“LO SUYO NO ES REALISMO MÁGICO”

Tiene que haber sido allá a finales de los 80, aquí en Colonia.

Un amigo escritor me había pasado la voz para que me presentara a un programa estatal de apoyo a escritores jóvenes.

-Seré joven, pero no alemán –le había replicado a mi amigo, tratando de zafarme de su propuesta.

-Inténtalo de todas maneras–me había aconsejado él-. Dicen que también aceptan a extranjeros. Con suerte puedes dedicarte a escribir un buen tiempo sin preocuparte de qué vivir. Te recomiendo ir vestido de negro.

Un día me armé de valor y me acerqué a la oficina correspondiente.

La responsable era una señora seria hasta los zapatos. Una de esas profesionales de la mirada, que se creen capaces de saber quién eres y cómo piensas con solo observarte, haciéndote pasar todo el tiempo por el molino de carne de su observación y de su juicio.

Recuerdo que me tuvo un par de minutos esperando a que pusiera orden en su escritorio, antes de saludarme siquiera. Algo que le debía servir como simple pretexto para observarme, se me ocurrió.

Como me gusta la actuación, bien podía haber adoptado el aire del escritor maldito -vestido de negro y con barba de varios días-, pero me habría parecido una falta de honradez y opté finalmente por presentarme con mi aspecto y mis ropas de todos los días.

Dentro de los requisitos estaba el de mostrar un avance o un ejemplo de lo que uno estaba escribiendo.

En ese entonces lo más fresco que tenía era un manuscrito que se perdió con todos mis textos de todos esos años en una mudanza, y que trataba de la vida de un estudiante extranjero que terminaba aislándose cada vez más del mundo que lo rodeaba, a pesar de la cercanía de sus vecinos, asistiendo a la deformación física de ese mundo.

Se trataba de una historia más o menos real, con ribetes fantásticos que habían ido naciendo y creciendo a lo largo de la misma escritura, y reflejaba la vida que llevaba en la rara comuna estudiantil a la que había llegado a parar.

A esa comuna, la caracterizaba su ausencia de una cocina y de un salón común, de tal manera que los únicos contactos entre nosotros –cinco estudiantes universitarios, todos varones- se reducían a los encuentros casuales que se producían en el pasillo que llevaba a la ducha, al retrete y a la puerta de entrada.

Era una especie de hotel o posada universitaria con ducha y retrete aparte compartidos.

Recuerdo muy bien la habitación en la que apenas cabían una cama, un ropero, un sofá y un escritorio. El cuarto no era muy pequeño –como otros que conocía-, pero con los masivos muebles mencionados, apenas quedaba espacio para moverse.

-Esto no es realismo mágico –me dijo la funcionaria, después de darle un rápido vistazo a mi manuscrito en alemán.

-Qué bueno –le dije.

-No sé qué es –añadió-. Pero no puedo recomendarlo para la beca.

Recuerdo que quise preguntarle si era debido a que podía dar la impresión de que me burlaba de los alemanes con mi relato. Quise explicarle que esa no era mi intención y que también me burlaba de mí mismo, de mi incapacidad para comunicarme con mis vecinos, que la absurda y tragicómica atmósfera no era un invento.

Quise decirle también que la versión en castellano debía ser más pasable porque, como ella podía notar por mi acento, el alemán recién empezaba a ser mi segunda lengua.

Pero no hubo modo.

Me miró con cierto desprecio. Me volvió a tasar, para cerciorarse de que no estaba cometiendo ningún error y me animó a intentarlo nuevamente.

-¿Intentar qué? –le pregunté.

-A reescribir su historia.

-Tengo otras.

-Concéntrese en una.

Quise preguntarle sobre cómo podía juzgar mi relato si apenas le había echado un vistazo, pero no me atreví.

Creo que ni siquiera me atreví a hacerle la pregunta que me venía haciendo ya antes de asistir a ese encuentro vano: ¿Existían criterios definidos o todo dependía del ojo de la responsable entrevistadora? ¿Había que ser un ‘realisa mágico para entrar a ese club?

Recuerdo que el asunto me deprimió aún más en mi ambigua e indefinida situación como estudiante extranjero e inmigrante. (En esos momentos estaba por decidirme si quedarme en Alemania o no, después de uno de mis grandes desamores.)

Mi ingenuo sueño juvenil había sido ser profesor de matemáticas de una ciudad de provincias de mi país –Trujillo o Arequipa-, ganarme la vida discreta y humildemente como docente universitario y escribir más o menos secretamente poesía.

Cuando me di cuenta de que el Perú empezaba a desbarrancarse –viví de forma directa la evaporación del sueldo de mi padre, profesor de una universidad limeña- y de que cada vez me atraía más la idea de salir de mi país rumbo a Europa, donde ya había estado tres meses con una beca justamente en Alemania, abracé un nuevo sueño: estudiaría Cinematografía y trataría de especializarme en escribir guiones.

Era el mismo sueño pero en otra escenografía.

Cuando me negaron esa ayuda para escritores noveles, me volví a dar cuenta de que una cosa eran los sueños y, otra, la realidad como estudiante extranjero, en un país como el alemán, además.

En la historia que había presentado, mis compañeros de piso o comuna, se transformaban en objetos conforme nos relacionábamos más.

En vez de humanizarse debido a la profundización de nuestro trato –desvelándonos-, se deshumanizaban adquiriendo una nueva materialización.

Así, uno de ellos había pasado a convertirse en un par de zapatos aburridísimos como la cháchara que me soltaba cada vez que nos encontrábamos en el pasadizo común.

Sus ‘conversaciones’ eran en realidad unos largos monólogos que tenía que tragarme dos y hasta cuatro veces por semana y que formaban parte de su terapia como alemán: la compulsividad que tienen los habitantes de este país por hablar es algo que me sigue fascinando.

(En ese entonces me parecía sólo negativo.)

Recuerdo que me había resignado a encontrármelo en el pasillo y soportar su perorata de por lo menos media hora, al final de la cual yo ya apenas lo escuchaba y terminaba con la mirada fija en sus zapatos, de lo tanto que me cansaba su rollo verbal.

De tal manera que había empezado a ‘alucinar’ que no era él quien hablaba sino sus zapatos.

(No estaba bajo el influjo de alguna droga.)

Al empezar a considerarlo como un simple par de zapatos capaces de hablar y de llevar una vida propia, había conseguido solucionar mi tedio y soportar mi vida allí.

“Allí viene Zapatos”, pensaba yo entonces, cada vez que coincidíamos en el pasadizo y sabía que no tendría forma de escapar a su ‘charla’.

Y con Zapatos me ponía a ‘conversar’. A Zapatos me dirigía cuando tenía que decir algo y en sus zapatos reales concentraba casi todo el tiempo mi mirada.

Caricaturizándolo, había aprendido a soportarlo.

(Sigo sin saber por qué nunca me atreví a decir abiertamente lo aburrido que era. Y me pregunto si esa no fue la estrategia -temporal- que me permitió completar mi adaptación a esta mi segunda patria.)

Otro de los inquilinos del piso era Maletín y otro más Papel, por su manía de llevar su propio papel higiénico al retrete. El cuarto era Pelos, por sus recuerdos capilares dejados en la ducha.

El relato se había vuelto en ese sentido fantástico, pero no porque yo me lo hubiera propuesto así, como una alternativa o recurso técnico de la narración, sino porque, simplemente, era más o menos fiel reflejo de la confusa vida que llevaba en ese momento.

-¿Qué es lo que escribe usted? Lo suyo no es realismo mágico. Es muy burdo, muy directo –insistió, finalmente, la dura funcionaria.

-No lo sé. ¿Es importante? Quiero decir, ¿cambia algo el saberlo? -pregunté, inocentemente.

-Tal vez cuando lo sepa, pueda volver a intentarlo, jovencito –alcanzó a decirme ella, antes de señalarme la puerta y llamar al siguiente candidato.

Hoy, que esta bitácora ‘cumple’ cien mil visitas desde su creación -en enero del 2007- y que me encuentro inmerso en la elaboración de un largo relato ‘fantástico’, he vuelto a preguntarme cómo debo responder cuando alguien me pregunta qué es este ridículo Cuaderno Borrador.

Buscando una imagen para acompañar esta entrada, volví a encontrarme con los fascinantes y desconcertantes trabajos del arquitecto y pintor canadiense Rob Gonsalves, hijo de gitanos rumanos.

Y me pareció una buena forma de celebrar lo mío y el trabajo de un representante de una etnia que nunca -ahora menos en España e Italia- lo ha tenido fácil. A su trabajo lo llaman realismo mágico. (La imagen de arriba es un ejemplo de su arte.)

Tratando de responder a la cuestión anterior (sobre qué es lo que escribo aquí), me acordé de la respuesta que le di a esa funcionaria y que, agradeciéndote a ti -lector@ incógnit@- la lectura en tu visita a este sitio, sé que puedo repetir:

-No lo sé. ¿Es importante? Quiero decir, ¿cambia algo el saberlo?

HjorgeV 22-05-2008

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Un comentario sobre ““LO SUYO NO ES REALISMO MÁGICO”

  1. Excelente respuesta. Creo que nunca me o te lo pregunte, sin embargo, como te dije algun dia, yo leo (aunque a veces de malas formas) todas las entradas de este (como a mi me gusta llamarlo) Cuaderno que Cuenta. Es fascinante ver, no tanto las historias, sino la fidelidad y el compromiso individual con el oficio, cualquiera que sea.
    Saludos.

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