EN LA PERIFERIA DE COLONIA (Continuac.)

BRYCE PINOCHIQUE

-¿En qué dirección? -le pregunto.

-Hay una sola –me responde el conductor-. Después de avanzar dos estaciones, baje y pregunte por la línea de autobús que lo debe llevar a Pulheim. No estoy seguro del número.

Al descender del ómnibus, después de agradecerle su cordialidad, una rubia platino de curvas inciertas pero llamativas cruza mi camino. Después de ver solo mujeres mayores, jubilados y un par de escolares, me llama la atención, pero no precisamente por su supuesto atractivo.

Es una figura que no encaja con el resto. Tal como no debe encajar la mía: la de un latinoamericano que trata de llegar sin prisa a su destino.

A los dos o tres segundos, un tipo de paso simiesco y aspecto neandertaliano se aparece detrás de ella, controlando a todos los –pocos- hombres que se la han quedado mirando.

Sin querer, me he incluido en ese conjunto y no puedo evitar sentir su mirada cobradora, su gesto viscoso exigiendo tributo por su propiedad privada.

Por romperle los esquemas, me siento tentado de preguntarle por la ruta que debo seguir, pero abandono la idea, porque supongo que no debe hablar bien el alemán por su aspecto y su forma de portarse.

Por romper otros esquemas, me acerco a un pequeño grupo de jóvenes con estética neonazi, pero lo suficientemente discreta como para pasar bastante desapercibida, y les pregunto con esmerada educación por el camino.

Sé que me van a responder sin tener tiempo para reaccionar.

Sé que los buenos modales funcionan tan bien como los malos en las correspondientes circunstancias. Luego se avergonzarán de haberme dado una información que normalmente me negarían –me imagino- por mi condición de extranjero no anglosajón, pero entonces será muy tarde.

Después de haber seguido las instrucciones de uno de ellos, echo una mirada por el rabillo del ojo y veo que los demás se están burlando de él con gestos y toqueteos.

Valió la pena, me digo. Nunca está demás hacer algo por la comprensión entre los pueblos. Aún con sus subgrupos de energúmenos.

Al subir al autobús, observo que el chofer –un turco, por su aspecto- está exigiendo de pie la presentación del boleto o carné correspondiente. Saco el mío y lo mantengo en el aire con dos dedos. El muchacho que va delante en la fila dice algo ininteligible y se pasa de largo, ignorando el control.

El chofer alza la voz para hacerse entender, pero el muchacho, un escolar de unos catorce o quince años, argumenta tranquilamente que tiene su boleto en la mochila. Demasiado tranquilamente, para mi gusto.

-No he preguntado dónde lo tienes –replica el chofer, irritado-. Te exijo que lo muestres.

Todos los demás pasajeros nos quedamos observando el insólito espectáculo.

-Nunca tengo que presentarlo –responde el muchacho y sigue su camino hacia el fondo del vehículo.

La gente continúa entrando, nos repartimos en los asientos, todos libres porque se trata de la estación final. Observamos que el conductor toma asiento y se prepara para partir. Antes de hacerlo, se dirige al muchacho:

-Si no presentas tu boleto, me veré obligado a llamar a la policía.

Se trata de una escena insólita. Un joven alemán negándose a cumplir su obligación ante un conciudadano suyo que es obviamente turco o tal vez árabe. ¿Qué pensará el resto de los pasajeros?, me pregunto, todos alemanes, salvo una mujer de aspecto tailandés que viaja con el que debe ser su esposo, y yo.

Una anciana anuncia en voz alta que el chofer está en todo su derecho de exigir la presentación del boleto.

Como el muchacho no reacciona, el hombre se levanta y se dirige a la parte trasera del ómnibus. Cuando está más o menos a mi altura, vuelve a hacerle recordar al muchacho que no partirá mientras no muestre su boleto y que si éste no quiere abandonar el vehículo, piensa llamar a la policía.

-Usted no tiene derecho a controlar los boletos -dice el muchacho.

Sin saber bien por qué, giro sobre mi asiento y me dirijo al muchacho con una tranquilidad que a mí mismo me sorprende.

-No sé a qué hora llegaré a mi destino. Pero si llego tarde mi hijo no va a tener quién lo recoja de su kindergarten -le digo-. Y eso no le va a gustar a nadie.

Sorprendiéndonos a todos, el joven se levanta, murmulla algo ininteligible y se dirige hacia adelante.

-Siempre llevo mi boleto -empieza a decir en voz alta, rebuscando monedas en uno de sus bolsillos-. Ahora no lo encuentro.

El chofer turco o árabe pulsa los botones correspondientes, le da el boleto, recibe el dinero del muchacho y luego enciende el motor.

El escolar regresa a su lugar, todos evitan mirarlo.

¿Sentirá vergüenza? ¿Se burlarán sus compañeros de él? Aguzo mis oídos para tratar de discernirlo a partir de sus voces.

Tratando de volver a concentrarme en mi libro, no consigo notar ningún cambio notable en el tono de las voces del grupo de muchachos que acompañan al joven mentiroso.

¿Creerá que ha estado a punto de pasar por héroe?

Trato de hacer memoria y recuerdo momentos de mi adolescencia. Lo primero que se me ocurre pensar es que a un tipo así yo -personalmente- no le podría volver a creer nada nunca más. Sin querer, me pongo a pensar en el caso de mi compatriota Alfredo Bryce Echenique.

A Patricia Kolesnicov, periodista del diario Clarín de Argentina, le llegó a decir:

“Lo niego completamente, lo he considerado un complot. Lo negaré cuantas veces sea necesario”.

En la misma entrevista añadió:

“Los hechos los niego rotundamente. Es algo montado por un periodista muy poco ético y que profesa un odio contra mí que viene de años, Augusto Álvarez Rodrich, el director de Perú.21”.

Luego, al ser preguntado por una explicación a tantos plagios comprobados, Bryce agrega:

“Yo creo que alguien ha mandado un montón de artículos (con mi nombre), a lo largo del tiempo, un tiempo que no sé cuánto es”.

En otra oportunidad, se expresa de la siguiente manera:

“Creo tener un estilo literario lo suficientemente propio como para que cualquier lector atento aprecie si hubo o no plagio textual, como irresponsablemente se ha afirmado. He publicado 24 libros (.) prueba más que suficiente de que puedo escribir por mí mismo”.

El principal problema del mentiroso es que no puede haber un punto de inflexión en su discurso.

Si él mismo lo quiere crear, los demás no pueden creerle ya nada. Si los demás se deciden a creerle en un determinado momento, el mentiroso incurre en su compulsividad y vuelve a mentir.

El segundo principal problema del mentiroso es que, por perder toda credibilidad, pasa a una especie de existencia fantasmagórica, irreal.

Si de allí no sale, los demás se lo pueden agradecer.

Pero, ¿qué lleva a alguien a mentir tan descarada y absurdamente como en los dos casos mencionados? ¿No se tratará de algo patológico, incontenible?

¿Por qué nadie ha recomendado a Bryce visitar a un psicólogo para empezar un tratamiento?

¿No se podía dar cuenta el muchacho de que con su bufonada, tal vez podría haber ganado cierto ‘respeto’ entre sus compañeros, pero al precio altísimo de destaparse como una persona sin escrúpulos?

¿Qué se puede aprender, en cambio, del caso de Bryce?

HjorgeV, 29-05-08

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