CASA DE ENRIQUE PROCHAZKA

Justo había estado hablando días atrás aquí sobre las características que debe tener un buen libro, según mi opinión.

Un buen libro, afirmé, se podría definir como aquel capaz de substraerte a tu entorno, hasta el punto de hacerte olvidar ruidos, ajetreos, trajín y tramas y guiones externos a tu lectura.

Absorbentes incluso, estos dos últimos, si se sufre el sino de pasar por momentos más o menos terribles de la propia biografía.

Y esto, independientemente del juicio final que se pueda hacer de ellos. De nuestra evaluación final como lectores.

Un buen libro tiene que saber soportar rigores.

Un libro fascinante hace eso, justamente: fascinar; atraer irresisitiblemente, ofuscando, ‘engañando’ y alucinando al lector.

De mi primera juventud, recuerdo novelas y libros devorados parcialmente en el transporte público, camino a la universidad.

Recuerdo algunos libros que resisitieron parcialmente un ómnibus o microbús limeño, repleto y hasta en pleno verano, en esgrima permanente con brazos, torsos, cabezas, maletines, bolsos y hasta piernas.

Mencionaré algunos, sin ningún afán de orden o gradación y respetando el divertido requisito de haber sido leídos -parcialmente- en algún transporte público.

Conversación en La Catedral y La tía Julia y el escribidor de Vargas, El padrino de Mario Puzo, El jardín de al lado de José Donoso, varios libros de Cortázar, El mono desnudo de Desmond Morris, Inventario de Benedetti, La danza inmóvil de Manuel Scorza, varios relatos de Asimov, Retrato de grupo con dama y Opiniones de un payaso del colonés Heinrich Böll, la poesía de Pedro Salinas, cuentos de Tolstoi, Confieso que he vivido de Neruda, Trópico de Capricornio de Miller, Rojo y negro de Stendhal; entre otros.

Bueno, pues, algo parecido me ha sucedido con Casa.

Casa es una novela –un relato extenso- de un peruano casi desconocido fuera de un circuito que hasta no hace mucho se circunscribía a ciertos límites geográficos limeños y que un par de artículos de otro Enrique, Vila-Matas, han contribuido a ampliar.

Me estoy refiriendo a Enrique Prochazka (Lima, 1960).

La novela es un librito de 125 páginas que un amigo mío, a quien se la encargué en su reciente visita a nuestra ciudad común, no la compró en su momento, porque los 15 euros del precio en Lima, comparables a unos 60 euros (90 dólares) en Europa, le parecieron exagerados.

Así es que me hizo el gran favor de hacerme llegar el libro por otros medios y otros cauces.

Puedo decir que ha llegado a mis manos –préstamo temporal-, como en el billar serio, que tanto aprecio: a tres y hasta a cuatro bandas. Con efecto y fantasía.

Recibí Casa como quien toma en sus manos el gran Grial y con el encargo de devolverlo en dos semanas para que retorne al hogar de su dueño limeño, en Lima.

Fui leyendo las primeras páginas mientras conducía por la avenida Aachener de vuelta a casa del centro de Colonia, después de haber recogido el libro; aprovechando las paradas que los semáforos y el recargado tránsito de esa hora de la tarde colonesa imponían.

Las tres o cuatro primeras líneas son desconcertantes.

Transcribo el inicio:

Alguien (mucho más que él) se golpeó la cabeza contra el grueso pie de la lámpara al caer.

Nada. (Eso estuvo muy bien.)

Nada.

Quince años atrás, había estado recobrando el conocimiento. Ahora sonreía al recordarlo: siempre es muy gracioso no saber dónde estás, qué fecha es […]; pero debió haberle dolido mucho entonces, y sangre quince años mayor que él brotaba de una herida enorme en su cuero cabelludo.

Hay que prestar atención: ‘sangre quince años mayor que él‘.

(Tal vez fue esta expresión la que me impidió dejar reposar el libro hasta llegar a casa.)

Por otra parte, el doble uso de los paréntesis en tan corto trayecto textual constituye una clara y abierta provocación.

No cualquiera -en primer lugar- sabe usar los paréntesis. Ni menos, se atreve, usándolos para inaugurar una novela o un libro cualquiera.

En especial, me llamó la atención el segundo, cuyo contenido es completamente inesperado y misterioso. ¿Quién habla? ¿El narrador? ¿Se permite emitir él desde el comienzo juicios de valor?

En la frase ‘Alguien (mucho más que él) se golpeó la cabeza’, está condensado parte del universo de este escritor cuya literatura apenas conozco, pero que –hasta ahora- me mantiene fascinado.

Alguien (mucho más que él) es una frase sencillamente genial. Tiene de misterio, de poesía y de literatura fantástica.

Me quedé un tanto confundido, mientras avanzaba a retazos por la vía pública. (Mantenerte confundido parcial o temporalmente, puede ser parte de las buenas artes de un buen escritor.)

¿Qué es eso de ‘(Eso estuvo muy bien.)’?

¿A quién le habla, a quién o qué se refiere el narrador? ¿Por qué se permite emitir un juicio valorativo?

Es interesante notar –para todo aquél interesado en el quehacer narrativo- cómo Prochazka crea una atmósfera y una tensión en apenas dos páginas, que impiden al lector despegarse del libro.

Y esto a pesar de semáforos y frenadas. De ruido y tensión callejera, en mi caso.

En el inicio nos encontramos a un tipo que tras golpearse la cabeza contra una lámpara, se da cuenta de que ha perdido la memoria inmediata, pero, en cambio, ha recuperado la que había perdido quince años atrás.

El pavor y la sorpresa de despertar en un cuerpo tres lustros más viejo (“considerablemente más blando, más transitado por la gravedad”, son las excelentes palabras del narrador), de un hombre que desconoce quién ha sido en ese lapso y empieza a descubrir que tiene una casa, un mayordomo, un muchacho en el que ahora reconoce a su hijo de tres años que había tenido con su esposa, y una hija procreada, nacida y crecida en su segunda personalidad.

¿Quién ha sido en esos últimos 15 años, quién es ese Alguien?

¿Dónde está su esposa?

Cuando ‘despierta’ lo primero que hace es correr a verificarse frente al espejo.

Si hasta aquí estamos en un relato que bien podría haberse quedado y bastado con esas premisas, regodeándose su narrador en todas sus implicancias y juegos posibles (la de la persona que sufre un ataque de amnesia y se lanza a saber quién ha sido en esos últimos años), esa lectura fácil queda interrumpida con el siguiente golpe:

No dejó de caerse simpático, sin embargo; después de todo, seguía siendo él, y al parecer había conseguido hacerse de una casa en la que había un mayordomo. Que sin duda sería el asesino.

El lector suspicaz puede preguntarse ahora, ¿por qué siendo que no puede recordar nada de su personalidad de los últimos 15 años, en cambio, sí sabe algo de un asesinato ocurrido en ese lapso? Además, ¿por qué sospecha concretamente de su mayordomo?

(El mayordomo, como tal, tendría que ser posterior a la construcción de la casa que no conocía al perder la memoria y su ‘primera’ personalidad. Me imagino que son pocas las personas en el mundo que primero contratatan a un mayordomo y luego compran o construyen una casa.)

Poco a poco el relato va descascarando, así, el misterio de su segunda, extrema y díscola personalidad, maravillando al lector en cada paso dado, al descubrir al actual inquilino de Alguien, Hal Durbeyfield, un exitoso y famoso arquitecto que vive alejado del mundo y manteniendo a la prensa en vilo con ese apartamiento.

No voy a contar ni aclarar más, porque sería injusto convertirse en un aguafiestas de cualquier posible lectura.

Si todo buen libro es –por lo menos- varios buenos libros, dependiendo de la actitud mental de cada uno de sus lectores, Casa consigue que en nuestra mente se abran las puertas a varias otras -mentes/casas- más.

Casa es un juego inteligente con el tiempo y (el misterio de) las identidades.

Es un libro que he leído con el freno de mano puesto. Haciendo el inhumano esfuerzo de alargar la lectura –de apenas 125 páginas- a lo largo de días, para evitar que se terminara tan pronto.

Pero es, también –bien visto y dudando que se lo haya propuesto su autor así-, un ejercicio de humildad.

Porque, ¿qué somos sino desmemoriados que creemos recuperar cada mañana la completitud de nuestro ser pensante, la identidad perdida antes del sueño, mientras vamos perdiendo el (ser) físico inexorablemente y asombrándonos además de ello?

¿Acaso no nos despertamos cada día con sangre una noche mayor que nosotros?

Un ejercicio de humildad no manifestado solamente en el título de esta Mansión Prochazkiana y que tal vez sea lo último que muchos podrían esperar de un escritor tan críptico y gran mago de su propio mundo pensante.

HjorgeV 17-05-2008

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