EN LA PERIFERIA DE COLONIA

De vez en cuando se me ocurre pasear por los lugares que tenemos por conocidos o comunes.

Tratando de mirar lo que forma parte inmediata del escenario de nuestras vidas con otros ojos. No con los de la rutina. Como si fuera posible prestarse la óptica de otra persona.

Una que tiene mucho en común con nosotros, pero, además, que goza de la potestad de volver al lugar de nuestros pasos y de nuestros movimientos como si ya no perteneciéramos a esta vida.

La oportunidad la tuve hace pocos días.

Tenía que dejar mi automóvil en el taller y regresar a casa en un medio de transporte público o a pie.

La posibilidad de hacerlo por la vía pedestre ni siquiera la consideré, debido a la distancia de unos 15 kilómetros y porque no conocía el camino adecuado o más corto. Además, porque tenía que estar de regreso a una hora determinada para poder recoger al menor de nuestros hijos de su nido o jardín de la infancia.

Lo fascinante de moverse entre estas localidades de la periferia de Colonia radica en su variedad puebleril.

Desde los puebluchos tradicionales de un puñado de habitantes dedicados a la agricultura (uno de ellos, Orr, tiene nueve habitantes registrados), pasando por los más pintorescos y los nuevos asentamientos de las nuevas clases sociales emergentes, hasta las urbanizaciones obreras que casi se codean con cierta clase media de este país.

Darse una vuelta pausada por ellos es como descubrir un país nuevo. Otra gente. Otras formas de percibir y asumir la vida.

Me gustan las mujeres y su trato, no solo porque me crié entre ellas y porque soy un admirador de la belleza femenina, con todo lo de relativo que esto pueda tener.

Me caen bien las mujeres sobre todo por su particular percepción y concepción del mundo.

Lo he vuelto a ver y notar en esta vuelta que me he dado para recorrer 15 kilómetros a través de los campos y las localidades de esta región, a una hora en la que apenas había hombres en mi camino.

Para este tipo de actividades suelo llevar un libro y un diario.

El primero por si puedo llegar a concentrarme en la lectura de mi libro de turno y el segundo por si hay que llenar los posibles espacios vacíos de un corto viaje de esta naturaleza.

No sé cómo será en la localidad en la que usted vive, lectora o lector incógnito, pero aquí en Alemania –por lo menos en este estado- la información disponible en los paraderos o paradas de autobuses, tranvías o trenes se ha vuelto poco confiable.

Lo tengo que constatar cada vez que tengo que hacer un recorrido así sin mi automóvil.

Tiene que ser una mezcla de arrogancia, incapacidad y desidia la que debe llevar a los empleados responsables de colocar la información para los posibles viajeros, de tal manera que:

1. Su lectura siempre es incómoda.

2. Hay que descifrar con mucho cuidado la información disponible y tener el tiempo suficiente para hacerlo.

3. Hay que ser del lugar y conocer mínimamente el sistema de transportes para poder entender de qué se trata.

4. Hay que tener la suerte de que los paneles se encuentren intactos y hayan sido actualizados.

Gente como yo, que, a pesar de saber leer y escribir, lo tiene dificilísimo hasta en las máquinas expendedoras de boletos de las estaciones de tren alemanas.

¿Quién las concibe?

¿Ha tenido que usarlas alguno de los que las concibieron en un momento de verdadero apuro?

Si a todo esto le sumamos el deporte de moda –destrozar por aburrimiento el mobiliario del servicio de transporte público- ya tenemos al viajero rural como yo que, llegado el caso, no sabe cómo diablos hacer para llegar a un lugar situado a sólo tres pueblos más allá.

Pero allí también está el encanto de esta actividad.

Empiezo, sencillamente, a preguntar y dejo que la gente decida mi camino.

¿Usted dice que así llego a mi destino? Sonrío y sigo el consejo.

Ya me ha pasado que he tenido que pasármelas más de dos horas en el transporte público, o perdido y caminando por un pueblo desconocido, pero para mí –si es que no tengo prisa- es una experiencia anormal, fuera de lo común. Turismo rural, vamos a decir.

Así es que después de dejar mi automóvil en el taller, me dirijo al paradero del transporte público más cercano.

No sé cómo llegar a casa. No me interesa. Sé que tengo casi medio día para hacerlo.

Me alegro de poder ver con otros ojos mi entorno más cercano. De reconocer en mis vecinos el contorno físico y humano de mi hogar alemán.

Respiro hondo, me alegro por el buen clima reinante y me preparo para mi corta odisea.

He planeado unas dos horas para este trayecto, porque sé que no existe un único camino y que es necesario hacer por lo menos dos y hasta tres conexiones.

La última vez me tomó poco más de una hora alcanzar mi destino.

Para llegar a mi pueblo, me dijeron esa vez, tenía que tomar tal y tal línea de autobús. Tenía que llegar a la iglesia de un pueblo llamado Sinnesdorf, de allí dirigirme a otro de nombre Pulheim y finalmente allí tomar el ómnibus que me debía dejar a unos 500 metros de mi casa.

¿Qué me depararía esta vez la suerte?

La primera persona a la que le pregunto debe ser una norafricana, por su aspecto y por el pañuelo que lleva en la cabeza. Espera en la caseta del paradero balanceando el cochecito de su bebé.

También podría ser una turca, por lo del pañuelo, pero cuando le pregunto por cómo llegar a mi pueblo y me responde con cierto entusiasmo en su alemán quebrado, que ella también está un poco perdida, comprendo que no puede serlo.

Las mujeres turcas que llevan pañuelos no suelen ser tan abiertas ni tan comunicativas.

(La única excepción que he visto en estos numerosos años que llevo en Alemania, la viví el domingo pasado, en una ‘discoteca’ de salsa. La muchachita turca de pañuelo y vestido cubriendo sus pantalones ceñidos que nos había flanqueado en un par de semáforos en nuestro camino hacia ese lugar, resultó siendo una experta bailarina salsera, una bailadora.)

Por inercia, y solo por inercia, echo un vistazo al panel de información.

Aparecen dos hojas correspondientes a dos líneas de autobuses: la 961 y la 928.

Leo todos los nombres que aparecen en su lista de recorridos y ninguno me parece conocido.

Intento con el mapa del servicio público de Colonia que aparece al lado de las dos hojas y vuelvo a constatar que el o los responsables se lo han hecho más fácil aún que la última vez, porque ahora figura el mapa completo de toda la ciudad y sus alrededores.

Estoy parado frente a una maraña indescifrables de líneas de todos los colores.

De todas maneras, lo intento.

La zona correspondiente está arriba, a la izquierda, adonde apenas llega mi vista y compruebo que ésta, además, es entorpecida por un pequeño grafito, de esos imposibles de descifrar, salvo que pertenezcas a una de las bandas especializadas en ese tipo de inscripciones clandestinas.

Me ordeno relajarme.

Abro mi libro, tomo asiento y dos o tres minutos después, se detiene un ómnibus delante de nosotros.

Me acerco al chofer y, con mi mejor alemán y mis mejores modales, le pregunto cómo llegar a mi pueblo.

Una mujer se encuentra parada junto a él. Una conocida, seguramente, quien, obviamente, le está haciendo conversación mientras conduce. Algo que va claramente contra las reglas y que hace recordar que estamos en la periferia de la gran ciudad. Aquí las reglas suelen tener otro valor.

El tipo se luce explicándome la conexión y me invita a subir.

Después de adquirir el correspondiente boleto me vuelve a explicar la ruta, para cambiar de opinión un par de minutos después y decirme que simplemente tome asiento, que él me avisará cuándo tenga que bajar y me dirá qué tengo que hacer entonces.

Las localidades que vamos atravesando tienen el aspecto de las primeras que vi al llegar a este país.

Idilio semirrural, campos de pastoreo, animales que pacen, vegetación que cubre todo el resto, como si de una gran selva baja moteada de grupos de árboles o pequeños bosques se tratara.

Si alguna vez los alemanes tuvieran que administrar una autarquía agrícola, no faltarían terrenos para cultivar, me digo.

Tal como se está desarrollando el precio del petróleo y de los combustibles derivados de él, y teniendo en cuenta que ahora ya está claro que los gobiernos poco pueden hacer para controlar la especulación asesina (¿cuántos niños más mueren de hambre o familias enteras empobrecen por esta nueva ola especulativa capitalista?), un escenario en el que la gente tuviera que vivir del trabajo de sus manos empieza a dejar ciencia ficción pura.

Absorto en mis pensamientos, entregado a posibles escenarios futuristas nada halagadores para el Occidente que sigue pensando en cómo llegar a otros planetas, mientras apenas puede con éste, la voz del conductor me despierta.

-Baje aquí. Saliendo a la derecha tome el tranvía y avance dos estaciones.

-¿En qué dirección? –le pregunto.

Continúa mañana…

HjorgeV, 28-05-08

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