WOODY ALLEN: MIDNIGHT IN BARCELONA

VICKY WOODY CRISTINA MANHATTAN ALLEN NIZA BARCELONA

Dicen que cuando Woody Allen aterrizó en Niza, exclamó:

-Llegué hace una hora y estoy entusiasmado: ¡Llueve!

También se dice que el mismo cineasta, que ha escrito y dirigido su primera producción bilingüe, habría desechado un título clásico como Midnight in Barcelona por el más guiri actual: Vicky Cristina Barcelona.

Si no supiéramos que se trata de una obra de uno de los cineastas –vivos- primordiales del Séptimo Arte, podríamos calificar al título de estúpido o descerebrado.

De esos que sólo se le pueden ocurrir a un turista para atraer a más turistas.

(Aquí en Colonia tenemos varios ejemplos brillantes:

Hay un bar que se llama Johnny Turista –de dueños alemanes y Johnny es el nombre de su loro.

Otro que se llama Chilli -así con doble ele, son iraníes-.

Y uno muy bien ubicado en el centro urbano con el enigmático nombre de Papacitas, de dueños turcos, si no me equivoco.)

Vicky Cristina Barcelona bien podría ser el nombre de un bar o de una tienda de modas.

O el de una ruta de ómnibus.

Pero, no; es una película de Allen y el título es, incluso, suyo.

Como muchos, sin ser aficionado cinéfilo acérrimo ni feroz, estoy ansioso por conocer, ver, palpar emocionalmente, tocar con los ojos y con el entendimiento la última película de Allen Stewart Konigsberg (apellido alemán, sin la diéresis correspondiente sobre la o), el –ya- inmortal Woody Allen.

De lluvias, por lo menos cinematográficas, él sabe.

Como soy de los que se siguen quedando con su obra maestra en blanco y negro (qué lujo para una obra de arte moderna: gran homenaje a la Gran Manzana, Manhattan, y a la música de Gershwin), aún guardo en la memoria la escena en la que el pelirrojo personaje y Diane Keaton corren a refugiarse al planetario del Parque Central neoyorquino.

Tal como en la vida diaria (la pública, la que se juega en las calles, en los contactos con otra gente y la naturaleza), en nuestra vida privada (la personal, la íntima, la que se juega entre el esternón, la espalda, las plantas de nuestros pies y nuestro cabello) también puede llover.

Lo curioso es que muchas veces no reparamos si llovía o hacía un magnífico buen tiempo cuando alguien nos partió el corazón al punto de tener que llevarlo escayolado (con yeso se decía en mi país, en mi chiquititud, Tulio Loza dixit) o sujeto por un pañuelo atado al cuello por un buen tiempo.

Como si ciertas reglas rotas de los sentimientos hicieran perder a nuestros sentidos su capacidad para percibir su entorno físico inmediato.

El verdaderamente enamorado o el realmente dolorido olvida si su historia está transcurriendo en verano, invierno, si llueve o torra el sol. Por lo menos, no lo percibe como los demás en ese momento.

O, por el contrario, muchas veces podemos recordar cierto hecho trágico o especialmente feliz en nuestras vidas por la casi automática correlación con cierto detalle climatológico particular del momento o situación vividos y que se ha quedado claramente grabado en nuestra memoria, pasando a convertirse en parte de nuestra simbología biográfica.

A una de las mujeres de este país con la que estuve a punto de unir mi vida y que llegó a quedarse embarazada (voy a suponer que de mí) durante nuestra relación de pareja, la recuerdo por un fuerte chaparrón y porque tal vez me dejó por otra mujer, como le sucede al Woody Allen actor en una de sus películas. (¿Cuál era?)

Llovía a cántaros ese día que me animé a visitarla por primera vez atendiendo a su invitación hecha en la discoteca subterránea que poco después se convertiría en el Petit Prince, la pequeña catedral de la salsa y los bailes latinos de esta ciudad.

Era domingo y otoño. Y recuerdo que salí a las calles de esta ciudad, después de haber reunido valor suficiente para atreverme a visitar a la muchacha de marras, estudiante de Cinematografía, para más señas.

Como copiaba mis costumbres limeñas en Alemania, andaba sin paraguas.

¡Qué me podía importar la lluvia si mi corazón latía de ansiedad!

Me había dado su dirección en un papelito, sin apenas conocerla, acompañándolo con un beso bien dado en ese límite entre la mejilla y el centro de la boca que no deja espacio para muchas dudas.

-Pásate uno de estos días por casa –me había dicho, entre el barullo de la gente, la obnubilación del alcohol y el retumbar de la música en la discoteca que había alquilado para celebrar su cumpleaños.

A pesar de llevar recibiendo un par de buenos golpes en ese sentido, porque ya me había sucedido más de una vez y me había ganado un par de plantones por creer a pies juntillas en ese tipo de invitaciones, me lancé a las calles mojadas, a la ducha urbana de ese día.

Pero no encontré mi planetario.

No sé cómo manejará Allen ahora sus imágenes, porque me he perdido gran parte de su cinematografía última.

Pero me gusta el cineasta Allen no solo por su (primer y segundo) cine, sino porque, como escritor, es de los que han comprendido que en el mundo de las ventajas, una vez que éstas se han alcanzado, uno recién se da cuenta que de qué tan poco sirven.

(Es la gran paradoja del éxito, de la extremada riqueza y de las grandes empresas.)

Como escritor, sabe que la mezquindad es una moneda fea, por más quilates que pueda acreditar en su corazón de metal.

Como escritor se expresa con la claridad del que tiene algo que decir y sabe para qué sirven las palabras, allí donde muchos piensan que están hechas para hacerse un complicado y sólo semitransparente traje de oropeles colmado de brillo falso. (El brillo, en estos casos, siempre es falso.)

Pero volvamos a lo visual, para terminar.

He entendido que la película es un compendio de estereotipos en la que no faltan la pareja de españoles en la que ella es celosa a morir (a matar, más bien), ni las dos turistas gringas –Vicky y Cristina- buscando remover y que les remuevan el cuerpo y los sentidos en la Europa mediterránea.

Bardem y Cruz personifican a esa pareja estereotípicamente extrema de la que en la misma España los españoles se avergonzarían (¿o me estoy equivocando?).

Empero, si es Woody el que propone que ella amenace con un cuchillo a su pareja, esa barrabasada cavernaria pasa a tener repentinamente glamour.

(Cómo serán el influjo y la sombra del gran Allen, que hasta el mismo Carlos Boyero, el por lo común mordaz y zahiriente crítico cinematográfico de El País, sólo le muestra las uñas recortadas al músico y cineasta de padres judíos en su correspondiente artículo. Para que no quede duda del homenaje, lo titula Woody Allen llena Barcelona de inteligencia. No lo dudo, me refiero al título; pero, ¿y qué hacemos con el cuchillo?)

Woody Allen lo dice, pero yo estoy seguro de que los españoles siguen sin enterarse: España es Europa.

Lo es, incluso, antes que Inglaterra; la cual, opina él, no lo es.

Con la muchacha que rompió nuestra relación anunciándome que interrumpiría su embarazo y que se iría vivir con otra mujer, estaba cometiendo ese domingo de fuerte lluvia un pecado venial sin saberlo.

Pues a los alemanes no los puedes visitar (no puedes caerles) así nomás.

Tienes que sacar cita. Llamar por teléfono. La otra persona tiene que consultar su agenda. Tienes que pasar primero por los terrenos de la burocracia cívica y social.

Si algo sigo añorando de mi Lima, la del Cielo Color Panza de Burro ®, es precisamente lo contrario: la posibilidad de salir a cualquier hora de la tarde o del atardecer (conforme dejábamos la niñez se volvía del anochecer) a tocar timbre.

(Es lo que hacen ahora los vecinitos, los amiguitos de nuestros pequeños hijos, quienes no muestran ningún empacho al tocar el timbre varias veces seguidas y preguntar si los nuestros pueden salir a jugar. ¿A partir de qué edad se empieza a podrir esa espontaneidad en las relaciones amistosas para burocratizarse al infinito? ¿Serán las nuevas tecnologías las que revivan esa costumbre de tocar timbre sin aviso, aunque ya no sea a las puertas?)

¿Y qué decir de esa otra costumbre tan limeña de citarse junto a un árbol, un semáforo o en una anodina o concurrida esquina?

Una vez se lo propuse a otra muchacha, una hamburguesa (una muchacha de Hamburgo, no la comida cartón), con la que me llegué a casar juvenilmente y que volvió de unas de sus vacaciones (¡precisamente de Barcelona!) embarazada.

No de mí, se entiende.

Harto de tener que escoger un lugar adecuado para encontrarnos sin que se me ocurriera ninguno apto para alemanas, un día le propuse simplemente uno de los semáforos de la ciudad.

-¿Y si llueve? –me preguntó.

Ahí tendría que haberme dado cuenta de que ella no había visto Manhattan de Woody Allen.

HjorgeV 20-05-2008

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