¿ES EL ALEMÁN UN IDIOMA ‘LINDO’? (II)

Aunque no hablo el alemán como un nativo a pesar de los años que llevo en este país, he descubierto que hay cosas que puedo expresar mejor en ese idioma que en el mío, el castellano.

Y que determinadas situaciones se narran mejor –para mi gusto- en el idioma de Heinrich Böll que en el de Corín Tellado.

(Para poner una comparación inusual. Sin olvidar que la Tellado es la autora más leída después de Cervantes en nuestro idioma, por más que muchos como yo nunca la hayamos leído.)

Digo todo esto, justo ahora que me encuentro inmerso en la redacción final de una historia, una novela, en la que tengo serios problemas para encontrar el punto narrativo.

Mientras me rompo más o menos literalmente la cabeza tratando de encontrar los tiempos y las personas adecuadas a utilizar en la narración (y altero la historia una y otra vez), me he dado cuenta de que en alemán no tendría esos problemas, porque sus tiempos son más sencillos que en nuestro idioma.

Y no está permitido obviar los pronombres personales como en el castellano, dejando claro en cada momento quién es el que está hablando.

(Tendría otro tipo de problemas, claro.)

También he notado que cuando se trata de describir objetos y hablar de cosas concretas el alemán es un idioma práctico y certero. Descriptivo, diría.

Creo que la cosa cambia cuando se trata de describir sentimientos y afectos, por ejemplo. Sospecho que no es un idioma que podría ponerse a concursar como Lengua del Amor.

Pero el alemán es un idioma eficaz para dar órdenes, por otro lado.

Mientras que en castellano es necesario definir el objeto de nuestro imperativo (para saber, por ejemplo, si nos dirigimos a ‘vosotros’ o a ‘ustedes’ en la segunda persona del plural), en la lengua de Thomas Mann existe una forma general imperativa:

Essen!, por ejemplo, puede ser tanto ¡Coman!, ¡Comed! como ¡Come!

La forma equivalente sería el infinitivo ¡Comer!, pero es algo que no se usa así no más en nuestro idioma al dar una instrucción, mandato u orden concretos.

¿Tiene que ver esto con la historia de Alemania?, se podría preguntar alguien.

Pero eso es algo que quedaría replicado al constatar que otros países como España e Italia también tuvieron su pasado fascista. O que Pinochet, Stroessner y Videla hablaban castellano.

Aunque sigo sin considerar el alemán como un idioma natural para mí, sé que es mi segundo idioma porque que sueño también en él y porque de vez en cuando me pesco formulando muchas cosas con su ayuda, más o menos con naturalidad.

De hecho, he escrito hasta una novela entera en mi segundo idioma, que alguna vez me animaré a corregir y terminar, además de varios relatos. Y me siento cómodo narrando en él.

(Escribir siempre es más fácil que hablar para alguien como yo que no domina el idioma a la perfección, porque sabe que cualquier error no será escuchado por nadie y que todo se puede corregir al final. Con ayuda o no.)

Eso sí, cuando he intentado traducirme a mí mismo me he metido en líos sin salida.

Una vez intenté traducir mi primera novela (la que se encuentra participando actualmente en una lotería, léase concurso) y me pasé casi dos meses jalándome de los pelos.

Hasta que tiré la toalla.

Simplemente porque en la narración, cada idioma tiende a crear otros caminos (narrativos) y otras soluciones en la redacción.

Como yo conocía mi material –el argumento de la historia- cada vez que comenzaba a traducir un párrafo, sentía que tenía que seguirlo de otra manera que la que me señalaba la traducción literal.

De seguir así, habría escrito una historia diferente de la original.

(Tal vez alguna vez me anime a concluir consecuentemente ese ejercicio.)

Por lo demás, el alemán es el tercer idioma más enseñado como lengua extranjera en el mundo.

En segundo lugar en Europa y en tercer lugar en EEUU, después del castellano.

Y es un idioma mucho más musical de lo que se cree o supone.

Personalmente, por haber vivido varios años ganándome la vida como músico –básicamente cantando- creo saber más o menos de lo que hablo.

Ciertos fraseos, por ejemplo, son más cómodos en alemán que en castellano. Algo que también afirmó alguna vez Paolo Conte, el famoso cantautor, jazzista y compositor italiano; para mi sorpresa, porque hasta ese momento eso era algo que no me había atrevido a manifestar a otra personas.

Y, aunque, por su morfología, el alemán no está hecho para ciertos a malabares rítmicos como los necesarios para una salsa o un merengue, se luce en otros aspectos que también tiene que ver empero con el ritmo.

El rapeo, por ejemplo, me suena menos forzado en alemán que en castellano. Tal vez justamente porque los raperos se pueden apoyar en sus consonantes fuertes para marcar sus complicados ritmos y fraseos sincopados que más tienen de recitación que de melodía en sí.

No por nada la poesía alemana es una de las más apreciadas en la literatura mundial.

Quisiera dar dos ejemplos prácticos de mi experiencia con el alemán, contando dos anécdotas o situaciones reales de las tantas que me han sucedido.

La primera empieza en el tren andino que nos llevaba a mí y a Charlie –Carlos R., mi compañero de viaje en esa ocasión-, de Arequipa a Puno.

En ese entonces acababa de cursar mi primer trimestre en el Instituto Goethe y mi alemán era todavía elemental.

Sin embargo, me había aprendido todas mis lecciones del libro de texto de memoria y las podía recitar de paporreta, aunque no podía entender todo.

Sin saber que eso iba a cambiar mi vida –aunque no del todo-, cuando en un momento determinado escuché hablar alemán unos asientos más allá del nuestro, le dije a mi compañero de viaje, levantándome de mi asiento:

-Eso tiene que ser alemán. Espérate que me gustaría comprobarlo.

Continúa …

HjorgeV 04-07-2008

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