RUMORES DE CARNAVAL (relato)

Cuando a Robert le llegaron los rumores de que su mujer lo engañaba, consideró que ya era demasiado tarde. Era una persona lo suficientemente honesta y realista como para saber que hay cosas que no requieren de una repetición para encontrarles los defectos fundamentales. Pero esa argumentación no era algo que pudiera llevarlo a la tranquilidad. Al contrario.

Hace poco quedamos en ir juntos a un torneo de fútbol de nuestro equipo de mayores de treinta y dos años. Él tiene la edad justa para nuestra categoría, es decir, nos separan diez años de edad, pero nos entendemos bastante bien. Tal vez porque sabe valorar mi supuesta experiencia y a mí me parece gracioso que alguien considere que tengo alguna. El día convenido pasó por casa y nos fuimos en su flamante Audi azul, el nuevo automóvil que la empresa le ha puesto a su disposición por los excelentes resultados de los últimos años. La ruta a recorrer nos tomaría unos tres cuartos de hora de viaje y eso significaba que tendríamos tiempo para charlar un poco. En el momento menos pensado, justo cuando mi vista había empezado a solazarse con el paisaje rural de la región, con sus carreteras sinuosas y pequeños bosques intercalados entre los campos de cultivo, me lanzó la pregunta inequívoca.

-¿Por qué no me lo dijiste antes, Jorschen?

Guardé silencio. La pregunta me golpeó más de lo esperado, tal vez por la gran carga que tenía de reproche.

De alguna forma, Robert me consideraba su amigo. Curioso, porque los dos sabíamos bien que no podía ser así. Éramos lo que se llama buenos conocidos, dos compañeros del mismo equipo que a veces se detienen a hablar superficialmente de sus problemas y dificultades personales. Un par de invitaciones recíprocas a lo largo del par de años que llevábamos viviendo en el mismo pueblucho, era todo lo que podíamos mostrar como pruebas de lo bien que nos entendíamos. Pero nada más. Como detesto conducir y somos vecinos, teníamos por costumbre que él pasara a recogerme en casos así. Su situación personal era, entonces, la que debía empujarlo a considerarme un amigo y atreverse a hacerme un reproche, allí donde no había más que una simple ramita flotante en la fuerte corriente en la que él se movía.

-¿Es verdad que me engaña? –insistió, sin que yo ni él nos hubiéramos detenido a aclarar la trama que había soltado con su pregunta anterior.

Porque con ella él estaba suponiendo dos cosas: que había algo que yo le tendría que haber dicho o por lo menos advertido y que era mi obligación haberlo hecho. Por lo menos de lo primero dudaba yo esencialmente: de ese ‘algo’ no tenía más constancia que los usuales chismes de cualquier pueblo pequeño. Pueblo chico, infierno grande, reza uno de los dichos del país del que provengo, pero no me animé a traducírselo.

Siempre pensamos que las cosas llegan en un buen o en un mal momento, me puse a divagar mentalmente, sin atreverme a romper mi silencio y aprovechando la concentración que él necesitaba para enfrentar las continuas curvas del camino. Cuando las cosas llegan en un mal momento, seguí pensando, la situación suele reconocerse clara e inmediatamente: ¿Por qué justo ahora tenía que torcérseme el pie o tenía que sucederme este tonto accidente automovilístico? O, bien: ¿Por qué no me ocurrió esto ayer (que sí estaba preparado)?

Hay gente a la que se le muere intempestivamente un ser querido o cercano días antes de su boda y no pueden evitar maldecir lo inconveniente del trágico suceso. Y se pregunta: ¿Cómo diablos se le ocurrió morirse a tal familiar justo ahora que me voy a casar? Y no se hace la pregunta contraria: ¿Cómo carajo se me ocurrió casarme en este momento tan triste?

El caso de Robert me hacía recordar todo esto, porque la infidelidad o supuesta infidelidad de su esposa venía a sucederle en un momento crucial de su vida. Si se confirmaba, se le vendrían abajo los frutos y los progresos de varios años, echando a perder prácticamente todo lo alcanzado en su profesión. La linda casa que se habían construido perdería su sentido de ser como vivienda familiar, por ejemplo. Y él era de los que no se les pasaba por la cabeza preguntarse si ese éxito no había sido también el responsable parcial de su fracaso matrimonial.

-¿Qué te duele más? –me animé a preguntarle, mientras seguíamos recorriendo el entramado de carreteras rurales del lugar al que nos dirigíamos-. ¿No haberte enterado por ti mismo o no haberlo tenido en tus cálculos?

-Tener que pasar por esta mierda –fue su respuesta-. No poder caminar más tranquilo por las calles de nuestro pueblo sin pensar que alguien me está mirando con compasión o vergüenza ajena. Pudiste habérmelo advertido por lo menos.

Volví a callar. Esperé que me sacara a relucir el sermón de los grandes amigos que éramos, pero me hizo el favor de obviármelo. Quise intentar decirle que nunca lo había visto caminando por las calles del pueblo, que siempre había llamado la atención por los autómoviles último modelo que manejaba. Pero me pareció que sería una broma de muy mal gusto.

-Pudiste haberme ahorrado toda esta mierda –insistió él, ya con verdadera amargura en la voz-, pero no lo hiciste.

-Tú firmaste el contrato –le dije, finalmente-. No yo. Además, no sé más de lo que dicen los chismes de costumbre. Hoy hablan de ti, mañana tal vez de mí.

-¿Es tu forma de lavarte ahora las manos, no? –me preguntó, sin tomarse la molestia de esconder el sarcasmo triste en sus palabras.

-No soy yo quien las tiene sucias –le respondí, arrepintiéndome al instante, porque podía haberme entendido que me refería a su esposa-. No quería pasar por chismoso. Pasar por el que corre a difundir las últimas novedades apenas las escucha, sin hacer ningún tipo de comprobaciones. Y sin preocuparse del posible daño que puede estar haciendo difundiendo simple rumores. Además, no me consta que tu esposa verdaderamente te engañe.

-Dicen que los han visto besándose en el carnaval.

-Esa es una de las razones de existir de ese evento en esta región de Alemania –le dije, por decir algo y tratando de arrancarle una carcajada, pero arrepintiéndome al instante por no haberlo conseguido.

El ambiente empezaba a asfixiarme. Su Audi reluciente y con olor a nuevo empezaba a parecerme una prisión de alta seguridad. Pronto llegaríamos, jugaríamos nuestros partidos, llegaría la noche y entonces tal vez él cambiaría de tema. Con suerte, yo podía encontrar a alguien que me pudiera traer de vuelta a casa. En el peor de los casos, le diría que pensaba regresar en tren, que detesto los reproches. Sobre todo, los injustificados. ¿Por qué diablos detestaba manejar?, me pregunté, bien podría haberme tomado la molestia de hacerlo; como si esa fuera la razón o fuente de toda mi infelicidad.

-Mierda –insistió él, golpeando con el canto de su mano derecha fuertemente el volante repetidamente-. Mil veces mierda.

-Mejor ahora que después.

-Pienso en mi hijo. Lo que podríamos haberle ahorrado. Tú tienes una hija y vives separado de tu esposa. Sabes de lo que estoy hablando.

Volví a callar. No tenía argumentos. Estadísticamente, un tercio de los matrimonios alemanes terminan disolviéndose. ¿Qué había de raro en su caso? Si acaso existían recetas o tratamientos profilácticos, tampoco los conocía. Personalmente, opinaba que la misma magia que hacía que dos personas llegaran a creer que había llegado el momento de juntar sus vidas para siempre, era la misma magia que actuaba –pero con otro signo- en la separación. Lo malo era el juramento quebrado. La mentira, la farsa en la que ya, por lo menos estadísticamente, toda pareja sabe que está incurriendo al darse mutuamente el sí.

-Sobrevivirá –le dije.

-¿Él? ¿O te refieres a mi hijo? –preguntó él.

Reí, por su ocurrencia.

-¿Cómo crees que me podría estar refiriendo a él? –le pregunté, verdaderamente intrigado, contento de haber conseguido sin querer que se relajara un poco el ambiente.

-No sé –me dijo Robert, con una amarga sonrisa-. Por un momento pensé que todo esto es lo que le estará ocurriendo a él, a su amante, pero de aquí a un par de años.

Quedaba muy poco para llegar a nuestro destino. Respiré hondo. Volví a guardar silencio.

….

HjorgeV, sábado 07-06-08

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s