BETANCOURT LIBRE: ¿QUIÉN SE FROTA AHORA LAS MANOS?

No pude dejar de asombrarme al ver la primera fotografía de Ingrid Betancourt al final de su cautiverio de seis años.

La imagen es de El País.

Veo una mujer sonriente y feliz. Casi coqueta.

¿Cómo ha hecho para aparecer tan lozana y fresca, a pesar de su edad, casi como una turista que acaba de pasar unos días en la selva y no seis años en las peores condiciones, muy diferente de la Betancourt que hasta hace poco parecía morirse?

¿Ha tenido por lo menos una semana para recuperarse y poder ser presentada a la prensa?

(Curiosamente, así, el gobierno de Uribe y el ejército le hacen un favor indirecto a las FARC.)

Lo que me preocupa es la parafernalia acompañante.

Su uniforme militar, sus declaraciones.

Su promesa de seguir “luchando por la libertad de los que quedaron cautivos”. No por los cautivos, claro -quién no los quiere a todos libres-, sino por las prioridades que pueda imponerse a sí misma como política.

Sus palabras son reflejo de su confuso estado mental, seguramente, en el que se mezclan agradecimiento y maniqueísmo, es decir, creer que quien te salva es “el bueno”, justamente porque te salva:

“Gracias al Ejército mío, de mi patria Colombia, gracias por la impecable operación (de rescate), la operación fue perfecta.”

¿O no?

(No creo que en este conflicto haya Buenos y Malos. Uribe y muchos de los suyos tienen las manos demasiado sucias como para esperar que la opinión pública se crea tal división simplona y maniqueísta de los bandos en conflicto. Creo que hay, antes que nada, Dos Partes Responsables de buscar una solución a este conflicto que, aunque es básicamente social, ya está contaminado con negocios lícitos e ilícitos, más intereses políticos.)

Obviamente, quien ha permanecido como rehén en cautiverio de quien sea, aunque solo haya sido por un solo día, sabrá agradecer a quien lo rescate.

Más o menos independientemente de quién haya sido.

En este caso, el asunto es preocupante, porque el conflicto colombiano se agrava cada vez más, justamente por la militarización que ha sufrido y que EEUU sigue promoviendo con gran interés a través del llamado Plan Colombia.

(El Plan Colombia no es ningún plan, en realidad. Se trata de una directiva mediante la cual se legitima la acción del ejército en tareas que normalmente corresponden a la policía. Es decir, se trata de una simple militarización.)

Dejemos por ahora de lado los intereses particulares (casi nunca lo son) que pueda tener el país del norte en todo esto.

La historia nos ha enseñado que los conflictos sociales se resuelven mal o simplemente no se resuelven con el uso de las armas. Salvo que se llame ‘solución’ a la desaparición física del opositor.

Sobre todo porque el armamentismo suele tener un efecto cada vez más catastrófico, pues propicia la llamada espiral de violencia.

Para decirlo con palabras infantiles:

Como tú me pegaste, yo te pego. Como yo te pego y tú tienes los medios, tú te armas; como tú te armas, yo también. Como yo me he armado, tú te armas más; etc.

Es obvio que si ambos bandos en conflicto –en este caso las FARC y el gobierno colombiano- tienen los medios necesarios para continuar con esa espiral, la continuarán, porque de esa continuación dependerá su existencia o su supervivencia.

Y la guerrilla tiene esos medios, tanto como la otra parte.

La pregunta central sería: ¿Cuál es el verdadero interés del gobierno colombiano en todo esto, aparte del de todo gobierno de desear mantener el orden e imponer la ley?

¿Es sólo una gran coincidencia que este ‘golpe de suerte’ para Uribe ocurra justamente cuando una comisión del congreso colombiano investiga si sobornó a una legisladora para permitir su reelección?

Por otra parte, ¿existe el deseo de acabar con las FARC a como dé lugar, más o menos siguiendo el fatal método bélico tan practicado por EEUU de: a enemigo arrasado problema resuelto?

¿O existe por lo menos un mínimo interés en tratar de entender verdaderamente el conflicto y reconocer que nació como producto de una situación social injusta y desesperada, por más que se haya convertido en un engendro difícil de determinar y definir?

Lo preocupante, entonces, es que el mensaje de Ingrid Betancourt (ella no tiene la culpa ahora, es una víctima más de las circunstancias) no hace sino vender la peor propuesta:

“El ejército es la solución y en él tenemos que confiar.”

Algo que bien podrá valer para ciertas operaciones militares de rescate, seguramente. Para eso está preparado profesionalmente el ejército, después de todo.

Pero no para encontrar una solución medianamente humanitaria, elementalmente sensata y más o menos profunda al conflicto social colombiano.

La industria armamentista es la única que ahora se puede frotar las manos.

¿O también Uribe?

HjorgeV 03-07-2008

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