CHILE: REVISTA PLAGIO

Llegué a esta interesante página chilena llamada Plagio, de pura casualidad.

La misma casualidad que a veces nos hace conocer a gente interesante o detestable. La misma que hace que nos casemos con una determinada persona y no con otra y tengamos hijos con ella.

O la misma casualidad, repetida muchas veces hasta el hastío, que nos deja envejecer solos.

(La casualidad es el amigo que intenta presentarte a mucha gente sin criterio alguno. Y no siempre es certero, claro.)

Justo ahora que vengo de visitar Hamburgo, y me he quedado positivamente impresionado con esa ciudad, me vuelvo a encontrar con el tema de la gentrificación.

Se trata de una entrevista hecha al sociólogo Francisco Sabatini.

El caso y lugar concretos: Santiago de Chile.

Una ciudad de la lista de mis grandes deseos todavía no cumplidos.

Se podría decir que el fenómeno de la gentrificación es, por lo general, el de una especie de ‘reconquista urbana’ en realidad.

Las clases más pudientes se permiten volver a determinadas áreas urbanas que habían abandonado más o menos voluntaria y masivamente alguna vez, y que ahora vuelven a ser interesantes para ellas y las ‘reconquistan’.

Gentry es el término inglés usado para definir a la llamada nobleza.

Esa casta que en el feudalismo tenía la suerte de ‘estar arriba’, es decir, de gozar de una serie de privilegios –generalmente por el simple hecho de haber nacido dentro de ella-, y que se preocupaba de que el estado de cosas y el orden no se trastocaran para nada.

La nobleza ha desaparecido gracias a las grandes revoluciones burguesas y solo quedan rezagos de ella en algunos países europeos.

Países, en los que, curiosamente, son los mismos estratos populares quienes parecen tener más interés en preservar (¿de qué tratarían sus revistas del corazón y la prensa rosa, sino?) su existencia.

Pero no todo ha cambiado realmente, porque la frase del sociólogo español José Vidal Beneyto (en un valioso artículo en el que muestra que es de los pocos ‘valientes’ en quejarse por calificativos como “ignorante supino y demagogo” usados por Rodríguez Zapatero para referirse a los críticos que rechazamos –varias de- las últimas directivas europeas sobre la inmigración), también se puede aplicar a Hamburgo:

“… la Europa que tenemos: un gigante económico, un enano político y un indigente social”.

Lo que se olvida es que donde había y estaba la llamada nobleza había esclavitud.

Eran los siervos y los plebeyos los que llevaban sobre sus exclusivos hombros la carga laboral como esclavos del señor feudal, al servicio de él y de la llamada nobleza.

(Digo y perdigo ‘la llamada nobleza’, porque eso de no trabajar, vivir, comer y vestir bien –con privilegios cromosómicos– a costa del trabajo de otros podrá tener tal vez de todo, menos de noble.)

Transcribo de la Wikipedia, para que se entienda por qué se necesitaron varias revoluciones para alterar algo el statu quo que les convenía a esas formas opresivas sociales:

En España sus prerrogativas estaban reguladas por las leyes (fundamentalmente en Las Partidas y la Novílisima Recopilación) y eran las siguientes:

· Estaban exentos de pechos y tributos concernientes a los plebeyos.

· No podían ir a la prisión por deudas de naturaleza civil.

· Podían ir a prisión por delito penal (robo, homicidio, etc.) pero en cárcel separada de los demás reclusos.

· No podían sufrir torturas

· No podían ser condenados por injurias.

· Podían usar pistoletes de arzón cuando fueran a caballo.

· No podían ser condenados a muerte afrentosa de horca, etcétera.

¡Vaya a preguntarme alguno por qué las clases populares de España y otros países siguen suspirando por/con sus príncipes, princesas y reyes!

(Algunos han hecho bien llamándolos simplemente Zánganos.)

(Las abejas denominadas zánganos tienen la lengua tan corta que les impide libar el néctar de las flores. De tal manera que los zánganos no sólo no hacen el trabajo natural o regular de las abejas, sino que, además, tienen que ser alimentados por las obreras.)

En Hamburgo me alojé en el departamento de un primo de mi esposa, ubicado a un par de manzanas de la estación central.

Se trata de un barrio que en la época en que llegué a Alemania –a finales de los ochenta- era el barrio rojo y decadente hamburgués por excelencia.

Se encontraba en decadencia, porque se había tugurizado y había terminado siendo copado básicamente por heroinómanos, mendigos, prostitutas y lo que se suele denominar como gente de mal vivir.

(Gente con oportunidades completamente limitadas desde su nacimiento, sería mejor decir.)

Un heroinómano es un drogodependiente más, como lo son los consumidores de otras drogas ilegales o legales más.

La mala suerte del heroinómano es que su droga es altamente ilegal, mucho más que la cocaína, porque ésta última la consumen políticos, artistas y la gente que vive de la prostitución. Es decir, tiene cierto glamour.

(Por ello, a pesar de que se persigue al narcotraficante de cocaína, no se persigue ni se demoniza a sus consumidores mayormente, como sí ocurre con la heroína.)

Esa alta ilegalidad se traduce en una alta variabilidad en su composición como droga.

Un heroinómano que compra su dosis de heroína en las calles de cualquier ciudad europea, no sabe, en realidad, qué está comprando: qué tan ‘fuerte’ es.

De allí su imposibilidad para racionar y controlar su consumo.

Por lo general, el drogadicto (también en el caso del alcohol) prefiere ‘pasarse’ de dosis, antes que consumir su droga demasiado rebajada.

En el caso del heroinómano, eso puede ser mortal.

Y normalmente le causa serios trastornos de salud que terminan marginándolo aún más: agravando su condición de drogadicto ‘duro’ y llevándolo muchas veces a la muerte por sobredosis no voluntaria.

Además, un heroinómano –por lo general- es visible: cuando está en pleno ‘vuelo’ se lo puede reconocer más o menos en cualquier ciudad europea con sus ojos medio cerrados y su característica dentadura estropeada, aparte de su particular forma de moverse, casi como en una cámara lenta apenas acelerada.

Al barrio de Hamburgo que aludo –el vecino a la calle Lange Reihe-, llegó luego masivamente otro colectivo parcialmente marginal: el homosexual marchoso.

Ese amante de las fiestas, la exhibición y las juergas.

(Me imagino que la mayoría de homosexuales masculinos aparte de no ser nada marchosos o tanto como los demás, sigue sin salir del armario.)

Fue este colectivo el que se encargó de dignificar el barrio en más de un sentido: se preocupó por devolver seguridad a sus calles, recuperar parte del ornato y los servicios públicos, y de mejorar la calidad de las viviendas y de vida en general.

Hoy, este barrio es un ejemplo de lo que serán –¿o deberían ser?- la mayoría de ciudades europeas del futuro: una mezcla interesante de diferentes niveles culturales, sociales y económicos.

Una mezcla de proyectos vitales respetuosos entre sí, independientemente de la capacidad adquisitiva y de la procedencia -incluido el color de la piel- de sus habitantes.

Por las calles de ese barrio de Hamburgo es posible ver mendigos caminando con algo parecido a lo que se llama dignidad humana, porque se saben protegidos por ordenanzas municipales y estatales que impiden que puedan ser desalojados así no más de sus viviendas por cualquier razón y menos por simple usura.

Amas de casa, jubilados, extranjeros inmigrantes, empleados, estudiantes nacionales y extranjeros, profesionales, académicos, y extranjeros turistas se confunden en un proyecto de vida común en la que los privilegios no han desaparecido, pero ya no sirven para despreciar a alguien.

Resulta también interesante, porque la persona pudiente que llega a ese barrio sabe lo que le espera. Nada comparado con el ansia de la burbuja de cristal de muchos.

Que la ventaja es seguir sintiéndose ‘superior’ por lo menos en el sentido de poseer más dinero o más bienes, está claro. Pero no deja de ser un mínimo paso civilizado –adelante-, por lo menos para mí.

En el interesante sitio chileno que encontré de casualidad –con el especial nombre de Plagio, tomado del de su antecesora, en soporte de “corchetes y fotocopias”: la Revista Plagio– me enteré de que el fenómeno de la gentrificación también ocurre en Santiago.

Aunque es más o menos al revés, porque las áreas que allí son interesantes para las clases sociales emergentes y especialmente pudientes (“medias-altas que buscan mejorar su nivel de vida” las denominan ellos) pertenecen a determinados suburbios populares.

Recomiendo leer la entrevista que le hace Plagio al sociólogo Francisco Sabatini, del país que este año está conmemorando el Centenario del nacimiento de ese hombre que quiso hacer socialismo en democracia y que fue derrocado con un bombardeo concertado por el gobierno de EEUU, la CIA y el ejército chileno comandado por el traidor Pinochet: Salvador Allende.

Hoy quería escribir sobre el partido de esta noche que estaré viendo con toda mi familia en una de las granjas de este pueblucho que ahora se han convertido –otro aspecto del fenómeno de la gentrificación- en modernas viviendas familiares.

De mis dos favoritos desde hace muchos años –Holanda es el otro-, uno de ellos ha llegado a la final de un campeonato europeo después de mucho tiempo.

Por lo que veo, leo y escucho, los alemanes no confían en un triunfo de su selección. Lo desean sí, pero hay que ser bastante tosudo o ignorante en la materia para ignorar que hoy se enfrentan dos equipos desiguales.

Uno que sabe jugar al fútbol y al balompié y que ha tenido bastante mala fortuna a lo largo de décadas.

Y otro que ignorando mayormente qué es eso de darle a la pelota va segundo en la clasificación mundial y primero en la europea.

Lo cual –en el fútbol- no significa nada o no mucho, por supuesto.

Pero, por lo menos en el balompié, ya está claro quién es el mejor de los dos.

Les deseo un buen domingo. Parto ahora con mis dos chicos a moverla un par de horas en el parque.

(Llevo puesta la camiseta de la selección española. No es oportunismo: es la que uso casi todos los domingos -alternándola con la de mi país y otras más- desde que me la regalaron hace bastante tiempo ya.)

HjorgeV 29-06-2008

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