CHANDLER, PULPA, CARRETERA, ESPAÑA EN LA FINAL

Acabo de regresar de un pequeño viaje por el norte de este país.

Olvidé el cepillo de dientes (mi anfitrión me proporcionó uno nuevo enseguida) y un par de cosas esenciales más, pero no el tomo con cinco relatos de Chandler que me guiñaba el ojo desde antes de partir.

El partido contra Rusia me lo perdí, sentado en el automóvil que nos traía de Hamburgo a Colonia.

Sin embargo, sucedió lo increíble para mí, porque, sin haberlo pedido, el que conducía y las otras dos muchachas alemanas que viajaban, decidieron seguir las incidencias del partido de España contra Rusia por radio.

Así, ahora, aparte de saber que el equipo español ha vuelto a llegar a una final europea, también sé por qué Raymond Chandler se negó a publicar ciertos relatos en los que se había basado para escribir sus grandes novelas.

Él usaba la palabra ‘canibalizar’ para referirse a este ejercicio, que también tiene mucho de un propio arte en sí.

Tomar ciertos personajes, caracteres, argumentos, escenas, detalles y escenarios de diferentes relatos y cuentos, y alterarlos y amalgamarlos de tal forma que surja una nueva obra con ellos, no es algo que cualquier pueda hacer.

Me estoy refiriendo al volumen que leí durante el viaje, titulado Asesino en la lluvia (Bruguera, traducción y adaptación deficientes) y que contiene los siguientes cinco relatos:

1. Asesino en la lluvia (Black Mask, enero de 1935)

2. El hombre que amaba a los perros (Black Mask, marzo de 1936)

3. El telón (Black Mask, setiembre de 1936)

4. ¡Busquen a la muchacha! (Black Mask, enero de 1937)

5. El jade del mandarín (Dime Detective Magazine, noviembre de 1937)

Aunque me cueste hacerlo, debo decir que estos relatos pueden llegar a ser bastante decepcionantes, por más que hayan sido escritos por Chandler, un autor al que venero.

Esas escenas en las que los personajes y el argumento van apareciendo y se van desarrollando como en las películas de serie B, a mí, personalmente, me cansan, porque son una forma de ‘insulto’ al lector atento.

Eso de que el detective toque la puerta y justo en ese momento suenen dos balazos, que, a pesar de todo, ingrese al lugar del crimen intempestivamente, que se le escape la persona que perseguía y luego la policía lo pesque en una situación que difícilmente podrá explicar, puede suceder, claro, por qué no.

Pero, cuando se vuelve costumbre, y lo casual se hace ley común y rígida, hay que tener muy buenos nervios para seguir leyendo.

El genio de Raymond Chandler (Chicago, 1888-California, 1959) consiste en que, a pesar de todo, quieras seguir haciéndolo. (Y el de Dashiell Hammett también.)

En la narrativa hay poco peor que lo previsible.

Cuando el lector atento se empieza a adelantar a la acción porque adivina lo que se viene, simplemente empieza a boicotear su propia lectura. Y puede llegar el momento en que deje de interesarle.

Si, además, el autor se empeña por que sea así, entonces queda poco por hacer.

Esto tiene su explicación.

Se trata de relatos que Chandler había escrito para los llamados pulp magazines o simplemente pulps.

Es decir, se escribían para un género en el que había que cumplir con una fórmula preestablecida y quien compraba esas novelitas policíacas, sabía bien a lo que se metía.

(Tanto como quien ve una telenovela sabe a qué se ha metido. Normalmente, por eso lo hace.)

Lo que aquí llamaré novelas pulpa –porque el nombre proviene del tipo tosco y basto de papel que se usaba para imprimirlas: de pulpa de papel- fue un género muy de moda en varios países del mundo.

Literatura barata, vamos a decir: novelas baratas.

(‘Desechable’ o ‘despreciable’ en alemán: Schundliteratur. Casi ‘literatura basura’.)

La basura televisiva de esa época, me imagino.

Las novelas pulpa tuvieron su origen, sin embargo, en la llamada literatura por entregas, también conocida por su apelativo francés de ‘folletín’.

Con Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, Alejandro Dumas, por ejemplo, representó el punto más alto de este subgénero literario.

Pero no fue el único.

Grandes escritores como Balzac, Víctor Hugo y los mismos Stevenson, Flaubert y Dostoievski también publicaron muchas de sus mejores obras por entregas en los diarios más influyentes de su época.

(Es una gran paradoja, porque la idea era satisfacer la simple sed popular de aventuras, intrigas y crímenes.)

Cuando, en 1950, Chandler publica su colección ‘oficial’ de cuentos y relatos bajo el título de El simple arte de matar, no incluye los cinco relatos aquí listados.

A pesar de que ya habían sido publicados –cuatro en Black Mask y uno en Dime Detective Magazine-, los deja de lado porque consideraba que habían sido ‘canibalizados’.

Me atrevo a decir que esa no fue la única razón. Hay otra, que es la que expongo aquí.

Opino que, a pesar de pertenecer claramente a su impronta literaria, esos textos estaban plagados de altibajos y errores –ya- insoportables para un autor que había escrito, publicado y se había hecho famoso con joyas como El sueño eterno o El largo adiós.

Con todo, el placer de leer un tomo así no está –obviamente- en regodearse en los posibles patinazos de su autor.

El gusto está en recorrer un Chandler incipiente y reconocer en esos relatos -por comparación- la destreza de su autor para hacer de chatarra, oro.

Ese placer es el que permite pasar por alto una balacera en una habitación en la que el único que sobrevive es –por supuesto- nuestro héroe; el especial placer que éste parece tener en abofetear a las mujeres –especialmente si son rubias-; el cómo hace para conducir con todo el whisky que bebe continuamente o para agenciarse rápidamente de informaciones que aún hoy con ayuda de la Red tomarían su respetable tiempo.

Lo que funciona en el cine no necesariamente lo hace en la literatura.

Y al revés.

Sus relatos pulpa responden más a una necesidad visual de sus lectores, en una época en la que el cine no era aún masivo, pero igual se trataba de gente sedienta de aventuras, balas, sangre e intriga.

Además, casi siempre estaba el tema de las drogas –lícitas e ilícitas- en el aire. Algo que tal vez ahora puede pasar desapercibido, pero entonces era parte del anzuelo.

Si a eso le sumamos que Chandler se sirvió de esos relatos no sólo para ensayar su particular estilo sino también para ir atusando el ‘alma’ de sus figuras principales –Philip Marlowe, esencialmente- y sus grandes temas, tenemos el resultado obtenido:

Acción y figuras destinadas a satisfacer los gustos de los lectores de ese tipo de literatura –que para muchos no lo era-, pero envueltas con el ropaje que le prestaba un genio en ciernes que iba escribiendo el material del cual se serviría después para armar sus mejores novelas.

A lo largo del viaje de cinco horas y media desde Hamburgo hasta Colonia debo haberme quedado dormido un par de veces.

Es uno de los placeres más baratos que conozco.

Sentarme –por lo general- en la parte trasera de un automóvil y dejarme conducir (arrullar) a lo largo de cientos de kilómetros.

De ser posible, partiendo al atardecer.

Esta vez el placer fue mayor. Triple.

Porque ganó España y, además, volví a descubrir la faceta pulpa (o barata) que había olvidado de uno de mis autores favoritos.

HjorgeV 27-06-2008

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