualidades relajantes del alcohol.

La nueva pregunta sería, entonces, si con un par de tragos el alemán se relaja y deja salir a alegrarse a su subconsciente, ¿porque no permite que llore abiertamente de vez en cuando, también?

¿Tan grande puede ser la represión?

¿Tan grande la desconexión de la realidad?

El que no llora cuando lo necesita, ¿cree que se hace un bien?

¿Con qué consecuencias?

Negar que las haya o pueda haber, sería la expresión máxima de esa misma Verdrängung.

HjorgeV 15-05-2008

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3 comentarios sobre “DESCONECTÁNDOSE DE LA REALIDAD SIN LÁGRIMAS

  1. yo le he encontrado el lado positivo. uno puede pasar una buena tarde en el cementerio sin ser molestado por llantos, dramas. como un parque mas. a mi que le tengo miedo a los perros me cae super bien. por que ahora salgo a correr al cementerio!!! es el lugar perfecto, no hay perros, dramas, nadie molesta, super tranquilo. entonces ahora ya no tengo que trotar en el gimnasio, que es tan aburrido y puedo hacerlo al aire libre, en los caminos del cementerio, alucinando con los nombres de los muertos y sus epitafios. con el calorcito! alla seguro tambien ya comenzo.
    saludos. por cierto, tu hija mayor esta de mi tamanho.
    eldani

  2. Me gusta llorar, no como deporte, pero soy llorona, si me emociono lloro, si estoy triste lloro, miro fotografias de mis seres queridos que se han ido lloro, si me siento muy alegre a veces se me escapa una lagrimilla
    Llorar nos limpia, nos libera de tensiones acumuladas
    Me da miedo alguien tan hermético que no demuestra sus emociones , y no es el caso de ir por el mundo llorando continuamente, pero yo sé que estoy viva

  3. Yo tengo otro ejemplo. En la sala de parto. Perdón ser tan plenamente femenina, pero me impactó cuando esperábamos un grupito de tres mujeres, con contracciones, dolorosas ¡eh!, nuestro “turno” por poner las cosas así, se quejaban algunas presentes que la señora portuguesa de la sala A gritaba demasiado, lloraba, y hacía ruido. Por Dios, repliqué, que falta de tolerancia en un momento así. No, en Inglaterra es de mal gusto gritar o quejarse. Qué lo sepan si alguna tiene intención dar a luz allá. Sufran pero despacito por favor.

    Te leo, Jorge, te leo.

    Inés

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